La última pleamar (El secreto de la ría 1) 35. El mismo nudo
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35. El mismo nudo

Lo encontró la misma mujer que había encontrado a Iago.

Maruxa se asomó al pretil. Vio el bulto en el último peldaño, medio en el agua, medio en la piedra. Vio las manos atadas a la espalda con un cabo naranja.

Cuando Lucía llegó, a las siete y cuarto, el muelle estaba lleno de gente.

No eran seis o siete viejos con gorra en la Ponte Vella, como la otra vez.

Era medio pueblo. Mujeres en bata con abrigos encima, hombres en chándal, chavales con mochila camino del instituto, el panadero con el delantal blanco, el dueño de la tienda de móviles que había sido el bar de su padre.

Se agolpaban contra la cinta que la patrulla había tendido de farola a farola, bajo los paraguas, en silencio.

Nadie hablaba. Solo se oía la lluvia sobre las telas de los paraguas, el agua de la ría lamiendo los peldaños, y de vez en cuando un sollozo.

Lucía no estaba en el caso. No tenía nada que hacer allí. Pasó por debajo de la cinta igualmente, y el guardia de la patrulla, un chaval de Lugo que llevaba dos meses en Betanzos, la miró, dudó y no dijo nada.

El teniente Iglesias estaba al pie de la escalera con un paraguas negro y un traje gris empapado hasta las rodillas, dando órdenes por teléfono. Xurxo estaba arriba, en el muelle, de pie junto al pretil, con el uniforme puesto y la gorra en la mano. No miraba el cuerpo. Miraba la ría.

Lucía se acercó a él.

—Xurxo.

Él no se volvió.

—Es Toño —dijo.

—Lo sé.

—Tiene las manos atadas con el nudo. Como el chaval.

—Su voz era plana, sin ninguna inflexión—.

Iglesias dice que ha sido el mismo asesino.

Que Toño y el chaval eran del mismo grupo.

Que Toño mató a Iago y que después alguien lo mató a él en represalia.

Que al viejo Ramiro también. Un ajuste de cuentas entre narcos locales.

Eso dice. El comandante ya lo ha llamado para decírselo. Para que lo ponga así en el atestado.

—¿Y tú qué crees?

Xurxo se volvió por fin. Tenía la cara mojada de lluvia, o de otra cosa.

—Creo que yo le di hasta el lunes, sargento.

Lucía le puso una mano en el brazo. Él no la apartó.

Bajó la escalera. Iglesias la vio llegar y abrió la boca para protestar, pero detrás de ella venía la doctora Castiñeira con sus botas de pescador y sus gafas rojas, y la forense le hizo un gesto seco al teniente con la mano, como quien espanta una mosca, y el teniente cerró la boca.

—Déjela —dijo la forense—. Viene conmigo. Necesito una segunda opinión sobre el nudo y la sargento lo ha estudiado.

Era mentira. Iglesias lo sabía. Se apartó igual.

Toño Mosquera estaba boca abajo en el último peldaño, en la misma postura descoyuntada que Iago, con el agua de la marea creciente lamiéndole las piernas.

Llevaba la camiseta negra de marca y unos vaqueros.

Estaba descalzo. Tenía la cara hinchada, amoratada, irreconocible; le habían pegado mucho antes de matarle.

Y en la nuca, a la altura de la base del cráneo, tenía un agujero pequeño y limpio, rodeado de una corona de pólvora quemada.

Las manos atadas a la espalda con un cabo de nylon naranja de ocho milímetros.

Castiñeira se agachó junto al cuerpo. Lucía se agachó a su lado. Miraron el nudo las dos durante un largo rato, sin decir nada, mientras la lluvia caía sobre la manta térmica plateada que alguien había dejado a medio poner.

—¿Lo ve? —dijo la forense, muy bajo.

—Lo veo.

Era parecido. Era muy parecido. Dos vueltas a las muñecas, un cote, otra vuelta por debajo.

Pero el remate final, esa lazada doble metida por dentro de sí misma que Lucía había mirado tanto tiempo en las fotos del nudo de Iago, estaba mal.

Estaba al revés. La segunda vuelta pasaba por encima en lugar de por debajo, y el cabo había quedado flojo, mal ajustado, con un extremo largo colgando.

Era el nudo de alguien que lo había visto en una foto y lo había copiado con prisa.

No el de alguien que lo había hecho mil veces en la trastienda de un bar.

—Este nudo no lo hizo Ramiro Castro —dijo la forense.

—Ramiro Castro llevaba tres días muerto.

—Ya lo sé. Por eso se lo digo. —Castiñeira se subió las gafas con la muñeca—. Alguien quiere que parezca que es todo lo mismo. El mismo asesino, el mismo ritual, el mismo grupo. Una guerra de narcos locales que se matan entre ellos. Muy cómodo. Muy limpio. Así no hay que buscar a nadie más.

—Y Ramiro muerto, Toño muerto, Lito muerto, Iago muerto.

—Todos los que podían hablar —dijo la forense—. Y un nudo mal hecho para atarlo todo.

Lucía se quedó mirando las manos de Toño.

Eran manos gordas, de dedos cortos, con un anillo de oro en el meñique y las uñas mordidas hasta la carne.

Pensó en él en el Recuncho, con los chipirones y el Ribeiro, diciéndole a su primo que no hiciera preguntas parvas.

Pensó en él en la foto número 3 de Iago, en la rampa, con la gorra y la cadena de oro brillando bajo el halógeno.

Pensó en él en el sofá de cuero blanco de su ático, encogido como un niño, pidiendo hasta el lunes para despedirse de alguien.

¿De quién se habría despedido?

—Doctora —dijo—, ¿cuánto tiempo lleva muerto?

—Más de dos días. Menos de cuatro. Lo han tenido en algún sitio frío. Una cámara frigorífica, diría. —La forense la miró—. Y antes de matarlo lo estuvieron interrogando. Mucho rato.

—¿Interrogando sobre qué?

—Eso tendría que preguntárselo a él.

Lucía se incorporó. Arriba, en el muelle, entre la gente agolpada bajo los paraguas, una mujer de unos sesenta y cinco años, pequeña, con un abrigo negro y un pañuelo en la cabeza, se abría paso a codazos hacia la cinta.

Xurxo la vio, dejó caer la gorra al suelo y corrió hacia ella.

La cogió antes de que llegara. La abrazó.

La mujer empezó a golpearle el pecho con los puños, sin fuerza, gritando un nombre una y otra vez.

—¡Antonio! ¡Antonio! ¡Mi hijo! ¡Antonio!

Era la tía de Xurxo. La madre de Toño. La que Xurxo había llevado a casa de su suegra en Curtis el lunes, con veinte mil euros en un sobre y una nota que no se había atrevido a leer. Alguien la había avisado. En el pueblo, alguien avisaba siempre.

Lucía apartó la vista.

Esa tarde, en el cuartel, Xurxo le enseñó la nota.

Estaban solos en el despacho, con la puerta cerrada y la persiana bajada.

Afuera seguía lloviendo. Xurxo se había quitado el uniforme y se había puesto un jersey de lana, y tenía la cara gris, como si se le hubiera ido toda la sangre del cuerpo.

Sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, arrugado, manchado, y lo puso sobre la mesa.

—Mi tía me ha dejado leerla —dijo—. Después del tanatorio. Me ha dicho que era para mí también.

Lucía la desdobló.

Era una hoja de libreta escrita a bolígrafo con la letra torcida de Toño, llena de faltas de ortografía, con palabras tachadas y vueltas a escribir.

Mamá: este dinero es para ti. Es dinero malo pero es el único que tengo.

No lo metas en el banco, guárdalo en casa.

Perdóname por todo. No he sido buen hijo.

No he sido buen hombre. He hecho cosas muy malas que tú no sabes y que nunca vas a saber.

Xurxo te va a cuidar. Es mejor que yo. Siempre ha sido mejor que yo.

Hay una cosa que le quiero decir a Xurxo y que no le he dicho. Díselo tú. Dile que el día que le enseñé a nadar en el Mandeo, cuando éramos pequeños, yo también tenía miedo. Mucho miedo. Pero no se lo dije para que él no lo tuviera. Dile que siempre ha sido así. Dile que lo siento.

Tu hijo, Antonio.

Lucía dobló la hoja y se la devolvió.

Xurxo la cogió. Se la guardó en el bolsillo del pecho, sobre el corazón. Se quedó mirando la mesa.

—El veintisiete —dijo—. Quiero estar allí. —Xurxo…

—Quiero estar allí, sargento. En la lancha, contigo. Con la fiscal. No me importa lo que pase después. No me importa si me expulsan. Quiero estar allí cuando les pongan las esposas.

Lucía le miró. Xurxo tenía los ojos secos ahora, muy quietos, con algo nuevo en ellos que no había estado allí antes. Algo duro. Algo que había dejado de ser de buena persona.

—Vas a estar —dijo ella.