34. La verdad de Martín
Martín la llamó el miércoles a las once de la noche, aunque ella le había dicho que no la llamara.
Lucía vio su nombre en la pantalla y dejó que el teléfono sonara hasta que se cortó. Volvió a sonar. Lo dejó sonar otra vez. A la tercera llamada llegó un mensaje.
Lucía contestó.
—¿Dónde estás?
—En el puerto. En la caseta. Solo.
—Voy.
La caseta estaba a oscuras salvo por la luz azul del salvapantallas del ordenador, con su velero navegando en bucle por un mar de píxeles.
Martín estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared prefabricada donde se veía todavía la marca de sus puñetazos, las rodillas dobladas, una botella de agua entre los pies. Cuando Lucía entró, no se levantó.
Ella cerró la puerta y se sentó frente a él, en el suelo, con la espalda contra la mesa.
—Cuéntame.
—Bieito ha venido esta tarde al puerto —dijo Martín—.
Solo, en su coche. Hemos dado un paseo por el pantalán.
Me ha dicho que Toño ha desaparecido. Que es una desgracia.
Que el viejo ha muerto y que es otra desgracia.
Que hay muchas desgracias últimamente. —Se rio sin humor—.
Y que para la noche del 27 necesitaba un patrón que conociera el canal norte como la palma de su mano.
Que el portugués que viene de Viana es muy bueno en mar abierto pero no conoce la ría.
Que Toño era el que llevaba siempre la semirrígida por el canal, y que ahora sin Toño…
—Te lo pidió a ti.
—No me lo ha pedido. —Martín levantó la vista—.
Me ha dicho que Uxía estaba muy guapa el domingo, cuando la vio en la misa de Santa María con su madre.
Que llevaba un vestido azul. Que le quedaba muy bien.
—Se le quebró la voz—. Eso es todo lo que ha dicho, Lucía.
Que le quedaba muy bien el vestido azul.
Lucía no dijo nada.
—Uxía no está en casa de su madre —dijo Martín—.
Desde ayer. La llevé yo. Con Bea. Le dije a Bea que había un problema con el puerto, que había gente que me debía dinero y que me había amenazado.
No me creyó, pero se las llevó a casa de una hermana suya en León.
Bea no me habla. Pero Uxía está en León.
—Bien hecho.
—No sé si bien hecho. No sé nada. —Martín se pasó las manos por la cara—. Lucía, yo no quiero hacer esto. No quiero conducir esa lancha. Pero si no la conduzco…
—La vas a conducir.
Él la miró. En la luz azul del salvapantallas, sus ojos grises parecían de agua.
—¿Qué?
—La vas a conducir, Martín. —Lucía se inclinó hacia delante—.
Vas a decirle a Bieito que sí. Vas a hacer exactamente lo que te digan.
Y vas a llevar encima una baliza de localización que te van a dar unas personas que no son de la Guardia Civil.
Y tu teléfono, con una aplicación que también te van a dar.
Y la noche del veintisiete, cuando entres por el Canal do Morto con la pleamar, nosotros vamos a saber exactamente dónde estás a cada segundo.
—¿Nosotros?
—Nosotros.
Martín se quedó mirándola mucho tiempo. Luego se rio, una risa extraña, mezcla de llanto y alivio.
—Estás loca.
—Me lo dicen mucho. —Lucía no sonrió—. Hay una fiscal de Madrid que ha montado un operativo para esa noche.
Si colaboras, si declaras todo lo que sabes, lo de 2019, el vídeo, la semirrígida del puerto, los pagos, y si la noche del veintisiete haces lo que te pidamos, puede que te consigan un trato.
Testigo protegido. Una reducción de pena.
No te prometo nada. Pero es la única salida que tienes.
—¿Y Uxía?
—Uxía tendrá a su padre en la cárcel unos años, en vez de tenerlo en el fondo de la ría para siempre.
Martín cerró los ojos. Se quedó así, con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos cerrados, durante un minuto largo. Afuera se oía el viento silbando entre los mástiles de los veleros, el tintineo de las drizas contra el aluminio, el chapoteo de la marea contra los flotadores del pantalán.
—Hay algo más —dijo, sin abrir los ojos—. Algo que no te he contado.
Lucía sintió que se le paraba el corazón.
—Dímelo.
—El veintinueve de septiembre. El martes.
El día antes. —Martín abrió los ojos, pero no la miró.
Miraba el techo—. Iago vino después de cerrar.
Pasadas las once y media. Me dijo que al día siguiente iba a cruzar el canal en bote y meterse en la marisma junto a la rampa para hacer fotos con la pleamar.
Que tenía un teleobjetivo nuevo. Que iba a conseguir la matrícula del coche.
Que ya sabía de quién era el coche y que si lo conseguía, iba a explotar todo.
—Tragó saliva—. Yo le dije que no. Que no lo hiciera.
Le grité. Y él me dijo que ya estaba decidido.
Que lo hacía por su tío. Que yo no lo entendía porque yo no había perdido a nadie. Y se fue.
—Martín…
—A las dos de la mañana llamé a Bieito. —La voz de Martín era muy baja, casi un susurro—.
Lo llamé yo. Le dije que había un chaval que andaba vigilando la rampa.
Que iba a estar en la marisma la noche siguiente con una cámara.
Le dije el nombre. Le dije el sitio exacto.
—Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Pensé que lo iban a asustar.
Que lo iban a amenazar, que le iban a romper la cámara, que le iban a dar una paliza como mucho.
Pensé que así lo protegía. Que si lo asustaban bien, dejaría de hacerlo, y no le pasaría nada peor.
Te juro que pensé eso, Lucía. Te lo juro por mi hija.
Lucía no podía respirar.
—Y por eso tenían un hombre esperando con el bichero junto a los juncos —dijo, despacio, como si cada palabra pesara una tonelada—. Por eso Brais vio el flash tan deprisa. Por eso fueron directos al sitio. Porque ya sabían dónde mirar.
—Sí.
—Porque se lo dijiste tú.
—Sí.
Lucía se levantó del suelo. Le temblaban las piernas. Dio dos pasos hasta la puerta de la caseta, puso la mano en el pomo, y se quedó así, de espaldas a él, con la frente apoyada en el panel frío de la puerta.
Detrás de ella, oyó a Martín llorar. Era un llanto feo, roto, de hombre que no sabe llorar, con hipidos y golpes de tos.
—Sabía que me ibas a mirar así —dijo él, entre sollozos—. Por eso no te lo conté. Por eso te lo negué tres veces. Porque sabía que después de contártelo no me ibas a volver a mirar nunca más como en el coche, delante del muro. Como en mi cama.
Lucía no se volvió.
Pensó en Carmen Pena en la cocina de la Magdalena, haciendo una empanada de bonito para un hijo que no se la iba a comer.
Pensó en Antía en el piso de Ferrol con el pijama de nubes y la sudadera del club de remo.
Pensó en la nota de voz, en el chapoteo, en el golpe sordo.
Pensó en Iago remando solo al amanecer por la ría quieta, deslizándose sobre el agua como una aguja por la seda.
Y pensó en su padre cogiendo las llaves de la furgoneta de encima de la mesa de la oficina y saliendo por la puerta sin mirar atrás.
Pensé que así lo protegía.
Todos los hombres de su vida habían salido por alguna puerta pensando que así protegían a alguien.
—Vas a conducir esa lancha —dijo, sin volverse, con una voz que no reconoció como suya—. Vas a hacer exactamente lo que te digamos. Vas a declarar todo, también esto, ante la fiscal. Todo. Y cuando esto termine, no quiero volver a verte nunca.
—Lucía…
—Nunca, Martín.
Abrió la puerta y salió.
El viento le dio en la cara, frío, cargado de sal. Bajó por el pantalán sin ver nada, con los ojos llenos de agua, tropezando con las cornamusas, hasta llegar al final, donde la semirrígida gris se balanceaba amarrada a su bolardo. PORTO MANDEO — SERVICIO 2.
Allí, por fin, Lucía Varela se sentó en el borde del pantalán con las piernas colgando sobre el agua negra, igual que se sentaba a los diecisiete años en el muro de la Ribeira, y lloró como no había llorado en años.
Lloró mucho tiempo. Nadie la vio.