La última pleamar (El secreto de la ría 1) 33. La fiscal
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33. La fiscal

A las ocho y cinco de la mañana del lunes, Xurxo Mosquera aporreó la puerta del ático de su primo en el paseo marítimo de Sada durante cinco minutos seguidos, hasta que una vecina en bata salió al rellano y le amenazó con llamar a la Guardia Civil.

—Yo soy la Guardia Civil —dijo Xurxo, y le enseñó la placa con la mano temblando.

La vecina se metió en su casa y cerró de un portazo.

El portero del edificio, un hombre mayor con un llavero enorme, le abrió el ático a las ocho y veinte.

Dentro no había nadie. Las persianas seguían bajadas.

La cama estaba hecha. En el fregadero, el vaso de whisky que Xurxo había vaciado el sábado.

En la mesa del salón, un sobre cerrado con una sola palabra escrita a mano con la letra torcida de Toño: Mamá .

Dentro había veinte mil euros en billetes de cincuenta y una nota que Xurxo no se atrevió a leer.

El BMW negro no estaba en su plaza del garaje.

Xurxo se sentó en el sofá de cuero blanco del salón a oscuras, con el sobre en las manos, y llamó a la sargento.

—No está —dijo—. Se ha ido. O se lo han llevado.

Al otro lado de la línea, Lucía tardó en contestar.

—Xurxo. Ramiro Castro está muerto. Lo han encontrado hace media hora en su jardín, con un tiro en la cabeza.

Xurxo cerró los ojos.

—Le di hasta el lunes —dijo—. Yo le di hasta el lunes, sargento.

—Ya lo sé.

—Ha sido culpa mía.

—No. —La voz de Lucía era firme—. No fue culpa tuya.

Escúchame bien: no fue culpa tuya. Y ahora necesito que salgas de ahí, que lleves ese sobre a tu tía y que la metas en tu coche y la lleves a casa de tu suegra en Curtis, y que luego vengas a Santiago.

A las cuatro. A la dirección que te voy a mandar.

Y que no le digas a nadie, a nadie, a dónde vas.

—¿Qué hay en Santiago?

—Alguien que puede ayudarnos.

La dirección era un piso en la Rúa do Vilar, en el casco viejo de Santiago, en un tercero sin ascensor de un edificio de piedra con soportales, a doscientos metros de la catedral.

Desde la ventana del salón se veían las torres barrocas recortándose contra un cielo bajo de lluvia, y en la calle, abajo, el desfile constante de peregrinos con mochilas, chubasqueros de colores y bastones, arrastrando los pies cansados sobre las losas mojadas.

Inés Arregui abrió la puerta personalmente.

Tenía sesenta y un años, el pelo gris cortado como un chico, unas gafas de montura metálica fina, un traje pantalón negro sin ningún adorno y una cara seca, enjuta, de pómulos altos y boca recta, que parecía incapaz de sonreír.

Era vasca, de Tolosa. Llevaba treinta años en la Fiscalía Especial Antidroga, había llevado la acusación en los juicios más grandes contra los clanes gallegos de los noventa y los dos mil, había metido en la cárcel a capos de Arousa, a traficantes colombianos, a un ex alcalde de la Costa da Morte y a dos guardias civiles de Algeciras.

La llamaban la Monja, porque nunca la habían visto en una fiesta, ni en un restaurante, ni con nadie, y porque decían que dormía cuatro horas y el resto del tiempo leía sumarios.

—Sargento Varela.

—Señora fiscal.

Se dieron la mano. La de Arregui era pequeña, seca y fría como una piedra de río.

—Pasen. El piso es de una sobrina mía que estudia aquí.

Está en Erasmus. Nadie sabe que estoy en Galicia.

He venido en el AVE de las siete con un billete a nombre de mi cuñada.

—Les hizo pasar a un salón pequeño, con muebles de Ikea, pósters de grupos de música en las paredes y una mesa redonda cubierta de papeles—. Siéntense.

Se sentaron. Lucía, Xurxo, que todavía tenía los ojos rojos, y Sabela, que había llegado media hora antes y había pasado ese tiempo mirando a la fiscal en silencio como se mira a un animal raro en un zoológico.

Arregui se sentó frente a ellos, juntó las manos sobre la mesa y miró a Lucía.

—Cuénteme todo desde el principio —dijo—. Sin adornos y sin opiniones. Hechos. Lo que sabe, cómo lo sabe y quién más lo sabe. Tengo hasta las nueve de la noche, cuando sale el último tren.

Lucía se lo contó.

Tardó tres horas y media. Arregui no la interrumpió más que para preguntar fechas, nombres, horas exactas, y para pedirle que le enseñara cada documento, cada foto, cada nota.

Lo anotaba todo con letra pequeña y apretada en un cuaderno de tapas de hule negro.

Miró las catorce fotos de Iago una por una, ampliándolas en la pantalla del portátil de Sabela.

Escuchó la nota de voz tres veces, con los ojos cerrados.

Leyó la hoja de Lito. Miró la foto del Audi en el centro de día de Miño y la que había hecho Lucía la noche del pazo de Mariñán con el piloto nuevo.

Escuchó el relato de las tres casas y del Seat León gris en la calle Camelias de Mera sin mover un músculo de la cara.

Cuando Lucía llegó a Ferrín, la fiscal dejó de escribir.

—Ignacio Ferrín Couceiro —dijo, despacio.

—Sí.

—Corvo.

—Sí.

Arregui se quitó las gafas y se frotó los ojos con dos dedos. Era el primer gesto humano que le veían.

—Llevo dos años y medio buscando a Corvo —dijo—.

Desde la noche de Usera. La investigación interna de la Guardia Civil no encontró nada porque la investigación interna la supervisaba él.

Yo lo sabía. No podía probarlo. No tenía nada más que un nombre en clave que me dio usted, sargento, en un pasillo de la Audiencia, y una lista de siete comandantes.

—Se volvió a poner las gafas—. Ferrín estaba en mi lista. Estaba el tercero.

—Estaba el tercero en la mía también.

—¿Y lo tachó?

—A los dos minutos.

—Yo a los tres. —La fiscal la miró fijamente—. Nos engañó a las dos, sargento. Es bueno. Muy bueno. Y eso le hace muy peligroso.

Volvió a coger el bolígrafo.

—Siga.

Lucía siguió. Ramiro Castro en el banco de las hortensias.

El veintisiete de octubre a las cinco menos diez.

Tres lanchas: la semirrígida del puerto, una planeadora de Viana do Castelo, otra escondida en un galpón de Mera.

Tres mil kilos. El Canal do Morto. La rampa de Brañas.

Cuatro camiones de Conservas Castro. Y el tanque 3, el rincón noroeste de la antigua oficina, un metro y medio, un reloj Casio.

Y Toño, desaparecido esa misma mañana. Y Ramiro, con un tiro en la sien en su jardín.

Cuando terminó, eran las siete y media. Fuera había anochecido y llovía con fuerza; el agua corría por los cristales y las luces de la Rúa do Vilar se deshacían en manchas amarillas. Arregui dejó el bolígrafo sobre el cuaderno y se quedó un largo rato mirando sus notas en silencio.

—Bien —dijo al fin—. Le voy a decir lo que tenemos y lo que no tenemos.

Levantó un dedo.

—Tenemos un homicidio, el de Iago Souto, con una prueba gráfica y sonora excepcional, aunque sin el teléfono original, y un testigo, Antonio Mosquera, que ha confesado ante un agente pero no ha declarado formalmente y que, me temo, no va a poder declarar nunca.

—Levantó otro—. Tenemos un homicidio de hace treinta y dos años, el de Andrés Pena, con dos testigos de referencia muertos, un testigo presencial vivo pero con deterioro cognitivo, y un cuerpo bajo un tanque que no podemos tocar sin alertar a toda la organización.

—Otro—. Tenemos una red de narcotráfico con estructura societaria internacional, que es lo más fácil de probar si se le sigue el dinero, pero que tarda años en probarse.

—Otro—. Tenemos un comandante de la Guardia Civil que pasa información a un narcotraficante venezolano, y la única prueba es una trampa casera que usted le tendió por teléfono, sin grabación, sin autorización judicial y sin cadena de custodia. Cualquier abogado la destrozaría.

Bajó la mano.

—Y tenemos una vicepresidenta provincial y futura candidata a la Xunta que aparece de perfil, en sombra, en una foto nocturna de mala calidad, recogiendo una bolsa de contenido desconocido de manos de un abogado que aparece de espaldas, junto a un coche oficial que puede haber conducido cualquiera.

—Arregui la miró—. Eso, sargento, ante un juez, no es nada. Es una mujer rubia en un aparcamiento.

—Lo sé.

—Lo que no tenemos —siguió la fiscal— es lo único que hace caer a esta gente: flagrancia.

Un alijo encima de la mesa. Tres mil kilos de cocaína en una rampa con los que la estaban descargando alrededor.

Detenidos con las manos en los fardos. Esa es la única cosa que hace hablar a los de abajo para salvar el cuello, y que los de abajo hablen es lo único que hace caer a los de arriba.

—Se inclinó hacia delante—. El veintisiete de octubre a las cinco menos diez de la madrugada.

—¿Va a hacerlo?

—Voy a hacerlo. Pero no con la Guardia Civil.

Hubo un silencio. Xurxo se removió en la silla.

—Con todo el respeto, cabo Mosquera —dijo Arregui, volviéndose hacia él—, su casa está podrida desde arriba en esta provincia, y no sé hasta dónde llega la podredumbre.

Ferrín controla la Policía Judicial de A Coruña.

Puede tener gente en el Servicio Marítimo, en la Comandancia, en el puesto de Betanzos. No voy a arriesgarme.

—¿Entonces?

—Vigilancia Aduanera. —La fiscal cogió el teléfono—.

Dependen de la Agencia Tributaria, no de Interior.

Tienen patrulleras en A Coruña y un jefe de operaciones que trabajó conmigo en Arousa durante diez años y al que le confiaría a mis hijos, si los tuviera.

Y la UDYCO central de la Policía Nacional, desde Madrid, con un grupo que yo elijo nombre por nombre.

Les voy a pedir que vengan por separado, en coches particulares, con nombres falsos en los hoteles.

Nadie de Galicia va a saber nada hasta que estemos en la rampa.

—Marcó un número—. Mañana a primera hora voy a la Audiencia Nacional y pido al juez central de instrucción de guardia diligencias secretas.

Para todo. Para la depuradora, para el puerto, para Atlântica Mar, para las comunicaciones de Ferrín y de Bieito Castro. Él me las va a dar, porque me las debe.

—¿Y yo? —preguntó Lucía.

Arregui la miró, con el teléfono en la oreja.

—Usted va a seguir poniendo multas en Paderne y cuidando de su padre, sargento.

Va a parecer una mujer derrotada. Va a dejar que Ferrín crea que ganó.

Y la noche del veintisiete va a estar en la patrullera de Vigilancia Aduanera, a mi lado, porque usted conoce esa ría mejor que nadie y porque, si alguien se ha ganado estar allí, es usted.

—Alguien contestó al otro lado de la línea—.

¿Ramón? Soy Inés. Sí. Lo sé. Necesito verte.

Mañana. En Madrid no. En A Coruña. No, a tu despacho no.

Lucía se volvió hacia la ventana. Afuera, las torres de la catedral se perdían en la lluvia, iluminadas desde abajo por focos amarillos, y parecían flotar en el aire negro como dos barcos fantasmas.

Faltaban ocho días.