La última pleamar (El secreto de la ría 1) 32. El viejo
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32. El viejo

Lucía aparcó en el patio, junto al hórreo, a las once de la mañana del domingo.

No había llamado antes. No había pedido cita. No se lo había dicho a nadie excepto a Xurxo, que la noche anterior, por teléfono, después de contarle todo lo de Toño, le había dicho que estaba loca, que no fuera, que el viejo era peligroso.

—Es un viejo de sesenta y ocho años —le había contestado ella.

—Eso mismo pensaría Iago de los viejos —había dicho Xurxo.

Le abrió la puerta una mujer de unos sesenta años con delantal negro y cofia blanca, como en las películas antiguas. La miró de arriba abajo sin decir nada. Luego, sin preguntarle quién era ni qué quería, la hizo pasar a un vestíbulo de piedra con una escalera de granito y le pidió que esperara.

Esperó diez minutos, de pie, mirando los cuadros: retratos oscuros de antepasados que no eran los de Ramiro, con gorgueras y armaduras y caras de cera; una marina con un galeón hundiéndose en una tormenta; un mapa antiguo de las rías gallegas con monstruos marinos dibujados en los márgenes.

La mujer volvió.

—El señor está en el jardín —dijo—. Que pase.

El jardín estaba en la parte de atrás del pazo, en una terraza de piedra que se asomaba sobre la ría.

Era un jardín de hortensias. Cientos, miles de hortensias, en macizos enormes que bajaban en bancales por la ladera hasta un muro de piedra al borde del acantilado.

Era octubre y las flores estaban ya secas, marchitas, de un color entre el rosa viejo y el marrón y el azul desvaído, como papel quemado.

Entre los macizos había caminos de grava, bancos de piedra, una fuente con un tritón de granito que escupía un hilo de agua.

Ramiro Castro estaba sentado en uno de los bancos, al final del jardín, junto al muro, mirando la ría.

Llevaba un jersey de lana gris de cuello vuelto, unos pantalones de pana marrón y unas botas de goma verdes.

Tenía una manta de cuadros sobre las rodillas, aunque no hacía frío.

A su lado, sobre el banco, había una bandeja con una cafetera de plata, dos tazas de porcelana y un vaso de agua.

Ya tenía dos tazas preparadas. Como si la estuviera esperando.

—Sargento Varela —dijo, sin volverse—. Siéntese. El café todavía está caliente.

Lucía se sentó en el otro extremo del banco. Ramiro le sirvió café sin preguntarle cómo lo quería, solo, sin azúcar, y le tendió la taza. Ella la cogió. No bebió.

Desde allí se veía la ría entera. Toda. La boca abierta al golfo Ártabro, el puerto de Sada al otro lado, las grúas de Porto Mandeo, el puente del ferrocarril, la desembocadura del Mandeo con los tejados de Betanzos subiendo por la colina.

Y en la orilla sur, pequeña, blanca, como un dado olvidado entre los eucaliptos, la Depuradora Brañas con su rampa de hormigón bajando hasta el agua.

—Compré esta casa por esta vista —dijo Ramiro—. Desde aquí lo veo todo. Todo lo que entra y todo lo que sale. Los barcos, los coches de la carretera, la gente. Me he pasado treinta años mirando la ría desde este banco.

—¿Y qué ve?

—Hoy veo que la marea está bajando. —Ramiro bebió un sorbo de café—. Y que viene una mujer a preguntarme por cosas que pasaron hace mucho tiempo.

—Y que pasaron hace dos semanas.

El viejo no contestó. Se quedó mirando la ría.

Lucía le miró de perfil: la cara picada, la piel fina y cuarteada como pergamino, la nariz grande, los ojos de un azul tan claro que parecían de cristal y que se movían despacio sobre el agua como los de un pájaro de presa sobre un campo.

Tenía las manos sobre la manta, grandes, nudosas, con manchas de vejez en el dorso. Le temblaban un poco.

—Conocí a tu madre —dijo Ramiro, de pronto—. Rosa. Trabajaba en la conservera de Sada cuando yo todavía tenía lanchas. Era la mujer más guapa de la ría. Tu padre tuvo mucha suerte.

—No hable de mi madre.

—Tu padre ha sido el único hombre honrado que he conocido en toda mi vida —siguió Ramiro, como si no la hubiera oído—.

Por eso calló. Los hombres honrados son los que mejor callan, sargento.

Porque saben lo que pierden si hablan. Los otros, los que no tienen nada que perder, son los que hablan.

Como Lito. —Hizo una pausa—. Pobre Lito.

Lucía apretó la taza entre las manos.

—¿Usted mató a Lito?

Ramiro se volvió por fin hacia ella. La miró con sus ojos de cristal, largamente, sin parpadear.

—Yo ya no mato a nadie, sargento —dijo—.

Soy viejo. Ahora matan otros. Y lo hacen mal.

—Volvió a mirar la ría—. Lito era mi amigo.

Mi mejor amigo durante veinte años. Le enseñé a navegar.

Fui el padrino de su hija, la que murió de leucemia a los siete años.

Pagué yo el hospital en Santiago, ¿lo sabías?

No, claro que no lo sabías. Nadie lo sabe.

—Se le quebró la voz un instante, apenas perceptible—.

No quería que le pasara eso. Yo no mandé eso. Eso lo mandaron otros.

—¿Quiénes?

—Ya lo sabes.

—Quiero oírselo decir a usted.

Ramiro sonrió, una sonrisa cansada.

—No voy a decir nada que puedas llevar a un juez, chavala. Soy viejo, pero no soy tonto. —Dejó la taza sobre la bandeja—. Pero te voy a decir algo que no te va a servir para un juez y que quizás te sirva para otra cosa.

Lucía esperó.

—Mi hijo es más listo que yo —dijo Ramiro—.

Mucho más. Estudió en Madrid, en Londres.

Habla cuatro idiomas. Sabe hacer sociedades en Panamá y en Madeira y en sitios que yo no sé ni dónde están.

Ha hecho dinero con mi dinero. Mucho más.

Pero no es de la ría. Nunca lo fue. Yo lo mandé fuera porque quería que fuera mejor que yo, y volvió siendo peor.

—Se pasó una mano por la cara—. Se metió con los de Caracas.

Con Lander, que era mi socio cuando yo hacía esto, y que es un hombre que no tiene madre.

Y se metió con la señora, que tampoco tiene madre, y que quiere ser presidenta de la Xunta, y que le pide dinero cada mes para la campaña y luego sale en la televisión hablando de la Galicia que se muere.

—Escupió las palabras—. Ellos no son de la ría.

No saben lo que es la ría. Para ellos es una autopista.

La van a dragar, ¿lo sabías? Van a abrir el Canal do Morto hasta dos metros.

Se van a llevar la ría por delante como si fuera un camino de tierra.

—Lo sé.

—Claro que lo sabes. —La miró otra vez—. Y sabes también que viene algo grande.

—El veintisiete.

Ramiro asintió lentamente.

—El veintisiete. La pleamar de las cinco menos diez.

Cuatro metros largos. La más grande del otoño.

—Se volvió hacia la ría y señaló con la mano temblorosa hacia la boca, hacia el golfo—.

El pesquero de Lander va a estar a doce millas de la boca desde medianoche.

Van a salir tres lanchas. La semirrígida del puerto, una planeadora portuguesa que viene de Viana do Castelo y otra que tienen escondida en un galpón de Mera.

Tres mil kilos, en tres viajes. Van a entrar por el canal norte.

Por el Canal do Morto. Todas por el canal norte, porque el dragado todavía no se ha hecho y es la única forma de llegar a la rampa sin que te vean desde Sada.

Y van a descargar en Brañas y cargar en cuatro camiones frigoríficos de Conservas Castro, que ahora también son de mi hijo.

—Hizo una pausa—. Los de mi empresa. Con mis latas.

Lucía le miraba sin respirar.

—¿Por qué me cuenta esto?

Ramiro tardó mucho en contestar. Abajo, en la ría, una garza blanca alzó el vuelo desde un banco de arena y se alejó despacio, rozando el agua con las puntas de las alas.

—Porque mi hijo me va a matar —dijo al fin, con voz muy tranquila—.

O va a dejar que me maten. Que es lo mismo.

Ya lo ha decidido. Lo vi en su cara el otro día, en la depuradora, cuando le llevé la contraria con el chaval.

Para él soy un viejo que habla de más y que tiene la costumbre de hacer nudos.

Soy un riesgo. Y los riesgos, eso lo aprendió de mí, se eliminan.

—Sonrió con tristeza—. Se lo enseñé yo. Todo lo que sabe se lo enseñé yo.

—Puedo ofrecerle protección.

—¿Tú? —Ramiro se rio, una risa breve y seca—.

¿Tú, que tienes a tu comandante metido hasta el cuello?

No, chavala. No quiero protección. Tengo sesenta y ocho años y un corazón que no funciona y muchos muertos en el fondo de la ría.

No me voy a ir a ninguna parte. —Se volvió a mirarla—.

Pero no quiero que mi hijo gane. Eso no.

No quiero que esos de Caracas y esa mujer que no tiene madre se queden con mi ría.

Antes prefiero que la queme toda una guardia civil.

Mejor tú que ellos. Por lo menos tú eres hija de Anselmo.

Se quedaron callados un rato. El café se había enfriado en las tazas. La marea seguía bajando, y en la orilla sur, junto a la depuradora, empezaba a asomar el fango gris brillando al sol.

—El cuerpo de Andrés Pena —dijo Lucía—. ¿Dónde está exactamente?

Ramiro no se movió.

—En el rincón noroeste de la antigua oficina.

Debajo de lo que ahora es el tanque 3. A metro y medio de profundidad, debajo de la solera del 94 y de la de 2019.

—Lo dijo sin emoción, como quien da una dirección—.

Con él están sus botas, la chaqueta vaquera y un reloj Casio que le había regalado su hermana por su santo.

La medalla no. La medalla la perdió en el fango. La busqué al amanecer y no la encontré.

—La encontró Lito.

Ramiro cerró los ojos un instante.

—Lito —murmuró—. Claro. Siempre fue el más listo de todos.

Lucía dejó la taza sobre la bandeja y se levantó.

—Señor Castro, voy a tener que volver. Con una orden. Con agentes. Con una excavadora para levantar ese tanque.

—Ya lo sé.

—Y voy a tener que detenerle.

—Eso también lo sé. —Ramiro la miró desde el banco, con la manta de cuadros sobre las rodillas y las manos temblorosas—. Si llegas a tiempo.

Ella no dijo nada. Se dio la vuelta y caminó por el sendero de grava entre las hortensias secas hacia la casa. A medio camino, oyó la voz del viejo a su espalda, más alta, más clara.

—¡Sargento!

Se volvió. Ramiro se había levantado del banco y estaba de pie junto al muro, con la ría detrás, con la manta caída a sus pies sobre la grava.

—Dile a tu padre —dijo— que lo siento. Que no debí decirle aquello en el entierro de tu madre. Que fue una crueldad que no merecía. Que era un hombre mejor que yo.

Lucía le miró durante un largo momento.

—Se lo diré —dijo.

Salió del jardín, cruzó el vestíbulo de piedra donde la mujer de la cofia la miró pasar sin decir nada, se subió al coche junto al hórreo y bajó por el camino de castaños hacia la carretera.

Al llegar abajo, paró en el arcén y escribió en el móvil, deprisa, todo lo que le había dicho Ramiro: la hora, las tres lanchas, Viana do Castelo, el galpón de Mera, los camiones de Conservas Castro, el rincón noroeste de la oficina, un metro y medio, el reloj Casio.

Lo mandó a Xurxo y a Sabela.

Luego llamó a un número de Madrid que había buscado esa mañana en un viejo cuaderno de la UCO y que llevaba dos años y medio sin marcar.

Dio tres tonos.

—Fiscalía Especial Antidroga, despacho de doña Inés Arregui, ¿dígame?

* * *

Ramiro Castro apareció muerto el lunes a las ocho de la mañana en el jardín de hortensias del Pazo de Vilar.

Lo encontró la mujer de la cofia, que le llevaba el café como todas las mañanas.

Estaba en el banco del final del jardín, junto al muro, sentado, con la cabeza caída sobre el pecho y la manta de cuadros sobre las rodillas, mirando la ría.

Tenía un único agujero de bala en la sien izquierda. Un orificio limpio, de pequeño calibre. No había arma. No había casquillos. No había huellas en la grava ni nadie había oído nada.

La policía científica determinó más tarde que el disparo se había hecho desde muy cerca, a menos de un metro, y que la víctima no había hecho ningún gesto para defenderse. Como si conociera a quien se acercaba. Como si lo estuviera esperando.

A su lado, sobre el banco, había una bandeja con una cafetera de plata y dos tazas de porcelana.

Una estaba usada.

La otra, limpia.