La última pleamar (El secreto de la ría 1) 31. Toño
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31. Toño

Xurxo Mosquera fue a ver a su primo el sábado por la tarde sin decírselo a nadie.

No se lo dijo a la sargento. No se lo dijo a Noemí. Le dijo a ella que iba a Sada a ver un coche de segunda mano que vendía un compañero, y ella le miró con esa mirada suya que lo sabía todo y no preguntaba nada, y le dio un beso, y le dijo que volviera pronto que Martiño tenía fiebre.

Toño vivía en un piso nuevo en el paseo marítimo de Sada, un ático con una terraza enorme que daba al puerto deportivo, con barandillas de cristal, una barbacoa de obra y una mesa de teca con ocho sillas que nunca se usaban.

Le abrió la puerta en calzoncillos y camiseta, sin afeitar, con los ojos rojos y un vaso de whisky en la mano.

Detrás de él, el salón estaba a oscuras con todas las persianas bajadas, aunque eran las cinco de la tarde.

—Primo —dijo Toño. Y se echó a llorar.

Tardó casi una hora en calmarse. Xurxo le hizo un café, le obligó a bebérselo, le quitó el whisky de las manos y lo vertió en el fregadero.

Toño se dejó hacer. Se sentó en el sofá de cuero blanco del salón a oscuras, encogido, con las rodillas contra el pecho, como cuando eran niños y se escondían en el pajar de la abuela los días de tormenta.

—Están aquí —dijo al fin—. Los venezolanos. Los de Lander. Llegaron hace diez días. Están en un piso de Bergondo. Vienen a la depuradora todas las noches.

—Ya lo sé.

Toño le miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Sé muchas cosas, Toño. Más de las que piensas.

Su primo se quedó callado un momento. Luego se rio, una risa histérica, rota, que acabó en un sollozo.

—Pues entonces sabes que estoy muerto. —Se limpió la nariz con el dorso de la mano—.

¿Sabes lo que pasó el jueves por la noche?

Bieito nos mandó a Mera. A los venezolanos.

A una casa donde supuestamente estaba la novia de Iago con las fotos.

Y no había nadie. Una trampa. Y los venezolanos llamaron a Bieito gritando, y Bieito llamó a su amigo de la Guardia Civil gritando, y su amigo de la Guardia Civil le dijo que él no sabía nada, que la información era buena, que se lo había dicho la propia sargento.

—Toño se tapó la cara—. Y ahora Bieito está loco.

No se fía de nadie. Y sabe que el chaval hizo fotos aquella noche.

Y sabe que yo salgo en las fotos. Sabe que yo soy el que se ve.

Y los venezolanos me miran de una manera…

—¿De qué manera?

—Como si ya estuviera muerto.

Xurxo se sentó a su lado en el sofá. El cuero crujió.

—Toño —dijo—. Cuenta.

—¿Contar qué?

—Esa noche. La noche del chaval.

Toño le miró. Tenía los ojos pequeños, muy juntos, rojos, llenos de agua. Por un momento, Xurxo vio en ellos al niño de diez años que le enseñó a nadar en el Mandeo, sujetándole por la barriga, gritándole que moviera las piernas, que no tuviera miedo, que él no le iba a soltar.

—Si te lo cuento, ¿qué va a pasar?

—Si me lo cuentas y lo repites delante de una fiscal, vas a la cárcel. Muchos años. Pero vivo. —Xurxo le cogió del brazo—. Si no me lo cuentas, los venezolanos van a hacer contigo lo que hicieron con el chaval. Y con el viejo Lito. Y tú lo sabes mejor que yo.

Toño se quedó mirando la pared durante mucho tiempo. En la penumbra del salón, entre las rendijas de las persianas, entraba una luz gris que dibujaba rayas en el suelo de tarima.

—Estábamos descargando —dijo al fin—. La semirrígida del puerto.

Los de siempre, yo, Brais el del Chucho, los dos chavales de Lander que venían antes, los del pesquero.

Llegó el coche. La señora bajó, cogió la bolsa.

Eso era normal, venía cada mes. Y entonces Brais vio el flash.

Entre los juncos. Un flash, Xurxo. El tonto del chaval había hecho una foto con el flash encendido. O se le disparó solo, no sé.

—Sigue.

—Brais y yo fuimos detrás. Por el fango.

Brais cogió el bichero de la lancha. El chaval estaba en la marisma, metido en el fango hasta la cintura, con un teléfono en la mano.

Estaba haciendo algo con el teléfono. Mandando algo.

Brais llegó primero. —Toño cerró los ojos—.

Le dio con el bichero en la cabeza. Una vez.

Solo una. El chaval se cayó al fango. El teléfono se cayó al fango.

Yo lo busqué, Xurxo, te lo juro, lo busqué con las manos durante media hora y no lo encontré. Se hundió.

—¿Y el chaval?

—Todavía estaba vivo. Respiraba. —A Toño le temblaba la barbilla—.

Lo llevamos a la depuradora. A la oficina.

Yo dije de llevarlo al hospital, dije que todavía estaba vivo, que dijéramos que se había caído remando.

Brais se rio de mí. Llamó a Bieito. Bieito llegó en veinte minutos.

Miró al chaval y salió fuera a llamar por teléfono.

Y cuando volvió dijo: «Ya está decidido. »

—¿Quién lo decidió?

—No sé con quién habló. Pero lo oí, Xurxo. Estaba justo al lado de la puerta. Oí cómo hablaba y oí una voz de mujer en el teléfono, muy baja, pero se oía. Y ella dijo: «Que no quede nada.» Eso dijo. Bieito colgó y nos lo repitió: «Que no quede nada.»

Xurxo sintió frío. Un frío que no venía de ningún sitio.

—¿Era la señora?

—¿Quién más iba a ser? —Toño abrió los ojos—. La señora se acababa de ir con la bolsa. Vio el flash igual que nosotros. Estaba en el coche, a menos de un kilómetro. —Se le escapó un sollozo—. Y entonces llegó el viejo.

—¿Ramiro?

—Don Ramiro. Bieito no lo llamó. Lo llamaron los de siempre, los viejos, que le siguen contando todo.

Llegó a las cuatro y media, con un abrigo por encima del pijama.

Miró al chaval. Y dijo que no. Que no se iba a tirar a la ría para que desapareciera.

Que se iba a dejar en el muelle, en la escalera de la Ribeira, debajo del bar de Anselmo, a la vista de todos.

Con el nudo de antes. Para que todo el pueblo se acordara de cómo funcionan las cosas.

Para que el viejo Anselmo, sobre todo, se acordara.

—Toño se rio, horrible—. Bieito se puso como loco.

Se gritaron. Padre e hijo, gritándose en la oficina con el chaval muriéndose en el suelo.

Y al final ganó el viejo. Siempre gana el viejo.

Y el nudo lo hizo él. Con sus manos. Hasta le temblaban las manos, pero lo hizo él.

—¿El chaval estaba vivo cuando lo ataron?

Toño no contestó. No hizo falta.

Xurxo se levantó del sofá. Caminó hasta la ventana, apartó una lama de la persiana, miró afuera. El puerto deportivo de Sada, los veleros blancos alineados, los mástiles tintineando con el viento, un niño con un chubasquero rojo tirándole pan a las gaviotas. La vida normal. El sábado por la tarde.

—Vas a declarar —dijo, sin volverse—. Delante de una fiscal de Madrid. No de la Guardia Civil de aquí. Una fiscal que no controla nadie. Y vas a contar todo esto.

—Me matan.

—Te matan igual. Así por lo menos tienes una posibilidad.

Toño se quedó callado mucho tiempo.

—Mi madre —dijo al fin—. Si declaro, tienes que sacar a mi madre de Coirós. Antes. Llevarla a algún sitio donde no la encuentren. Ella no sabe nada. No tiene culpa de nada.

—Mi tía —dijo Xurxo—. Claro.

—Dame hasta el lunes. Hasta el lunes por la mañana. Tengo que cerrar unas cosas. Tengo dinero guardado, quiero que se lo des a ella. Y… tengo que despedirme de algunas personas.

—Toño…

—Hasta el lunes, Xurxo. —Su primo le miró, y por primera vez en toda la tarde no lloraba—. Por favor. Hasta el lunes. Después hago lo que tú digas.

Xurxo dudó. Sabía que no debía. Sabía lo que la sargento le diría. Sabía lo que cualquier manual diría.

Pero era Toño. El que le enseñó a nadar en el Mandeo.

—Hasta el lunes a las ocho —dijo—. Vengo a buscarte aquí. Y si no estás, te voy a buscar donde sea.

—Estaré.

Se abrazaron en la puerta. Toño olía a whisky y a sudor y a miedo. Xurxo le apretó fuerte, como cuando eran niños, y sintió que su primo temblaba entero entre sus brazos, como un animal pequeño.

Bajó en el ascensor. Salió al paseo marítimo. Se subió al coche.

Antes de arrancar, sacó el móvil y le escribió a la sargento.

Toño ha hablado. Va a declarar. El lunes. Te llamo esta noche y te cuento todo.

Luego arrancó y volvió a Betanzos, donde su hijo tenía fiebre.