30. Ramiro en el galpón
Cuando las luces de la furgoneta de Anselmo se perdieron por la carretera, Ramiro Castro se quedó en el umbral de la oficina con las manos en los bolsillos y esperó a que el ruido del motor se apagara del todo. Luego se volvió hacia el chaval.
Andrés estaba de pie junto a la silla, con la mano vendada apretada contra el pecho, temblando. La llama azul de la estufa de butano le iluminaba la cara desde abajo y le hacía parecer más joven todavía, un niño, un niño con el pelo largo y la chaqueta vaquera llena de barro.
—Siéntate —dijo Ramiro.
Andrés no se sentó.
—Siéntate, chaval. No te voy a hacer nada. Estás helado. Siéntate y caliéntate.
Andrés se sentó. Ramiro cogió la otra silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas, con los brazos cruzados sobre el respaldo, frente a él, a un metro.
Cogió la petaca de coñac de Anselmo de encima de la mesa, la agitó para ver cuánto quedaba, bebió un trago y se la ofreció. Andrés negó con la cabeza.
—Anselmo me ha dicho que querías ir al cuartel —mintió Ramiro, con suavidad. Anselmo no le había dicho nada; no había hecho falta. Lo había oído él mismo desde la rampa, antes de entrar, en la voz aguda y rota del chaval que salía por la puerta entreabierta—. ¿Es verdad?
Andrés le miró. No contestó.
—No pasa nada —dijo Ramiro—. Es normal. Tienes miedo.
Yo también tuve miedo a tu edad. La primera vez que pasé tabaco de Portugal en una dorna, los carabineros portugueses dispararon al aire y me cagué en los pantalones.
Literalmente, chaval. Volví a casa oliendo a mierda y mi madre me dio una paliza.
—Sonrió—. El miedo es bueno. El miedo te mantiene vivo.
Lo que hay que saber es qué hacer con el miedo.
—Yo no quiero ir a la cárcel —dijo Andrés, con un hilo de voz.
—No vas a ir a la cárcel.
—La lancha está allí en medio. Mañana la va a ver todo el mundo. Los guardias pasaron. Vieron…
—Los guardias no vieron nada. Y si vieron algo, no van a hacer nada, porque mañana por la mañana, cuando amanezca, la lancha ya no va a estar allí.
Lito la va a quemar. Y la ría va a bajar y va a subir, y cuando vuelva a subir no va a haber nada.
Solo fango. —Ramiro se inclinó un poco hacia delante—.
La ría es como una madre, Andrés. Nos tapa a todos. Siempre.
El chaval se quedó mirando la llama azul de la estufa.
Ramiro le dejó mirar. Conocía ese silencio.
Lo había visto en muchos hombres, a lo largo de los años, en los momentos en que había que decidir.
Era el silencio de alguien que está pesando cosas.
A veces la balanza caía de un lado. A veces del otro.
—Mañana voy a ir igual —dijo Andrés al fin, muy bajo, sin levantar la vista de la estufa—. Perdona, Ramiro. Pero voy a ir. No puedo… no puedo vivir así. Con esto. Tengo que decirlo.
Ramiro asintió despacio, como si lo hubiera esperado.
—Está bien —dijo—. Lo entiendo.
Se levantó. Dejó la silla en su sitio. Fue hasta la puerta de la oficina y la abrió del todo. La noche entró, fría, con su olor a fango y a sal y el murmullo de la ría que seguía vaciándose.
—Ven —dijo—. Te llevo a casa. No estás para ir andando.
Andrés se levantó. Dudó un segundo. Luego cogió su chaqueta vaquera del respaldo de la silla y caminó hacia la puerta, hacia Ramiro, hacia la noche.
Al pasar junto a él, Ramiro vio en la cara del chaval algo que no esperaba: alivio. Le estaba agradecido. Pensaba que le había entendido. Pensaba que le iba a dejar ir.
Ramiro sintió algo que no había sentido en años.
Se le cerró la garganta. Durante un segundo, solo un segundo, pensó en sus hermanos pequeños.
En Xosé, que se había muerto de difteria con cuatro años en la cama de la casa de Coirós, en invierno, con la cara azul.
En Manolo, que se ahogó en el Mandeo a los seis.
En Pilar, a la que no llegó a conocer. Pensó en la cara de su madre lavando ropa en el río con las manos rojas de frío.
Pensó que todo lo que había hecho en su vida lo había hecho para no volver nunca a esa casa, a esa cama, a ese invierno.
Luego el segundo pasó.
Salieron a la rampa. Andrés iba delante, abrazándose a sí mismo, con la cabeza gacha.
Ramiro iba detrás. Junto a la puerta del almacén, apoyado en la pared, había un bichero de aluminio, un palo largo con un gancho en la punta de los que se usan para atracar las lanchas. Ramiro lo cogió sin dejar de andar.
Andrés oyó el ruido del metal contra la pared y se volvió.
Vio el bichero. Vio la cara de Ramiro. Lo entendió todo en un instante, y en ese instante echó a correr.
No hacia la carretera. Hacia la ría. Hacia la oscuridad, hacia los juncos, hacia el fango de la orilla, como corren los animales acosados, sin pensar, hacia donde creen que van a estar a salvo.
Corrió por la rampa abajo, saltó al barro de la orilla, se hundió hasta las rodillas, siguió corriendo, cayéndose, levantándose, braceando, hundiéndose más a cada paso.
Ramiro no corrió. Bajó la rampa caminando, sin prisa, con el bichero en la mano.
El fango alcanzó a Andrés a veinte metros de la orilla.
Se hundió hasta los muslos y ya no pudo sacar las piernas.
Se quedó atrapado, retorciéndose, con los brazos extendidos hacia los juncos, que estaban a dos metros, a un metro, inalcanzables.
Gritó una vez. Un grito corto, agudo, que la ría se tragó enseguida.
Ramiro llegó hasta él caminando por el borde, donde el fango era más firme, por donde había caminado mil veces desde niño.
Se detuvo a su lado. Andrés se volvió hacia él, con la cara llena de barro, con los ojos muy abiertos, con la mano vendada levantada como si quisiera protegerse.
Su cadena de oro con la medalla de la Virgen del Carmen se le había salido del cuello de la camiseta y brillaba en la oscuridad.
—Por favor —dijo el chaval—. Ramiro. Por favor.
Ramiro levantó el bichero.
Después, mucho después, cuando el agua se había retirado del todo dejando la ría convertida en una llanura de fango gris que humeaba en el frío de la madrugada, Ramiro volvió al almacén arrastrando el cuerpo por la orilla, cogido de la chaqueta vaquera.
En la oficina, el suelo era de tablones de madera clavados sobre la tierra.
Los habían puesto así en los años cincuenta, cuando el almacén era todavía de sal de verdad, y nunca nadie los había cambiado.
Ramiro levantó cuatro tablones con una palanca.
Cavó en la tierra húmeda, negra, salada, con una pala de las de echar sal, durante una hora y media.
Cuando terminó, metió el cuerpo en el agujero, de lado, con las rodillas dobladas, como duermen los niños.
Lo tapó con la tierra. Pisó la tierra. Volvió a colocar los tablones y a clavarlos.
Luego se lavó las manos y la cara en la ría, se miró la manga derecha de la chaqueta, oscura y mojada, y no se molestó en lavarla. Volvió caminando por la orilla al Canal do Morto, donde Lito le esperaba junto a la planeadora varada, temblando, y no dijo nada.
Esa misma semana llamó a un constructor de Miño que le debía favores y le mandó echar una solera nueva de hormigón en toda la nave y en la oficina. Dijo que el suelo viejo estaba podrido por la sal. El constructor no preguntó nada. Nadie preguntaba nunca nada a Ramiro Castro.
En noviembre mandó la postal de Caracas.
En diciembre le dio el dinero a Anselmo.
Y durante los treinta y dos años siguientes, cada vez que pasaba en coche por la carretera de la orilla sur y veía el almacén de sal, y luego la depuradora con sus tanques, Ramiro Castro se santiguaba con la mano derecha, discretamente, sin que nadie lo viera.
No porque creyera en Dios. Hacía mucho tiempo que no creía en nada.
Lo hacía porque su madre le había enseñado que había que santiguarse al pasar por delante de un cementerio.