29. Corvo
A las dos y diecisiete de la madrugada, el teléfono vibró sobre la mesa de la cocina.
Era Sabela. No era una llamada. Era una foto.
Detrás de la foto, un mensaje.
Llegaron hace cinco minutos. Dos hombres. Están mirando la casa desde el coche.
Lucía se quedó mirando la pantalla. No se movió. Sintió algo muy frío extenderse desde el centro del pecho hacia los brazos y las piernas, como el agua de la ría subiendo por la escalera del muelle.
Un Seat León gris.
A las dos y veintiséis llegó otra foto. Los dos hombres fuera del coche, junto a la verja de la casa.
Uno con la cabeza rapada. El otro, más delgado, con la cara marcada.
Lucía no los había visto nunca, pero no le hizo falta: eran de fuera, y eran de Lander.
El de la cabeza rapada estaba mirando el móvil, iluminándose la cara con la pantalla.
Han saltado la verja.
A las dos y treinta y uno.
Han entrado por la puerta de atrás. He oído romper un cristal.
A las dos y cuarenta y cuatro.
Han salido. Muy rápido. Uno de ellos está hablando por teléfono, gritando. Suben al coche.
A las dos y cuarenta y seis llegó la última foto. El Seat León gris arrancando, las luces encendidas, saliendo de la calle Camelias a toda velocidad. La matrícula, iluminada de lleno por una farola, perfectamente nítida.
Se han ido. Estoy temblando, Lucía. Estoy temblando como una hoja.
Lucía le escribió que se quedara donde estaba, que no saliera del garaje hasta que se hiciera de día, que no encendiera ninguna luz. Luego se quedó sentada en la cocina a oscuras, con el teléfono en la mano.
No lloró. No gritó. No hizo nada.
Solo pensó en Nelson Brito bajando la basura una noche de marzo en Usera, con la bolsa en una mano, abriendo el portal.
Pensó en una niña de ocho años con un cuaderno de Lengua.
Pensó en un hombre de pelo gris cortado a cepillo levantándose de detrás de una mesa a las seis de la mañana para darle un abrazo.
No es culpa tuya, Lucía. Déjamelo a mí. Yo me encargo.
Se había encargado. Se había encargado de todo.
* * *
A las siete de la mañana llamó Paco Bermúdez desde Sada.
—Nada —dijo, con la voz pastosa de no haber dormido—. El Miramar cerró a la una y me quedé en el coche enfrente del portal hasta ahora. No ha entrado nadie. No ha salido nadie. Un gato y un borracho que meó en la esquina. Eso es todo.
A las siete y veinte llamó el dueño del Hostal Ría de Cabanas.
—Nadie ha preguntado por la habitación 7, señora.
He revisado la cámara de la escalera. No ha subido nadie en toda la noche.
—Una pausa—. Bueno, ahora mismo, a las siete y cuarto, ha llegado un chico grande, de paisano, con una bolsa de pastelería y un termo.
Ha preguntado por Laura Pérez. Le he dicho que no estaba, como me dijo usted.
Se ha puesto muy preocupado. Ahora está sentado en la terraza, llamando por teléfono.
En ese mismo instante, el teléfono de Lucía vibró con una llamada entrante. Xurxo.
Lucía lo miró sonar tres veces. Luego contestó.
—Sargento. —La voz de Xurxo sonaba alarmada—. Estoy en el hostal. La chica no está. El dueño dice que no ha venido nadie llamado Laura Pérez en toda la noche. Sargento, ¿qué ha pasado? ¿Le ha pasado algo?
Lucía cerró los ojos. Sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho, algo que llevaba dos semanas apretado como un nudo de planeadora.
—Xurxo —dijo—. Quédate ahí. Pide un café. Voy para allá.
—Pero, ¿y la chica?
—La chica está bien. Está a salvo. Nunca estuvo ahí. —Hizo una pausa—. Perdóname, Xurxo.
—¿Qué?
—Tenía que saberlo. Perdóname.
Lo encontró en la terraza acristalada del hostal, sentado a una mesa junto a la ventana, con un café con leche delante sin tocar, la bolsa de la pastelería y el termo sobre la silla de al lado.
Llevaba un jersey de lana gris y unos vaqueros, y tenía la cara de alguien que no ha dormido y que acaba de llevarse el peor susto de su vida.
Al otro lado del cristal, la playa de la Magdalena estaba vacía bajo un cielo de color plomo, con la marea baja y las gaviotas picoteando en la arena mojada.
Lucía se sentó frente a él. Le contó todo.
Le contó lo de Antía en Ferrol, las catorce fotos, la nota de voz.
Le contó lo de Lito y la lata de galletas bajo la dorna.
Lo de la medalla. Lo del Audi negro y la cinta adhesiva y la foto de Sabela.
Lo de su padre y los siete millones de pesetas.
Lo de Martín y el vídeo de 2019. Lo de Teresa Lema en el banco de piedra del pazo de Mariñán.
Lo de Nelson y Corvo y la lista de tres comandantes gallegos.
Lo de la Pesquera Oriental del Caribe. Lo de las tres casas y las tres historias y el Seat León gris aparcado delante del número 14 de la calle Camelias de Mera a las dos y diecisiete de la madrugada.
Tardó casi una hora. Xurxo no la interrumpió ni una vez.
Escuchó con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas delante de la boca, sin moverse, y Lucía vio cómo se le iba transformando la cara a medida que avanzaba la historia: la sorpresa, la incredulidad, el horror, la rabia, y al final, cuando llegó a las tres casas, algo que no era ninguna de esas cosas. Algo herido.
—Me pusiste a prueba a mí también —dijo, cuando ella terminó.
—Sí.
—Pensabas que podía ser yo.
—Pensaba que podía ser cualquiera. —Lucía le sostuvo la mirada—. Tu primo supo lo de la taquilla esa misma noche, Xurxo. Solo estábamos tú, yo y el presidente del club.
Xurxo bajó la vista. Se quedó mirando el café con leche, frío, con una película de nata en la superficie.
—El presidente del club tiene una hermana —dijo al fin—.
Viuda. Vive en Sada. Trabaja en la depuradora de Brañas, en la oficina, desde hace seis años.
Se llama Pura. Es la que le lleva las cuentas a Toño.
—Levantó la vista—. Seguro que Benito la llamó esa misma noche para contárselo, llorando, porque es un buen hombre y estaba deshecho.
Y Pura se lo contó a Toño al día siguiente.
Así funciona esto, sargento. No hace falta ser un traidor. Basta con tener una hermana.
Lucía no dijo nada. Pensó en Benito Seixo con los ojos rojos en la puerta del vestuario. Pensó en el pueblo, en todas las hermanas, primos, cuñados, vecinos, en toda esa red de hilos invisibles que unía a todo el mundo con todo el mundo, como las raíces de los juncos debajo del fango.
—Tienes razón —dijo—. Lo siento.
—No lo sientas. —Xurxo se pasó las manos por la cara—. Hiciste bien. Yo también me habría puesto a prueba. —Una pausa—. Además, hay algo que no te he contado. Y que debería haberte contado hace dos semanas.
Y le contó lo del Recuncho. Lo de Toño con los chipirones y el Ribeiro. Lo del BMW y el reloj de oro. Lo de don Ramiro preguntó por ti . Lo de a los de la familia hay que cuidarlos . Lo de la noche entera sentado al borde de la cama mirando dormir a su hijo.
—Tenía miedo —dijo—. Tengo miedo. Tengo un hijo de ocho meses, sargento.
—Lo sé.
—Y Toño… —Se le quebró la voz—. Toño era como mi hermano. Robábamos cerezas juntos. Me enseñó a nadar en el Mandeo. Y ahora… —Miró por la ventana, hacia la playa vacía—. En la nota de voz. La voz que se oye al final. Toño, ya está. Era él, ¿verdad? Era Toño el que…
—No lo sabemos.
—Sí que lo sabemos.
Se quedaron callados un rato. Al otro lado del cristal, una mujer con un chubasquero amarillo paseaba un perro por la orilla, muy lejos, una mancha de color en un mundo gris.
—¿Y ahora qué? —preguntó Xurxo.
Lucía sacó el móvil y le enseñó la última foto de Sabela: el Seat León gris saliendo de la calle Camelias, con la matrícula iluminada por la farola.
—Ahora sabemos quién es Corvo —dijo—. Sabemos que Ferrín le pasa a Lander todo lo que le cuento.
Sabemos que hay dos sicarios venezolanos en Galicia buscando a Antía.
Sabemos que Teresa Lema recoge bolsas de dinero en la rampa de la depuradora.
Sabemos que el 27 de octubre, con la pleamar de las cinco menos diez, va a entrar en la ría la carga más grande que han movido nunca.
Y sabemos que no podemos contárselo a nadie de nuestra propia casa, porque nuestra propia casa está podrida desde arriba.
—Entonces, ¿a quién?
Lucía guardó el móvil.
—A alguien de fuera —dijo—. A alguien que Ferrín no controle. A alguien que tenga más poder que él.
—¿Conoces a alguien así?
Lucía tardó en contestar. Pensó en una fiscal de Madrid, de pelo gris y mirada dura, que había llevado el caso de Nelson en la Fiscalía Especial Antidroga y que, cuando cerraron la investigación interna sin culpables, le había dicho en un pasillo de la Audiencia Nacional, en voz baja, sin que nadie las oyera: Yo no me lo creo, sargento.
Si algún día tiene algo, venga a verme. Solo a mí.
—Conozco a una persona —dijo—. Hace dos años y medio que no hablo con ella.
—¿Y te fías?
—No me fío de nadie, Xurxo. —Lucía se levantó—. Pero de ella me fío un poco menos que de nadie.
Xurxo también se levantó. Cogió la bolsa de la pastelería de la silla y se la tendió.
—Toma. Son cruasanes. Eran para la chica.
Lucía la cogió. Se miraron un momento, de pie en la terraza acristalada del hostal vacío, con la luz gris de la mañana entrando por los cristales. Luego Xurxo le tendió la mano.
Ella se la estrechó.
No dijeron nada más. No hacía falta.