La última pleamar (El secreto de la ría 1) 28. Prueba de bario
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28. Prueba de bario

En la UCO había un sargento primero de Valladolid, ya jubilado, que se llamaba Ruperto Alonso y que le había enseñado a Lucía casi todo lo que sabía sobre topos.

Tenía sesenta años cuando ella llegó, un bigote canoso de los de antes, una barriga considerable y una costumbre que volvía locos a todos: comía pipas de girasol durante las vigilancias y escupía las cáscaras en un vaso de plástico que luego olvidaba en cualquier sitio.

—Para cazar un topo, chavala —le dijo una vez, en un coche aparcado en un polígono de Getafe a las cuatro de la mañana—, no hay que buscar el agujero.

Hay que darle de comer. Le das a cada sospechoso una comida distinta, y luego miras qué comida sale por el otro lado.

Los ingleses lo llaman la prueba del bario, como lo que te dan para hacerte una radiografía del estómago.

Le das a cada uno una historia diferente, solo a él.

Y esperas a ver cuál llega a donde no tenía que llegar.

—¿Y si no llega ninguna?

—Entonces o no hay topo, o el topo es más listo que tú. —Ruperto escupió una cáscara en el vaso—. Y en ese caso, chica, búscate otro trabajo.

Lucía se acordó de Ruperto Alonso la noche del jueves, en la cocina de su padre, con una servilleta de papel delante, un bolígrafo en la mano y tres nombres escritos en columna.

Ferrín.

Xurxo.

Martín.

Lo había pensado durante horas. Había llevado a Antía a la casa de la tía de Sabela en Cariño, al final de la ría de Ortigueira, a hora y media de Betanzos por carreteras de montaña: una casa de piedra con la fachada de pizarra mirando al mar, en una aldea de doce habitantes donde la mitad de las casas estaban cerradas y la otra mitad la ocupaban señoras de ochenta años que no hablaban con nadie de fuera.

La tía de Sabela, una mujer grande y seca que había sido percebeira durante cuarenta años, había mirado a Antía de arriba abajo, le había preguntado si sabía hacer filloas y, cuando la chica dijo que no, le había dicho que entonces le iba a enseñar.

Lucía se había ido de allí más tranquila de lo que había estado en dos semanas.

Pero solo cuatro personas sabían dónde estaba Antía: Sabela, su tía, Antía y ella.

Ahora necesitaba saber quién más estaba escuchando.

Ferrín había sabido el nombre de la Pesquera. Pero Ferrín podía haberlo sabido por Bieito, que había estado en la cámara frigorífica, o por la aduana, que tenía los papeles. No era una prueba. Era una sospecha. Una sospecha con forma de servilleta tachada a las tres de la madrugada.

Xurxo era primo de Toño. Toño había sabido, la misma noche, que ella había abierto una taquilla en el club de remo y había salido con una bolsa. Solo Xurxo, el presidente del club y ella habían estado en ese vestuario.

Martín le había mentido tres veces sobre si le había contado a alguien lo de las fotos de Iago. Y a Martín le habían dejado una foto de su hija en el asiento trasero del coche horas después de hablar con ella.

Tres nombres. Tres comidas distintas.

Lucía cogió el teléfono.

Primero llamó a Ferrín. A su móvil personal, a las diez y media de la noche, con la voz cansada y un poco temblorosa, la voz de una mujer que se rinde.

—Mi comandante, perdone la hora. Necesito pedirle algo.

—Dime, Lucía.

—Sé que estoy apartada del caso de Iago Souto.

Y lo acepto. Pero esta tarde me ha llamado una persona.

La novia del chico. Antía Lagares. Está muy asustada.

Dice que han ido a buscarla a casa de sus padres dos hombres que no conocía.

Me ha pedido ayuda porque Iago le habló de mí.

—Hizo una pausa calculada—. Dice que Iago le dejó algo antes de morir.

No sé qué es, no me lo ha querido contar por teléfono.

Está escondida en una casa vacía de unos amigos de su familia en Mera, en una urbanización junto a la playa, en la calle Camelias, número 14.

Le he dicho que no se mueva de allí. —Otra pausa—.

Mi comandante, yo no puedo hacer nada, estoy fuera del caso.

Pero creo que habría que ponerle protección.

Y que el teniente Iglesias debería ir a hablar con ella mañana.

Al otro lado, Ferrín tardó un segundo en contestar.

—Has hecho bien en llamarme, Lucía. Muy bien. —Su voz era cálida, aliviada—. Yo me encargo. Mañana a primera hora mando a Iglesias con una patrulla. Esta noche haré que pase un coche por la zona. Tú no te preocupes. Y no vayas tú, ¿eh? Déjanoslo a nosotros.

—Gracias, mi comandante.

—A ti, Lucía. Me alegra que por fin confíes en mí.

Colgó. Lucía se quedó mirando el teléfono.

La casa de la calle Camelias, número 14, en Mera, era de una prima de Sabela que vivía en Londres y la tenía cerrada desde el verano.

Estaba vacía. Tenía las persianas bajadas y una alarma desconectada.

Y en la casa de enfrente, en el número 15, había un garaje con una ventana pequeña que daba a la calle, y en ese garaje, desde las nueve de la noche, estaba Sabela Rey sentada en una silla plegable con una cámara de fotos con teleobjetivo, un termo de café y una manta.

Después llamó a Xurxo.

No le llamó por teléfono. Fue a buscarle a su casa, a las once y cuarto, y le pidió que bajara un momento al portal.

Xurxo bajó en chándal y zapatillas, con los ojos hinchados de sueño.

Se quedaron de pie en el portal iluminado de la urbanización, junto a los buzones, mientras arriba, en el segundo, se oía llorar al bebé.

—Perdona la hora —dijo Lucía—. No quería hacerlo por teléfono.

—¿Qué pasa?

—He encontrado a Antía. La novia de Iago.

Xurxo abrió mucho los ojos.

—¿Dónde?

—Está en un hostal de Cabanas. El Hostal Ría, junto a la playa de la Magdalena, habitación 7.

Ha registrado con nombre falso, Laura Pérez.

Tiene unas fotos que le mandó Iago la noche que murió.

—Lucía le miró fijamente—. No se lo he dicho a nadie, Xurxo.

Ni a Iglesias, ni al comandante, ni a nadie.

Solo a ti. Porque necesito que mañana por la mañana, cuando estés libre, vayas tú a verla, de paisano, y le lleves algo de comer, y te asegures de que está bien. No puedo ir yo. Me vigilan.

Xurxo se quedó callado. Arriba, el bebé seguía llorando.

—¿Por qué me lo dices a mí? —preguntó al fin—. Llevas dos semanas sin contarme nada.

—Porque necesito confiar en alguien.

Xurxo la miró durante un largo rato. Lucía vio en su cara algo complicado, algo que pasaba muy deprisa: sorpresa, alivio, miedo, culpa. No supo leerlo. No supo si era la culpa de quien piensa traicionar o la de quien lleva días sintiéndose traicionado.

—Vale —dijo Xurxo—. Mañana voy.

—Gracias.

El Hostal Ría de Cabanas era un hostal real, de verdad, abierto todo el año, regentado por una pareja de jubilados de Pontedeume.

La habitación 7 estaba en el primer piso, con vistas a la playa.

Lucía la había reservado esa tarde por teléfono a nombre de Laura Pérez, con una tarjeta de prepago.

En la cafetería del hostal, que cerraba a medianoche pero cuyas mesas de la terraza acristalada se veían desde la carretera, había una cámara de vigilancia que daba a la escalera.

Y el dueño del hostal era primo hermano de Benito Seixo, el presidente del club de remo, que había llorado por Iago en la puerta del vestuario y que, cuando Lucía le pidió aquella tarde si conocía a alguien de confianza en Cabanas, no le preguntó para qué.

Por último, llamó a Martín.

Le escribió un mensaje. El primero desde la noche de la caseta.

Necesito tu ayuda. He encontrado a la novia de Iago.

Tiene sus fotos. Está escondida en un piso vacío de Sada, en la calle Real, 33, tercero izquierda, encima de la ferretería.

Es de un compañero de Madrid que lo tiene alquilado para el verano.

Si te enteras de que alguien pregunta por ella en el puerto o en el pueblo, avísame. Solo a mí. — L.

Martín contestó a los dos minutos.

Vale. Gracias por confiar en mí. Ten cuidado.

El piso de la calle Real, 33, de Sada estaba vacío de verdad: era un piso turístico cerrado fuera de temporada que Lucía había encontrado en internet esa misma tarde.

Enfrente estaba el bar Miramar, que abría hasta la una, y en la barra del Miramar, desde las diez de la noche, tomándose un café tras otro y leyendo el Marca , estaba Paco Bermúdez.

Suspendido de empleo y sueldo, con dos hijos, una hipoteca y una culpa del tamaño de su barba.

Cuando Lucía le llamó para pedirle perdón, Paco le había dicho que no le pidiera perdón, que le pidiera algo útil.

Tres casas. Tres vigilantes. Tres historias distintas.

Lucía apagó la luz de la cocina y se quedó sentada a oscuras junto a la ventana, con el teléfono en la mano, mirando la ría.

Ahora solo había que esperar a ver cuál de las tres comidas salía por el otro lado.