La última pleamar (El secreto de la ría 1) 27. Antía
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27. Antía

El teléfono sonó a las siete menos diez de la mañana del jueves, con un número que Lucía no conocía y un prefijo de Ferrol.

—¿Sargento Varela? —Era una voz de mujer muy joven, muy baja, temblorosa, como si hablara tapándose la boca con la mano—. Soy Antía. Antía Lagares. La novia de Iago. Su madre me ha dado su número.

Lucía se sentó en la cama de golpe.

—Antía. Llevo una semana buscándote. ¿Estás bien?

—No. —Un sollozo ahogado—. No estoy bien.

Ayer fueron a casa de mis padres. Dos hombres.

Dijeron que eran amigos de Iago, de Madrid, que venían a dar el pésame y a devolverme unas cosas suyas.

Mi madre les dijo que yo no estaba. Preguntaron dónde estaba.

Mi madre les dijo que no lo sabía. —Otro sollozo—.

Hablaban como venezolanos, sargento. Me lo dijo mi madre.

E Iago no tenía ningún amigo venezolano. Ninguno.

—¿Dónde estás?

—En Ferrol. En casa de una amiga. Pero no me puedo quedar aquí. Ella tiene compañeras de piso y…

—Antía, escúchame. No salgas de esa casa. No abras la puerta a nadie. No llames a nadie más. Dame la dirección. Voy para allá ahora mismo.

—Iago me dejó un mensaje —dijo la chica, como si no la hubiera oído—. La noche que murió. Un mensaje de voz. Y unas fotos. Dijo que si pasaba algo, se las llevara a usted. Solo a usted. A la sargento nueva, la hija del Peirao. A nadie más.

Lucía cerró los ojos.

—Dame la dirección, Antía.

Ferrol Vello era un laberinto de calles estrechas y empinadas entre el arsenal militar y el puerto, con casas de dos y tres plantas de fachadas desconchadas, galerías de madera con los cristales rotos, solares vacíos llenos de zarzas donde antes había habido casas, y carteles de SE VENDE en la mitad de los portales.

Lucía aparcó en la plaza de Amboage a las ocho y media y subió andando por la calle de San Francisco, mirando cada coche aparcado, cada portal, cada ventana.

El piso estaba en un tercero sin ascensor en lo alto de la calle de San Francisco, encima de una tienda de ultramarinos cerrada. Llamó al timbre tres veces cortas, como habían acordado. Tardaron en abrir.

Antía Lagares tenía veintiún años y parecía tener quince.

Era menuda, morena, con el pelo largo recogido en una coleta mal hecha, ojeras moradas y la cara hinchada de llorar.

Llevaba un pijama de franela con dibujos de nubes y una sudadera azul marino del Club de Remo de Betanzos que le quedaba enorme.

Lucía reconoció la sudadera: era la misma que llevaba Iago en las fotos de su cuarto.

—Pase —dijo la chica—. Mi amiga se ha ido a la facultad. Estamos solas.

El piso era pequeño y frío, con muebles de segunda mano y un olor a tabaco de liar y a incienso.

Antía la llevó a un cuarto con una cama deshecha, un escritorio con un portátil, una estufa eléctrica encendida al máximo.

Se sentó en la cama con las piernas cruzadas y el móvil apretado entre las manos.

—Desde que murió no lo había encendido —dijo—. El teléfono. Lo tenía apagado. Solo lo encendí anoche para llamarla. Tenía miedo de que me localizaran si lo tenía encendido. Lo vi en una serie.

—Hiciste bien. —Lucía se sentó en la silla del escritorio, frente a ella—. Antía, cuéntame lo que pasó esa noche.

La chica respiró hondo.

—Yo estaba en mi piso de A Coruña. Iago me había mandado un mensaje a las diez y media diciéndome que esa noche no dormía conmigo, que tenía que hacer una cosa en el río.

Yo me enfadé. Le dije que ya estaba harta de sus cosas del río, que llevaba semanas igual, que si tenía otra que me lo dijera.

—Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Eso fue lo último que le dije, sargento. Que si tenía otra que me lo dijera.

—No fue culpa tuya.

—Ya lo sé. Pero se lo dije. —Antía se limpió la cara con la manga de la sudadera—.

Después apagué el móvil y me dormí. Y cuando me desperté, a las siete, tenía quince mensajes suyos.

Catorce fotos y una nota de voz. Todos entre las tres y cinco y las tres y catorce de la madrugada.

—Le tendió el móvil a Lucía con las manos temblorosas—.

No las quise mirar. Miré la primera y apagué.

Y a las nueve me llamó Carmen para decirme que…

No terminó la frase. Se tapó la cara con las manos.

Lucía cogió el móvil. Abrió el chat. El último mensaje escrito de Antía a Iago, a las 22:41 del 30 de septiembre: Si tienes otra, dímelo. Estoy harta. Debajo, a las 03:05 del 1 de octubre, empezaban las fotos.

Las fue pasando una a una, despacio.

Estaban hechas de noche, con un teleobjetivo, desde un punto bajo, casi a ras de agua, entre juncos que asomaban en primer plano desenfocados.

El encuadre era siempre el mismo: la rampa de la Depuradora Brañas iluminada por dos focos halógenos colgados de la fachada de la nave.

La calidad era mala, granulosa, con mucho ruido digital, pero se veía todo.

Foto 1, 03:05: una semirrígida gris varada en el fango al pie de la rampa, con dos motores fuera borda y una consola central con parabrisas tintado. En el costado, borroso pero legible: SERVICIO 2.

Foto 2, 03:06: cinco hombres en la rampa pasándose fardos de mano en mano desde la lancha hasta la puerta de la nave. Fardos rectangulares, envueltos en plástico negro, atados con cabo.

Foto 3, 03:06: un primer plano de uno de los hombres. Gordo, con una gorra, una cadena de oro brillando al cuello bajo la luz del halógeno. Toño Mosquera.

Fotos 4, 5 y 6: los otros hombres. Dos de ellos, morenos, con gorras de béisbol y chaquetas de chándal, hablando entre ellos. Lucía no los conocía.

Foto 7, 03:09: un coche entrando en la explanada de la depuradora con las luces apagadas. Un Audi negro, grande.

Foto 8, 03:09: el Audi detenido junto a la nave, de lado. La parte trasera del coche iluminada por el halógeno. La matrícula, granulosa pero legible: 4729 LJK. El piloto trasero derecho con un trozo de cinta adhesiva brillando sobre la esquina rota.

Foto 9, 03:10: la puerta trasera del Audi abierta.

Una mujer bajando. Un abrigo claro, largo.

Pelo rubio, recogido. Estaba de perfil, girada hacia la nave, y la luz del halógeno le daba de lado, de forma que la mitad de la cara quedaba en sombra.

Pero el perfil se veía. La nariz recta. La mandíbula angulosa. La boca fina.

Lucía se quedó mirando esa foto mucho tiempo.

Foto 10, 03:11: la mujer de pie junto al coche.

Frente a ella, un hombre alto y delgado con un abrigo oscuro le tendía una bolsa de deporte negra.

El hombre estaba de espaldas a la cámara.

Pero llevaba gafas, y en el reflejo del halógeno sobre los cristales se adivinaba el destello de unas monturas al aire.

Foto 11, 03:11: la mujer cogiendo la bolsa. La cara girada hacia el hombre. Diciéndole algo.

Foto 12, 03:12: la mujer subiendo al coche con la bolsa.

Foto 13, 03:13: desenfocada, movida. Uno de los hombres de la rampa, el gordo de la cadena de oro, mirando directamente hacia la cámara. Señalando con el brazo extendido hacia los juncos. Gritando algo.

Foto 14, 03:14: negro. Casi completamente negro. Una mancha de luz en una esquina, como un reflejo. Y una forma borrosa, muy cerca, que podía ser una mano o un brazo o nada.

Luego, la nota de voz. 03:14. Dieciocho segundos.

Lucía miró a Antía. La chica tenía los ojos cerrados y se tapaba los oídos con las dos manos.

Lucía pulsó el botón.

Primero, ruido. Viento. Un chapoteo. Una respiración muy rápida, muy cerca del micrófono. Luego la voz de Iago, susurrando, entrecortada, como si corriera:

—Antía. Antía, han visto el flash. Mierda, han visto el flash. Escucha, si pasa algo, llévale esto a la sargento nueva. La hija del Peirao. A la Varela. Solo a ella, a nadie más, ¿entiendes? No a la Guardia Civil, a ella. Es la mujer de la lancha, Antía. Es la mujer del coche. Es…

Un golpe. Un ruido seco, sordo, como el de algo duro contra algo blando. Un gemido. El chapoteo de algo cayendo al agua.

Silencio.

Y luego, durante dos segundos, antes de que la grabación se cortara, una voz de hombre, lejos, jadeante:

—Carajo, Toño, ya está. Ya está. Coge el teléfono.

Fin.

Lucía se quedó inmóvil con el móvil en la mano. En la cama, Antía se había doblado sobre sí misma, con la frente sobre las rodillas, y temblaba en silencio, sin hacer ningún ruido, como tiemblan los animales pequeños cuando tienen mucho miedo.

Lucía dejó el móvil sobre el escritorio. Se sentó en la cama al lado de la chica y le puso una mano en la espalda. No dijo nada. No había nada que decir.

Se quedaron así mucho tiempo, mientras la estufa eléctrica zumbaba y por la ventana entraban los ruidos de Ferrol Vello: una persiana que subía, un perro, las gaviotas, una sirena lejana del arsenal.

Coge el teléfono. Pero no lo habían cogido.

O lo habían cogido demasiado tarde. Iago había tenido tiempo de mandar las fotos y la nota de voz antes de que lo alcanzaran, en el último segundo, con el agua de la marisma por la cintura y el corazón a punto de reventar.

Y luego el teléfono había caído al agua, o se lo habían llevado y lo habían destruido.

Daba igual. Lo importante ya estaba fuera.

En un móvil apagado en un piso de Ferrol, durante dos semanas.

Lucía pensó que Iago Souto había sido más listo que todos ellos.

—Antía —dijo al fin, muy bajo—. Tengo que sacarte de aquí. Hoy. Ahora.

La chica levantó la cabeza.

—¿A dónde?

—A un sitio seguro. Donde nadie te busque.

—¿A la Guardia Civil?

Lucía tardó en contestar.

—No —dijo—. Iago tenía razón. A la Guardia Civil no.

Hizo tres cosas antes de salir del piso.

Primero copió las catorce fotos y la nota de voz del móvil de Antía en su propio teléfono, en un pendrive que llevaba en el bolso y en una tarjeta de memoria que escondió dentro del forro de su chaquetón.

Después llamó a Sabela.

—Necesito que me hagas otro favor.

—Ya me debes tres.

—Lo sé. ¿Tu tía de Ortigueira sigue teniendo la casa de Cariño vacía en invierno?

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Has encontrado a la chica?

—La he encontrado.

—¿Y tiene lo que pensamos que tiene?

—Tiene más.

Otro silencio, más largo.

—Dame media hora —dijo Sabela—. Llamo a mi tía.

Por último, mientras Antía metía cuatro cosas en una mochila con las manos temblorosas, Lucía abrió en el móvil la foto número 9.

La amplió hasta que el perfil de la mujer rubia ocupó toda la pantalla, granuloso, roto en píxeles, medio en sombra.

Y la puso al lado de otra foto que tenía en la galería: la que le había hecho Sabela a Teresa Lema en septiembre, en el aparcamiento del centro de día de Miño, subiendo al Audi.

El mismo perfil. La misma nariz recta. La misma mandíbula angulosa.

Es la mujer de la lancha, Antía. Es la mujer del coche.

Lucía apagó el móvil y se lo guardó en el bolsillo. Cogió la mochila de Antía con una mano y a Antía del brazo con la otra.

—Vámonos —dijo.