La última pleamar (El secreto de la ría 1) 26. Nelson
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26. Nelson

No lo supo por nada concreto. Lo supo como saben esas cosas los hombres que han vivido mucho tiempo con miedo: por una vibración en el aire, por un silencio en la calle que no era el de siempre, por la forma en que había sonado su teléfono un minuto antes, dos tonos y colgaron.

Lo supo como sabe un perro que va a haber tormenta.

Se asomó a la ventana de la cocina. La calle Marcelo Usera estaba como siempre a esa hora: los bares chinos con la persiana a medio bajar, dos chicos en patinete, una señora paseando un perro pequeño con un abrigo de cuadros.

Un coche aparcado en doble fila enfrente del portal, un Seat León gris con las luces apagadas. Nelson no lo había visto nunca.

—¿Qué miras, mi amor? —le preguntó Yudith desde los fogones.

—Nada. La lluvia.

No llovía.

Se sentó a la mesa de la cocina. Le temblaban las manos. Sacó el móvil del bolsillo, buscó el número de la sargento Varela, que tenía guardado en la agenda con el nombre de «Taller Mecánico Pepe», y la llamó.

Ella contestó al primer tono.

—Pepe.

—Sargento, soy yo. —Nelson bajó la voz—. Disculpe que la llame a esta hora.

—No pasa nada. ¿Estás bien? Habíamos quedado mañana a las once.

—Ya lo sé. Ya lo sé, sargento. Pero quería decirle una cosa ahora. Por si acaso.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Por si acaso qué, Nelson?

Nelson miró hacia la ventana. Desde la silla no se veía el coche, solo la fachada de enfrente, las ventanas iluminadas, una bandera del Atleti colgada de un balcón.

—Lo que le iba a contar mañana —dijo—. El nombre del hombre de dentro.

El que le pasa a Lander todo lo que ustedes saben.

—Tragó saliva—. No sé su nombre de verdad, sargento.

Nunca lo he sabido. Lander le llama Corvo.

Es una palabra en portugués, o en gallego, no sé.

Significa cuervo. Pero sé que es un comandante.

Lo oí una vez en Caracas, en la oficina, hace dos años.

Lander hablaba con el coronel Briceño por teléfono y dijo: «El comandante dice que la UCO va a por los de Huelva, que muevan la carga a Portugal».

Y luego, semanas después, ustedes fueron a Huelva y no encontraron nada. ¿Se acuerda?

Al otro lado, la sargento no dijo nada durante un largo rato.

—Me acuerdo —dijo al fin, en voz muy baja.

—Y sé otra cosa. Sé que es gallego. Porque Lander siempre decía, de broma, que «el gallego nunca falla».

Y una vez, cuando yo estaba en la oficina, dijo que «Corvo está en la casa grande de Guzmán el Bueno».

—Nelson se pasó una mano por la frente sudada—.

Eso es lo que le iba a decir mañana, sargento. Eso es todo lo que sé.

—Nelson, escúchame. Escúchame bien. Quédate en casa. No abras la puerta a nadie. Voy a mandarte un coche ahora mismo.

—No, sargento. No mande a nadie.

—Nelson…

—Si usted manda un coche, tiene que decirle a su jefe que lo manda. Y su jefe… —Nelson se rio sin ganas—. Ya me entiende.

Hubo otro silencio.

—Voy yo —dijo la sargento—. Sola. Ahora mismo. Tardo veinte minutos.

Nelson cerró los ojos. Pensó que era la primera persona en España que le había hablado como a un ser humano.

Que le había preguntado por sus hijas. Que le había llevado un pastel de cumpleaños a una reunión en un bar de Bravo Murillo, en octubre, porque se había acordado de que cumplía cuarenta y tres años.

—Gracias, sargento —dijo—. Usted es una buena persona.

—Nelson, no cuelgues.

Colgó.

Yudith le puso delante un plato con dos arepas rellenas de queso y carne mechada. Él le cogió la mano y se la besó. Ella se rio, sorprendida, y le dio un beso en la cabeza.

—¿Y eso?

—Por nada. Porque te quiero.

Comió despacio, saboreando cada bocado, mirando a su mujer recoger la cocina y a su hija pequeña, a través de la puerta abierta, mordiendo el lápiz sobre el cuaderno de Lengua. Cuando terminó, se levantó, se puso la chaqueta y cogió la bolsa de basura de debajo del fregadero.

—Bajo la basura —dijo.

—Ya la bajo yo luego.

—No, mi amor. Ya la bajo yo.

Se paró en la puerta del salón y miró a su hija. Ella levantó la vista del cuaderno y le sonrió con la boca llena de dientes nuevos.

—Papi, ¿cómo se escribe «estuvo»? ¿Con be o con uve?

—Con uve, mi vida. Siempre con uve.

Bajó la escalera. Tres pisos. Abrió el portal.

Los dos hombres del Seat León gris estaban esperándole en la acera.

Lucía llegó veintitrés minutos después.

Había conducido como una loca por la M-30, con la sirena portátil en el techo de su coche particular, y había aparcado en doble fila delante del portal, detrás de una ambulancia con las luces encendidas.

Había un cordón de la Policía Municipal.

Había vecinos en bata en los balcones. Había una mujer de rodillas en la acera gritando un nombre una y otra vez, con las manos cubiertas de sangre, y una niña de ocho años con un cuaderno de Lengua en la mano, de pie junto al portal, que no gritaba ni lloraba, solo miraba.

Lucía se quedó de pie junto al cordón con las llaves del coche en la mano.

Esa noche no volvió a casa. A las seis de la mañana estaba sentada en el despacho del comandante Ferrín, en la tercera planta del edificio de la UCO en la calle Guzmán el Bueno, con la ropa manchada y los ojos secos, contándole lo que Nelson le había dicho por teléfono.

Corvo. Un comandante. Gallego. En la casa grande de Guzmán el Bueno.

Ferrín la escuchó en silencio, con los codos sobre la mesa y la cara entre las manos. Cuando ella terminó, se levantó, rodeó la mesa y le dio un abrazo. La sostuvo un largo rato mientras ella temblaba.

—No es culpa tuya, Lucía —le dijo al oído—. No es culpa tuya. Esas cosas pasan. Déjamelo a mí. Yo me encargo.

Ella le había creído. Durante dos años y medio, le había creído.

En la UCO, en marzo de 2024, había siete comandantes. Tres eran gallegos. Lucía había hecho la lista mentalmente aquella misma mañana, en aquel mismo despacho, mientras Ferrín la abrazaba. Uno era de Ourense. Otro de Lugo.

Y el tercero había nacido en Sada, en la ría de Betanzos, y había pasado su infancia viendo desde la ventana de su casa las planeadoras entrar con la pleamar.

Ignacio Ferrín Couceiro. El que la había abrazado. El que se había encargado de todo.

Lucía había tachado su nombre de aquella lista a los dos minutos de hacerla, sin pensarlo, porque era imposible.

Ahora, sentada en la cocina de su padre a las tres de la madrugada, dos años y medio después, con el pendrive de Martín sobre la mesa y la foto del Audi en el móvil y la frase de Ferrín resonándole en la cabeza — de la Pesquera Oriental del Caribe, ya lo sé, Lucía —, volvió a escribir la lista en una servilleta de papel.

Tres nombres.

Tachó dos.

Se quedó mirando el tercero hasta que se hizo de día.