25. La señora
La cena de gala de la Asociación de Empresarios de las Mariñas se celebraba todos los años la tercera semana de octubre en el Pazo de Mariñán, un palacio barroco del siglo dieciocho en la orilla sur de la ría, a tres kilómetros de Betanzos, con jardines franceses de boj recortado, una escalinata de granito que bajaba hasta el agua y un comedor con frescos en el techo que la Diputación alquilaba para bodas y congresos.
Era el acontecimiento social del año en la comarca.
Iban todos los alcaldes, todos los empresarios con más de diez empleados, el presidente de la Cofradía, el obispo auxiliar de Santiago, los mandos de la Guardia Civil y de la Policía Local, los periodistas de La Voz y de la Televisión de Galicia.
Y siempre, desde hacía cuatro años, la vicepresidenta de la Diputación.
Lucía no estaba invitada. Fue igual.
Llevaba un vestido negro que se había comprado en Madrid para la boda de una compañera de la UCO y que no se había vuelto a poner, unos zapatos de tacón que le hacían daño y el pelo corto peinado con algo de gomina para disimular que necesitaba un corte.
Llegó a las nueve y media, cuando la gente ya estaba en el jardín con las copas en la mano, y le dijo al chico de la puerta que venía en representación del puesto de la Guardia Civil de Betanzos porque el brigada estaba enfermo.
Era verdad que el brigada estaba enfermo.
El chico la buscó en una lista, no la encontró, dudó, la dejó pasar.
Sabela había ido el año anterior como prensa y le había dicho exactamente qué esperar.
—Primero los aperitivos en el jardín. Después la cena en el salón de los frescos.
Después los discursos. Teresa Lema habla siempre la última.
Y después de la cena, cuando todos han bebido ya, ella da una vuelta por las mesas, una por una, saludando a todos por su nombre.
Ese es su momento. Ahí es donde hace la política de verdad.
Lucía no esperó a la cena. Esperó a que Teresa Lema saliera del coche.
El Audi A6 negro llegó a las diez menos cuarto por el camino de grava entre los jardines de boj, despacio, con las luces largas encendidas.
Se detuvo frente a la escalinata. El chófer, un hombre de cincuenta años con traje oscuro y la cabeza afeitada, bajó y abrió la puerta trasera.
Teresa Lema salió con un vestido largo azul noche, un chal de seda gris sobre los hombros y el pelo rubio recogido en un moño bajo.
Detrás de ella salió su marido, Fernando Arnoso, con un esmoquin que le quedaba estrecho y las gafas de pasta empañadas por el frío.
Lucía, desde el borde del jardín, entre dos setos, miró la parte trasera del coche.
La matrícula: 4729 LJK .
El piloto trasero derecho ya no tenía cinta adhesiva. Lo habían cambiado. Era nuevo, brillante, perfecto, con el plástico rojo todavía limpio de polvo, mientras que el izquierdo tenía la pátina gris de varios años de carretera.
Lucía sacó el móvil del bolso y le hizo una foto a la parte trasera del coche antes de que el chófer volviera a subirse y lo llevara hacia el aparcamiento.
—¿Fotógrafa?
Se volvió. Teresa Lema estaba a dos metros de ella, sola, en el camino de grava, sonriendo.
Había dejado a su marido saludando a alguien en la escalinata y se había acercado sin hacer ruido.
De cerca era más alta de lo que parecía, y más delgada, y tenía los ojos de un color gris verdoso muy claro, casi transparente, que en la luz de las farolas del jardín parecían de agua.
—Me gustan los coches —dijo Lucía.
—Es un coche horrible. —Teresa sonrió—. Lo eligió el anterior vicepresidente. A mí me gustan más pequeños. Pero en política, ya sabe, hay que parecer importante aunque una no lo sea. —Le tendió la mano—. Teresa Lema.
—Lucía Varela.
—Lo sé. —Teresa le estrechó la mano. Tenía la mano fría, delgada, con un apretón firme que duró exactamente lo que debía durar—.
La sargento Varela. La hija de Anselmo, el del Peirao.
La que volvió de Madrid. La vi el otro día en el ayuntamiento, en la presentación del puerto, al fondo de la sala, junto a la ventana. No aplaudió.
—Tenía las manos ocupadas.
—No tenía nada en las manos. —Teresa se rio, una risa grave y cálida que sonaba sincera—.
No se preocupe, sargento. No me ofende. Es más, me gusta.
En este país hay demasiada gente que aplaude sin saber por qué.
—Se ajustó el chal sobre los hombros—. ¿Puedo invitarla a una copa?
Antes de que empiecen a tirarme de la manga.
Lucía dudó un segundo. Luego asintió.
Teresa le hizo una seña a un camarero, que apareció como si hubiera estado esperando, y cogió dos copas de cava de la bandeja.
Le dio una a Lucía. Caminaron juntas por el camino de grava hasta un banco de piedra junto a un estanque, al borde del jardín, desde donde se veía la escalinata bajando hasta la ría y el agua negra brillando bajo las luces del pazo.
—Me han hablado mucho de usted —dijo Teresa, sentándose—.
Ignacio Ferrín y yo somos viejos amigos.
Coincidimos hace años en un curso de seguridad en Santiago, cuando yo era concejala de Interior en Arteixo, y desde entonces nos vemos a menudo.
Él me ha contado lo que le pasó en Madrid. Lo de aquel confidente.
Lucía se sentó a su lado. No dijo nada.
—Una historia terrible —siguió Teresa—. Y muy injusta, por lo que me cuenta Ignacio. Usted hizo su trabajo y alguien se la jugó, y como no encontraron a ese alguien, le tocó pagar a usted. —Bebió un sorbo de cava—. Lo siento de verdad. Conozco esa sensación. En política pasa todos los días.
—¿Por qué me cuenta esto?
Teresa se volvió hacia ella. Sus ojos transparentes la miraron con una atención total, como si Lucía fuera la única persona en el mundo.
—Porque Galicia necesita mujeres como usted, sargento.
Mujeres que no aplauden sin saber por qué.
—Hizo una pausa—. El año que viene, si todo va bien, voy a tener responsabilidades más grandes.
En la Xunta. Voy a necesitar gente de confianza.
Gente honesta, que conozca el territorio, que sepa de seguridad.
La Consellería de Presidencia tiene una dirección general de Emergencias e Interior que es un desastre. Ahí hace falta alguien que ponga orden.
Lucía la miró. Teresa le sostuvo la mirada sin parpadear, con una pequeña sonrisa.
—¿Me está ofreciendo un trabajo?
—Le estoy diciendo que piense en su futuro.
—Teresa dejó la copa en el banco—. Usted es joven.
Es inteligente. Tiene un expediente injusto que le va a pesar siempre en la Guardia Civil, haga lo que haga.
Y está cuidando sola de un padre enfermo, en un pueblo pequeño, sin perspectivas.
—Le puso una mano sobre la suya, fría—. No tiene por qué ser así. Hay otras formas de servir a la gente.
—¿Y qué tendría que hacer?
—Nada. —Teresa sonrió—. Exactamente eso. Nada. Dejar de cansarse. Dejar de remover cosas que no tienen arreglo. Cuidar de su padre. Esperar un año. Y luego llamarme.
Lucía retiró la mano despacio.
—¿Conoce usted la Depuradora Brañas, señora Lema?
Teresa no se inmutó.
—Claro. Estuve en la inauguración de la ampliación, en 2025. Cortamos la cinta, visitamos los tanques, probamos unas almejas buenísimas. Es una empresa modélica. Cuarenta empleos en una comarca que los necesita.
—¿Ha vuelto alguna vez? ¿De noche?
Por primera vez, algo se movió en la cara de Teresa Lema. No fue mucho. Un parpadeo. Un pequeño endurecimiento en la comisura de los labios. Como una ola diminuta que cruza la superficie de un estanque cuando cae una hoja.
—Qué pregunta tan curiosa —dijo.
—Es curiosa la respuesta que no me ha dado.
Teresa se quedó mirándola un largo rato. Luego se levantó, se alisó el vestido, se ajustó el chal sobre los hombros.
—Ha sido un placer conocerla, sargento —dijo, con la misma voz cálida de antes, como si no hubiera pasado nada—. Piense en lo que le he dicho. De verdad. La oferta sigue en pie. —Hizo una pausa—. Por ahora.
Se alejó por el camino de grava hacia la escalinata, donde su marido la esperaba con un grupo de hombres de esmoquin, y la gente se reorganizó a su alrededor como las limaduras de hierro alrededor de un imán.
Lucía la vio sonreír, dar besos, estrechar manos, reírse echando la cabeza hacia atrás. No miró hacia el banco ni una sola vez.
Lucía se quedó sentada junto al estanque con la copa de cava en la mano, sin beber.
Teresa Lema le había dado la mano. Tenía la mano fría y delgada. Y en el dorso, cuando la apoyó sobre la suya, Lucía había visto un pequeño arañazo reciente, ya casi curado, una línea roja de tres centímetros que bajaba desde el nudillo del dedo índice hasta la muñeca.
Como el que deja el borde roto de un piloto de plástico cuando alguien intenta, a oscuras, en un aparcamiento, arrancar la cinta adhesiva que lo tapa.
O no. O como el que deja la espina de un rosal, o el gancho de una pulsera, o el canto de una carpeta. Lucía lo sabía. Cualquier abogado lo diría en cinco minutos.
Pero se quedó allí sentada mucho tiempo, mirando la ría negra al pie de la escalinata del pazo, pensando en ese arañazo.