24. Lo que hizo Martín
Lucía esperó a que la obra se quedara vacía para ir a Porto Mandeo.
Pasó la tarde en el cuartel fingiendo leer los atestados de los robos en segundas residencias de Miño y de Paderne, que eran todos iguales: una casa de veraneo cerrada desde septiembre, una ventana forzada con una palanca, una televisión, un ordenador, unas botellas de vino, una caja de joyas de bisutería.
Xurxo no estaba. Se había ido a primera hora con el teniente Iglesias, un hombre de treinta y cinco años con el pelo engominado y un traje que le quedaba grande, que había llegado a las once y media en un coche oficial, había recogido la carpeta que Lucía le había preparado, le había dado las gracias con una sonrisa de dientes muy blancos y se había llevado a Xurxo sin preguntarle a ella nada más.
Xurxo, al salir, se había detenido un segundo en la puerta del despacho. La había mirado. Había abierto la boca para decir algo. La había cerrado. Se había ido.
* * *
A las siete y media, cuando empezaba a oscurecer, Lucía cogió el coche y fue al puerto.
La obra estaba parada a esas horas, las grúas quietas contra un cielo sin luna, las excavadoras dormidas como animales enormes junto a las montañas de arena tapadas con lonas.
Solo había luz en las casetas prefabricadas junto a los pantalanes, y en una farola al final del último pantalán, donde se balanceaban amarradas las embarcaciones de servicio.
El vigilante de la puerta, un hombre mayor con un chaleco reflectante, la reconoció y la dejó pasar sin preguntar.
Martín estaba en la última caseta, la que hacía de oficina, sentado frente a un ordenador viejo con la cara iluminada por la luz azul de la pantalla. Cuando la vio en la puerta, se levantó tan deprisa que tiró la silla.
—Lucía. —Sonrió—. Te he llamado tres veces. Pensé que…
Ella dejó sobre la mesa, delante del teclado, tres fotos impresas en papel de impresora.
Las había hecho con el móvil aquella madrugada en la cocina de Martín, casi a oscuras, antes de volver a meter los papeles en la carpeta azul.
Se veían borrosas, oscuras, pero se leía todo: los logotipos, los nombres, las cifras, las fechas.
Atlântica Mar, Lda. Salgadeira do Mandeo, S.L. Pereiro Náutica, S.L. Servicios de patronaje.
Martín miró las fotos. La sonrisa se le borró despacio, como se borra la marea de la arena.
No dijo nada. Se agachó, levantó la silla del suelo, la puso en su sitio. Se sentó. Se quedó mirando las fotos con las manos sobre las rodillas.
—Las viste en mi cocina —dijo al fin.
—Sí.
—Mientras yo dormía.
—Sí.
Martín asintió despacio. No la miró. Afuera, en la ría, una ola pequeña rompió contra el pantalán y el agua chapoteó contra los flotadores de plástico.
—Yo quería contártelo —dijo—. Aquella noche, en Pontedeume. Y la otra noche, en el coche, delante del muro. Y el sábado. Quería contártelo el sábado, Lucía, después de… —Se le quebró la voz—. Después. Pero me quedé dormido. Y cuando me desperté, ya no estabas.
—Cuéntamelo ahora.
Martín se pasó las manos por la cara. Luego, despacio, empezó.
En 2019, Pereiro Náutica tenía tres barcos de chárter, dos veleros y una lancha rápida, con los que hacía excursiones por las rías para turistas en verano y llevaba a pescar a ejecutivos de A Coruña los fines de semana.
Había pedido un préstamo enorme para comprar el tercer barco, un velero de doce metros, justo antes de que el turismo se hundiera aquel otoño por una racha de temporales.
En octubre ya no podía pagar las letras.
En noviembre el banco le mandó la primera carta.
En diciembre iba a perder la casa de sus abuelos, que había puesto como aval.
Bea, que entonces todavía era su mujer, no sabía nada. Uxía tenía cuatro años.
—Bieito me llamó un día de noviembre —dijo Martín—.
No lo conocía de nada, solo de vista, de las fiestas.
Me dijo que sabía que tenía problemas con el banco.
Que tenía un trabajo para mí. Dos noches.
Llevar una semirrígida desde la boca de la ría hasta la rampa de Brañas, con la pleamar, sin luces, y volver.
Veinticinco mil euros por noche. Me dijo que yo era el mejor patrón de la ría desde que el viejo Cancela había dejado de salir, que nadie conocía los canales como yo.
—Martín sonrió sin humor—. Adulación. Funcionó.
—Y lo hiciste.
—Lo hice. Dos noches. El tres y el diecisiete de noviembre de 2019.
—Se miró las manos—. No vi la mercancía.
No quise verla. Había dos hombres en el barco que no hablaban.
Yo solo conducía. Salía de Miño a las dos, recogía la carga de un pesquero fuera de la boca, entraba por el canal norte, descargaba en la rampa, volvía.
Tres horas. Cincuenta mil euros. Pagué al banco. Salvé la casa.
—¿Y luego?
—Luego… —Martín cerró los ojos—. Luego Bieito me volvió a llamar, en enero.
Para otra noche. Y le dije que no. Que ya estaba, que no lo volvía a hacer.
Y él me dijo que muy bien, que respetaba mi decisión.
Y al día siguiente me llegó un sobre a casa.
Sin remite. Con un pendrive. Y en el pendrive había un vídeo.
Yo, en el barco, en la rampa de Brañas, a la luz de una linterna, ayudando a descargar un fardo.
La cara perfectamente visible. —Abrió los ojos—. Nunca vi que hubiera una cámara. Nunca.
Lucía no dijo nada.
—Desde entonces soy suyo —dijo Martín—. No volví a conducir una lancha.
No me pidieron eso. Me pidieron otras cosas.
Cuando empezó el puerto, Seoane me contrató como director de operaciones náuticas.
Yo no lo pedí. Me llamaron. Y mi trabajo es…
—Hizo una pausa—. Mi trabajo es no ver. No ver que una de las embarcaciones de servicio del puerto, la semirrígida gris, sale algunas noches de marea grande con gente que no trabaja aquí y vuelve al amanecer.
No ver que hay depósitos de combustible que se vacían sin que nadie reposte.
No ver los coches que vienen de noche al aparcamiento.
Firmar los partes de mantenimiento que me ponen delante.
Y cobrar. Treinta mil euros este verano, por «consultoría técnica».
—La semirrígida gris. —Lucía se acordó de la primera mañana en el puerto, de Martín de rodillas sobre la cubierta de una lancha neumática gris cambiando un manguito del motor con las manos negras de grasa—. La que estabas arreglando el día después de que mataran a Iago.
Martín asintió.
—Volvió de esa noche con el motor forzado. Alguien la llevó muy rápido y muy lejos. Me mandaron arreglarla antes de que la viera nadie.
—¿Y no se te ocurrió preguntarte por qué volvía con el motor forzado la misma noche en que aparecía muerto en el muelle el chico que trabajaba para ti?
Él levantó la vista por fin. Tenía los ojos rojos.
—Se me ocurrió, Lucía. Se me ocurrió todo el tiempo.
Se me ocurrió mientras le cambiaba el manguito y Uxía estaba sentada en el pantalán leyendo su libro, y lloré allí mismo, con las manos llenas de grasa, para que la niña no me viera.
—Su voz se volvió más dura—. ¿Y sabes por qué me callé?
Porque la tarde antes, al llegar a casa, abrí el coche.
Y en el asiento de atrás, donde va la silla de la niña, había una foto.
Una foto de Uxía saliendo del colegio. De espaldas, con la mochila.
Hecha desde un coche aparcado enfrente. Sin nada escrito. No hacía falta escribir nada.
Lucía sintió que se le encogía el estómago.
—¿Cuándo?
—El día que apareció Iago. Por la tarde.
Después de que yo hablara contigo en la escalera del muelle.
—Martín se rio, una risa rota, horrible—.
Me vieron hablar contigo. Alguien me vio hablar contigo a las siete de la mañana delante del cadáver y a las cuatro de la tarde ya había una foto de mi hija en mi coche.
Se quedaron callados. La caseta olía a café frío, a gasóleo, a papel húmedo. En la pantalla del ordenador, un salvapantallas mostraba un velero navegando en bucle por un mar de píxeles azules.
—Martín —dijo Lucía, muy despacio—, la noche que Iago te contó lo de las fotos. Hace un mes, en el puerto, después de cerrar. ¿Se lo contaste a alguien?
Él la miró. Y Lucía vio en sus ojos la misma pausa que había visto en la escalera del muelle, la misma que había visto en Pontedeume, la misma que había visto a los diecisiete años cuando le preguntaba si iba a esperarla.
—No —dijo.
Lucía se levantó.
—Lucía…
—No.
—Lucía, por favor. —Él también se levantó—. Yo no…
—Te lo he preguntado tres veces, Martín.
En la escalera del muelle, en Pontedeume y ahora.
Las tres veces has tardado lo mismo en contestar.
—Ella se puso el chaquetón—. Me crie en un bar.
Mi padre me enseñó a saber cuándo me mentían antes de que supiera sumar.
Y tú me mientes siempre de la misma manera desde que teníamos diecisiete años.
Martín se quedó de pie junto a la mesa, con los brazos colgando. No dijo nada.
Lucía se dirigió a la puerta. Con la mano en el pomo, se volvió.
—Dame las llaves de la semirrígida.
—¿Qué?
—Las llaves de la semirrígida gris. Y el registro de mantenimiento. Y los partes de combustible de este año. Y una copia de ese vídeo de 2019, si la tienes.
—Lucía, si hago eso…
—Si haces eso, a lo mejor puedo hacer algo por ti cuando todo esto explote. Si no lo haces, cuando explote, estarás debajo. —Le sostuvo la mirada—. Y va a explotar, Martín. Te lo prometo.
Él se quedó quieto mucho tiempo. Luego abrió un cajón de la mesa, sacó un llavero con una boya pequeña de corcho naranja y dos llaves, y lo dejó sobre la mesa.
Abrió un archivador metálico, sacó dos carpetas, las dejó junto a las llaves.
Del bolsillo interior de su chaqueta, colgada en el respaldo de la silla, sacó un pendrive negro, pequeño, y lo puso encima de todo.
—Lo llevo siempre encima —dijo—. Desde hace siete años. No sé por qué.
Lucía lo cogió todo y se lo metió en los bolsillos del chaquetón.
—No vuelvas a llamarme —dijo—. Hasta que yo te llame.
—Lucía.
Ella ya había salido. Bajó por el pantalán a paso rápido, sin mirar atrás, con las llaves y el pendrive pesándole en los bolsillos como piedras.
Al llegar al final del pantalán se detuvo junto a la semirrígida gris, amarrada a su bolardo, balanceándose suavemente en el agua negra.
Tenía unos siete metros de eslora, dos motores fuera borda de doscientos caballos, una consola central con un parabrisas tintado.
En el costado, en letras blancas pequeñas: PORTO MANDEO — SERVICIO 2.
Se quedó mirándola un largo rato.
Luego, desde la caseta, oyó un ruido. Un golpe seco, sordo, repetido. Se volvió. A través de la ventana iluminada vio a Martín de pie junto a la mesa, golpeando la pared prefabricada con el puño, una vez, otra, otra, hasta que dejó una marca en el panel.
Lucía se dio la vuelta y se fue.