23. Apartada
La Comandancia de la Guardia Civil de A Coruña ocupaba un edificio de ladrillo rojo de los años setenta en el barrio de Lonzas, con una verja verde, una bandera en el mástil de la entrada y un aparcamiento lleno de todoterrenos blancos y verdes.
El despacho del comandante Ferrín estaba en la tercera planta, al final de un pasillo con las paredes forradas de fotos en blanco y negro de antiguos guardias con tricornio y bigote.
Lucía llegó a las nueve en punto del miércoles. Ferrín la hizo esperar veinte minutos en una silla de plástico en el pasillo.
Cuando por fin la llamó, estaba de pie junto a la ventana, en mangas de camisa, con una carpeta abierta en las manos. No la saludó con la mano. No sonrió.
—Siéntate, Lucía.
Ella se sentó. Él siguió de pie.
—Ayer por la tarde recibí una queja formal del despacho Castro & Asociados en representación de la Depuradora Brañas, S.L.
—Ferrín leyó de la carpeta—. Denuncian que el pasado martes, día seis, la sargento Lucía Varela Brea, destinada en el EPJ de Betanzos, accedió a sus instalaciones sin orden judicial ni autorización de la empresa, haciéndose pasar por personal en prácticas de la Consellería del Mar, y realizó fotografías de mercancías en tránsito aduanero bajo depósito.
Adjuntan grabaciones de las cámaras de seguridad de la empresa. —Levantó la vista—. ¿Es verdad?
—Acompañé al inspector veterinario en una inspección rutinaria programada.
—¿Haciéndote pasar por personal en prácticas?
Lucía no contestó.
—También recibí ayer una llamada del jefe de servicio de la Consellería del Mar —siguió Ferrín—. El inspector Francisco Bermúdez ha sido suspendido cautelarmente de empleo mientras se investiga la irregularidad. Tiene dos hijos y una hipoteca. Me lo dijo su jefe para que lo supiera.
Lucía cerró los ojos un segundo.
—Paco no tiene la culpa. Se lo pedí yo.
—Ya lo sé que se lo pediste tú. Eso es lo que me preocupa. —Ferrín cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa. Se sentó por fin, frente a ella, y apoyó los codos en la mesa—. Lucía, ¿qué estás haciendo?
—Mi trabajo.
—Tu trabajo es investigar la muerte de un chico de veintitrés años que apareció en el muelle de Betanzos con un golpe en la cabeza.
No es investigar la desaparición de otro chico hace treinta y dos años.
No es investigar a una empresa de mariscos porque un borracho con cáncer te contó cuentos de los noventa.
No es colarte en instalaciones privadas sin orden.
Y desde luego no es ir al despacho de uno de los abogados más importantes de A Coruña a preguntarle por las sociedades de su cliente, que es exactamente lo que hiciste el lunes por la mañana y que también me ha llegado.
—Ferrín se frotó la frente con dos dedos—.
Bieito Castro ha presentado una segunda queja por eso.
Acoso. Dice que le interrogaste sobre su padre.
—Le pregunté por Atlântica Mar.
—¿Con qué base?
—Atlântica Mar es la dueña de la depuradora y del puerto donde trabajaba la víctima.
La víctima estaba vigilando la depuradora las noches de pleamar.
Tenía anotadas descargas de lanchas en la rampa.
Y en la cámara frigorífica de la depuradora hay cuatro contenedores refrigerados de una empresa de Caracas que…
—De la Pesquera Oriental del Caribe —dijo Ferrín, impaciente—. Ya lo sé, Lucía. Importación de camarón y pargo congelado. Tienen todos los papeles en regla, la aduana los ha revisado dos veces. Es una empresa legal que exporta a media Europa.
Lucía se quedó quieta.
Algo en su cabeza hizo clic. Un ruido pequeño, seco, como el del candado de la taquilla D-4 al abrirse.
No le había dicho a nadie el nombre de la Pesquera.
No lo había puesto en ningún informe. La queja de Castro & Asociados, según acababa de leer Ferrín, hablaba de «mercancías en tránsito aduanero bajo depósito», sin más.
Paco Bermúdez solo había visto los documentos de importación en la oficina, y Paco, si alguien le había preguntado, habría dicho «marisco congelado de Sudamérica».
La etiqueta con el nombre de la empresa de Caracas solo la había visto ella, en la puerta de un contenedor, en una cámara frigorífica a dieciocho grados bajo cero, durante treinta segundos, antes de que llegara Bieito.
Y la había fotografiado con su móvil personal.
—¿Lucía?
Ella parpadeó.
—Perdón, mi comandante.
—Te decía que esto no puede seguir así. —Ferrín suspiró—.
Te aprecio. Lo sabes. Te defendí en Madrid cuando todo el mundo quería tu cabeza.
Te conseguí el traslado. He estado pendiente de ti desde que llegaste a Galicia.
Pero no puedo seguir protegiéndote si tú te empeñas en meterte en todos los charcos.
—Hizo una pausa—. Quedas apartada de la investigación de la muerte de Iago Souto.
—Mi comandante…
—No hay discusión. A partir de hoy la lleva el teniente Iglesias, de la Unidad Orgánica de Policía Judicial.
El cabo Mosquera le asistirá, porque conoce la zona y conoce a la familia.
Tú le pasarás todo lo que tengas antes del mediodía.
Todo, Lucía. Notas, fotos, informes, todo.
—La miró a los ojos—. Y te vas a dedicar a los robos en segundas residencias de Miño y de Paderne, que tenemos una oleada y nadie le está prestando atención.
Lucía apretó las manos sobre los muslos.
—¿Y la muerte de Lito Cancela?
—La autopsia está terminada. Muerte por asfixia en fango. Tasa de alcohol de dos coma ocho gramos por litro. Hematomas compatibles con caídas. Accidente. —Ferrín abrió un cajón, sacó otra carpeta y la puso sobre la mesa, encima de la primera—. Cerrado.
—La forense me dijo que…
—La forense ha firmado el informe que te acabo de resumir.
—Ferrín la miró con dureza por primera vez—.
Lucía, no me obligues a abrirte otro expediente.
Tú y yo sabemos lo que pasó con el último.
Sabemos que nunca se cerró del todo. Sabemos que bastaría una queja más, una sola, para que alguien en Madrid decidiera reabrirlo. Y esta vez yo no podría hacer nada.
Lucía le sostuvo la mirada. Ferrín tenía los ojos castaños, amables, rodeados de arrugas de reír.
Los mismos ojos que la habían mirado con preocupación sincera en el despacho de Guzmán el Bueno en marzo de 2024, el día después de que mataran a Nelson, cuando ella llegó sin haber dormido, con la ropa de la noche anterior, y él se levantó de la mesa y le dio un abrazo y le dijo que no era culpa suya, que no se torturara, que esas cosas pasaban.
Los mismos ojos.
—Sí, mi comandante —dijo.
—Bien. —Ferrín se relajó. Volvió a sonreír, cansado—. Tómate unos días si lo necesitas. Tienes vacaciones pendientes. Pasa tiempo con tu padre. Me han dicho que está peor. —Se levantó, rodeó la mesa y le puso una mano en el hombro, como en Ponte do Porco—. Créeme, Lucía. Lo hago por tu bien.
—Lo sé.
Salió del despacho. Recorrió el pasillo entre las fotos de los guardias antiguos con tricornio. Bajó la escalera hasta el vestíbulo. Saludó al guardia de la puerta. Salió al aparcamiento. Se subió a su coche.
Y allí, con las manos sobre el volante y la vista fija en la fachada de ladrillo rojo de la Comandancia, se permitió pensar por primera vez lo que llevaba días sin atreverse a pensar.
De la Pesquera Oriental del Caribe. Ya lo sé, Lucía.
Lo sabía porque alguien se lo había contado.
Y la única persona que podía habérselo contado, aparte de ella misma, era la que había llegado a la puerta de la cámara frigorífica treinta segundos después de que ella hiciera la foto, con un abrigo de cachemira y unos zapatos italianos.
O alguien a quien esa persona se lo había contado.
Lucía arrancó el coche. Tenía que pasar todo lo que tenía al teniente Iglesias antes del mediodía. Tenía que entregar las notas, las fotos, los informes.
Lo pensó durante todo el camino de vuelta a Betanzos.
* * *
Al mediodía, el teniente Iglesias recibió una carpeta con el atestado oficial, las fotos del levantamiento del cadáver, el informe de la autopsia, la carta náutica de Iago, las declaraciones de Carmen Pena y de Martín Pereiro y un resumen de cuatro páginas de las gestiones realizadas.
No recibió el cuaderno de la taquilla D-4, ni la foto de O Peirao, ni la hoja de Lito, ni la foto del Audi negro con matrícula 4729 LJK, ni el nombre de la doctora Castiñeira asociado a una medalla de la Virgen del Carmen.
Esas cosas las metió Lucía en una caja de zapatos, envueltas en bolsas de congelación, y las escondió en el único sitio de Betanzos donde estaba segura de que nadie iba a buscar: debajo del suelo de madera del altillo de su antigua habitación de niña, en el hueco donde, a los diecisiete años, guardaba las cartas de Martín.