La última pleamar (El secreto de la ría 1) 22. Bajo el suelo
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22. Bajo el suelo

El martes amaneció limpio, sin niebla, con un sol tibio de octubre que entraba por la ventana de la cocina y se posaba sobre la mesa de formica como un gato.

Anselmo se despertó a las ocho, se afeitó solo, se peinó con agua, se puso la camisa de cuadros abrochada hasta arriba y bajó a la cocina sin ayuda.

Cuando Lucía entró, él ya había hecho café y estaba sentado a la mesa con la radio puesta, escuchando el parte del tiempo.

—Buenos días, hija —dijo—. Hoy va a hacer buen día.

Era un día bueno. De los mejores.

Lucía se sirvió café y se sentó frente a él. Lo miró. Tenía la cara despejada, los ojos claros, la mano firme alrededor de la taza. Parecía el hombre que había sido hacía cinco años, antes de que la niebla empezara a subirle por dentro.

Había pasado toda la noche pensando cómo hacerlo.

Había pensado en no hacerlo nunca. En dejarle morir con su secreto, en paz, en esa casa de la Ribeira donde había vivido toda la vida.

Había pensado en lo que diría su madre si estuviera viva.

Había pensado en Carmen sentada en la cocina con la radio puesta.

Sacó la foto de O Peirao del bolsillo del chaquetón, que había colgado en el respaldo de la silla, y la puso sobre la mesa, entre los dos, boca arriba.

Anselmo la miró.

Durante mucho tiempo no dijo nada. Lucía vio cómo se le iba la sangre de la cara. Cómo le temblaba la mano alrededor de la taza, primero un poco, luego más, hasta que tuvo que dejarla sobre la mesa porque el café se le derramaba. Cómo se le llenaban los ojos de agua.

Alargó un dedo y tocó la foto. Tocó la cara del chaval de pelo largo y chaqueta vaquera.

—Andrés —dijo.

—Sí, papá.

—Andrés. —Movió el dedo a la cara del hombre de los ojos de cristal—.

Ramiro. —Al hombre de la boina—. Lito. —A sí mismo, en la puerta del bar, con el delantal blanco—.

Y yo. —Y por último, despacio, a la niña de coletas medio escondida en el umbral—.

Y tú. Tú estabas ahí. Yo no me había dado cuenta. Tú estabas ahí, hija.

—Sí.

Anselmo apartó la mano de la foto como si quemara. Se tapó la cara con las dos manos. Lucía oyó un ruido que no había oído nunca, un ruido que salía de su padre desde muy adentro, como sale el agua de un pozo cuando se rompe el brocal. Estaba llorando.

Ella no se movió. No le tocó. Esperó.

—Lito está muerto, papá —dijo, cuando él se calmó un poco—.

Lo encontraron hace una semana en el fango, en Ponte do Porco.

Antes de morir me contó lo que pasó aquella noche.

La planeadora, el Canal do Morto, Ramiro siguiendo a Andrés por los juncos.

Y en la taquilla de Iago, en el club de remo, encontré esta foto.

Y alguien me ha dicho que en diciembre de 1994 pagaste el préstamo del bar en efectivo. Siete millones de pesetas.

Anselmo se quitó las manos de la cara. Tenía los ojos rojos, la nariz goteando. Se limpió con la manga de la camisa, como un niño.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Bieito Castro.

Su padre cerró los ojos.

—Claro. Claro que sí. El hijo sabe todo lo que sabía el padre. Ramiro se lo enseñó todo. —Abrió los ojos—. ¿Qué quieres saber, Lucía?

—Todo.

Y él se lo contó. Todo. Desde la tarde de agosto en que Ramiro le hizo una señal con dos dedos y le preguntó por el chaval de los Pena hasta la mañana de diciembre en que pagó el préstamo del bar.

Lo contó despacio, con frases cortas, con muchas pausas, mirando la foto o mirando por la ventana, pero nunca a ella.

El almacén de sal. La bombilla con los mosquitos.

El chaval llegando por la orilla embarrado hasta el pecho con la mano cortada.

La estufa de butano. La petaca de coñac.

«Voy a ir al cuartel.» Los pasos en la rampa.

Ramiro en el umbral, con las manos en los bolsillos. «Ya puedes irte a casa.»

—Me miraba —dijo Anselmo—. El chaval me miraba. Me pedía que me quedara. No me lo dijo con palabras, pero me lo pedía. Y yo cogí las llaves de la furgoneta y me fui.

—Papá…

—Me fui, Lucía. Salí por la puerta. Pasé al lado de Ramiro y no lo miré. Y dejé al chaval allí solo, con él. —Se le quebró la voz—. Yo sabía lo que iba a pasar. Lo sabía. No me miento. Llevo treinta y dos años intentando mentirme y no puedo. Lo sabía cuando salí. Y salí igual.

Lucía no dijo nada. Sentía algo muy grande y muy pesado en el pecho, algo que no sabía si era rabia o lástima o pena, o las tres cosas mezcladas como se mezclan el agua dulce del río y la salada del mar en la desembocadura.

—¿Y la postal de Caracas? —preguntó.

Anselmo le contó lo de la libreta de los fiados. Lo de la hoja con la firma del chaval. Lo de Ramiro guardándola en el bolsillo interior de la chaqueta.

—La hicieron copiando la letra de las firmas, supongo.

Alguno de los de Ramiro que tenía mano para eso.

Y la mandaron desde Caracas, porque Ramiro ya tenía amigos allí entonces.

—Anselmo se pasó una mano por el pelo blanco—.

Carmen nunca se la creyó. Tenía razón. Siempre tuvo razón.

Y yo la veía en la plaza, año tras año, vendiendo almejas, y la saludaba, y le preguntaba por su madre.

Y ella me preguntaba por ti. —Se le escapó un sollozo—.

¿Cómo se puede vivir así, Lucía? ¿Cómo he vivido yo así?

—¿Dónde está, papá?

Anselmo la miró por primera vez.

—¿Quién?

—Andrés. ¿Dónde está?

—Debajo del suelo —dijo Anselmo—. Me lo dijo Ramiro.

No aquella noche. Años después. En 2009, en el entierro de tu madre.

Vino al tanatorio, me dio el pésame, me abrazó delante de todos.

Y al abrazarme me dijo al oído: «El chaval está bajo el suelo del almacén, Anselmo.

En el rincón donde estaba la oficina. Debajo del hormigón.

Para que sepas que tú también estás enterrado allí con él.

» —Su padre se quedó callado un momento—.

Eso me dijo. En el entierro de tu madre. Mientras yo lloraba.

Lucía se levantó. Necesitaba moverse. Dio dos pasos hasta la ventana, se apoyó en el fregadero, miró afuera. El patio, las macetas vacías de su madre, la mesa de hierro oxidada, el muro, la ría brillando al sol de la mañana.

Donde estaba la oficina. La caseta de ladrillo pegada a la nave.

Donde ahora, después de la reforma, estaban los tanques.

El tercero de la fila de la izquierda, junto a la pared más cercana a la rampa.

Vacío, sucio, con una cinta de plástico rojo y blanco y un cartel: FUERA DE SERVICIO. MANTENIMIENTO.

—¿Me vas a denunciar? —preguntó su padre a su espalda, en voz muy baja.

Lucía no se volvió.

—No lo sé, papá.

—Debes hacerlo. —Anselmo se levantó, despacio, apoyándose en la mesa.

Lucía le oyó acercarse arrastrando las zapatillas por las baldosas.

Se detuvo detrás de ella—. Debes hacerlo, hija.

Yo ya soy viejo. Ya no me queda mucho. No me importa ir a la cárcel.

Lo que me importa es… —Le puso una mano en el hombro, una mano enorme, nudosa, temblorosa—.

Lo que me importa es que me perdones tú.

Y sé que no puedes. Y está bien. No tienes que hacerlo.

Solo quería que supieras que lo siento. Que lo siento todos los días desde hace treinta y dos años. Todos.

Lucía se dio la vuelta.

Su padre estaba de pie frente a ella, con la camisa de cuadros abrochada hasta arriba, el pelo blanco peinado con agua, la cara mojada de lágrimas.

Parecía muy viejo. Parecía muy pequeño. Parecía el hombre que le había enseñado a montar en bicicleta en la Ribeira, sujetándola por el sillín y corriendo detrás de ella hasta que se le acababa el aliento, y el hombre que había salido por la puerta de una oficina dejando a un chico de diecinueve años solo con su asesino. Los dos a la vez. Los dos el mismo.

Lucía no supo qué decir. Así que no dijo nada. Le abrazó.

Él se quedó rígido un momento, sorprendido. Luego se dejó caer contra ella, entero, con todo el peso de su cuerpo viejo, y lloró sobre su hombro como un niño, y Lucía le sostuvo, de pie en la cocina, con el sol de octubre entrando por la ventana y la radio dando el parte de las mareas.

—Pleamar en Betanzos a las siete menos diez de la tarde. Altura, tres metros cuarenta…

Cuando se separaron, su padre la miró. Y Lucía vio, con un escalofrío, que la niebla estaba volviendo. Lo vio subir por sus ojos como sube el agua por la escalera del muelle, despacio, implacable, cubriendo un peldaño, otro, otro.

—¿Rosa? —dijo Anselmo, confuso, mirándola—. Rosa, ¿por qué lloras?

—No lloro, papá.

—Estás llorando. —Le limpió la cara con el pulgar, con una ternura infinita—. No llores, mujer. No ha pasado nada. No ha pasado nada.

* * *

Esa tarde, Lucía subió a la Magdalena.

Carmen Pena le abrió la puerta con un delantal de cocina puesto y las manos llenas de harina.

Estaba haciendo empanada. Le dijo que pasara, que se sentara, que en media hora estaba en el horno.

Lucía se sentó en la silla de enea de la cocina, junto a la ventana de la higuera, y miró cómo Carmen extendía la masa con el rodillo, la doblaba, la volvía a extender.

—Hago una para el niño —dijo Carmen sin volverse—. Los domingos siempre hacía una, y este domingo no he sido capaz. La de bonito con pimientos, que era la que le gustaba. Ya sé que no se la va a comer. Pero no sé hacer otra cosa cuando no sé qué hacer.

Lucía tragó saliva.

—Carmen, necesito pedirte una cosa. Es para la investigación. Te va a parecer raro.

—Pide.

Lucía sacó de su bolso un pequeño tubo de plástico con un bastoncillo largo dentro, de los que se usan para tomar muestras de saliva.

—Necesito una muestra de tu ADN. Solo tienes que frotarte esto por dentro de la mejilla unos segundos.

Carmen dejó el rodillo sobre la mesa. Se volvió. Miró el tubo. Miró a Lucía.

—¿Para qué?

—Para comparar con algo. No te puedo decir con qué. Todavía no. —Lucía sostuvo su mirada—. Te prometo que en cuanto lo sepa, serás la primera persona a la que se lo diga.

Carmen se quedó quieta mucho tiempo, con las manos llenas de harina colgando a los lados del cuerpo. Fuera, el viento movió las hojas de la higuera contra el cristal.

—Es de Andrés —dijo al fin. No era una pregunta.

Lucía no contestó.

Carmen se limpió las manos en el delantal. Cogió el tubo. Lo abrió, sacó el bastoncillo, se lo metió en la boca y se frotó el interior de la mejilla durante diez segundos, despacio, sin dejar de mirar a Lucía. Luego lo volvió a meter en el tubo, lo cerró y se lo devolvió.

—Treinta y dos años —dijo—. Puedo esperar un poco más.

Y volvió a coger el rodillo.