La última pleamar (El secreto de la ría 1) 21. El que calló
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21. El que calló

Cuando la planeadora se perdió en la oscuridad, ría abajo, Anselmo Varela se quedó solo en la rampa del almacén de sal con la mano todavía a medio levantar.

Los otros se habían ido. Pepe el de Coirós y los hermanos Bouza se habían llevado el primer camión, cargado hasta el techo de cajas de pescado vacías con la mercancía escondida debajo, camino de Madrid por la general.

Chucho el Carnicero y el portugués se habían ido en el segundo.

Los tres chavales de Sada se habían marchado andando por la orilla, riéndose en voz baja, con los bolsillos llenos de billetes y las piernas temblando de la adrenalina.

Ramiro le había dicho a Anselmo que esperara allí con la furgoneta hasta que volvieran con la segunda carga, por si había que llevar algo a algún sitio.

Anselmo esperó.

Esperó sentado en el escalón de la oficina del almacén, una caseta de ladrillo pegada a la nave, bajo la única bombilla que colgaba sobre la puerta, rodeada de mosquitos.

Fumó cuatro cigarros seguidos. Escuchó la ría.

Al principio el agua estaba quieta, en silencio, como un animal dormido.

Luego, poco a poco, empezó a moverse. Primero fue un murmullo entre los juncos, casi imperceptible.

Después un susurro. Después un rumor constante, como el de una respiración muy grande que se escapaba hacia el mar.

La pleamar había pasado. La ría se estaba vaciando.

A las tres y media empezó a tener miedo.

A las cuatro menos cuarto vio una figura correr por la orilla entre los juncos, tropezando, cayéndose, levantándose, hacia la luz de la bombilla.

Era el chaval de los Pena.

Llegó a la rampa jadeando, embarrado hasta el pecho, con el pelo largo pegado a la cara y una mano envuelta en un trapo empapado de sangre. Se detuvo frente a Anselmo con la boca abierta, sin poder hablar, doblado sobre sí mismo, con un hilo de baba colgándole de los labios.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde están?

—Varados —consiguió decir Andrés—. En el Canal do Morto. La lancha… no sale. Ramiro dice que… que lleves la furgoneta… y dos hombres… y tablones.

—Ya no hay hombres. Se han ido todos.

—Pues tú… tú solo…

Andrés se dejó caer de rodillas en el hormigón de la rampa. Empezó a temblar. Anselmo se agachó a su lado, le puso una mano en la espalda y notó a través de la chaqueta vaquera empapada los espasmos de todo su cuerpo, como si tuviera fiebre.

—Chaval. Chaval, tranquilo. Ven dentro, que tienes que calentarte.

Lo llevó a la oficina. Era un cuartucho de tres metros por tres con una mesa metálica, dos sillas, un calendario de una naviera con una mujer en bañador, una estufa de butano apagada y un armario lleno de facturas.

Anselmo encendió la estufa. Sentó al chaval en una silla.

Le quitó el trapo de la mano: un corte profundo en la palma, de lado a lado, que sangraba despacio.

Buscó en el armario, encontró un botiquín, le limpió la herida con alcohol y se la vendó con una gasa.

Andrés no se quejó. Miraba la pared fijamente, con los ojos muy abiertos.

Anselmo sacó de su chaqueta la petaca de coñac que llevaba siempre en las descargas y se la tendió.

—Bebe.

Andrés bebió. Tosió. Bebió otra vez.

—Anselmo —dijo, con una voz que ya no temblaba tanto—. Vi un coche. En la carretera. Con las luces. Era la Guardia Civil.

—Los guardias no van a hacer nada. Ramiro tiene amigos.

—No. —Andrés negó con la cabeza—. No. Pasaron muy despacio.

Miraron. Vieron la lancha, Anselmo, seguro que la vieron.

Y mañana cuando amanezca va a estar allí en medio de la ría con todo a la vista y se van a dar cuenta todos.

Todo el pueblo. Y van a venir a buscarnos.

—Le cogió la manga a Anselmo con la mano buena—.

Yo no quiero ir a la cárcel. Tengo diecinueve años.

Mi madre está enferma. No quiero ir a la cárcel.

—No vas a ir a la cárcel.

—Voy a ir al cuartel —dijo Andrés.

Anselmo se quedó helado.

—¿Qué dices?

—Voy a ir al cuartel. Ahora. Antes de que amanezca. Voy a contarlo todo y diré que me obligaron, que yo no sabía nada, que me engañaron. Me tienen que proteger si hablo. Eso lo sé, lo veo en las películas. Si hablo yo primero, no me hacen nada.

—Andrés. —Anselmo se agachó frente a él, le cogió la cara con las dos manos—. Escúchame. Escúchame bien. Si vas al cuartel, Ramiro te mata. ¿Entiendes? Te mata. A ti y quizás a tu hermana. Y a mí. Y a todos.

—No me puede matar si estoy en el cuartel.

—Puede matarte en cualquier sitio. Tiene gente en el cuartel, chaval. Eso es lo que no entiendes. Tiene gente en todas partes.

Andrés le miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y en las lágrimas se reflejaba la llama azul de la estufa de butano.

—Entonces, ¿qué hago?

Anselmo abrió la boca para contestar. Y en ese momento oyó pasos en la rampa.

Pasos lentos, pesados, que chapoteaban en el barro. Se acercaban sin prisa. Anselmo se incorporó. Andrés también. Los dos miraron hacia la puerta de la oficina, entreabierta, por donde entraba el frío de la noche y el olor a fango.

Ramiro apareció en el umbral.

Venía embarrado hasta la cintura, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el pelo negro mojado y peinado hacia atrás con los dedos. Respiraba tranquilo. Miró a Andrés, de pie junto a la silla, con la mano vendada. Miró a Anselmo. Miró la petaca de coñac sobre la mesa.

—Anselmo —dijo, con voz suave—. Ya puedes irte a casa.

Anselmo no se movió.

—Ramiro, el chaval está asustado. No sabe lo que dice. Lo llevo yo a casa y…

—Ya puedes irte a casa —repitió Ramiro, exactamente con el mismo tono—. Rosa estará preocupada. Y la niña se despierta temprano, ¿no?

Hubo un silencio. La estufa de butano silbaba. Fuera, en la ría, el agua seguía escapándose hacia el mar con su respiración enorme.

Anselmo miró a Andrés.

Andrés le estaba mirando a él. Con los ojos muy abiertos.

Con la boca entreabierta. Con la misma expresión que había tenido en la puerta del bar, en agosto, cuando Anselmo le dijo que Ramiro quería verle, solo que al revés: aquella vez había sido una alegría tan pura que dolía mirarla, y ahora era un miedo tan puro que dolía todavía más.

Le estaba pidiendo algo. No con palabras. Con todo el cuerpo.

Quédate.

No me dejes aquí.

Anselmo cogió las llaves de la furgoneta de encima de la mesa.

Pasó junto a Ramiro sin mirarle. Salió de la oficina.

Cruzó la rampa hasta la furgoneta. Se subió.

Arrancó. Las luces barrieron un momento la fachada del almacén, la puerta de la oficina, la silueta de Ramiro de pie en el umbral, y detrás de él, en la luz azul de la estufa, la cara blanca del chaval.

Luego Anselmo giró el volante y las luces se fueron hacia la carretera, y la oficina quedó atrás en la oscuridad.

No se volvió. Condujo hasta Betanzos con las manos apretadas en el volante y los ojos fijos en la carretera, sin poner la radio, sin pensar en nada.

Aparcó en la Ribeira. Subió a casa. Se metió en la cama al lado de Rosa, que se despertó y le preguntó qué hora era, y él le dijo que las cuatro y media, que había estado cerrando la caja, que se durmiera. Rosa se durmió.

Él se quedó despierto escuchando la ría bajar por los muros de la Ribeira hasta que se hizo de día.

Ramiro vino al bar el lunes por la tarde, como siempre. Se sentó en la mesa del fondo, junto a la ventana, de espaldas a la pared. Pidió un café con una gota de orujo y un vaso de agua. Leyó La Voz de Galicia de la primera a la última página. Dobló el periódico en cuatro.

Luego le hizo a Anselmo una señal con dos dedos.

—El chaval de los Pena se ha ido a Venezuela —dijo, cuando Anselmo se acercó—. Cogió un barco en Vigo. Me lo ha dicho un amigo. Lo vamos a echar todos mucho de menos.

Anselmo no dijo nada.

—Tú tienes una libreta donde apuntas lo que te deben los clientes, ¿no? Los fiados.

—Tengo.

—¿El chaval te debía algo?

Anselmo tardó en contestar.

—Mil doscientas pesetas. De las máquinas.

—¿Firmadas por él?

—Firmaba siempre. Yo hago firmar a todos.

—Tráeme esa hoja.

Anselmo fue detrás de la barra, sacó del cajón la libreta de tapas negras donde apuntaba los fiados y buscó la página de Andrés.

Había seis líneas, seis fechas, seis cantidades pequeñas, y al lado de cada una la firma torpe del chaval, inclinada hacia la izquierda, con una A grande y un rabo largo en la P.

Arrancó la página con cuidado. Se la llevó a Ramiro.

Ramiro la dobló en cuatro y se la metió en el bolsillo interior de la chaqueta sin mirarla.

—Considera la deuda saldada —dijo.

En noviembre llegó a casa de los Pena una postal de Caracas.

A primeros de diciembre, Ramiro dejó sobre la mesa del fondo, al terminar el periódico, un sobre grueso de papel marrón. Anselmo lo cogió al recoger la taza.

Dentro había siete millones de pesetas en billetes de diez mil, atados con gomas, y una nota escrita a mano con la letra grande y redonda de Ramiro: El bar es tuyo. No le debes nada a nadie. Solo a mí.

Esa noche, Rosa encontró el sobre en el cajón de la cómoda, debajo de los jerséis. Le preguntó a Anselmo de dónde había salido. Él no contestó. Ella le preguntó otra vez, más alto.

Él le gritó que no preguntara, que era dinero del bar, que no era asunto suyo. Era la primera vez que le gritaba en dieciocho años de matrimonio. Rosa lloró sentada en la cocina hasta las tres de la mañana. Anselmo no fue a consolarla.

Al día siguiente pagó el préstamo de la Caixa Galicia entero, en efectivo, en la oficina de la plaza. El director le dio la mano y le felicitó.

Por Reyes le compró a Lucía una bicicleta nueva y un abrigo con capucha de pelo.

Y nunca, en treinta y dos años, volvió a dormir una noche entera.