La última pleamar (El secreto de la ría 1) 20. Bieito
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20. Bieito

El despacho de Castro a Bieito Castro, por lo visto, los festivos no le afectaban.

Bieito Castro la recibió de pie, en la puerta de su despacho, con la misma sonrisa perfecta de la depuradora.

—Sargento. Pase, por favor. ¿Café? ¿Agua?

—Nada, gracias.

—Siéntese, por favor.

El despacho era una sala amplia con una de las galerías acristaladas como pared del fondo.

Por los cristales se veía el puerto de A Coruña entero: los muelles, las grúas, un crucero blanco enorme atracado en la estación marítima, los veleros de la dársena, y más allá, sobre la península, la Torre de Hércules recortada contra un cielo gris de lluvia.

La mesa era de cristal y acero. Sobre ella no había nada más que un portátil cerrado, una pluma estilográfica negra y un marco de plata con una foto de una mujer morena y dos niños pequeños sonriendo en una playa.

Bieito se sentó frente a ella, cruzó las piernas, apoyó los codos en los brazos del sillón y juntó las yemas de los dedos.

—Usted dirá.

—Iago Souto trabajaba para Porto Mandeo desde la primavera de 2025 —dijo Lucía—. Como asesor jurídico de la empresa, ¿tenía usted conocimiento de algún conflicto laboral con el fallecido? ¿Alguna queja, algún problema?

—Ninguno. Era un trabajador ejemplar, según me han informado. Me consta que Martín Pereiro, su superior directo, está muy afectado.

—¿Conocía usted personalmente a Iago?

—No. Porto Mandeo tiene setenta y tres empleados directos y otros ciento veinte a través de subcontratas. No conozco a casi ninguno. —Bieito sonrió—. Soy abogado, sargento, no jefe de personal.

—¿Y a Andrés Pena? ¿Lo conocía?

La sonrisa no se movió ni un milímetro.

—¿Debería?

—Fue un chico de Betanzos que desapareció en 1994. Era tío de Iago. Iago estaba investigando su desaparición cuando murió.

—En 1994 yo tenía ocho años, sargento. Vivía en Betanzos, sí, pero coleccionaba cromos de fútbol y tenía miedo a la oscuridad.

—Bieito se inclinó un poco hacia delante—.

Supongo que me pregunta por él porque ha oído historias.

Las mismas historias que publicó esa periodista hace siete años. Historias sobre mi padre.

—He oído historias.

—Y supongo que las cree.

Lucía no contestó. Bieito la miró durante un largo rato. Luego se levantó, caminó hasta la galería acristalada y se quedó de pie con las manos a la espalda, mirando el puerto. La luz gris de la lluvia le recortaba la silueta.

—Mi padre nació en una casa de piedra sin luz eléctrica en una aldea de Coirós, en 1958 —dijo, sin volverse—.

Su padre era jornalero. Su madre lavaba ropa ajena en el río.

Él era el sexto de nueve hermanos, y tres murieron de niños.

A los once años dejó la escuela para trabajar en una cantera.

A los quince se fue a Portugal en bicicleta a buscar tabaco de contrabando para venderlo en las fiestas.

A los veinte tenía una dorna. A los treinta tenía tres planeadoras.

—Hizo una pausa—. No le voy a decir que mi padre fue un santo.

No lo fue. Hizo lo que hacía todo el mundo en esa ría en aquella época, porque en aquella época en esa ría o hacías eso o te morías de hambre o te ibas a Suiza a fregar platos.

Lo hizo mejor que nadie. Y luego, cuando vio que ya no se podía, lo dejó.

A tiempo. Y con lo que había ganado montó una conservera que da trabajo a doscientas personas, y pagó mis estudios en Madrid y en Londres, y pagó las fiestas del pueblo durante veinticinco años, y la residencia de ancianos, y el polideportivo.

—Se volvió—. ¿Sabe cuántos de los que le cuentan historias sobre mi padre trabajaron en su conservera?

¿Cuántos le pidieron dinero para operar a su madre, para pagar la universidad de sus hijos, para salir de una deuda? ¿Cuántos le deben el pan que comen?

—No lo sé.

—Todos. —Bieito volvió a sentarse—. Todos, sargento. Incluido su padre.

Lucía sintió que se le tensaba la mandíbula.

—Mi padre tenía un bar.

—Su padre tenía un bar que se compró en 1989 con un préstamo de la Caixa Galicia que no podía pagar. Y en 1994, en diciembre, de repente, lo pagó entero. En efectivo. Siete millones de pesetas. —Bieito juntó otra vez las yemas de los dedos—. ¿Nunca se preguntó de dónde salió ese dinero?

Lucía no se movió. No parpadeó. Se obligó a respirar despacio, por la nariz, como le habían enseñado en los interrogatorios difíciles.

—Estamos hablando de Iago Souto —dijo.

—Usted ha empezado a hablar de 1994. Yo solo le sigo la conversación.

—Bieito sonrió—. Sargento, déjeme decirle algo, y créame que se lo digo sin mala intención.

Usted ha vuelto a un pueblo donde todo el mundo tiene algo que callar.

Todo el mundo. Los que tienen dinero y los que no.

Los que salen en la foto y los que la hacen.

Si se pone a remover el fango del fondo de esa ría, va a sacar cosas que no le van a gustar.

Cosas de gente que quiere. Cosas de usted misma.

—Hizo una pausa—. Y luego no las va a poder volver a enterrar.

—¿Eso es otro consejo?

—Eso es una observación. Soy un buen observador. —Bieito se miró el reloj—. ¿Algo más sobre las circunstancias laborales del fallecido?

Lucía se levantó.

—Una cosa más. —Se puso el chaquetón despacio—. Atlântica Mar, la sociedad portuguesa que es dueña de Porto Mandeo y de la Depuradora Brañas. ¿Quiénes son los socios reales detrás de Ilhéu Azul y de Orinoco Holdings?

Por primera vez en toda la conversación, la sonrisa de Bieito tardó un instante en responder. Fue muy breve. Un parpadeo. Pero Lucía lo vio.

—Eso está protegido por el secreto profesional, sargento. Como usted sabe perfectamente.

—Lo sé. —Lucía se dirigió a la puerta. Con la mano en el pomo, se volvió—. Por cierto, Orinoco es un nombre curioso para una sociedad panameña. Es un río de Venezuela, ¿verdad?

Bieito no contestó. Lucía salió y cerró la puerta tras de sí.

En el ascensor de madera y latón, mientras bajaba en silencio junto al ascensorista de uniforme, Lucía se dio cuenta de que le temblaban las piernas.

No por la amenaza. Por lo del bar.

En diciembre de 1994. Siete millones de pesetas. En efectivo.

Ella tenía diez años. Se acordaba vagamente de aquel invierno: de que su madre había llorado una noche en la cocina y su padre había gritado, cosa que no hacía nunca. De que después hubo regalos de Reyes más caros que los de otros años, una bicicleta nueva, un abrigo con capucha de pelo.

De que su padre dejó de sonreír durante mucho tiempo y empezó a cerrar el bar más temprano.

De que nunca más volvió a ver a Andrés Pena jugando a la tragaperras del fondo y de que, cuando preguntó por él, su padre le dijo que se había ido a trabajar a América en un barco y que no volviera a preguntar.

Salió a la calle. Llovía. Se quedó de pie en la acera del Cantón Grande, bajo la lluvia, sin abrir el paraguas, mirando el puerto.

Un muerto. Un asesino. Un marinero. Y uno que calló.

Y que cobró por callar.