La última pleamar (El secreto de la ría 1) 19. La casa junto a la ría
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19. La casa junto a la ría

Antía Lagares no contestó al teléfono en tres días.

Su compañera de piso en A Coruña, una chica de Lalín con el pelo teñido de azul, le dijo a Lucía por el portero automático que Antía se había ido a casa de sus padres el día del entierro de Iago y que no había vuelto.

Los padres de Antía, en una aldea de Abegondo, le dijeron que su hija se había ido a casa de una amiga en Ferrol y que no sabían qué amiga.

Su teléfono daba apagado o fuera de cobertura.

—Está escondida —dijo Xurxo, en el coche, de vuelta de Abegondo—. Tiene miedo.

—Hace bien.

Lucía no le había contado a Xurxo lo de la foto del Audi.

No le había contado lo de la medalla. No le había contado la conversación con Sabela, ni el plano del dragado, ni lo que había dicho Lito sobre los informes.

Xurxo sabía lo del cuaderno de la taquilla y lo de la foto de O Peirao, porque había estado allí, y sabía lo de la inspección, porque se había enterado todo el cuartel.

Nada más. Y Lucía notaba cada día que Xurxo sabía que había más, y que ella no se lo contaba, y que él no preguntaba.

Se estaba volviendo un silencio pesado entre los dos. Un silencio como los del pueblo.

—Xurxo —dijo Lucía, cuando entraban en Betanzos por el puente—, ¿has hablado con tu primo estos días?

El cabo no apartó la vista de la carretera.

—No.

—¿Seguro?

—Seguro, sargento. —Una pausa—. ¿Por qué?

—Por nada.

Xurxo apretó las manos en el volante. No dijo nada más hasta que aparcaron delante del cuartel, y entonces, antes de bajarse, sin mirarla, dijo:

—Si tienes algo que preguntarme, pregúntamelo directamente. No me gusta que me mires así.

—¿Así cómo?

—Como mirabas a los de Vallecas, supongo. —Abrió la puerta y bajó—. Yo no soy de Vallecas, sargento. Soy de Coirós.

Cerró de un portazo.

El sábado por la tarde, Martín la llamó para decirle que Uxía estaba con su madre y que tenía una botella de vino de Ribeira Sacra que le había regalado un cliente y que no sabía con quién bebérsela.

Lucía dijo que sí antes de pensarlo.

La casa de Martín estaba en la orilla de la ría, al final de un camino de tierra que salía de la carretera de Miño, entre maizales cosechados y prados donde pastaban dos vacas rubias.

Era una casa de piedra de dos plantas, vieja, que había sido de sus abuelos, con un hórreo de granito en el patio, una higuera retorcida y un muro bajo que daba directamente a la marisma.

Desde la ventana de la cocina se veía la ría entera, de un lado a otro, con la luz del atardecer convirtiendo el agua en cobre derretido.

Martín había hecho pulpo a feira. Lo había cocido él mismo en una olla de cobre en la cocina de leña, lo había cortado con unas tijeras sobre una tabla de madera, le había echado sal gorda, pimentón de la Vera y un chorro de aceite verde.

Comieron con palillos, de pie, en la cocina, apoyados en la encimera de granito, con el vino tinto en vasos de cristal grueso y la radio puesta con una emisora de música gallega que ninguno de los dos escuchaba.

Hablaron de cualquier cosa. De Uxía y del libro que estaba leyendo, una novela de piratas que había encontrado en la biblioteca municipal y que no soltaba ni para comer.

Del padre de Lucía y del día en que, en el bar, los pilló a los dos robando latas de cerveza y en vez de echarles la bronca les dio dos más y les dijo que por lo menos no fueran a bebérselas al muro, que se veía desde la Guardia Civil.

De la gente del colegio: quién se había casado, quién se había muerto, quién se había ido a Suiza y quién había vuelto.

Se rieron mucho. Lucía se dio cuenta, en algún momento, de que hacía dos años que no se reía así.

Luego se terminó el pulpo y la segunda botella, y se hizo de noche al otro lado de la ventana, y la ría se volvió negra, y la radio dejó de sonar porque se había acabado el programa y nadie la cambió.

Martín estaba fregando los vasos. Lucía se acercó por detrás y le puso una mano en la espalda, entre los omóplatos. Él se quedó quieto, con las manos dentro del agua.

—Lucía.

—No digas nada.

—No sé si esto es buena idea.

—No es buena idea. —Ella apoyó la frente en su espalda—. Ninguna de las cosas que he hecho desde que volví es buena idea.

Él se dio la vuelta despacio. Tenía las manos mojadas y no sabía qué hacer con ellas, y Lucía se las cogió y se las puso en la cintura, y el agua le traspasó la camiseta, fría, y no le importó.

La besó él. O ella. Nunca lo supo.

Después, mucho después, se quedaron tumbados en la cama de la habitación de arriba, una cama de madera antigua con un colchón que se hundía en el centro, bajo una ventana pequeña por la que entraba el sonido de la marea subiendo entre los juncos.

Martín dormía boca abajo, con un brazo sobre la cintura de Lucía.

Respiraba hondo y despacio, como un niño.

Lucía no dormía.

Miraba el techo de madera, las vigas oscuras, una telaraña en una esquina apenas iluminada por la claridad que entraba por la ventana.

Pensaba en que hacía veinticinco años que no se sentía así.

Que en Madrid había tenido tres relaciones largas y una docena de cortas, y ninguna, ni una sola, la había hecho sentirse como se había sentido esa noche: como si llegara a un sitio después de mucho tiempo andando bajo la lluvia.

Pensaba en lo estúpido que era eso. En lo peligroso.

A las cuatro de la mañana se levantó sin hacer ruido. Tenía sed. Bajó la escalera descalza, con la camiseta de Martín puesta, y fue a la cocina a buscar un vaso de agua.

Sobre la mesa de la cocina, junto a la tabla del pulpo, había una carpeta de plástico azul que no había estado allí antes.

O sí había estado, debajo del periódico, y Martín, al recoger, había apartado el periódico sin darse cuenta.

Lucía no lo supo nunca. Se quedó mirando la carpeta con el vaso de agua en la mano, a la luz de la ventana, y vio que de dentro asomaba la esquina de un papel con un logotipo azul y blanco que conocía.

Era el logotipo de un banco portugués.

No debería haberlo hecho. Lo sabía mientras lo hacía. Dejó el vaso sobre la mesa, abrió la carpeta con dos dedos y sacó el papel.

Era un justificante de transferencia bancaria internacional. Ordenante: Atlântica Mar, Lda. Beneficiario: Pereiro Náutica, S.L. Importe: 30.000,00 EUR . Concepto: Consultoría técnica náutica — proyecto Porto Mandeo . Fecha: 12 de agosto de 2026 .

Debajo había otro. Otro ordenante, el mismo beneficiario: Salgadeira do Mandeo, S.L. 25.000,00 EUR . Fecha: 3 de noviembre de 2019 . Concepto: Servicios de patronaje .

Y otro. 25.000,00 EUR . 17 de noviembre de 2019 . Servicios de patronaje .

Lucía se quedó de pie en la cocina, descalza sobre las baldosas frías, con los tres papeles en la mano. Fuera, en la ría, la marea había llegado a su punto más alto y el agua estaba completamente quieta, negra y lisa como un espejo, reflejando las luces de la otra orilla.

Servicios de patronaje. Noviembre de 2019. Dos pagos, dos semanas de diferencia, a nombre de la empresa de chárter de Martín, que había quebrado ese mismo invierno.

Pereiro Náutica. Salgadeira do Mandeo. Atlântica Mar. Bieito Castro.

Pensó en lo que le había dicho Martín en el coche, frente al muro de la Ribeira: No te fíes de nadie. Ni siquiera de mí.

Volvió a meter los papeles en la carpeta, exactamente como estaban, con la esquina del logotipo asomando. Puso el periódico encima. Se bebió el vaso de agua de un trago. Subió la escalera sin hacer ruido, se quitó la camiseta de Martín, se vistió en la oscuridad con su propia ropa.

Martín se movió en la cama cuando ella cogió los zapatos.

—¿Lucía? —murmuró, medio dormido—. ¿Qué hora es?

—Tarde. —Le dio un beso en la frente—. Tengo que irme. Mi padre se despierta temprano y se asusta si no estoy.

—Quédate.

—Otro día.

Él sonrió con los ojos cerrados y se volvió a dormir.

Lucía salió de la casa, cruzó el patio junto al hórreo, se subió a su coche y condujo por el camino de tierra entre los maizales con las luces apagadas hasta llegar a la carretera. Allí paró. Apagó el motor. Apoyó la frente en el volante.

No lloró. Hacía mucho tiempo que no lloraba. Se quedó allí, con la frente en el volante y los ojos cerrados, oyendo el tic del motor al enfriarse, hasta que el cielo empezó a ponerse gris por encima de los montes de Coirós.