La última pleamar (El secreto de la ría 1) 18. Contenedores
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—¿Quién la administra?

—Eso es lo bonito. —Sabela pulsó unas teclas—.

El gerente es un señor que se llama Rui Manuel Ferreira Antunes, con domicilio en Matosinhos.

Lo busqué. Tiene ochenta y un años y vive en una residencia de ancianos.

Es gerente de otras dieciocho sociedades.

Todas con el mismo domicilio social en la Rua de Santa Catarina, que, por cierto, es una oficina de domiciliación de empresas.

Una mesa y un teléfono. Alquilan la dirección por noventa euros al mes.

—Un testaferro.

Estaban en la cocina de Sabela, de noche, con la persiana bajada, la luz del flexo dibujando un círculo amarillo sobre la mesa cubierta de papeles y el gato dormido sobre la impresora.

Lucía llevaba allí desde media tarde. Había ido directamente desde la depuradora, después de dejar a Paco Bermúdez en su coche con la cara blanca y las manos temblando y la promesa de que, si alguien le preguntaba, él no la había visto nunca en su vida.

—¿Y la depuradora?

—Depuradora Brañas, S.L. —Sabela abrió otra pestaña—.

Constituida en 2019. Propietaria al cien por cien desde 2025: Atlântica Mar.

Antes era de otra sociedad, gallega, que se llamaba Salgadeira do Mandeo, S.L.

, que a su vez era la propietaria del viejo almacén de sal desde 1987.

¿Y sabes quién era el administrador de Salgadeira do Mandeo hasta 2004?

—Ramiro Castro.

—Ramiro Castro Pazos. Y desde 2004, su hijo, Bieito, que entonces tenía dieciocho años y estaba estudiando primero de Derecho en Madrid.

—Sabela sonrió con amargura—. El padre le puso la empresa al hijo en cuanto cumplió los dieciocho, por si acaso.

Y el hijo, cuando creció, aprendió a hacer las cosas bien.

Le vendió la depuradora a una sociedad portuguesa que él mismo controla a través de Panamá.

Ahora en el Registro no hay ningún Castro.

Hay un viejo con alzhéimer en Matosinhos.

—¿Y Porto Mandeo?

—Porto Mandeo, S.L.: el setenta por ciento es de Atlântica Mar.

El treinta restante es de Seoane. —Sabela cerró el portátil—.

Es decir: la misma sociedad fantasma que es dueña de la depuradora donde descargan la cocaína es la dueña del puerto deportivo que va a dragar la ría.

Y el abogado de las dos es Bieito Castro.

Lucía se levantó y se acercó a la ventana. Apartó un poco la persiana con un dedo. La Ribeira estaba vacía, las farolas encendidas, la marea subiendo. Al otro lado del agua, la orilla de enfrente era una masa negra sin una sola luz.

—El dragado —dijo—. Seoane dijo en el ayuntamiento que empezaba después de las mareas de octubre.

—El 3 de noviembre, según la licencia que firmó la Diputación.

—¿Y qué van a dragar exactamente?

Sabela tardó un momento en contestar. Luego volvió a abrir el portátil, buscó un documento, lo giró hacia Lucía.

Era un plano técnico, en PDF, con el membrete de una consultora de ingeniería de Santiago.

Mostraba la ría desde la boca hasta Betanzos, con zonas sombreadas en rojo y en naranja y una leyenda llena de cifras.

—Esta es la zona de dragado principal —dijo Sabela, señalando con el dedo una mancha roja frente a Porto Mandeo—.

La dársena y el canal de acceso. Pero mira esto.

—Movió el dedo ría arriba, hacia una franja naranja estrecha y alargada que bajaba pegada a la orilla norte de la ría y se perdía hacia el interior—.

«Fase 2B: profundización del canal secundario norte para la mejora de la circulación hidrodinámica.

» Eso no lo mencionaron en el acto. Está en un anexo de trescientas páginas que no ha leído nadie.

Lucía miró la franja naranja.

—Es el Canal do Morto.

—Es el Canal do Morto. —Sabela asintió—. Lo van a hacer más profundo. Mucho más profundo. Hasta dos metros con bajamar. ¿Sabes lo que significa eso?

—Que una planeadora podrá subir por la ría sin pleamar. En cualquier momento. Sin depender de la marea.

—Cualquier noche del año. Con la marea que sea. Hasta la rampa de la depuradora. —Sabela cerró el portátil con un golpe seco que despertó al gato—. No están haciendo un puerto deportivo, sargento. Están haciendo una autopista.

A las once y media, Lucía sacó del bolsillo del chaquetón la hoja de libreta de Lito, dentro de su bolsa de plástico, y la puso sobre la mesa debajo del flexo.

Sabela la leyó dos veces. La segunda, sus labios se movieron en silencio al llegar a la línea del 11 de septiembre.

Baja una mujer del coche. Rubia. Abrigo claro. Habla con el hijo de Ramiro en la rampa. Diez minutos.

—No —dijo Sabela.

—No he dicho nada.

—No lo has dicho, pero lo estás pensando. —La periodista se recostó en la silla y cruzó los brazos—. ¿Sabes cuántas mujeres rubias hay en Galicia que conducen un Audi negro?

—¿Con matrícula oficial? ¿Con el piloto trasero derecho roto y tapado con cinta?

Sabela no contestó. Se quedó mirando la hoja de Lito un largo rato. Luego se levantó, fue al salón y volvió con un disco duro externo, negro, con una pegatina que decía ARCHIVO FOTOS 2024-2026. Lo enchufó al portátil.

—Yo hago fotos de todos los actos oficiales de la comarca —dijo, mientras buscaba carpetas—.

Para el periódico. Inauguraciones, plenos, fiestas, visitas de cargos.

La mayoría no las publico nunca. Pero las guardo todas, por si acaso.

Es una costumbre que me enseñó un viejo periodista de La Voz cuando empecé.

«Guárdalo siempre todo, chavala. Algún día alguien va a mentir y tú vas a tener la foto. »

Abrió una carpeta: 2026-09-18 Inauguración Centro de Día Miño .

Pasó fotos deprisa con las flechas del teclado.

Gente mayor en sillas de ruedas. Una cinta roja.

Un alcalde con unas tijeras. Una mujer rubia con un traje color crema cortando la cinta con una sonrisa perfecta.

Otra foto. Otra. Una foto del aparcamiento, tomada desde la puerta del centro de día, con la comitiva oficial subiendo a los coches.

Sabela se detuvo.

En la foto, en primer plano, había un Audi A6 negro, aparcado de lado, con un chófer de traje oscuro abriéndole la puerta trasera a la mujer rubia.

Se veía la parte de atrás del coche. Se veía la matrícula, entera, nítida: 4729 LJK .

Y se veía el piloto trasero derecho, roto en una esquina, con un trozo de cinta adhesiva transparente pegado encima para tapar la grieta.

Ninguna de las dos dijo nada durante mucho tiempo.

—Una semana después de que Lito anotara el coche en la rampa —dijo Sabela al fin, muy bajo—. Una semana.

—Es el coche de Teresa Lema.

—Es el coche oficial de la Vicepresidencia de la Diputación de A Coruña. —Sabela tragó saliva—. Eso no prueba que ella estuviera allí. Pudo ser el chófer. Pudo ser su marido. Pudo ser cualquiera que cogiera el coche.

—Lito escribió «baja una mujer». «Rubia. Abrigo claro.»

—Lito era un viejo borracho de setenta y tres años que miraba la ría de noche a un kilómetro de distancia. —Sabela lo dijo sin convicción, como si repitiera algo que sabía que diría un abogado—. Cualquier juez lo diría.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿qué haces?

Lucía se quedó mirando la foto en la pantalla. La sonrisa perfecta de Teresa Lema. La mano del chófer en la puerta del coche. La cinta adhesiva sobre el piloto roto.

—Necesito la matrícula verificada por la DGT, a nombre de quién está, quién la conduce, el registro de desplazamientos del coche oficial esas noches —dijo—.

Necesito el teléfono de Iago, que no aparece.

Necesito sus fotos, que tampoco aparecen.

Necesito a alguien que haya visto algo y esté vivo.

Y necesito hacerlo todo sin que la Comandancia se entere, porque si la Comandancia se entera, mañana por la mañana la jueza recibe otra llamada y yo me paso el resto de mi carrera poniendo multas en la plaza.

Sabela sacó la foto de la pantalla, la guardó en una carpeta nueva y la copió en una memoria USB que sacó del cajón de los cubiertos.

—Toma —dijo, tendiéndosela—. La original me la quedo yo. Y hago otra copia en una nube que solo conozco yo.

—Gracias.

—No me las des. —Sabela apagó el flexo y las dos se quedaron a oscuras, solo con la luz azul del portátil—. Iago dijo que «si pasa algo, Antía tiene copia de todo». ¿Has hablado ya con Antía?

—La he llamado cuatro veces. No contesta.

—Pues encuéntrala —dijo Sabela—. Antes que ellos.

Al día siguiente, a primera hora, antes de ir al cuartel, Lucía condujo hasta A Coruña y aparcó delante del Instituto de Medicina Legal.

La doctora Castiñeira la recibió en su despacho con la puerta cerrada. Lucía sacó del bolsillo la bolsa de congelación con la cadena rota y la medalla de la Virgen del Carmen, y la dejó sobre la mesa.

—Necesito que me haga un favor que no le puedo pedir —dijo.

La forense miró la medalla. Le dio la vuelta con la punta de un bolígrafo. Leyó las letras grabadas en el reverso: A.P. 1975 .

—Andrés Pena —dijo—. Nacido en 1975.

—Lito Cancela la encontró en el fango junto al almacén de sal la mañana del 15 de octubre de 1994. La guardó treinta y dos años. Esto que está incrustado en los eslabones…

—Sangre. Muy vieja. Degradada. —Castiñeira se subió las gafas—. Para sacar un perfil genético de aquí necesitaría tiempo, suerte y un laboratorio que haga lo que yo le pida sin preguntar por qué.

—¿Y lo tiene?

—Tengo un amigo en Santiago que me debe varios favores.

—¿Y para compararlo?

—Para compararlo necesitaría ADN de un familiar directo. Una madre, un padre, un hermano.

—Su hermana vive.

La forense la miró durante un largo rato por encima de las gafas rojas.

—Sargento, esto no tiene número de diligencia. No tiene orden judicial. No tiene cadena de custodia. Si alguna vez llega a un juicio, cualquier abogado lo tira a la papelera.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿para qué lo quiere?

Lucía tardó en contestar.

—Para que su hermana sepa —dijo al fin—. Para que deje de esperar. Lleva treinta y dos años sentada en una cocina con la radio puesta.

Castiñeira se quedó callada. Luego cogió la bolsa con la medalla y la guardó en el cajón de su mesa, debajo de unas carpetas.

—Tráigame un hisopo bucal de Carmen Pena —dijo—. Sin decirle para qué, de momento. Y no me llame en tres semanas.