17. Los de Tocorón
Caracas
Yorman Pérez y Darwin Pérez no eran primos.
No eran nada. No tenían ni siquiera el mismo apellido; Pérez era el que figuraba en los pasaportes colombianos que les habían dado en una oficina de Cúcuta seis años atrás, igual que Yorman y Darwin eran los nombres que se habían puesto ellos mismos cuando salieron de la cárcel de Tocorón, en Aragua, después de un motín que había dejado once muertos en el patio.
Allí dentro se habían conocido. Allí dentro habían aprendido que el mundo se dividía en los que mandan, los que obedecen y los que se mueren, y que la única forma de no morirse era obedecer muy bien a alguien que mandara mucho.
Ernesto Lander mandaba mucho.
Los recibió en el aparcamiento subterráneo de un centro comercial de Las Mercedes, a las once de la noche, sentado en el asiento trasero de una camioneta blindada con los cristales tintados.
No los hizo subir. Bajó la ventanilla unos centímetros y les habló desde dentro, sin mirarles a la cara, mientras su chófer vigilaba la rampa de acceso con una mano dentro de la chaqueta.
—Mañana vuelan a Madrid —dijo—. Por Bogotá. Allí les espera un hombre que les dará documentación española, dinero y un coche. Van a Galicia. A un pueblo que se llama Betanzos.
—¿Galicia? —Yorman, el mayor, el que hablaba por los dos, se rascó la cabeza rapada—. ¿Eso dónde queda, jefe?
—Arriba a la izquierda. Donde llueve.
Darwin se rio. Lander no.
—Allí hay un abogado que se llama Bieito Castro. Ustedes no trabajan para él. Trabajan para mí. Hacen lo que él diga mientras lo que él diga no contradiga lo que digo yo. ¿Está claro?
—Clarito, jefe.
—Hay una muchacha. —Lander pasó un sobre por la rendija de la ventanilla—.
Se llama Antía Lagares. Veintiún años, estudiante de enfermería en La Coruña.
Era la novia del chico que se murió la semana pasada.
El chico tenía unas fotos y es posible que ella tenga una copia.
Necesito esas fotos. Y necesito saber a quién se las ha enseñado.
Yorman abrió el sobre. Dentro había una foto de una chica morena, de pelo largo, sonriendo en lo que parecía una playa. Una dirección escrita a mano. Un horario de clases.
—¿Y después, jefe?
Lander se quedó callado un momento. Por la rampa del aparcamiento bajó un coche con música a todo volumen, giró, se perdió entre las columnas.
—Después nada —dijo—. Después me llaman.
No hagan nada sin llamarme. Nada. En España no es como aquí.
En España un muerto sale en los periódicos durante un mes.
Dos muertos, en la televisión. Tres, y viene la Policía de Madrid y no se va nunca.
Ya tenemos dos muertos en ese pueblo. No quiero un tercero si no lo pido yo.
—Entendido, jefe.
—Y hay una mujer. Una sargento de la Guardia Civil. —Lander pasó otra foto por la ventanilla: la ficha de personal, la mujer de pelo corto con la cicatriz en la ceja—. A esta no la toquen. Ni la miren. Si la ven por la calle, crucen a la otra acera. ¿Entienden?
Darwin cogió la foto y la miró un largo rato. Era más joven que Yorman, más delgado, con la cara marcada de acné y una sonrisa nerviosa que se le escapaba sin querer.
—¿Es bonita, jefe?
Lander le miró por primera vez. Fue una mirada corta. Darwin dejó de sonreír.
—Es de la Guardia Civil —dijo Lander—. Y tiene un amigo que la protege sin que ella lo sepa.
Un amigo que a mí me cuesta mucho dinero.
Si ustedes le tocan un pelo a esa mujer, ese amigo se enfada, y si ese amigo se enfada, se me cae todo.
Y si se me cae todo, ustedes vuelven a Tocorón. Pero no vivos.
Subió la ventanilla.
La camioneta arrancó y se alejó por la rampa hacia la calle, dejando a los dos hombres de pie en el aparcamiento vacío, bajo la luz amarilla de los fluorescentes, con el sobre y las fotos en las manos.
En la camioneta, Lander se quedó mirando por la ventanilla tintada las luces de la avenida Principal de Las Mercedes.
Restaurantes de lujo, tiendas de ropa italiana, concesionarios de coches alemanes, jóvenes bien vestidos riéndose en las terrazas con copas de champán en la mano.
Una ciudad dentro de otra ciudad, una burbuja de dólares flotando sobre un país arruinado.
Lander había ayudado a inflarla. Sabía exactamente cuánto aire tenía dentro y cuánto le quedaba.
El teléfono viejo, el de tapa, vibró en el bolsillo interior de su chaqueta. Lo sacó. En la pantalla monocroma había un mensaje de texto, sin remitente, desde un número español que cambiaba cada semana.
La sargento ha entrado hoy en la depuradora con un inspector de la Xunta. Ha fotografiado los contenedores. Tiene la etiqueta de la Pesquera. La jueza no le firma nada, de momento. Me encargo yo. La aparto del caso en cuanto tenga una excusa. — C.
Lander leyó el mensaje dos veces. Luego escribió una respuesta con el pulgar, despacio, letra a letra, como escriben los hombres que aprendieron a escribir en máquinas de escribir.
Apártela. Pero que no le pase nada. Ya cometimos ese error una vez. — L.
Pulsó enviar. Cerró la tapa del teléfono.
Se acordaba muy bien de aquel error. Se acordaba de la llamada de Corvo, en marzo de 2024, a las nueve de la noche, diciéndole que Nelson Brito iba a reunirse al día siguiente con una sargento de la UCO para darle un nombre.
Se acordaba de que Corvo no le había dicho qué nombre, porque no hacía falta: el único nombre que Nelson podía dar y que fuera lo bastante importante como para que le hubieran citado con tanta prisa era el del propio Corvo.
Se acordaba de haberles dado la orden a los hombres de Usera sin pensarlo dos veces, como quien aplasta un mosquito.
Y se acordaba de lo que pasó después: los ocho meses de investigación interna, los periódicos españoles hablando de una filtración, las preguntas en el Congreso, Corvo aterrorizado llamándole cada semana.
Al final no había pasado nada. La sargento se había comido el expediente, Corvo se había ido a Galicia con un ascenso, y el negocio había seguido.
Pero había estado muy cerca. Demasiado cerca.
Nelson, en aquellas llamadas, había dicho que la sargento era honesta.
Lander miró las luces de Las Mercedes y pensó que no había nada más peligroso en el mundo que una persona honesta con una buena razón para seguir siéndolo.