16. La inspección
Leyó la solicitud de Lucía en silencio, de principio a fin, pasando las páginas despacio con la punta de un lápiz. Lucía esperaba de pie frente a la mesa, con las manos a la espalda. Xurxo se había quedado en el pasillo.
Cuando terminó, la jueza dejó el lápiz sobre los papeles y se quitó las gafas.
—Sargento Varela, ¿sabe usted lo que me está pidiendo?
—Sí, señoría.
—Me pide una orden de entrada y registro en una empresa legalmente constituida, con todas sus licencias en regla, con cuarenta trabajadores dados de alta en la Seguridad Social, con inspecciones sanitarias periódicas favorables y sin un solo antecedente.
Una empresa que, además, es propiedad de una sociedad cuyo administrador es uno de los abogados más conocidos de A Coruña.
—La jueza hizo una pausa—. Y me la pide con base en las anotaciones a lápiz de un chico fallecido, que no podemos verificar; en las declaraciones de un hombre que también ha fallecido, que no constan en ningún acta y que, por lo que me dice el informe preliminar del comandante Ferrín, era un alcohólico con un cáncer terminal; y en una medalla de oro de 1975 que pudo pertenecer a un joven desaparecido hace treinta y dos años y que pudo encontrar cualquiera en cualquier sitio.
—Señoría, la medalla tiene restos biológicos. Si los analizamos…
—Si los analizamos y resultan ser sangre de Andrés Pena, probaremos que Andrés Pena sangró. No probaremos dónde, ni cuándo, ni por qué. —La jueza la miró con sus ojos pálidos de miope—. Y no probaremos nada sobre la Depuradora Brañas en el año 2026.
—El chico anotó descargas en la rampa de esa depuradora. Fechas y horas concretas. Coinciden con las pleamares de mareas vivas.
—Coinciden con las pleamares porque en las pleamares de mareas vivas es cuando las depuradoras renuevan el agua de los tanques, sargento.
Toman agua limpia de la ría con la marea alta.
Eso lo sabe cualquiera que viva aquí. —Pilar Vence se volvió a poner las gafas—.
No digo que no tenga razón. Digo que no tiene nada. Y sin nada, no puedo firmarle esto.
Lucía apretó las manos a la espalda.
—Señoría, hay dos muertos.
—Hay un muerto con indicios claros de homicidio, cuya investigación está abierta y en la que tiene usted todo mi apoyo.
Y hay otro muerto que, según su propio comandante, tiene todos los visos de ser un accidente.
—La jueza recogió los papeles, los alineó golpeándolos suavemente contra la mesa y se los devolvió—.
Tráigame algo más. Una prueba física, un testigo vivo, una conexión clara. Y le firmo lo que quiera.
Lucía cogió los papeles. No dijo nada. Se dio la vuelta para salir.
—Sargento.
Se volvió. La jueza la miraba por encima de las gafas, y por primera vez había algo en su cara que no era prudencia. Era algo parecido a la tristeza.
—Esta mañana, antes de que usted llegara, recibí una llamada —dijo Pilar Vence—.
No le voy a decir de quién. Una llamada muy educada, muy correcta, preguntándome si había recibido alguna solicitud relacionada con empresas del sector marisquero de la ría.
Yo dije que no. Era verdad, todavía no había llegado usted.
—Hizo una pausa—. Llevo veintidós años en este juzgado, sargento.
Nunca me habían llamado antes de que llegara una solicitud. Siempre después.
Lucía se quedó muy quieta.
—¿Por qué me lo cuenta?
—Porque usted es la hija de Anselmo, el del Peirao —dijo la jueza—.
Y yo era clienta de su padre cuando llegué a este pueblo con cuarenta años y no conocía a nadie.
Tomaba allí el café todas las mañanas. Su padre siempre me lo ponía con una galleta.
—Volvió a bajar la vista a la mesa—. Vaya con cuidado. Y tráigame algo.
—No va a firmar —dijo Xurxo en el coche.
—No.
—¿Y ahora?
Lucía no contestó. Se quedó mirando por el parabrisas la fachada del juzgado, la piedra gris, las ventanas con rejas, el escudo de Betanzos sobre la puerta con su puente y sus tres torres. Luego sacó el móvil, buscó en la agenda un nombre que no había marcado nunca y llamó.
—¿Paco? Soy Lucía Varela. La hija de Anselmo. Sí. Sí, de Madrid. Escucha, necesito pedirte un favor muy grande.
Paco Bermúdez era veterinario oficial de la Consellería del Mar, inspector de establecimientos de depuración y expedición de moluscos bivalvos de las rías de Ares y Betanzos, y había ido al mismo colegio que Lucía, dos cursos por delante.
Era un hombre alto, gordo, bonachón, con una barba negra que le cubría media cara, unas gafas de culo de vaso y una risa enorme que se oía desde el otro lado de cualquier sala.
En el colegio le llamaban Paco Oso. En la Consellería le llamaban Paco Lento, porque sus inspecciones duraban el doble que las de cualquier otro veterinario y nunca, en quince años, había firmado un acta sin mirar dentro de todos los tanques.
* * *
—Una inspección de rutina —dijo, mientras aparcaba su Dacia blanco con el logo de la Xunta frente a la puerta de la Depuradora Brañas, a las once de la mañana del día siguiente—. Toca de todos modos este trimestre. Tú vienes conmigo como… ¿como qué vienes?
—Como acompañante. Estoy haciendo un curso de seguridad alimentaria.
—Una sargento de la Guardia Civil haciendo un curso de seguridad alimentaria.
—Me interesan mucho las almejas.
Paco se rio con su risa enorme.
—Tú estás loca, Lucía. Siempre has estado loca. —Se puso serio—. Si esto sale mal, a mí me mandan a inspeccionar granjas de cerdos en Lugo lo que me quede de vida.
—No va a salir mal.
—Eso decías también cuando me pediste que te ayudara a robar el examen de Matemáticas de cuarto.
—Y no salió mal.
—Salió fatal. Nos expulsaron tres días.
—Pero aprobé.
Paco suspiró, cogió su maletín y su tablilla de inspección y bajó del coche.
La depuradora era más grande de lo que parecía desde la otra orilla.
La nave principal, blanca, de bloques de hormigón y tejado de chapa gris, medía unos sesenta metros de largo por veinte de ancho.
Adosadas a un lado había dos naves más pequeñas, más nuevas, con puertas correderas de acero y equipos de refrigeración industrial zumbando en el tejado.
En el otro lado, junto a la orilla, la rampa de hormigón bajaba hasta el agua, ancha, lisa, con unos rieles metálicos empotrados para subir los barcos y, al final, un pequeño muelle de madera con un par de bolardos de hierro.
En el aparcamiento había cuatro furgonetas blancas, un camión frigorífico con el logo de la empresa y un BMW negro reluciente.
Toño Mosquera salió a recibirlos a la puerta de la oficina.
Llevaba un mono de trabajo azul con el nombre de la empresa bordado en el pecho, unas botas de goma blancas y un gorro de plástico en la cabeza.
Sonreía. Cuando vio a Lucía detrás de Paco, la sonrisa se le quedó congelada en la cara durante medio segundo, y luego volvió, más ancha.
—Señor inspector. Buenos días. No le esperábamos hasta la semana que viene.
—Cambio de calendario —dijo Paco con naturalidad—. La señora viene conmigo. Está haciendo prácticas de un curso de la Consellería.
—Buenos días —dijo Lucía.
Toño la miró. Ella le sostuvo la mirada. Toño tenía los ojos pequeños, oscuros, muy juntos, y Lucía pensó que eran los ojos de alguien que llevaba varias noches sin dormir.
—Buenos días —dijo Toño—. Pasen, por favor. Tienen que ponerse los gorros y las batas.
Les dio gorros, batas desechables y calzas de plástico para los zapatos. Luego les guió al interior de la nave.
Dentro hacía frío y había un ruido constante de agua y de bombas.
La nave estaba ocupada casi por completo por los tanques de depuración: doce piscinas rectangulares de hormigón alicatado en blanco, de un metro de profundidad, alineadas en dos filas de seis a cada lado de un pasillo central.
Por encima de cada tanque corría una tubería de PVC azul que dejaba caer una cortina de agua clara.
Dentro, en el agua, apiladas en cajas de plástico perforado, había toneladas de almejas, berberechos y mejillones, abriéndose y cerrándose lentamente, respirando agua limpia, expulsando la arena y el fango de la ría.
Paco empezó a trabajar. Tomó muestras de agua de cada tanque en botes estériles, comprobó los medidores de temperatura y de salinidad, revisó las lámparas de luz ultravioleta del circuito de esterilización, abrió cajas al azar y examinó los moluscos uno a uno con una linterna.
Hacía preguntas a Toño, anotaba las respuestas, volvía a preguntar.
Lucía caminaba detrás de él, despacio, mirándolo todo.
Los tanques estaban numerados con plaquitas de metal atornilladas en el borde. Del 1 al 12.
El tanque 3 estaba vacío.
Era el tercero de la fila de la izquierda, junto a la pared más cercana a la rampa.
No tenía agua, ni cajas, ni tubería encima.
El alicatado blanco del fondo estaba seco y sucio, cubierto de polvo y de manchas de cal.
Sobre el borde, alguien había colocado una cinta de plástico rojo y blanco, y colgado de la cinta, un cartel escrito a mano en un folio plastificado: FUERA DE SERVICIO. MANTENIMIENTO.
—¿Y este? —preguntó Paco.
—Tiene una fisura en el fondo —dijo Toño, muy rápido—. Pierde agua. Estamos esperando a que venga el técnico a repararlo.
—¿Desde cuándo?
—Desde… —Toño dudó—. Desde hace unos meses.
—En la última inspección, en junio, este tanque estaba funcionando. —Paco consultó su tablilla—. Tengo anotado que tenía almeja fina de Carril. Sin incidencias.
—Pues se rompió después. —Toño sonrió—. Estas cosas pasan, señor inspector. El hormigón es viejo. Esta nave tiene muchos años.
—Muchos años —repitió Lucía en voz baja.
Toño se volvió hacia ella. Por un instante, la sonrisa le desapareció de la cara y Lucía vio debajo algo crudo, asustado, casi animal.
—¿Qué ha dicho?
—Nada. Que es muy antigua la nave. Se nota.
—Era un almacén de sal —dijo Toño, despacio—. De antes. Cuando lo compró la empresa lo reformaron todo.
—¿Todo?
—Todo lo que había que reformar.
Se quedaron mirándose. Paco carraspeó y siguió caminando hacia el fondo de la nave.
—¿Y las cámaras? —preguntó—. Quiero ver las cámaras de frío.
Las cámaras estaban en una de las naves adosadas, la más nueva.
Eran tres cámaras frigoríficas industriales con puertas de acero de cierre hermético, y Toño abrió la primera con una llave que llevaba colgada del cuello.
Dentro, a dos grados, había palés de cajas de poliestireno blancas, apilados hasta el techo, con etiquetas de expedición: almeja, mejillón, berberecho, destino Madrid, Barcelona, Valencia, Lisboa.
La segunda era igual.
En la tercera, la temperatura marcaba dieciocho grados bajo cero.
Dentro no había cajas de poliestireno. Había cuatro contenedores refrigerados de veinte pies, de los que viajan en barcos portacontenedores, alineados contra la pared del fondo.
Eran de color gris acero, con el logotipo de una naviera panameña pintado en el lateral y unas pegatinas de aduana pegadas en las puertas.
Paco se detuvo en la entrada, con el aliento convirtiéndose en vaho.
—¿Y esto?
—Importación —dijo Toño—. Marisco congelado. Viene de Sudamérica. Nosotros hacemos el reetiquetado y la distribución.
—Esto no es una depuradora, entonces. Esto es un centro de distribución de congelado.
—Tenemos las dos licencias. Está todo en regla. Si quiere, le enseño los papeles.
—Quiero.
Toño salió a buscarlos a la oficina. Paco y Lucía se quedaron solos en la puerta de la cámara, con el frío metiéndose por debajo de las batas.
—Esto es raro —dijo Paco en voz baja—. No es ilegal. Pero es raro. Una depuradora de ría no necesita importar congelado de Sudamérica. Eso lo hace la gente de Vigo, de Marín, las grandes. Aquí no lo hace nadie.
Lucía ya no le escuchaba. Había sacado el móvil y fotografiaba las puertas de los contenedores, las pegatinas de aduana, los números de identificación pintados en grandes caracteres blancos en el lateral: cuatro letras y siete números.
PCOU 4471182 . PCOU 4471190 . Fotografió también una etiqueta de papel, medio despegada, pegada en la puerta del contenedor más cercano.
Estaba escrita en castellano, con una tipografía sencilla:
PESQUERA ORIENTAL DEL CARIBE C.A. — Caracas, Venezuela. Exportador. Producto: Camarón congelado y filete de pargo. Destino: Depuradora Brañas S.L. — Betanzos, España.
Oyó pasos detrás de ella y guardó el móvil.
No era Toño.
Era un hombre alto, delgado, con un abrigo de cachemira gris sobre un traje azul marino, unas gafas sin montura y una sonrisa perfecta.
Venía caminando por el pasillo de la nave con las manos en los bolsillos, sin gorro, sin bata, sin calzas en sus zapatos italianos, y los trabajadores se apartaban a su paso como se aparta el agua delante de la quilla.
—Sargento Varela —dijo Bieito Castro, deteniéndose a dos metros de ella—. Qué agradable sorpresa. No sabía que la Guardia Civil se interesaba por los moluscos bivalvos.
—Estoy haciendo un curso.
—Eso me han dicho. —Bieito sonrió todavía más—.
Un curso de seguridad alimentaria. Muy loable.
La seguridad alimentaria es muy importante para nosotros.
—Se volvió hacia Paco—. Señor Bermúdez, Toño le está preparando toda la documentación de importación en la oficina.
Tómese el tiempo que necesite. Estamos encantados de colaborar con la Consellería.
Paco asintió, incómodo, y se alejó hacia la oficina. Bieito se quedó frente a Lucía, en la puerta de la cámara frigorífica, con el vaho saliendo de su boca en pequeñas nubes perfectas.
—Sargento, permítame un consejo —dijo, en voz baja, todavía sonriendo—. La próxima vez que quiera visitar una de nuestras instalaciones, tráigase una orden judicial. Será mucho más cómodo para todos. Y mucho más legal.
—La próxima vez la traeré.
—Lo dudo mucho. —Bieito inclinó un poco la cabeza—. Pilar Vence es una jueza muy prudente. Y ya no es joven. No le queda tanto para jubilarse. Sería una pena que tuviera problemas al final de una carrera tan brillante.
Lucía sintió que se le encendía la cara.
—¿Me está amenazando, señor Castro?
—En absoluto. Le estoy dando información.
Es lo que hacemos los abogados. —Bieito sacó una mano del bolsillo del abrigo y se miró el reloj, un reloj fino de acero sin ninguna estridencia—.
Por cierto, sargento. Siento mucho lo de su padre.
Me han dicho que está muy mayor. Que a veces no la reconoce.
Debe de ser muy duro, cuidar de él sola en esa casa tan grande de la Ribeira.
No dijo nada más. No hacía falta. Le sonrió una última vez, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo de la nave entre los tanques de agua clara, con las manos en los bolsillos y los zapatos italianos pisando el suelo mojado sin hacer ruido.
Lucía se quedó en la puerta de la cámara, temblando. No era de frío.