La última pleamar (El secreto de la ría 1) 15. Accidente
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15. Accidente

La marea estaba baja cuando llegó, y el fango de la ensenada de Ponte do Porco brillaba bajo el sol de la mañana como la piel de un animal enorme que dormía.

Lito Cancela estaba boca abajo a unos veinte metros de la orilla, en mitad del lodo, con los brazos abiertos en cruz y la cara hundida hasta las orejas.

Llevaba el mismo jersey de lana con agujeros en los codos y los mismos pantalones de chándal del día anterior.

Le faltaban las dos zapatillas. Sus pies descalzos, grises, delgados como los de un pájaro, asomaban del barro con los dedos encogidos.

El perro estaba sentado en la orilla, junto a la dorna volcada, mirándolo. No ladraba. No se movía. Solo miraba, con las orejas caídas, como si esperara que su dueño se levantara en cualquier momento y volviera a casa.

Lucía se quedó de pie en el borde del fango con las manos en los bolsillos del chaquetón y los dientes apretados.

Detrás de ella, en el camino de tierra entre los eucaliptos, había dos todoterrenos de la Guardia Civil, una ambulancia que ya no hacía falta y el coche gris de la forense.

Xurxo estaba hablando con la vecina que había encontrado el cuerpo, una mujer mayor con un pañuelo en la cabeza que mariscaba en la ensenada todas las mañanas y que no paraba de santiguarse.

—Los de Criminalística dicen que no pueden entrar hasta que suba algo la marea —dijo Xurxo, acercándose—. Aquí el fango es muy profundo. Hay zonas donde te hundes hasta la cintura.

—¿Cómo llegó él hasta ahí?

—La vecina dice que Lito salía muchas noches a pasear por la orilla. Borracho. Que algunas veces lo encontraba por la mañana durmiendo en la dorna. Que ya le había avisado mil veces de que algún día iba a caerse en el fango y no iba a poder salir.

—Ya.

Lucía miró las huellas. Desde la orilla hasta el cuerpo había un rastro de agujeros en el lodo, irregulares, profundos, como los que deja alguien que camina tambaleándose.

Un solo rastro. Pero el fango era blando y la marea había subido y bajado desde la noche, y el agua había ido borrando los bordes, suavizando, rellenando.

Si había habido otro rastro, ya no estaba.

La doctora Castiñeira llegó caminando por la orilla con unas botas de pescador hasta la cintura y la cara seria.

—Sargento. Volvemos a vernos.

—Demasiado pronto.

—Demasiado pronto, sí. —La forense miró el cuerpo desde la orilla, entornando los ojos detrás de las gafas rojas—. Voy a entrar. No me espere, que tardo.

Se metió en el fango. Lucía la vio avanzar despacio, hundiéndose a cada paso hasta las rodillas, apoyándose en un palo largo que había traído para tantear el fondo, hasta llegar junto al cuerpo.

Se agachó. Trabajó durante quince minutos, en cuclillas sobre el lodo, sin levantar la vista.

Cuando volvió a la orilla tenía las botas negras hasta los muslos y la cara todavía más seria que antes.

—¿Y bien? —preguntó Lucía.

Castiñeira se quitó los guantes y los metió en una bolsa.

—Murió asfixiado en el fango. Eso es casi seguro. Tiene lodo en la boca, en la nariz, probablemente en los bronquios. Lo confirmaré en la mesa.

—¿Accidente?

La forense tardó en contestar. Miró hacia el camino de tierra, donde un coche oscuro acababa de aparcar junto a los todoterrenos.

—Tiene marcas en la nuca —dijo, en voz muy baja—. Dos hematomas pequeños a cada lado de las cervicales. Ovalados. Como los que dejan los dedos de una mano grande cuando aprieta con fuerza. Y otro en la parte baja de la espalda, a la altura de los riñones. Como el que dejaría una rodilla.

Lucía sintió el frío subirle desde los pies.

—Lo sujetaron.

—Alguien lo sujetó boca abajo en el fango hasta que dejó de moverse.

Eso es lo que me parece a mí. Pero era un hombre de setenta y tres años, con un cáncer de pulmón en fase cuatro, con una tasa de alcohol que seguramente me va a salir altísima, y que pudo caerse cuarenta veces de camino y hacerse cuarenta moratones.

Así que un buen abogado me desmontaría esas marcas en cinco minutos.

—Castiñeira se subió las gafas con la muñeca—.

Se lo digo a usted, sargento. A nadie más, por ahora.

—¿Por qué a mí?

—Porque usted vino a verme el viernes y me preguntó por un nudo. Y porque ese coche que acaba de aparcar es el del comandante Ferrín, y el comandante Ferrín no viene nunca al levantamiento de un borracho ahogado en el fango.

Lucía se volvió.

El hombre que bajaba del coche oscuro era alto, delgado, con el pelo gris cortado a cepillo y un traje de paisano azul marino bajo un abrigo de lana.

Tenía cincuenta y ocho años y se movía con la agilidad elástica de quien corre diez kilómetros todas las mañanas.

Su cara era agradable, de rasgos regulares, con unos ojos castaños rodeados de arrugas de reír y una boca que parecía hecha para sonreír.

Le estrechó la mano a Xurxo, le dio una palmada en el hombro, dijo algo que le hizo sonreír a medias.

Luego bajó por el camino de tierra hacia la orilla.

—Lucía.

—Mi comandante.

Ignacio Ferrín le tendió la mano y ella se la estrechó.

Tenía la mano seca y firme. La sostuvo un segundo más de lo necesario, con esa calidez que Lucía recordaba de Madrid, de los años en que él era su jefe en la UCO y la llamaba a su despacho para felicitarla por un caso o para tomar un café en la máquina del pasillo y hablar de cualquier cosa, de su padre, de Galicia, de lo mucho que echaban de menos los dos el mar.

—Estaba en Sada en una reunión con el alcalde y me han avisado —dijo—. He pensado que lo mejor era pasarme. Dos muertos en la ría en cinco días, en un sitio tan tranquilo… la prensa va a empezar a hacer preguntas. Mejor que estemos encima. ¿Qué tenemos?

—Un hombre de setenta y tres años ahogado en el fango.

—¿Accidente?

—No lo sabemos todavía.

Ferrín miró hacia el cuerpo, a lo lejos, en mitad del lodo. Luego miró la caseta, la dorna volcada, el perro sentado en la orilla.

—Manuel Cancela, ¿verdad? —dijo—. Lito. He leído su ficha en el coche.

Alcohólico, enfermo terminal, vivía solo.

Un antiguo patrón de bajura. Tenía antecedentes de los noventa, contrabando de tabaco y algo de lo otro, nunca probado.

—Hizo una pausa—. Una vecina dice que salía todas las noches a pasear borracho por la orilla.

—Eso dice.

—Pues entonces. —Ferrín sonrió, una sonrisa triste y comprensiva—. Pobre hombre. Lo que tenía que pasar, ha pasado. Vamos a esperar a la autopsia, claro, pero yo diría que esto lo podemos cerrar rápido. No tiene sentido alarmar a la gente.

Lucía no dijo nada. Ferrín la miró con sus ojos castaños y amables.

—Lucía, ¿hay algo que no me estés contando?

—No, mi comandante.

—Un vecino de la carretera dice que ayer por la mañana vio un coche aparcado aquí, junto a los eucaliptos.

Un Clio rojo. Y dos mujeres que bajaban hacia la caseta.

—Ferrín lo dijo con suavidad, sin ninguna acusación en la voz, como si comentara el tiempo—.

Una era morena, con gafas. La otra tenía el pelo corto y llevaba un chaquetón como el tuyo.

Lucía le sostuvo la mirada. Detrás de ella, la forense se había alejado unos pasos y fingía ordenar su maletín. Xurxo, en el camino, se había quedado inmóvil.

—Vine a hablar con él —dijo Lucía—. Lito era amigo de mi padre.

De los tiempos del bar. Pensé que podía saber algo del chico de la Magdalena, porque el chico había estado haciéndole preguntas sobre su tío desaparecido.

Viejas historias de los noventa. Me acompañó una periodista local que lo conocía.

—Sabela Rey.

—Sí.

—La de la pregunta del otro día en el ayuntamiento. —Ferrín asintió despacio—. ¿Y te contó algo?

—Me contó viejas historias. De borracho. Nada que se pueda meter en un atestado.

Ferrín la miró durante un largo rato. Luego sonrió otra vez y le puso una mano en el hombro.

—Lucía, te conozco. Sé cómo eres. Sé que cuando muerdes algo no lo sueltas, y eso es lo que te hizo tan buena en Madrid.

—Apretó un poco—. Pero también sé lo que pasó en Madrid.

Y no quiero que te pase otra vez. ¿Me entiendes?

Aquí no estás en la UCO. Aquí estás en un pueblo, rodeada de gente que conoció a tu padre y a tu madre, y cada pregunta que haces la oye todo el mundo.

Ten cuidado con quién hablas. Ten cuidado con lo que remueves.

Algunas cosas de los noventa es mejor dejarlas enterradas.

—Sí, mi comandante.

—Bien. —Le dio una última palmada y retiró la mano—. Mándame el informe de la autopsia en cuanto lo tengas. Directamente a mí, no por el canal ordinario. Quiero llevar esto personalmente.

Se dio la vuelta y subió por el camino de tierra hacia su coche. Al pasar junto a Xurxo le dijo algo en voz baja que Lucía no oyó. Xurxo asintió con la cabeza sin mirarle a la cara.

Lucía se quedó en la orilla mirando cómo el coche oscuro maniobraba entre los eucaliptos y se alejaba por la carretera.

Algunas cosas de los noventa es mejor dejarlas enterradas.

Ella no le había dicho nada de los noventa. Solo había dicho «viejas historias». Fue Ferrín quien dijo la década.

Esperó a que se marcharan todos. A que los de Criminalística sacaran el cuerpo del fango con tablones y cuerdas cuando subió la marea, a que la ambulancia se lo llevara a A Coruña, a que la forense se despidiera con un gesto de la cabeza, a que Xurxo le preguntara si quería que la llevara a casa y ella le dijera que no, que tenía el coche.

Esperó a que el camino de tierra quedara vacío y en silencio, solo el viento en los eucaliptos y el chapoteo de la marea creciente entre los juncos.

Luego entró en la caseta.

Alguien había estado allí antes que ella.

No era evidente; quien fuera había tenido cuidado.

Pero Lucía había estado en aquella habitación veinticuatro horas antes y la recordaba.

El colchón del catre estaba ligeramente desplazado, como si lo hubieran levantado y vuelto a dejar.

La caja de medicamentos del hospital estaba en la estantería, pero girada al revés.

Y en la pared, entre las fotos de barcos y tripulaciones clavadas con chinchetas, había tres huecos rectangulares donde el papel pintado era más claro, rodeados de pequeños agujeros de chincheta.

Faltaban tres fotos.

Lucía buscó por toda la caseta durante media hora. Debajo del catre, detrás de la estufa, dentro de las botellas vacías, entre las tablas de la estantería. No encontró nada. Quien hubiera estado allí lo había hecho bien.

Salió a la orilla. El perro seguía sentado junto a la dorna volcada, donde había estado toda la mañana. No se había movido ni siquiera cuando sacaron el cuerpo de su dueño del fango. Cuando Lucía se acercó, la miró con sus ojos turbios de perro viejo y gimió, muy bajo.

Luego metió el hocico debajo de la dorna y empezó a escarbar.

Lucía se quedó mirándolo un segundo. Después se arrodilló en la arena húmeda, metió las manos bajo el borde del casco podrido y lo levantó. Pesaba mucho. Lo apoyó sobre uno de los caballetes y miró debajo.

En la arena, medio enterrada, había una lata de galletas. Igual que la de Carmen. Azul, con un paisaje danés en la tapa, oxidada en los bordes.

El perro dejó de gemir y se tumbó a su lado, con la cabeza sobre las patas.

Lucía abrió la lata con dedos torpes.

Dentro había dos cosas envueltas en bolsas de plástico de congelación.

La primera era una cadena fina de oro, rota por un eslabón, con una medalla pequeña de la Virgen del Carmen.

La medalla tenía grabadas en el reverso dos letras y un año: A.P.

1975 . La cadena y la medalla estaban manchadas de algo oscuro, seco, incrustado en los eslabones.

La segunda era una hoja de libreta doblada en cuatro, escrita con una letra temblorosa de viejo, a bolígrafo, en columnas:

Agosto 12 — BMW negro (Toño). Furgoneta blanca Iveco 4KL. Audi negro. No veo matrícula.

Agosto 29 — Furgoneta 4KL. Audi negro otra vez. Matrícula: …LJK. Piloto trasero roto.

Septiembre 11 — Furgoneta. Audi negro. Baja una mujer del coche. Rubia. Abrigo claro. Habla con el hijo de Ramiro en la rampa. Diez minutos.

Y debajo, separado por una línea, con letras más grandes, apretando tanto el bolígrafo que había rasgado el papel:

La medalla del chaval la encontré yo en el fango al lado del almacén la mañana del 15 de octubre del 94. La guardé 32 años. Que la tenga su hermana.

Lucía se quedó mucho tiempo arrodillada en la arena, con la medalla de Andrés Pena en una mano y la hoja de Lito en la otra, mientras la marea subía por la ensenada y empezaba a cubrir el lugar donde el viejo había muerto.

Baja una mujer del coche. Rubia. Abrigo claro.

Pensó en Teresa Lema entrando en el Salón Noble del ayuntamiento con su traje color crema y su melena rubia que no se movía al andar, y en cómo la sala se había reorganizado a su alrededor como las limaduras de hierro alrededor de un imán.