14. Lito
La caseta de Lito Cancela estaba al final de un camino de tierra que bajaba entre eucaliptos desde la carretera de Miño hasta la orilla de la ría, en la ensenada de Ponte do Porco.
Era un cobertizo de bloques de hormigón sin enfoscar, con el tejado de uralita sujeto con piedras, una puerta de madera pintada de azul descascarillado y una ventana pequeña tapada por dentro con una cortina de cuadros.
Alrededor había restos de una vida en el mar: nasas rotas, boyas de corcho, un ancla oxidada, una dorna de madera volcada sobre dos caballetes con el casco podrido.
Un perro viejo, de color indefinido, dormía al sol junto a la puerta y ni siquiera levantó la cabeza cuando llegaron.
Sabela aparcó su Clio rojo junto a los eucaliptos y apagó el motor.
—Déjame hablar a mí primero —dijo—. Me conoce. Confía en mí, más o menos. Si tú empiezas a preguntar como una guardia, se va a cerrar.
—No llevo uniforme.
—Tienes cara de guardia. No lo puedes evitar.
Bajaron del coche. La mañana era fría y limpia, después de una noche de viento que había barrido la niebla.
La ría brillaba bajo el sol como una lámina de estaño, con la marea a medio subir y las gaviotas posadas en los bancos de arena que todavía quedaban al descubierto.
A lo lejos, ría abajo, se veían las grúas de Porto Mandeo y, al otro lado del agua, a un kilómetro, la nave blanca de la Depuradora Brañas.
Lucía se dio cuenta de que desde la caseta de Lito se veía perfectamente la rampa de la depuradora.
Sabela llamó a la puerta con los nudillos.
—Lito, soy yo. Sabela.
No hubo respuesta. Luego, un ruido de algo arrastrándose, una tos larga, húmeda, que parecía arrancarse de muy adentro. La puerta se abrió unos centímetros.
El hombre que se asomó tenía setenta y tres años y parecía tener noventa.
Era muy delgado, con la piel de la cara colgándole en pliegues grises sobre los huesos, los ojos hundidos y amarillos, una barba blanca de varios días y el pelo ralo pegado al cráneo.
Llevaba un jersey de lana gruesa con agujeros en los codos y unos pantalones de chándal.
Olía a vino, a tabaco y a algo más, a esa dulzura enfermiza de los cuerpos que se están apagando.
En la mano tenía un cigarro sin encender.
Miró a Sabela. Luego miró a Lucía, detrás, durante un largo rato.
—Tú eres la hija de Anselmo —dijo.
No era una pregunta.
—Sí.
—Te pareces a tu madre. Tienes los ojos de tu madre. —Lito tosió otra vez, doblándose sobre sí mismo, apoyado en el marco de la puerta. Cuando se recuperó, tenía los ojos llorosos—. Tu madre era muy buena mujer. Rosa. Nunca supo nada. Anselmo nunca le contó nada. Lo hizo por ella.
Abrió la puerta del todo y se apartó para dejarlas pasar.
Dentro, la caseta era una sola habitación con un catre en un rincón, una mesa de camping, dos sillas plegables, un hornillo de gas y una estufa de leña apagada.
Las paredes estaban cubiertas de fotos clavadas con chinchetas: barcos, tripulaciones, peces enormes colgados de ganchos, hombres jóvenes y sonrientes en la cubierta de un pesquero.
En una estantería de tablas había botellas de vino vacías, una radio y una caja de medicamentos con el logo de un hospital de A Coruña.
Lito se sentó en el catre. Señaló las sillas con la mano del cigarro.
—Sentaos. No tengo café.
Se sentaron. Durante un rato nadie dijo nada. Lito miraba el cigarro sin encender que tenía entre los dedos, dándole vueltas. Fuera, el perro se rascó contra la puerta.
—El chaval de Carmen vino a verme hace unos diez días —dijo Lito al fin—.
Se sentó ahí, donde estás tú. Me hizo preguntas.
Muchas. Como tú, Sabela, hace siete años.
Pero él preguntaba de otra manera. Tú preguntabas como periodista.
Él preguntaba como… —Buscó la palabra—. Como un hijo. Como alguien al que le han robado algo.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Lucía.
Lito la miró.
—Lo que os voy a decir ahora a vosotras. Y después no se lo voy a decir nunca más a nadie, porque me estoy muriendo y quiero morirme en mi cama y no en el fondo de la ría.
Les contó la noche del 14 de octubre de 1994.
Lo contó despacio, con pausas largas, tosiendo, con la voz ronca y cansada, sin adornos.
Les contó lo del nudo en la trastienda del bar, lo del whisky, lo de Ramiro poniendo al chaval en la planeadora grande.
Les contó la descarga en el almacén de sal, la segunda salida, el Canal do Morto, el motor ahogado, la luz del coche en la carretera.
Les contó cómo Ramiro mandó al chaval a buscar ayuda y cómo luego se fue detrás de él, caminando despacio por el fango con las manos en los bolsillos.
—Volvió solo —dijo—. Con la manga derecha de la chaqueta mojada de sangre. No le pregunté nada. Quemamos la lancha. Y esa misma semana echó hormigón nuevo en el suelo del almacén.
Lucía sentía el corazón golpeándole contra las costillas.
—¿Viste a Ramiro matar a Andrés?
—No. —Lito negó con la cabeza—. No lo vi.
Pero sé lo que vi. Y sé lo que me dijo años después, una noche que estaba borracho, en 1998, cuando ya se había retirado y había montado las conservas.
Me dijo: «Lito, ese chaval iba a ir al cuartel.
Iba a hablar. Yo os salvé a todos. Te salvé a ti también. » Eso me dijo.
—¿Dónde está el cuerpo?
Lito la miró durante un largo rato antes de contestar.
—Tú ya lo sabes —dijo—. El chaval de Carmen también lo sabía.
Debajo del suelo. Donde ahora están los tanques de la depuradora.
Cuando Bieito, a través de una de sus sociedades, convirtió el almacén viejo en depuradora, hicieron los tanques encima de la solera del 94.
No tocaron nada. El chaval está ahí. En el tanque 3, según me dijo Ramiro. Debajo de las almejas.
Sabela se tapó la boca con la mano. Lucía no se movió. Solo apretó los puños sobre los muslos hasta que le dolieron los nudillos.
—Hay algo más —dijo—. Iago no vino solo a preguntarte por su tío. Vino a preguntarte por las descargas de ahora.
Lito sonrió por primera vez, una sonrisa amarga que dejó ver unos dientes amarillos y gastados.
—Tú eres lista, como tu madre. —Se levantó con esfuerzo, se acercó a la ventana y apartó la cortina de cuadros con un dedo.
Desde allí, al otro lado de la ría, se veía la rampa de la depuradora—.
Yo vivo aquí solo desde hace quince años.
No duermo. Me paso las noches mirando la ría.
Y hace dos años empecé a ver luces otra vez en la rampa de Brañas, las noches de marea grande.
Lanchas. Semirrígidas rápidas, grises, sin luces, como las de ahora.
Hombres descargando. Camiones saliendo. Lo mismo de antes, Lucía.
Exactamente lo mismo. Solo que ahora no son treinta fardos. Ahora son muchos más.
—¿Quién los dirige?
—El hijo. Bieito. El padre ya no manda, aunque le gustaría. Y Toño Mosquera, el primo de tu cabo, hace el trabajo sucio en la rampa. Y hay unos chavales extranjeros, venezolanos, que vienen y van. Y hay gente importante. Gente que viene en coches buenos de noche y se va con unas bolsas.
—¿Qué gente?
Lito dejó caer la cortina.
—Eso se lo dije al chaval. Y mataron al chaval. —Se volvió—. No te lo voy a decir hoy, hija de Anselmo. Pero tengo algo guardado. Algo que guardé desde el 94 y algo que guardé este verano. Mañana.
—¿Mañana?
—Mañana por la mañana. Vuelve mañana a las diez.
Sola, sin esta. —Señaló a Sabela con la cabeza, y la periodista abrió la boca para protestar, pero Lito levantó una mano—.
Esta noche tengo que pensarlo. Tengo que pensar si quiero morirme en mi cama o no.
—Tosió otra vez, larga, dolorosamente—. Aunque, como veis, la cama ya no me va a durar mucho.
Lucía se levantó.
—Lito, si esa gente sabe que has hablado conmigo, estás en peligro. Puedo pedir que te pongan protección. Esta misma noche.
El viejo se rio. La risa se convirtió en tos y la tos en un ataque que le dobló sobre el catre durante casi un minuto. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la mano quedó manchada de rojo.
—¿Protección? ¿De quién? ¿De los guardias?
—Negó con la cabeza—. Hija, en 1994 los guardias sabían que había descarga esa noche.
Por eso pasó el coche por la carretera sin parar.
Lo sabían y no pararon. Hoy es igual. Pregúntate a quién le pasas tus informes, sargento. Pregúntate quién sabe lo que tú sabes.
Lucía se quedó quieta. —¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que mañana a las diez. Sola. —Lito volvió a sentarse en el catre y encendió por fin el cigarro con una cerilla, con las manos temblorosas—. Y ahora marchaos, que estoy cansado.
En el coche, de vuelta a Betanzos, ninguna de las dos habló durante un largo rato. Sabela conducía demasiado deprisa por las curvas de la carretera de la costa, con las manos apretadas en el volante. Lucía miraba la ría por la ventanilla.
—¿Vas a pedir protección para él? —preguntó Sabela al fin.
Lucía tardó en contestar.
—Si la pido, tengo que decir por qué. Tengo que meter su nombre en un informe. Y ese informe va a la Comandancia.
—Y en la Comandancia…
—En la Comandancia hay gente que lo va a leer.
Sabela la miró de reojo. —¿Te fías de tu gente, sargento?
Lucía no contestó. Pensó en Ferrín diciéndole por teléfono, antes de saber nada, que seguramente era un asunto de chavales. Pensó en Nelson, en el portal de Usera, en la llamada de la noche anterior, en el informe que ella había mandado a su jefe por el canal reglamentario.
Pregúntate a quién le pasas tus informes, sargento.
—No —dijo—. No me fío.
No pidió la protección. Esa noche se quedó despierta hasta las cuatro en su cuarto de niña, con la foto de O Peirao sobre la almohada, mirando el techo.
Pensó en volver a la caseta. Pensó en llamar a Xurxo para que hiciera guardia en la carretera.
No hizo ninguna de las dos cosas. Se dijo a sí misma que Lito llevaba treinta y dos años callado y vivo, y que una noche más no cambiaría nada.
A las siete y diez de la mañana sonó el teléfono. Era Xurxo. Tenía la voz rota.
—Sargento —dijo—. Ha aparecido un hombre muerto en la ensenada de Ponte do Porco. Ahogado en el fango. Dicen que es Lito Cancela.