La última pleamar (El secreto de la ría 1) 13. La pleamar
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13. La pleamar

Lito Cancela llevaba veinte años en el mar y nunca había tenido tanto miedo como aquella noche, y no sabía por qué.

No era la primera descarga. Era la séptima.

Había hecho seis en dos años, todas para Ramiro, todas en noches de marea grande, todas sin un solo problema.

Sabía cómo funcionaban: el pesquero esperaba fuera de la ría, a seis millas de la boca, sin luces; las planeadoras salían de Miño o de Sada a medianoche, cargaban en una hora, entraban en la ría con la pleamar y descargaban en el almacén de sal de Ramiro, en la orilla sur, en veinte minutos.

Antes del amanecer, la mercancía ya estaba en los camiones frigoríficos de Ramiro, escondida entre cajas de pescado, camino de Madrid. Antes del desayuno, Lito ya estaba en su cama, con trescientas mil pesetas más en el bolsillo y el cuerpo molido.

Pero aquella noche había algo distinto. Lo había notado desde la tarde, en la trastienda del bar de Anselmo, cuando Ramiro les había reunido a todos para enseñarles el nudo.

Ramiro estaba demasiado tranquilo. Demasiado amable.

Había traído una botella de whisky escocés y había servido un vaso a cada uno, incluido el chaval de los Pena, que bebió el whisky de un trago y tosió y se puso colorado mientras los demás se reían.

Ramiro le había dado palmadas en la espalda.

Le había dicho que era un buen chaval. Le había dicho que esa noche iba a ir con Lito, en la planeadora grande, porque Lito era el mejor patrón de la ría y con él iba a aprender.

Lito había mirado a Ramiro por encima del vaso y no había entendido nada.

El chaval no sabía nada de barcos. No sabía ni hacer un as de guía.

Era la primera vez que salía. Ramiro nunca ponía a un novato en la planeadora grande, nunca.

Los novatos iban en tierra, descargando en la rampa, donde no podían estropear nada.

—¿Por qué lo pones conmigo? —le había preguntado a Ramiro en voz baja, en el pasillo del bar, mientras los demás terminaban el whisky.

Ramiro le había mirado con sus ojos de cristal.

—Porque quiero tenerlo a la vista.

No le había dicho nada más.

Ahora, a las doce menos cuarto de la noche, Lito sostenía el timón de la planeadora en mitad del golfo Ártabro, con el mar picado y mar de fondo, una luna de cuarto creciente medio tapada por las nubes, y el pesquero a babor, una sombra negra más negra que la noche, con la borda llena de hombres que lanzaban los fardos hacia abajo.

El chaval de los Pena estaba en el centro de la planeadora, recogiendo los fardos con los brazos abiertos como quien recoge a un niño que se cae de un árbol, y apilándolos en el fondo, con la cara blanca y los labios apretados.

Había vomitado dos veces por la borda en la travesía.

Lito le había dado un trago de agua de su cantimplora y le había dicho que mirara al horizonte.

El chaval le había dado las gracias con una voz muy pequeña.

Treinta y dos fardos. La mitad de la carga. La otra mitad la llevaría la segunda planeadora, la de Sada, que debía estar esperando a una milla al norte con las luces apagadas.

—¡Ya está! —gritó alguien desde el pesquero, en un castellano con acento extraño, del Caribe.

Lito metió gas. La planeadora se levantó sobre el agua como un caballo encabritado y salió disparada hacia la boca de la ría, rebotando sobre las olas con golpes secos que le subían por la columna hasta los dientes.

Ramiro iba en la proa, de pie, agarrado a un cabo, mirando hacia delante con la cara mojada por la espuma.

Entraron en la ría a las doce y media. Faltaba una hora para la pleamar, que sería a la una y media, y el agua ya llenaba la ría de orilla a orilla como un vaso lleno hasta el borde, quieta, negra, lisa, sin una arruga.

Era la marea más alta del año: no por la luna, sino por el temporal que la empujaba ría arriba.

El agua había subido sobre las marismas, había cubierto los juncos, había llegado hasta los muros de los huertos de la orilla y hasta los peldaños más altos de la escalera del muelle de Betanzos.

Lito quitó gas y la planeadora avanzó despacio, en silencio, rozando con el casco las copas de los juncos sumergidos, por el centro de aquella ría desbordada.

A la una menos cuarto atracaron en la rampa del almacén de sal.

Había ocho hombres esperando. Lito los conocía a todos: Pepe el de Coirós, los dos hermanos Bouza de Miño, Chucho el Carnicero, un portugués grande que solo hablaba con Ramiro, y tres chavales de Sada que habían empezado ese verano.

Y Anselmo. Anselmo Varela, el del bar, con un jersey negro de cuello alto y la cara muy seria, de pie junto a la furgoneta Nissan que Ramiro le había regalado en primavera.

Descargaron en veinte minutos. Los fardos pasaban de mano en mano por la rampa, sin una palabra, solo el sonido de las respiraciones y el roce de la arpillera contra el plástico y contra la piel.

El chaval de los Pena trabajaba como un loco, sudando, con los dientes apretados, como si quisiera demostrar algo.

Cuando terminaron, se quedó apoyado en el muro del almacén con las manos sobre las rodillas, jadeando, y Lito vio que tenía lágrimas en los ojos. No supo si era de cansancio o de miedo.

Ramiro salió del almacén limpiándose las manos en un trapo. Miró el reloj. Miró el agua.

—Vamos a buscar la otra mitad —dijo.

Hubo un silencio.

—Ramiro —dijo Lito—. Eso no era el plan. El plan era que la de Sada traía la otra mitad.

—La de Sada ha tenido un problema con el motor. No ha salido.

—Pues que la traiga mañana.

—El pesquero no puede esperar a mañana. Tiene que estar en aguas internacionales antes del amanecer. —Ramiro le miró—. Tenemos tiempo. La pleamar es ahora, a la una y media. Vamos y volvemos antes de que gire.

—Cuando volvamos, el agua va a estar bajando. Y deprisa. —Lito sintió que le subía la voz y se obligó a bajarla—. Ramiro, conozco esta ría desde que nací. En cuanto gire, el Canal do Morto se vacía en nada. Nos vamos a quedar varados.

Ramiro dejó de limpiarse las manos. Se acercó a Lito despacio, muy despacio, hasta que estuvieron a un palmo.

Lito tenía cuarenta y un años, era más bajo que Ramiro y más ancho, y había partido la cara a más de un marinero en los bares de Malpica.

Pero en ese momento sintió que le temblaban las piernas.

—Tú vas a llevar la lancha adonde yo diga —dijo Ramiro, en voz muy baja—. Y el chaval va contigo. Y yo voy en la proa. Y vamos a volver a tiempo. ¿Entendido?

Lito miró al chaval de los Pena, que seguía apoyado en el muro con las manos en las rodillas.

Miró a Anselmo, junto a la furgoneta, que había bajado la vista al suelo.

Miró el agua quieta, negra, que ya empezaba a moverse, a girar, a irse hacia el mar con un murmullo apenas audible entre los juncos.

—Entendido —dijo.

Subieron los tres a la planeadora. Lito arrancó el motor. Ramiro se puso en la proa. El chaval se sentó en el centro, sobre los tablones del fondo, abrazándose las rodillas.

Al salir de la rampa, Lito miró hacia atrás.

Anselmo estaba de pie en lo alto, junto a la puerta del almacén, mirándoles.

Tenía la cara blanca bajo la luz de la única bombilla que colgaba sobre la puerta.

Y Lito vio, o creyó ver, que Anselmo levantaba la mano a medias, como si fuera a decir algo, como si fuera a llamarles para que volvieran.

Luego la bajó.

Y se dio la vuelta.

Encallaron en el Canal do Morto a las tres y diez. Eso ya está contado.

Lo que no está contado es lo que pasó después de que el chaval echara a correr por el fango hacia los juncos y desapareciera en la oscuridad camino del almacén.

Lito se quedó en la planeadora con el agua bajándole por los muslos, por las rodillas, por las pantorrillas, viendo cómo los fardos brillaban al descubierto bajo la luna.

Ramiro se quedó a su lado unos minutos, fumando un cigarro que había sacado de algún sitio, él que ya no fumaba.

Luego tiró la colilla al agua, se limpió las manos en los pantalones y miró hacia los juncos por donde se había ido el chaval.

—Quédate con la lancha —le dijo a Lito—. Si al amanecer no he vuelto, quémala. Con todo dentro.

—¿Con todo? ¿Con la mercancía?

—Con todo.

Y Ramiro echó a andar por el fango hacia los juncos, siguiendo el mismo camino que el chaval, sin prisa, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, hundiéndose a cada paso hasta las rodillas, sin volverse una sola vez.

Lito lo vio desaparecer en la oscuridad. Se quedó solo en mitad de la ría que se vaciaba, con treinta y dos fardos, un motor muerto y una pregunta que no se atrevió a hacerse en voz alta.

Ramiro volvió casi cuatro horas después, cuando el cielo empezaba a clarear sobre los montes de Coirós. Venía solo. Traía los pantalones embarrados hasta la cintura y la manga derecha de la chaqueta oscura y mojada, y no era de agua.

No dijo nada. Lito no preguntó nada.

Quemaron la planeadora juntos, con la mercancía que no pudieron sacar a tiempo, con gasolina del depósito de reserva.

Ardió durante media hora en el fango del Canal do Morto, con una llama azul y un humo negro que olía a plástico y a dinero.

Luego volvieron al almacén caminando por la orilla, en silencio, mientras el sol salía detrás de los montes de Coirós.

Esa misma semana, Ramiro mandó echar una solera de hormigón nueva en el suelo del almacén. Dijo que el suelo viejo estaba podrido por la sal.

Lito Cancela no volvió a hacer una descarga en su vida.

Empezó a beber esa misma semana y no paró nunca.

Y durante treinta y dos años, todas las noches de marea grande, se despertó a las tres y diez de la madrugada con el sonido de un casco rozando el fondo y la imagen de un hombre caminando despacio por el fango, con las manos en los bolsillos, hacia los juncos.