12. Lo que no se dijo
Martín la llamó a las ocho de la tarde del sábado.
—Quería pedirte perdón —dijo, sin saludar—. Por lo del otro día en el puerto. Me fui mal.
—No pasa nada.
—Sí que pasa. —Una pausa—. ¿Has cenado?
Lucía estaba en la cocina de su padre, mirando una cazuela de lentejas que había hecho por la mañana y que nadie había tocado.
Anselmo llevaba todo el día en la cama, en un día malo, de los peores: no la había reconocido al despertarse, la había llamado Rosa dos veces y una vez, por la tarde, le había preguntado con mucha educación quién era ella y qué hacía en su casa.
Lucía le había dado la medicación, le había cambiado las sábanas, le había leído el periódico en voz alta hasta que se durmió.
Tenía la cabeza llena de niebla y la foto de O Peirao quemándole en el bolsillo interior del chaquetón.
—No —dijo—. No he cenado.
—Hay un sitio nuevo en Pontedeume. En el puerto. Hacen una empanada de zamburiñas que es pecado.
—Martín, estoy investigando la muerte de alguien que trabajaba para ti.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes que no puedo ir a cenar contigo.
—No te pido que vengas a cenar conmigo. —Otra pausa, más larga—. Te pido que me dejes contarte una cosa. Y prefiero contártela comiendo empanada que en un cuartel con una grabadora delante.
Lucía cerró los ojos.
—Dame media hora.
El restaurante estaba en un primer piso sobre el puerto pesquero de Pontedeume, con ventanales que daban a la ría del Eume y al puente medieval iluminado.
Era sábado y estaba lleno de parejas y de familias, ruido de cubiertos, risas, un niño llorando en una trona.
Martín había reservado una mesa en el rincón, junto a la ventana.
Cuando Lucía llegó, él ya estaba sentado con una botella de albariño abierta y dos copas.
Se había afeitado la barba. Llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos y el pelo todavía húmedo de la ducha.
Sin la barba parecía más joven, más vulnerable, más parecido al chico de diecisiete años que la esperaba en el muro de la Ribeira con dos latas de cerveza robadas del bar de su padre.
—No sabía si ibas a venir —dijo.
—Yo tampoco.
Lucía se sentó. Él le sirvió vino. Pidieron la empanada, unas navajas, un rodaballo para compartir.
Durante un rato hablaron de cosas sin importancia, con esa torpeza educada de dos personas que se conocieron muy bien hace mucho tiempo y ahora no saben qué parte de lo que sabían sigue siendo verdad.
Martín le preguntó por Madrid. Ella le contó lo justo.
Le preguntó por su padre. Ella le contó un poco más.
Él le habló de Uxía, de lo lista que era, de cómo leía todo lo que caía en sus manos, de cómo su madre y él se la repartían a semanas desde el divorcio y de cómo él vivía la semana entera esperando el domingo por la tarde en que volvía a tenerla.
—Bea se volvió a casar —dijo—. Con un dentista de Oleiros. Es buen hombre. Trata bien a la niña.
—¿Y tú?
—Yo, ¿qué?
—¿No te has vuelto a casar?
Martín sonrió y miró por la ventana, hacia el puente iluminado.
—Yo tengo un puerto que no es mío, un barco que no es mío y una casa que es del banco. No soy buen partido, Lucía.
—Nunca lo fuiste.
Él se rio. Ella también. Fue una risa breve, pero real, y durante un segundo los veinticinco años que había entre los dos parecieron muy poca cosa.
Luego llegó la empanada y la risa se acabó.
—Dime lo que me ibas a decir —dijo Lucía.
Martín dejó el tenedor sobre el plato. Se pasó la mano por la cara, por la mandíbula recién afeitada.
—Iago me contó que estaba vigilando la depuradora —dijo—.
Hace tres semanas. Una noche que nos quedamos los dos solos en el puerto después de cerrar.
Me preguntó si yo sabía algo de Ramiro Castro y de la gente de Brañas.
Le dije que no. Que era mejor no saber nada.
Entonces me contó lo de su tío, lo del artículo de Sabela Rey, lo de Lito Cancela.
Y me dijo que estaba viendo cosas en la rampa de la depuradora las noches de marea grande. Lanchas, hombres, camiones.
—¿Te dijo que tenía fotos?
Martín tardó en contestar.
—Me dijo que iba a conseguirlas.
—¿Y qué le dijiste tú?
—Que lo dejara. —Martín la miró, y Lucía vio que tenía los ojos húmedos—.
Le dije que lo dejara, Lucía. Que esa gente no juega.
Que su tío ya había desaparecido una vez por meter las narices donde no debía.
Que tenía veintitrés años y toda la vida por delante.
Que si quería ser campeón de España tenía que remar, no jugar a detectives.
—Se le quebró la voz—. Le dije todo eso. Y no me hizo caso.
—¿Se lo contaste a alguien más?
—No.
—¿A nadie? ¿Ni a Seoane? ¿Ni a nadie del puerto?
—A nadie.
Lo dijo rápido. Demasiado rápido. Lucía lo miró a los ojos y él le sostuvo la mirada, y ella pensó que no sabía si estaba mintiendo o si simplemente tenía miedo, y que tal vez no hubiera tanta diferencia.
—¿Por qué no me lo dijiste el otro día, en el puerto?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
Martín bajó la vista al plato. Cogió un trozo de empanada, lo partió en dos con los dedos, no se lo comió.
—De todo, Lucía. Tengo una hija de once años.
Trabajo en un puerto que se está construyendo con dinero que nadie sabe de dónde viene.
Mi jefe es un hombre que hace tres años estaba arruinado y ahora conduce un Porsche.
El abogado de mi jefe es el hijo de Ramiro Castro.
Y la ría es muy pequeña y todo el mundo sabe dónde vivimos.
—Levantó la vista—. ¿Qué harías tú en mi lugar?
Lucía no contestó. Bebió vino. Miró la ría del Eume, negra bajo el puente iluminado, con las luces de las casas de la otra orilla temblando en el agua.
—Lo que hice cuando tenía diecisiete años —dijo al fin—. Irme.
—Pero volviste.
—Volví.
—¿Por qué?
—Porque no tenía otro sitio a donde ir.
Martín alargó la mano por encima de la mesa y la puso sobre la de ella. Fue un gesto sencillo, sin insistencia. Su mano era áspera, caliente, con callos en la base de los dedos de tirar de cabos durante treinta años. Lucía no la apartó.
—Yo estuve esperándote dos años —dijo él, en voz muy baja—. Después de que te fueras a Baeza. Tú no me lo preguntaste nunca, pero te esperé. Hasta que dejaste de escribir.
—Lo sé.
—¿Por qué dejaste de escribir?
Lucía miró las dos manos sobre el mantel. La suya, pequeña, con las uñas cortas y una cicatriz blanca en el nudillo de una pelea en Vallecas. La de él, grande, morena, con una alianza de oro que ya no llevaba, pero cuya marca todavía se adivinaba en la piel más clara del dedo anular.
—Porque si seguía escribiéndote, iba a volver —dijo—. Y yo no quería volver. Quería ser otra persona. Quería salir de aquí, de la ría, del bar de mi padre, de los hombres que bajaban la voz cuando pasaba un coche verde. Quería no saber nunca más lo que se callaba en este pueblo.
—¿Y lo conseguiste?
—Durante veinte años.
Martín le apretó la mano. Ella se la apretó a él. Se quedaron así un momento, sin hablar, mientras a su alrededor el restaurante seguía con su ruido de sábado por la noche, los cubiertos, las risas, el niño de la trona que ya no lloraba.
La llevó a casa en su coche, un Land Rover viejo que olía a perro y a salitre aunque no tenía perro. Aparcó en la Ribeira, delante del antiguo bar. Era casi la una. La marea estaba alta y el agua llegaba casi a lo alto del muro, quieta, negra, reflejando las farolas. No había nadie en la calle.
Ninguno de los dos se movió para salir del coche.
—Ese muro —dijo Martín, señalando con la barbilla—. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Uno de agosto de 2001. Había fiesta en Sada. Tú tenías que estar en casa a las doce y llegaste a las tres.
—Y mi padre me castigó un mes sin salir.
—Y yo vine todas las noches a sentarme ahí en el muro, debajo de tu ventana, a esperar que te asomaras.
—Me asomaba.
—Te asomabas.
Lucía se volvió hacia él. Martín la estaba mirando con una expresión que ella reconoció inmediatamente, aunque hacía veinticinco años que no la veía en la cara de nadie. Él se inclinó un poco. Ella también. Sintió su aliento, el olor a vino y a jabón, el calor de su cara a pocos centímetros.
El móvil de Lucía vibró sobre el salpicadero.
Los dos se quedaron quietos. Luego Lucía se echó hacia atrás y cogió el teléfono. Era un número desconocido. Un mensaje.
Soy Sabela. Lito acepta. Mañana a las 10 en su caseta. Pero solas tú y yo. Nadie más. Dice que, si ve un uniforme, sale corriendo.
Lucía miró la pantalla un largo rato. Luego la apagó.
—Tengo que irme —dijo.
Martín asintió despacio. No preguntó qué era el mensaje. Se limitó a mirar al frente, a la ría quieta y negra.
—Lucía —dijo cuando ella ya tenía la mano en la manilla de la puerta—. Ten cuidado.
—Siempre lo tengo.
—No. —Él se volvió y la miró, y en sus ojos había algo que no era solo deseo ni ternura: era miedo—. Ten cuidado de verdad. No te fíes de nadie. Ni siquiera de mí.
Ella lo miró. Quiso preguntarle qué quería decir con eso. Quiso preguntarle tantas cosas.
No preguntó ninguna. Salió del coche, cerró la puerta y subió la escalera de su casa sin mirar atrás.
Desde la ventana de su cuarto, a oscuras, vio cómo el Land Rover se quedaba un rato largo parado frente al muro, con el motor apagado, y cómo luego arrancaba despacio y se perdía por la Ribeira hacia el puente.
Al pasar por el pasillo oyó a su padre hablar en sueños. Se asomó a su cuarto. Anselmo estaba boca arriba, con los ojos abiertos, mirando el techo.
—¿Papá? ¿Estás despierto?
—No se lo enseñes —dijo Anselmo, con una voz clara y joven que no era la suya de ahora—. Rosa, no se lo enseñes a la niña. La foto. No quiero que la niña la vea nunca.
Lucía se quedó helada en el umbral.
Luego su padre cerró los ojos y empezó a roncar suavemente, y ella se quedó allí, de pie en la oscuridad, con la foto de O Peirao todavía en el bolsillo interior del chaquetón, sobre el corazón.