La última pleamar (El secreto de la ría 1) 11. Primos
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11. Primos

Xurxo Mosquera llegó a casa a las nueve y media de la noche con la sensación de llevar una piedra en el estómago.

Vivía en un piso nuevo en las afueras de Betanzos, en una de esas urbanizaciones de obra vista que habían brotado a lo largo de la carretera de Coirós durante los años del ladrillo y que la crisis había dejado a medio vender.

Noemí y él lo habían comprado hacía tres años, con una hipoteca a treinta años que se comía la mitad de su sueldo de cabo.

Desde la terraza, si uno se asomaba mucho y no había niebla, se veía un trozo de ría entre dos naves industriales.

Noemí estaba en el sofá con Martiño dormido en brazos y la tele encendida sin volumen.

—Llegas tarde.

—Ya.

—¿Lo del chaval de la Magdalena?

Xurxo asintió. Se quitó la cazadora, la colgó en el perchero de la entrada, dejó las llaves en el cuenco de cerámica que les había regalado su suegra.

Se acercó al sofá y se inclinó sobre su hijo.

Martiño dormía con la boca abierta y los puños cerrados junto a la cara, como un boxeador diminuto, y olía a leche y a colonia de bebé.

Xurxo le dio un beso en la frente, muy despacio, para no despertarlo.

—Hay caldo en la nevera —dijo Noemí—. Caliéntalo tú, que yo no me puedo mover.

—No tengo hambre.

Noemí lo miró. Llevaban juntos desde los diecinueve años y le bastaba verle la cara para saber que algo iba mal. No preguntó. Era una de las cosas que Xurxo más quería de ella: sabía cuándo callar.

—Ha llamado tu primo —dijo, en cambio—. Toño. Dos veces. Dijo que lo llamaras.

Xurxo se quedó quieto junto al sofá.

—¿Dijo para qué?

—No. Dijo que estaba en el Recuncho, que fueras a tomar algo si podías.

—Mañana.

—Dijo que hoy.

Xurxo miró a su hijo dormido. Miró a su mujer. Miró la tele sin volumen, donde un presentador sonriente anunciaba un sorteo millonario.

—Vuelvo en una hora.

* * *

O Recuncho era un bar de la carretera de Miño, en una curva, con un aparcamiento de tierra lleno de furgonetas de trabajo y una terraza cubierta con un toldo de plástico verde que el viento había desgarrado por una esquina.

Dentro había una barra de formica, cuatro mesas, una tragaperras parpadeando y una tele enorme colgada en la pared con un partido de la liga portuguesa.

Olía a fritanga, a vino peleón y a tabaco, aunque hacía diez años que no se podía fumar dentro.

Toño Mosquera estaba en la última mesa, junto a la ventana, con un plato de chipirones a medio comer y una botella de Ribeiro casi vacía.

Era cuatro años mayor que Xurxo y, de niños, habían sido inseparables.

Sus padres eran hermanos, vivían puerta con puerta en una aldea de Coirós, y los dos primos habían crecido como hermanos, robando cerezas, bañándose en el Mandeo, peleándose con los chavales de las otras aldeas, compartiendo la primera cerveza y el primer cigarro detrás del hórreo de la abuela.

Luego la vida los había ido separando sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo.

Xurxo se fue a la academia de Baeza. Toño dejó los estudios a los dieciséis, trabajó en la construcción, en una granja de pollos, en un desguace, en la lonja de Sada, y hacía cinco años había entrado en la Depuradora Brañas como peón.

Ahora era el encargado.

Tenía un BMW negro de segunda mano, un piso en primera línea con vistas al puerto deportivo, una moto de agua y un reloj de oro que no le pegaba con las manos.

Lo llamaban el Rata desde niño, por los dientes delanteros un poco salidos y la manera de mirar de reojo. Él odiaba el mote. Por eso todo el mundo lo usaba.

—Primo. —Toño se levantó a medias y le dio un abrazo con palmadas en la espalda—. Siéntate. ¿Qué tomas?

—Un agua.

—Un agua, dice. —Toño se rio—. ¡Manolo! ¡Un agua para el guardia!

El camarero trajo un botellín de agua y un vaso con hielo.

Xurxo se sentó frente a su primo. Toño estaba más gordo que la última vez, con la cara hinchada y roja y unas ojeras profundas que no tenía antes.

Llevaba una camiseta negra de marca, una cadena de oro al cuello y el reloj de oro en la muñeca.

—¿Qué tal el niño?

—Bien. Durmiendo.

—Tengo que ir a verlo. No lo he visto desde el bautizo.

—Cuando quieras.

Hubo un silencio. En la tele, un jugador del Oporto marcó un gol y dos hombres de la barra gritaron. Toño cogió un chipirón con los dedos, lo mojó en la salsa, se lo comió masticando despacio.

—Mala cosa lo del chaval de la Magdalena —dijo.

—Sí.

—Yo lo conocía, ¿sabes? De vista. Remaba delante de la depuradora algunas mañanas. Muy buen chaval, decían.

—Eso dicen.

—¿Y qué pasó? —Toño se limpió los dedos en una servilleta de papel—. En la lonja decían esta mañana que se ahogó. Que iba borracho y se cayó del muelle.

—No se ahogó.

—¿No?

—No.

Toño dejó la servilleta sobre la mesa y miró a su primo. Toño tenía los ojos pequeños, oscuros, muy juntos, y cuando fijaba la vista parecía atravesar las cosas.

—¿Y entonces qué le pasó?

—Toño, no puedo hablar de esto. Ya lo sabes.

—Hombre, que soy yo. Soy tu primo.

—Por eso mismo.

Toño se rio, una risa corta, sin ganas. Se sirvió lo que quedaba de vino en el vaso y se lo bebió de un trago.

—Tu jefa —dijo—. La sargento nueva. La hija de Anselmo.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada. Me decía un amigo que anduvo hoy por el club de remo. Que abrió una taquilla. Que salió con una bolsa.

Xurxo sintió que el agua del vaso se le volvía de hielo en la boca.

—¿Qué amigo?

—Un amigo. —Toño se encogió de hombros—. Betanzos es pequeño, Xurxo. Todo el mundo lo ve todo. ¿Qué había en la taquilla?

—Ropa de remo.

—¿Solo ropa?

—Solo ropa.

Toño le sostuvo la mirada durante un largo rato.

Xurxo no apartó la vista. Había aprendido en la academia y en ocho años de servicio a mentir sin parpadear a delincuentes, a borrachos, a maridos que pegaban a sus mujeres, a camellos de poca monta en las fiestas de los pueblos.

Nunca había tenido que mentirle a su primo.

Se dio cuenta de que era mucho más difícil.

—Vale —dijo Toño al fin. Y sonrió—. Vale, primo. Solo preguntaba. Ya sabes cómo es la gente. Todos quieren saber.

—Ya.

Toño se recostó en la silla. Miró la tele, donde el partido había terminado y ahora salían imágenes de un incendio en algún monte portugués. Luego, sin dejar de mirar la pantalla, dijo:

—Don Ramiro preguntó por ti el otro día.

Xurxo no se movió.

—¿Por mí?

—Sí. Me preguntó qué tal estaba mi primo el guardia.

Si le iba bien. Si había tenido ya el hijo.

Le dije que sí, que nació en febrero, y se alegró mucho.

Me dijo que le mandaras un saludo a tu mujer.

—Toño se volvió hacia él—. Es un hombre muy detallista, don Ramiro.

Se acuerda de todo. Del nombre de cada uno, de cuándo nació el hijo de cada uno. Tiene muy buena memoria.

—Qué bien.

—Muy buena memoria —repitió Toño, despacio—. Y dice que a los de la familia hay que cuidarlos. Que la familia es lo primero. Antes que nada.

Xurxo dejó el vaso sobre la mesa. Le temblaba la mano y la apoyó sobre el muslo, debajo de la mesa, para que su primo no lo viera.

—Toño —dijo, en voz baja—. ¿En qué andas metido?

—¿Yo? —Toño abrió mucho los ojos, se llevó una mano al pecho, sobre la cadena de oro—. Yo trabajo en una depuradora de marisco, primo. Almejas, mejillón, berberecho. Entra el marisco, pasa cuarenta y ocho horas en los tanques con agua limpia, sale el marisco. Eso es todo.

—Y el BMW. Y el piso de Sada. Y la moto de agua. Y el reloj.

La sonrisa de Toño se borró de golpe, como se borra el dibujo de una ola en la arena.

—Me lo he ganado trabajando —dijo.

—Nadie gana eso en una depuradora.

Toño se inclinó sobre la mesa. Olía a vino y a ajo y a algo dulzón, a perfume caro.

—Escucha, Xurxo. Escucha bien, que te lo voy a decir solo una vez.

Tú tienes un hijo de ocho meses y una hipoteca.

Yo no tenía nada. Ahora tengo algo. No te pido que me entiendas.

Te pido que no hagas preguntas tontas, ni tú ni tu jefa.

Que dejéis al chaval de la Magdalena descansar en paz, que bastante desgracia tuvo.

Y que sigáis poniendo multas a los que aparcan mal en la plaza.

—Se echó hacia atrás—. Es un consejo de primo. De familia.

Se levantó. Dejó un billete de cincuenta euros sobre la mesa, encima del plato de chipirones.

—Invito yo.

Y se fue.

Xurxo se quedó solo en la mesa, mirando el billete, mirando la botella vacía, mirando la ventana donde se reflejaba su propia cara, redonda, asustada, que de pronto no le pareció la de un guardia civil sino la de un niño de diez años escondido detrás de un hórreo.

Tardó mucho en levantarse.

* * *

Cuando llegó a casa, Noemí ya se había acostado con Martiño en la cama grande, entre los dos almohadones, como hacía las noches que el niño estaba inquieto.

Xurxo no encendió la luz. Se sentó en el borde de la cama, a oscuras, y se quedó mirando a su hijo dormir, el pecho diminuto subiendo y bajando, los puños cerrados junto a la cara.

Don Ramiro preguntó por ti.

A los de la familia hay que cuidarlos.

Xurxo se quedó allí sentado hasta que empezó a clarear por detrás de la persiana. No durmió. No lloró. Solo pensó, una y otra vez, que tenía que contárselo a la sargento, y una y otra vez, que no podía.