10. La taquilla D-4
El Club de Remo de Betanzos ocupaba una nave de ladrillo rojo junto al río, a trescientos metros río arriba de la Ponte Vella, con dos puertas enormes de madera verde que se abrían directamente sobre una rampa de hormigón por donde bajaban los botes al agua.
Dentro olía a barniz, a neopreno húmedo y a sudor viejo.
Las traineras descansaban en caballetes de hierro a lo largo de las paredes, largas y estrechas como peces, con los nombres pintados en la proa en letras blancas: Mandeo , Santa María , Irmáns García Naveira .
En el altillo, colgados del techo, los botes individuales de competición, tan finos que parecían de papel.
El presidente del club, un hombre de sesenta años con el cuerpo todavía duro de remero y la cara curtida de una vida al aire libre, se llamaba Benito Seixo y había estado llorando. Se le notaba en los párpados.
—Iago iba a ser campeón de España —dijo, mientras les guiaba por un pasillo estrecho hacia los vestuarios—. En skiff. Este año quedó tercero en el Campeonato Gallego y el año que viene lo iba a ganar. Tenía el mejor remo que he visto en treinta años. Paciencia, técnica, cabeza. No se cansaba nunca.
—¿Vino por aquí estos días? —preguntó Lucía.
—Todos los días al amanecer. Remaba una hora antes de irse a trabajar al puerto.
—Benito se detuvo frente a una puerta con un cartel de plástico que decía HOMbrES—.
El martes vino también por la noche, tarde.
A las once o así. Lo vi desde mi casa, que está ahí enfrente.
Entró, estuvo diez minutos y salió. Pensé que venía a buscar algo.
El martes. Lucía echó cuentas. El 30 de septiembre había caído en miércoles, e Iago había muerto en la madrugada del miércoles al jueves. Veinticuatro horas antes de que lo mataran, había venido al club a guardar algo.
—¿Venía solo?
—Solo. En su bici roja.
El vestuario era una sala rectangular con el suelo de baldosas blancas, bancos de madera, duchas al fondo y taquillas metálicas grises en tres paredes, ordenadas en filas que alguien había marcado con letras pintadas a mano: A, B, C, D.
La fila D estaba al fondo, junto a la ventana, debajo de un tablón de corcho lleno de fotos de regatas.
D-4 tenía un candado pequeño, plateado, de los que se compran en cualquier ferretería.
Lucía se puso los guantes, sacó la llave de la bolsa de pruebas y la metió en el candado. Giró. El candado se abrió con un clic seco.
Xurxo, detrás de ella, contuvo la respiración.
Dentro de la taquilla había lo que hay en la taquilla de cualquier deportista: unas mallas negras, una camiseta técnica del club, unas zapatillas de remo con la suela pegada a la tabla, una toalla doblada, un bote de crema solar, una bolsa de aseo.
En la balda de arriba, una gorra azul. Lucía lo sacó todo, pieza a pieza, y lo fue colocando sobre el banco mientras Xurxo hacía fotos.
En el fondo de la taquilla, apoyada contra la pared metálica, había una carpeta de plástico duro, de las impermeables que se usan en los barcos para guardar los papeles de navegación.
Lucía la sacó con cuidado. Pesaba poco. La abrió sobre el banco.
Dentro había un cuaderno de tapas de cartón, pequeño, de los de bolsillo, con las esquinas dobladas. Y un sobre de papel amarillo, viejo, cerrado con un clip oxidado.
Abrió primero el cuaderno.
Eran páginas de anotaciones escritas a lápiz con la misma letra pequeña y apretada de la carta náutica. Fechas, horas, observaciones. Lucía las leyó por encima, pasando las páginas despacio:
12/08 – Pleamar 05:05. Niebla. 04:50 luces en la rampa de Brañas. Motor. No veo la lancha. 05:35 sale un camión. Matrícula no.
29/08 – Pleamar 05:47. Despejado. 05:30 semirrígida gris sin luces entra por el canal norte. Rampa de Brañas. 6 hombres. ¿Fardos? Descargan en 25 min. Vuelve a la boca 06:12. 06:42 sale un camión frigorífico hacia Betanzos. Matrícula: … 4KL (no veo el resto).
11/09 – Pleamar 05:14. Viento sur. La misma semirrígida.
Esta vez con 2 hombres que hablan con acento extranjero.
¿Venezolanos? Un coche negro llega a las 05:24.
Audi grande. No veo si baja alguien. 05:39 alguien lleva una bolsa al coche.
El coche se va. Piloto trasero derecho roto, tapado con cinta. ¿MATRÍCULA OFICIAL?
Lucía se detuvo. Leyó la última línea dos veces.
¿MATRÍCULA OFICIAL?
—Xurxo —dijo, sin levantar la vista—. ¿Qué es una matrícula oficial?
—Las de los coches de organismos públicos —dijo el cabo, despacio—. Ministerios, Xunta, Diputaciones… Tienen letras y números especiales. O llevan matrícula normal pero con un distintivo.
—¿Y quién en esta ría tiene un Audi grande negro con matrícula oficial?
Xurxo no contestó. Lucía tampoco esperaba que lo hiciera.
Pasó a la última página escrita del cuaderno. La fecha era del 29 de septiembre, el día antes de su muerte.
Mañana la pleamar es a las 20:08, todavía con luz y con gente en la ría.
La lancha entra con esa agua en cuanto oscurezca y se queda en la rampa, pero la descarga no va a ser hasta las 3.
Me lo dijo Lito. Va a haber otra el 27, la grande, la más grande del otoño.
La del 27 es la importante. Mañana voy a cruzar el canal en bote y hacer fotos desde la marisma, justo al lado de la rampa.
Con teleobjetivo. Si veo el coche otra vez, le saco la matrícula.
Si pasa algo, Antía tiene copia de todo.
El tío está allí. Lito también me lo dijo. Bajo el suelo. El tanque 3.
Lucía cerró el cuaderno. Se dio cuenta de que le temblaban un poco las manos, y apretó los dedos sobre las tapas de cartón hasta que dejaron de temblar.
—¿Sargento? —dijo Xurxo.
—Un momento.
Abrió el sobre amarillo.
Dentro había una sola fotografía. Una foto antigua, de papel brillante, con los colores desvaídos hacia el naranja como todas las fotos de los noventa, y una fecha impresa en la esquina inferior derecha en números digitales rojos: 94 9 15 .
Era la fachada de O Peirao.
La foto estaba hecha desde la Ribeira, en una tarde de verano, con el sol bajo dando de lado sobre la piedra. Delante de la puerta del bar, bajo el toldo a rayas verdes y blancas, había cuatro hombres. A la izquierda, un hombre de unos cuarenta años, flaco, con boina, al que Lucía no reconoció.
A su lado, un chico alto y desgarbado con el pelo largo hasta los hombros y una chaqueta vaquera con parches, sonriendo con la sonrisa torcida colgando de un lado de la boca: Andrés Pena.
En el centro, con el brazo sobre los hombros de Andrés, un hombre ancho, de pelo negro peinado hacia atrás, con la cara picada y unos ojos muy claros que miraban directamente a la cámara: Ramiro Castro, treinta y seis años, en mangas de camisa.
Y a la derecha, en la puerta del bar, con un delantal blanco y un trapo al hombro, con el pelo todavía oscuro y la cara todavía joven, sonriendo con una sonrisa un poco forzada, como sonríe uno cuando no quiere salir en una foto pero no sabe cómo evitarlo, estaba su padre.
Detrás de él, en el umbral, medio tapada por la puerta, se veía una niña pequeña con coletas y un cuaderno en la mano, mirando hacia la cámara con curiosidad.
Lucía se quedó mucho rato mirando a aquella niña.
—¿Sargento? —repitió Xurxo, en voz baja—. ¿Estás bien?
Lucía no contestó. Le dio la vuelta a la foto. En el reverso, escrito con bolígrafo azul, con una letra antigua, inclinada, que no era la de Iago:
Los cuatro del Peirao. El buen verano.
Y debajo, con lápiz, con la letra pequeña y apretada de Iago, añadido recientemente:
Un muerto. Un asesino. Un marinero. Y uno que calló.
Lucía metió la foto en el sobre, el sobre en la carpeta y la carpeta en una bolsa de pruebas grande que precintó con las manos firmes. Luego se volvió hacia Xurxo.
—Necesito que me hagas un favor —dijo.
—Lo que sea.
—Necesito que esto no salga de aquí. Ni al atestado, ni a la Comandancia, ni a nadie. Por ahora. Lo guardo yo.
Xurxo la miró con sus ojos castaños de buena persona, y Lucía vio en ellos la duda, el miedo, y algo más que no supo identificar.
—Sargento, eso no es el procedimiento.
—Lo sé.
—Si el comandante se entera…
—El comandante no se va a enterar, porque tú no se lo vas a decir. —Lucía cogió la bolsa—. ¿Verdad que no, Xurxo?
El cabo tardó en contestar. Fuera, en el río, alguien estaba bajando un bote al agua; se oían las voces, el roce del casco sobre el hormigón de la rampa, el chapoteo.
—Verdad —dijo al fin—. No se lo voy a decir.
Lucía asintió. Salió del vestuario con la bolsa apretada contra el pecho, pasó junto a las traineras dormidas en sus caballetes, junto al presidente del club que la miró con los ojos rojos sin preguntar nada, y salió a la luz gris de la tarde, a la orilla del río, donde el agua subía despacio, gorda, empujando contra los muros.
Se quedó un momento allí, respirando.
Un muerto. Un asesino. Un marinero. Y uno que calló.
Andrés. Ramiro. El hombre de la boina, que tenía que ser Lito Cancela.
Y su padre. El que calló.