9. Sabela
Sabela Rey vivía en un piso de techo bajo en la Rúa da Ribeira, a tres portales de la casa de Anselmo, y tenía la redacción de El Eco de las Mariñas en la mesa de la cocina.
—Somos tres —dijo, apartando de la mesa una pila de periódicos viejos, dos tazas sucias y un gato atigrado que protestó con un maullido ofendido y se fue a la ventana—.
Yo, un chaval que hace los deportes y las fiestas y una señora jubilada que escribe las necrológicas y la sección de recetas.
Vivimos de la publicidad de las pastelerías y de las funerarias. Las funerarias pagan mejor.
—Tiene sentido.
—Tiene mucho sentido. Aquí la gente se muere más de lo que nace.
Sabela puso una cafetera italiana al fuego.
Lucía se sentó en una silla de enea y miró a su alrededor.
El piso era pequeño, desordenado y estaba lleno de libros: libros en estanterías, libros en el suelo, libros apilados sobre el frigorífico, novelas negras nórdicas y ensayos sobre el narcotráfico gallego y biografías de políticos y tomos encuadernados de La Voz de Galicia de los años ochenta y noventa.
En la pared de la cocina, sujetas con imanes al frigorífico, había fotocopias de escrituras, organigramas dibujados a mano con flechas y círculos, recortes de periódico.
—Así que es verdad —dijo Sabela, siguiendo su mirada—. La sargento de Madrid. La que destapó las redes de Algeciras y de Vigo.
—¿Cómo sabe eso?
—Soy periodista. O lo intento. —Sabela sirvió el café en dos tazas desparejadas y se sentó frente a ella—. También sé que la apartaron de un caso hace dos años por una filtración que acabó con un confidente muerto en Madrid. Y que nadie demostró nunca que fuera culpa suya.
Lucía la miró sin pestañear.
—No he venido a hablar de mí.
—Ya. Ha venido a hablar de Iago.
—He venido a hablar de su artículo de 2019.
Sabela asintió despacio. Se levantó, fue hasta un mueble del salón, abrió un cajón y volvió con una carpeta de plástico verde. La puso sobre la mesa.
—Lo publiqué el 14 de octubre de 2019 —dijo—.
Veinticinco años justos después de la desaparición de Andrés Pena.
Se titulaba «El chico que la ría no devolvió».
Salió en un suplemento de La Voz porque yo entonces todavía colaboraba con ellos.
Gané un premio provincial de periodismo.
Y nunca más me volvieron a encargar nada.
—¿Por qué?
—Porque hablé de Ramiro Castro. —Sabela abrió la carpeta y sacó unas fotocopias grapadas—.
No dije que lo hubiera matado. No soy tonta.
Dije lo que todo el mundo sabía: que Andrés trabajaba para Ramiro ese otoño, que la noche que desapareció hubo una descarga en la ría, que una planeadora se quedó varada cerca de la orilla norte y que a la mañana siguiente apareció quemada.
Que la Guardia Civil no investigó nada. Que la familia denunció y la denuncia se archivó en tres semanas.
Que la postal de Caracas tenía un sello venezolano auténtico, pero que nadie comprobó nunca si Andrés Pena había entrado en Venezuela, porque nadie preguntó.
—Sabela empujó las fotocopias hacia Lucía—.
Al día siguiente de publicarse, el director del suplemento recibió una llamada de un abogado de A Coruña.
Bieito Castro. Muy educado. Dijo que la familia Castro estudiaba acciones legales.
No hubo acciones legales. No hicieron falta.
Lucía hojeó las fotocopias. El artículo ocupaba cuatro páginas, con fotos en blanco y negro: la Ribeira en los años noventa, con las barcas varadas en el fango; un retrato de Andrés con el pelo largo y la chaqueta vaquera; la fachada de O Peirao, con el letrero antiguo y un hombre detrás de la barra al que se le veía solo la silueta.
Su padre.
—Iago te llamó hace diez días —dijo Lucía—. ¿Qué quería exactamente?
—Quería el artículo entero, no la versión que salió publicada. Quería mis notas. —Sabela bebió café—. Yo entrevisté a mucha gente en 2019. La mayoría no quiso hablar. Algunos hablaron off the record. Uno de ellos fue Lito Cancela.
—¿Lito Cancela?
—Manuel Cancela. Lito. Fue marinero, patrón de bajura, y en 1994 era uno de los hombres de Ramiro.
Llevaba la planeadora la noche que desapareció Andrés.
—Sabela bajó la voz, aunque en la cocina no había nadie más que ellas y el gato—.
Ahora tiene setenta y tres años y vive solo en una caseta de aparejos en la orilla de Ponte do Porco, cerca de Miño.
Bebe mucho. Tiene cáncer de pulmón. En 2019 me dijo cosas que no pude publicar porque no tenía ni una prueba y porque me hizo jurar que no lo nombraría.
—¿Qué cosas?
Sabela la miró durante un largo rato. Luego se levantó, fue hasta la ventana y acarició al gato, que se dejó acariciar con los ojos cerrados.
—Me dijo que Andrés no salió vivo de la planeadora —dijo, sin volverse—.
O sí, salió, pero no llegó lejos. Me dijo que Ramiro mandó al chaval al galpón a buscar ayuda y que después fue detrás de él.
Que Ramiro volvió solo. Y que la planeadora la quemaron ellos mismos al amanecer para que no quedaran rastros.
Y me dijo otra cosa. —Se volvió—. Me dijo que el galpón donde descargaron aquella noche era el almacén de sal de Ramiro en la orilla sur. Lo que ahora es la Depuradora Brañas.
Lucía dejó las fotocopias sobre la mesa.
—¿Le contaste esto a Iago?
—No todo. —Sabela volvió a sentarse—. Le dije que hablara con Lito.
Le di la dirección de la caseta. Pensé que estaba en su derecho.
Era su tío. E Iago… —Se le quebró la voz por primera vez—.
Iago era un chico muy serio, sargento. Muy callado.
Se sentó ahí donde está usted y me escuchó sin decir nada durante una hora, y cuando terminé me dijo «gracias» y se fue.
Y yo pensé que iba a ir a hablar con un viejo borracho que le iba a contar cuatro historias y que después lo iba a dejar estar.
—Pero no lo dejó estar.
—No. Me volvió a llamar hace cinco días.
A las dos de la madrugada. Me dijo que tenía algo.
Que tenía fotos. Que ya no era solo cosa de su tío, que era cosa de ahora, de hoy.
Que había gente importante metida. Le pregunté qué gente y me dijo que me lo enseñaría cuando estuviera seguro.
Que necesitaba una noche más. La noche de la siguiente marea grande.
—El 30 de septiembre.
—El 30. —Sabela se quitó las gafas y se frotó los ojos—. Y el 1 de octubre apareció muerto en el muelle.
Las dos se quedaron en silencio. Por la ventana entraba el ruido de la Ribeira: un coche, unas voces, el chapoteo del agua contra el muro con la marea subiendo. El gato saltó de la ventana a la mesa, olfateó la carpeta verde y se tumbó encima.
—Sabela —dijo Lucía—, ¿a quién más le contaste lo de las fotos?
—A nadie.
—¿Seguro?
—A nadie, sargento. Soy periodista, no tonta. Sé lo que pasa en esta ría cuando hablas de más.
—¿Y Iago? ¿A quién más se lo pudo contar?
Sabela se encogió de hombros.
—A su novia, supongo. Antía. A su madre no, porque Carmen no sabía nada. A su jefe, quizás.
—¿A Martín Pereiro?
—Iago lo adoraba. Era como un hermano mayor para él. Si se lo contó a alguien, se lo contó a Martín.
Lucía se levantó. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca a pesar del café.
—Necesito que me prometas una cosa —dijo—. No publiques nada de esto. Ni una línea. Ni sobre las fotos, ni sobre Lito, ni sobre la depuradora. Hasta que yo te diga.
Sabela la miró con los ojos entornados.
—¿Y por qué tendría que hacerle caso?
—Porque el último que sabía todo esto apareció en la escalera del muelle con las manos atadas. —Lucía cogió el chaquetón del respaldo de la silla—. Y porque si me haces caso, cuando esto termine te prometo que tendrás la exclusiva.
La periodista sonrió por primera vez, una sonrisa torcida, cansada.
—Eso ya me lo dijeron otros guardias civiles antes que usted, sargento.
—Seguro. Pero ninguno era hija de Anselmo el del Peirao.
Sabela se quedó callada un momento. Luego asintió.
—Vale —dijo—. Pero voy con usted a ver a Lito.
—No.
—Lito no le va a hablar. No habla con guardias. Conmigo, quizás. Con usted, nunca.
Lucía se puso el chaquetón despacio, pensando. Sabía que la periodista tenía razón, y le fastidiaba saberlo.
—Primero abro una taquilla —dijo—. Luego hablamos de Lito.