La última pleamar (El secreto de la ría 1) 8. El Doctor
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8. El Doctor

Caracas

En Caracas llovía como llueve en el trópico, de golpe y con rabia, y Ernesto Lander Salcedo miraba la lluvia desde la ventana de su despacho en el piso dieciséis de la Torre Oriental, en Altamira, con un vaso de whisky sin hielo en la mano y el teléfono móvil vibrando sobre la mesa de cristal.

No lo cogió enseguida. Le gustaba hacer esperar a la gente.

Era una de las pocas costumbres que le quedaban de su vida anterior, cuando todavía era profesor de Derecho Mercantil en la Universidad Central y los alumnos le esperaban en el pasillo con los exámenes en la mano mientras él terminaba tranquilamente su café en la sala de profesores.

De aquella vida le quedaba también el apodo, el Doctor, que le habían puesto los hombres de la costa de Falcón hacía veinte años y que ya nadie usaba con ironía.

Abajo, a sus pies, la ciudad se extendía en el valle como una mancha de luces temblorosas bajo el agua.

Las torres de Las Mercedes, la autopista Francisco Fajardo convertida en un río rojo de faros traseros, los cerros de Petare cubiertos de ranchos de ladrillo que trepaban hasta las nubes, y más allá, invisible detrás de la cortina de lluvia, el Ávila, la montaña verde que separaba Caracas del mar.

Lander había nacido en un rancho de Petare.

Ahora vivía en una casa de seis habitaciones en el Country Club con piscina, cancha de tenis y doce hombres armados en la garita de la entrada.

Había tardado cuarenta años en recorrer los diez kilómetros que separaban una cosa de la otra, y sabía perfectamente que podía desandarlos en una sola noche.

El teléfono dejó de vibrar. Volvió a empezar.

Lander dejó el vaso sobre la mesa y lo cogió.

—Diga.

—Doctor. —La voz al otro lado hablaba un castellano limpio, peninsular, con un acento gallego tan suave que solo se notaba en algunas vocales—. Perdone la hora.

—Aquí son las siete de la tarde, abogado. En España serán la una de la madrugada. El que debería pedir perdón por la hora es usted a su mujer.

Bieito Castro se rio con educación.

—Mi mujer está acostumbrada. Le llamo para decirle que el asunto del que hablamos la semana pasada está resuelto.

Lander no dijo nada durante unos segundos. Miró la lluvia.

—¿Resuelto cómo?

—Resuelto. El chico ya no es un problema.

—¿Y las fotos?

Hubo una pausa al otro lado. Breve, pero Lander tenía cuarenta años de experiencia escuchando pausas.

—No las llevaba encima. Ni el teléfono. Lo estamos buscando.

—Lo están buscando. —Lander repitió las palabras despacio, como si las saboreara—. Me llama a la una de la madrugada para decirme que el asunto está resuelto, y el asunto no está resuelto, porque las fotos andan por ahí, en algún sitio, y ustedes las están buscando.

—Doctor, le aseguro que…

—Y además me han dicho que lo dejaron en el muelle del pueblo. A la vista. Con el nudo de su padre en las muñecas.

Esta vez el silencio fue más largo.

—Eso fue cosa de mi padre —dijo Bieito al fin, y por primera vez su voz perdió un poco de su suavidad—.

Yo le dije que lo hiciera desaparecer en la ría.

Mi padre dijo que no. Que en este pueblo hay que dar ejemplo de vez en cuando.

Que la gente tiene que acordarse de cómo funcionan las cosas. Él es de otra época, ya lo sabe.

Lander cerró los ojos.

Conocía a Ramiro Castro desde 1993. Lo había conocido en una finca de Tucacas, en la costa de Falcón, una noche de calor espeso en la que Ramiro había llegado en un avión privado desde Lisboa con una maleta de dinero y una sonrisa de campesino.

Habían hecho negocios durante cinco años.

Ramiro era duro, leal, puntual en los pagos, y tenía una virtud que Lander apreciaba por encima de todas: no hacía preguntas.

Pero era de otra época, eso era verdad. De la época en que los gallegos subían los fardos en planeadoras de veinte metros por las rías y los descargaban en las playas a la vista de todo el mundo, y la Guardia Civil miraba hacia otro lado porque la mitad de los guardias tenían un primo en el negocio.

Esa época había terminado en los noventa con la Operación Nécora, con los juicios, con las fotos de los capos esposados en los periódicos.

Ramiro había sobrevivido porque había sido listo, porque nunca había puesto nada a su nombre y porque se había retirado a tiempo, a finales de los noventa, para dedicarse a las conservas.

El hijo lo había vuelto a meter en el negocio. O el negocio había vuelto a buscar al hijo. Lander nunca había tenido muy claro cuál de las dos cosas.

—Abogado —dijo, con la voz más suave—, escúcheme bien.

Dentro de tres semanas llega a su ría la carga más grande que hemos movido juntos.

Tres mil kilos. Usted sabe lo que eso significa.

Sabe quién ha puesto el dinero en Caracas, y sabe quién está esperando la mercancía en Madrid y en Ámsterdam.

Esa gente no sabe lo que es una ría gallega, ni lo que es un nudo, ni quién es su padre.

Lo único que saben es que han pagado y que quieren su mercancía en la fecha acordada.

Si algo sale mal, no van a llamarle a usted para pedirle explicaciones. Van a mandar a alguien. ¿Me entiende?

—Le entiendo.

—Y esa sargento.

—¿Qué sargento?

Lander sonrió en la oscuridad del despacho.

—No me trate como a un idiota, abogado. La sargento Varela. Lucía Varela. La que trabajaba en la UCO en Madrid. La que se entendía con Nelson.

Al otro lado de la línea, en Galicia, a siete mil kilómetros, Bieito Castro se quedó en silencio.

—¿Cómo sabe usted…?

—Sé muchas cosas. Por eso sigo vivo. —Lander volvió a coger el vaso de whisky y bebió un sorbo largo—.

Nuestro amigo común me ha llamado esta tarde.

Dice que la sargento está haciendo preguntas.

Que ha ido a la autopsia. Que ha visitado a la madre del chico.

Que se ha llevado de su cuarto una carta náutica llena de cruces.

—La tenemos controlada.

—No la tienen controlada. Nadie la tiene controlada.

En Madrid tampoco la teníamos controlada, y por eso tuvimos que hacer lo que hicimos con Nelson.

—Lander hizo una pausa—. No quiero que le pase nada.

¿Me oye? Una sargento de la Guardia Civil muerta en un pueblo de Galicia a tres semanas de una descarga es lo último que necesito.

Quiero que la vigilen. Quiero que la entretengan.

Quiero que nuestro amigo la aparte del caso si hace falta. Pero nada más.

—Entendido.

—Y quiero las fotos del chico. Antes del veintisiete.

—Las tendrá.

Lander colgó sin despedirse.

Se quedó un rato mirando la lluvia. Luego dejó el vaso, abrió un cajón de la mesa y sacó una carpeta delgada de cartulina azul.

Dentro había un solo papel: una fotocopia de una ficha de personal de la Guardia Civil con una foto de carné en la esquina.

Una mujer de unos cuarenta años, pelo castaño corto, ojos oscuros, una pequeña cicatriz que le cortaba la ceja izquierda.

Varela Brea, Lucía. Sargento. UCO. Destino actual: EPJ Betanzos (A Coruña).

Lander miró la foto durante mucho tiempo.

Nelson le había hablado de ella. No a Lander directamente, claro, sino a su mujer, por teléfono, en las llamadas que los hombres de Lander le habían estado escuchando durante meses antes de esperarle en su portal y pegarle tres tiros.

Nelson había hablado mucho en aquellas llamadas.

Había dicho que la sargento era honesta.

Que era la única persona honesta que había conocido en España.

Que le había prometido que nadie sabría su nombre, y que él la creía.

Nelson tenía razón: la sargento era honesta. Pero su jefe no lo era.

Lander cerró la carpeta, la guardó en el cajón y cogió otro teléfono, uno distinto, viejo, de los de tapa. Marcó un número de memoria.

Al tercer tono contestó una voz ronca.

—Coronel.

—Briceño, ¿cómo va el Doña Bárbara ?

—Termina de cargar el quince en La Vela de Coro —dijo el coronel Hermes Briceño, comandante de un destacamento de la Guardia Nacional en la península de Paraguaná y socio de Lander en un negocio que no aparecía en ningún registro—.

Tiempo bueno hasta las Azores. Lleva atún congelado en las bodegas de arriba y lo otro en el doble fondo de la cámara tres.

Calcula que llega al punto de encuentro el veintiséis por la noche.

—Bien.

—¿Algún problema en Galicia?

Lander miró por la ventana. La lluvia había parado de golpe, como había empezado, y las luces de la ciudad brillaban ahora limpias y nítidas en el aire mojado.

—Ninguno que no tenga solución, coronel —dijo—. Ninguno que no tenga solución.