La última pleamar (El secreto de la ría 1) 7. Las caras del proyecto
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7. Las caras del proyecto

Pero la taquilla tuvo que esperar, porque al llegar al cuartel se encontró con una invitación.

—Ha llegado esta mañana —dijo Xurxo desde su mesa—. La han mandado a todos los mandos de los cuerpos de seguridad de la comarca. Al jefe del puesto también.

—¿Y por qué me la mandan a mí?

—Porque eres la jefa de Policía Judicial de Betanzos. —Xurxo se encogió de hombros—. Protocolo.

Lucía miró la tarjeta. El viernes 2. Era hoy. Eran las once y veinte.

—¿Tenemos algo de las telefonías?

—El juez dice que mañana. Que hoy no tiene tiempo.

—¿Y de la bicicleta? Iago iba en una bici de montaña roja.

—Nada. Mandé a la patrulla a mirar por los caminos de la orilla, pero nada.

Lucía dejó la tarjeta sobre la mesa, se pasó las manos por el pelo y pensó un momento. Luego volvió a coger la tarjeta.

—Ponte la chaqueta de vestir, Xurxo. Nos vamos a una fiesta.

El Salón Noble del ayuntamiento de Betanzos era una sala alargada en la primera planta del edificio de la Plaza de los Hermanos García Naveira, con el suelo de madera encerada, las paredes cubiertas de retratos de alcaldes muertos y unas ventanas altas que daban a la plaza y a la estatua de los dos hermanos indianos que habían hecho fortuna en Argentina y la habían gastado en llenar el pueblo de escuelas, lavaderos y un parque con un zoológico de cemento.

Al fondo de la sala, sobre una tarima, habían colocado un atril con el logotipo de Porto Mandeo, una pantalla enorme con un vídeo en bucle de veleros y gaviotas, y una mesa larga con cinco sillas tapizadas de terciopelo rojo.

Había mucha gente. Concejales, empresarios, el presidente de la Cofradía de Pescadores, dos periodistas de televisión, un fotógrafo de La Voz , señoras con abrigo de piel aunque no hacía frío, hombres con chaqueta azul y corbata granate, camareros con bandejas de copas de albariño y canapés de pulpo.

Lucía se quedó al fondo, junto a una ventana, con Xurxo a su lado tirando incómodo del cuello de la camisa.

—¿Quién es quién? —le preguntó en voz baja.

Xurxo se lo dijo, señalando con la barbilla.

El alcalde, Moncho Rial, sesenta años, bigote gris, chaqueta de tweed, hablando a gritos con el presidente de la Cofradía.

El promotor del puerto, Álvaro Seoane, un hombre de cincuenta y tantos, bajo, calvo, con la cara roja y brillante de sudor aunque en la sala hacía fresco, que se movía de corrillo en corrillo estrechando manos con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Seoane estaba arruinado hace tres años —murmuró Xurxo—. Su constructora quebró con la crisis de las viviendas de Oleiros. Tenía deudas por todas partes. Y de repente aparece con ochenta millones para hacer un puerto deportivo. Nadie sabe de dónde los sacó.

—¿Nadie?

—Nadie que lo diga en voz alta.

Junto a la tarima, hablando con un hombre de pelo gris, estaba Ramiro Castro.

Lucía lo reconoció antes de que Xurxo lo señalara.

Lo había visto en fotos de las fiestas, en los carteles de Conservas Castro, en una placa conmemorativa en la entrada del polideportivo.

Pero era la primera vez que lo veía en persona desde que tenía diez años, y la impresión fue extraña, como ver a un actor de cine envejecido.

Era un hombre alto, todavía ancho de hombros a pesar de los sesenta y ocho años, con el pelo completamente blanco peinado hacia atrás, la cara picada de viejas cicatrices y unos ojos muy claros, casi transparentes, que se movían por la sala sin prisa, deteniéndose en cada cara un segundo, catalogándola, siguiendo adelante.

Llevaba un traje gris oscuro impecable y una corbata negra.

En la solapa, un pequeño broche dorado con la forma de un ancla.

—Don Ramiro —murmuró Xurxo, y Lucía notó en su voz algo que no era respeto exactamente. Era más antiguo que el respeto.

A su lado, a medio metro, como una sombra elegante, había un hombre más joven.

Cuarenta años, alto como su padre pero delgado, con un traje azul marino que le sentaba como un guante, el pelo negro corto, unas gafas sin montura y una sonrisa perfecta.

Hablaba con una señora mayor inclinándose hacia ella con una atención exquisita, como si lo que la señora le estaba contando fuera lo más interesante que había oído en su vida.

—Bieito Castro —dijo Xurxo—. El hijo. Abogado. Tiene un despacho en el Cantón Grande, en A Coruña. Lleva los asuntos legales de Seoane, de Porto Mandeo y de medio Betanzos. Estudió en Madrid y en Londres. Dice la gente que es el más listo de la familia.

Bieito levantó la vista en ese momento, por encima del hombro de la señora, y miró directamente a Lucía.

Fue solo un instante. Una mirada rápida, precisa, como la de alguien que comprueba la hora en un reloj.

Luego le sonrió, una sonrisa pequeña, cortés, de reconocimiento, y volvió a inclinarse hacia la señora.

Lucía sintió un escalofrío. Nunca había visto a aquel hombre. Y aquel hombre sabía perfectamente quién era ella.

Entonces se hizo un pequeño silencio en la sala y todo el mundo se volvió hacia la puerta.

Teresa Lema entró sonriendo.

Era una mujer de cuarenta y tantos años, alta, delgada, con el pelo rubio oscuro cortado a la altura de la mandíbula en una melena perfecta que no se movía al andar.

Llevaba un traje de chaqueta color crema, una blusa de seda azul, unos pendientes de perla y unos zapatos de tacón bajo que sonaban sobre la madera encerada con un ritmo seguro, sin prisa.

No era guapa en el sentido convencional; tenía la cara demasiado angulosa, la nariz demasiado recta, la boca demasiado fina.

Pero tenía algo mejor que la belleza: tenía presencia.

Cuando entraba en una sala, la sala se reorganizaba a su alrededor como las limaduras de hierro alrededor de un imán.

Detrás de ella, a dos pasos, venía un hombre de pelo canoso y gafas de pasta, con una carpeta bajo el brazo, y detrás de él un chófer con traje negro que se quedó en la puerta.

—Teresa Lema —dijo Xurxo—. Vicepresidenta de la Diputación. La que va a ser candidata a la Xunta, según dicen. Y el de detrás es su marido, Fernando Arnoso. Es consultor. Le hizo los estudios de viabilidad a Porto Mandeo.

—¿A Porto Mandeo? ¿El marido de la vicepresidenta que aprueba el proyecto le hace los estudios al promotor?

—Eso.

—¿Y eso es legal?

Xurxo se encogió de hombros con un gesto que abarcaba la sala entera, el pueblo entero, toda Galicia.

—Aquí todo es legal, sargento. Hasta que deja de serlo.

Teresa Lema subió a la tarima, saludó al alcalde con dos besos, estrechó la mano de Seoane, se acercó a Ramiro Castro y le cogió las dos manos entre las suyas con una intimidad que no pasó desapercibida a nadie, y luego, finalmente, se volvió hacia Bieito.

No le dio la mano. No le dio dos besos. Le hizo una leve inclinación de cabeza, casi imperceptible, y Bieito se la devolvió.

Fue todo. Un gesto mínimo, un cruce de miradas de medio segundo.

Lucía lo vio y lo guardó.

Los discursos duraron cuarenta minutos. El alcalde habló del futuro de la comarca, de los puestos de trabajo, del turismo náutico, de cómo Betanzos iba a volver a mirar a su ría como en los tiempos en que era una de las siete provincias del antiguo Reino de Galicia y sus barcos llegaban hasta Flandes.

Seoane habló de cifras: ochocientos amarres, doscientos empleos directos, un hotel de cuatro estrellas, una escuela de vela.

Dijo que la segunda fase empezaría en cuanto terminaran las mareas vivas de octubre, con el dragado de la dársena y del canal de acceso.

—Dragado —murmuró Lucía.

—Van a sacar toneladas de fango del fondo de la ría —susurró Xurxo—. Para que puedan entrar veleros grandes. Los mariscadores están en contra. Dicen que va a matar los bancos de almeja.

Teresa Lema habló la última y habló sin papeles.

Su voz era grave, cálida, con un acento gallego suave que se volvía más marcado cuando quería parecer cercana.

Habló de la Galicia que se moría, de los pueblos vacíos, de los jóvenes que se iban a Madrid o a Londres a servir copas.

Habló de su padre, marinero de Malpica, al que se había tragado el mar.

Habló de esperanza. Dijo que Porto Mandeo no era un puerto, era una apuesta por que los hijos de esta tierra no tuvieran que marcharse nunca más. La sala aplaudió de pie.

Lucía no aplaudió. Estaba mirando a una mujer de unos treinta y cinco años, pelo negro rizado recogido en un moño deshecho, gafas redondas y una chaqueta de pana marrón, que se había levantado en la tercera fila con la mano alzada.

—Sabela Rey, de El Eco de las Mariñas —dijo la mujer cuando el alcalde le dio la palabra, con la sonrisa forzada de quien preferiría no habérsela dado—.

Una pregunta para el señor Seoane. ¿Puede decirnos quiénes son los inversores que financian los ochenta millones del proyecto?

Porque en el Registro Mercantil la principal accionista de Porto Mandeo S.L.

es una sociedad portuguesa que se llama Atlântica Mar Lda.

, con sede en Oporto, que fue constituida hace dieciocho meses con un capital social de cinco mil euros.

Y me gustaría saber cómo una empresa con cinco mil euros de capital pone ochenta millones en un puerto deportivo.

Hubo un silencio incómodo. Seoane se puso todavía más rojo. Abrió la boca, la cerró, miró hacia la mesa.

Bieito Castro se levantó con calma.

—Si me permite —dijo, con su sonrisa perfecta—.

Como asesor jurídico del proyecto, puedo responder yo.

Atlântica Mar es una sociedad instrumental de un fondo de inversión con capital europeo y latinoamericano especializado en infraestructuras portuarias.

Toda la documentación está depositada en el Registro y en la Diputación y ha sido revisada por los servicios técnicos competentes.

Si la señora Rey quiere, puede pasar por mi despacho cualquier día y tendré mucho gusto en enseñarle los papeles.

—Hizo una pausa exacta—. Aunque entiendo que el periodismo de investigación a veces prefiere las preguntas a las respuestas.

Algunas risas en la sala. Sabela Rey se quedó de pie un segundo más, con la cara encendida, y luego se sentó.

Teresa Lema sonrió desde la tarima con benevolencia, como una madre que perdona a una niña traviesa.

—Muchas gracias a todos —dijo—. Y ahora, por favor, tomemos un vino. Que es viernes, y en Betanzos los viernes son sagrados.

Más risas. Aplausos. La gente se levantó, los camareros volvieron a circular, el murmullo de la sala subió como sube el agua en la ría.

Lucía se abrió paso entre la gente hacia la tercera fila. Sabela Rey estaba recogiendo su bolso y su grabadora con movimientos bruscos, furiosos.

—Señora Rey.

La periodista levantó la vista. Miró a Lucía, miró a Xurxo, miró la placa que Lucía había dejado ver al abrirse la chaqueta.

—¿Viene a detenerme por hacer preguntas?

—Vengo a invitarla a un café —dijo Lucía—. Fuera de aquí. Tengo algunas preguntas yo también. Y creo que usted tiene algunas respuestas.

Sabela la miró de arriba abajo con los ojos entornados detrás de las gafas redondas.

—Usted es la hija de Anselmo el del Peirao —dijo—. La que volvió de Madrid.

—La misma.

—Ayer vi que levantaron el cuerpo de Iago Souto. —La periodista bajó la voz—. ¿Sabe que Iago me llamó hace diez días? Quería que le enseñara un artículo que escribí en 2019. Sobre su tío.

Lucía notó el cosquilleo en la nuca, tan fuerte que casi le dolió.

—Ese café —dijo—. Ahora.

Al salir de la sala, al pasar junto a la tarima, notó una mirada clavada en la espalda.

Se volvió. Ramiro Castro la estaba mirando desde el otro extremo del salón, con una copa de albariño en la mano, sin sonreír.

Sus ojos claros se detuvieron en ella un segundo, dos, tres, mucho más de lo que se habían detenido en ninguna otra cara.

Luego Ramiro levantó la copa hacia ella, muy despacio, en un brindis silencioso.

Y bebió.