La última pleamar (El secreto de la ría 1) 6. La forense y la marea
15%

6. La forense y la marea

El Instituto de Medicina Legal de Galicia, en A Coruña, ocupaba un edificio gris y anodino junto a la Ciudad de la Justicia, con un aparcamiento de grava, unos setos recortados con escuadra y unas ventanas que nadie abría nunca.

La sala de autopsias estaba en el sótano.

Olía a formol, a desinfectante y, por debajo de todo, a ese olor dulzón que ningún desinfectante del mundo consigue borrar.

La doctora Castiñeira la esperaba en el despacho contiguo, con dos cafés de máquina sobre la mesa y las gafas rojas subidas en la cabeza.

—Siéntese, sargento. No le voy a enseñar el cuerpo, no hace falta. Le voy a contar lo que dice.

Lucía se sentó.

—Causa de la muerte: traumatismo craneoencefálico.

Un golpe en la región temporal izquierda con un objeto romo, alargado, de sección más o menos circular y unos cuatro centímetros de diámetro.

Algo como un tubo, una barra, el mango de una herramienta.

Fractura de la bóveda craneal con hundimiento.

—Castiñeira hablaba deprisa, sin mirar los papeles que tenía delante—.

No hay agua en los pulmones. Ni en el estómago.

Este chico no respiraba cuando entró en la ría.

Lo mataron en tierra o en un barco, lo ataron después, y lo tiraron.

—¿Lo ataron después de muerto?

—Las marcas de las muñecas tienen reacción vital, pero muy poca.

Diría que lo ataron cuando estaba inconsciente o agonizando, y que murió poco después.

Los forcejeos que vio usted en el muelle no son forcejeos, son espasmos.

—La forense se quitó las gafas de la cabeza y las dejó sobre la mesa—. Lo siento. Sé que no ayuda.

—Ayuda. ¿Hora de la muerte?

—Con el agua fría es un infierno calcularlo, pero cruzando rigidez, temperatura y contenido gástrico… entre las dos y las cuatro de la madrugada. Cenó tarde: bocadillo de tortilla y una lata de refresco de cola, hacia las once.

Lucía anotó. Entre 2 y 4. La bajamar había sido a las dos y seis. Desde entonces, el agua había estado subiendo, llenando la ría, corriendo tierra adentro.

—Hay algo más —dijo Castiñeira—. Tenía restos bajo las uñas.

Poco, porque el agua lo lava todo, pero algo hay.

Fibras azules, sintéticas. Y escamas. Escamas de pescado, o más bien restos de concha.

Carbonato cálcico, mucho. Y en el pelo, además de las algas de la ría, tenía arena muy fina y algo raro: cristales pequeños de un compuesto blanco.

Lo he mandado a analizar. Mi apuesta es sal.

Sal gruesa, de la que se usa en la industria.

—¿Sal?

—Sal. O hielo con sal. Lo sabré en unos días.

Lucía se quedó mirando la libreta. Fibras azules. Restos de concha. Sal industrial. Pensó en la nave blanca de la orilla sur, en la rampa de hormigón, en el camión frigorífico.

—¿Y el nudo, doctora?

Castiñeira no contestó enseguida. Se levantó, abrió un armario metálico y sacó una bolsa de pruebas grande, transparente. Dentro estaba el cabo naranja, cortado por encima de las muñecas, con el remate intacto. Lo puso sobre la mesa entre las dos.

—Mi padre era patrón de bajura en Pontedeume —dijo—.

Cuarenta años en el mar. Sabía hacer todos los nudos que hay que saber y algunos más.

Cuando yo era pequeña, me enseñaba nudos en la cocina para entretenerme los días de lluvia.

As de guía, ballestrinque, nudo de pescador, cote, vuelta de escota. Este no me lo enseñó nunca.

—Pero lo conoce.

—Lo conozco. —La forense se sentó otra vez y se quedó mirando la bolsa—.

Una noche, en el invierno del 93 o del 94, mi padre llegó a casa muy tarde, mojado, con las manos cortadas.

Mi madre le preguntó dónde había estado y él no contestó.

Al día siguiente encontré en el bolsillo de su chaquetón un trozo de cabo con este remate.

Le pregunté qué nudo era. Me lo quitó de la mano, lo tiró a la cocina de leña y me dijo que no volviera a preguntarle nunca por ese nudo.

Nunca. —Castiñeira levantó la vista—. Mi padre murió en 2011.

Nunca volví a preguntarle. Pero años después, en una guardia, me tocó hacer la autopsia de un hombre de Cambados que apareció flotando en la ría de Arousa.

Llevaba un fardo atado a la cintura con este mismo nudo.

—¿Un fardo de qué?

—De lo que usted se imagina.

Lucía no dijo nada. Se acordó de su infancia: los hombres en la barra del bar de su padre, el humo, las voces bajas, las persianas que se cerraban de golpe cuando pasaba un coche verde por la Ribeira.

Se acordó de una noche de octubre en que se despertó con ruido de motores en la ría y se asomó a la ventana y vio luces moviéndose sobre el agua, y su madre la apartó de la ventana y le dijo que no mirara, que eran barcos de pesca.

—Es el nudo de los narcos —dijo Lucía.

—Es el nudo de unos narcos concretos —corrigió la forense—.

No todos lo usaban. En Arousa cada clan tenía sus costumbres, sus marcas.

Este era el de la gente de esta ría. O eso dicen los viejos que todavía hablan, que son pocos.

—Se puso las gafas—. Sargento, quien ató a ese chico sabía hacer este nudo.

Y quien sabe hacer este nudo aprendió de alguien que estaba en el negocio hace treinta años. O quiere que pensemos eso.

—¿Por qué querría alguien que pensáramos eso?

Castiñeira se encogió de hombros.

—Eso ya es trabajo suyo, no mío. Yo solo le digo lo que dicen los muertos.

* * *

Lucía volvió a Betanzos por la carretera de la costa, la que bordea la ría por la orilla de Sada, y aparcó en un mirador sobre los acantilados de Fontán.

Desde allí se veía casi toda la ría: la boca abierta al golfo, los puertos de Sada y de Miño frente a frente como dos perros que se vigilan, las grúas amarillas de Porto Mandeo, y al fondo, en el embudo final donde la ría se estrecha y se convierte en río, los tejados de Betanzos subiendo por la colina.

Sacó del bolsillo del chaquetón un papel doblado. Era una tabla de mareas que había impreso esa mañana en el cuartel, de la página de Puertos del Estado, con las horas y las alturas de todo septiembre y octubre. La desplegó sobre el volante.

Noche del 30 de septiembre al 1 de octubre. Pleamar a las 20:08, altura 3,51 metros. Bajamar a las 02:06, altura 1,12 metros. Pleamar a las 08:31, altura 3,62 metros.

Si a Iago lo habían matado entre las dos y las cuatro y lo habían echado al agua poco después, la marea acababa de girar y empezaba a subir.

Con la ría llenándose, un cuerpo echado al agua junto a la depuradora podía subir hacia Betanzos con la corriente entrante.

Eso cuadraba. Lo que no cuadraba era dónde lo habían encontrado.

El cuerpo de Iago estaba dos peldaños por encima del agua. Con la marea subiendo. Y el agua que sube no deja nada por encima de su propia línea: lo que trae, lo deja flotando o en la orilla, nunca en seco.

Lucía se quedó mirando la tabla.

O la tabla estaba mal, o el cuerpo no había llegado a la escalera arrastrado por el agua.

Alguien lo había llevado allí. Alguien lo había dejado en la escalera del muelle viejo, a cincuenta metros de la casa de Lucía, debajo del antiguo bar de su padre, a la vista de la Ponte Vella y de todos los viejos del pueblo, por encima del agua, para que la marea no se lo llevara antes de que amaneciera.

No era un cuerpo que la ría había devuelto.

Era un cuerpo que alguien había puesto allí para que lo vieran.

Lucía sacó el móvil, abrió la foto de la carta náutica de Iago y la amplió sobre la cruz roja de la desembocadura, la que coincidía exactamente con la escalera del muelle.

Luego la otra cruz, la de la orilla sur, junto al rectángulo que Xurxo había identificado como la depuradora.

Luego la línea fina que bajaba pegada a la orilla norte con la palabra Morto?

Iago había marcado en su carta el lugar exacto donde iba a aparecer su cadáver.

O no. Iago había marcado un lugar que le importaba, por alguna razón, y alguien que conocía esa carta, o que sabía lo que Iago estaba buscando, había decidido dejarlo precisamente allí.

Como una firma. Como un aviso.

Lucía arrancó el coche. Tenía una llave en el bolsillo y una taquilla que abrir.