La última pleamar (El secreto de la ría 1) 5. Martín
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5. Martín

Porto Mandeo no era todavía un puerto. Era una promesa de puerto, una maqueta de cristal expuesta en el vestíbulo del ayuntamiento, un cartel gigante en la carretera de Miño con una foto retocada de veleros blancos sobre agua turquesa y una frase en letras doradas: El futuro de la ría empieza aquí.

Y era, sobre todo, una obra. Diez hectáreas de orilla removida, terraplenes de piedra, grúas, excavadoras, montañas de arena gris cubiertas con lonas negras que el viento levantaba como alas, y una hilera de casetas prefabricadas junto a los tres únicos pantalanes terminados, donde ya amarraban una docena de embarcaciones de recreo con nombres de mujer.

Xurxo se había quedado en el cuartel peleándose con el juzgado por los autos de las telefonías. Lucía lo había preferido así. No sabía muy bien por qué. O lo sabía y no quería decírselo a sí misma.

Encontró a Martín en el último pantalán, de rodillas sobre la cubierta de una lancha neumática gris, cambiando un manguito del motor con las manos negras de grasa.

Llevaba la misma chaqueta impermeable del día anterior y unas gafas de sol subidas en la cabeza.

A su lado, sentada en el borde del pantalán con las piernas colgando sobre el agua, una niña de once o doce años leía un libro con las tapas mojadas.

Tenía el pelo castaño recogido en dos trenzas y la nariz llena de pecas.

—Buenos días —dijo Lucía.

Martín levantó la cabeza. La niña también.

—Uxía —dijo Martín, sin dejar de mirar a Lucía—, ve a la caseta y dile a Paco que te dé un Cola Cao.

—Ya me he tomado uno.

—Pues tómate otro.

La niña puso los ojos en blanco con esa exasperación absoluta que solo tienen las niñas de once años, cerró el libro y se levantó.

Al pasar junto a Lucía la miró de arriba abajo, el chaquetón, las botas, el bulto de la pistola bajo el jersey, y Lucía vio que lo registraba todo, igual que lo habría registrado ella a su edad.

—Es guardia civil —le dijo Uxía a su padre, por encima del hombro, como si le estuviera dando una noticia.

—Ya lo sé, hija.

—¿Viene por lo de Iago?

Martín no contestó. La niña se quedó un segundo quieta en el pantalán, y Lucía vio cómo le temblaba la barbilla, solo un poco, antes de darse la vuelta y echar a correr hacia las casetas.

—Iago la enseñaba a remar —dijo Martín, en voz baja, cuando la niña ya no podía oírles—. Los domingos. La llevaba en el bote del club y la dejaba remar hasta la Ponte Vella. Ella pensaba que era el chico más guapo del mundo.

Se limpió las manos con un trapo, despacio, dedo a dedo. Luego saltó al pantalán y se quedó de pie frente a ella. Era más alto de lo que recordaba, o ella se había encogido. Olía a gasóleo y a sal.

—Lucía.

—Martín.

—No sabía que habías vuelto. O sí, lo sabía. Me lo dijeron en la panadería. Pero pensé que no…

—Que no me iba a quedar.

—Que no ibas a querer verme.

Ella no contestó a eso. Sacó la libreta del bolsillo, la abrió, la miró sin ver nada, la volvió a cerrar.

—Necesito hacerte unas preguntas sobre Iago. Formalmente. Podemos hacerlo aquí o en el cuartel.

—Aquí está bien.

Caminaron por el pantalán hacia el final, donde ya no había barcos amarrados y la estructura de hormigón se adentraba en la ría como un dedo señalando la boca.

Desde allí se veía toda la anchura del agua: a la izquierda, la orilla de Sada con sus casas blancas escalonadas; a la derecha, la de Miño y los pinares de Perbes; al fondo, hacia el sur, la desembocadura del Mandeo y los tejados de Betanzos subiendo por la colina, la torre de Santa María, las chimeneas.

La marea estaba subiendo. El agua tenía el color del acero.

—¿Desde cuándo trabajaba Iago para ti?

—Desde la primavera del año pasado. Yo soy director de operaciones náuticas, que es un nombre muy bonito para decir que me encargo de los pantalanes, de los amarres, de las embarcaciones de servicio, del mantenimiento.

Necesitaba un chico que supiera de barcos y que no tuviera miedo a mojarse.

Iago remaba desde los doce años. Sabía más de la ría que yo.

—¿Era buen trabajador?

—El mejor que he tenido. —Martín miró el agua—. Puntual. Callado. Hacía lo que le decías y más. Los sábados se quedaba hasta las tantas ayudando a los de los barcos de vela a montar los mástiles. Nunca me pidió un euro de más.

—¿Tenía problemas? ¿Deudas, drogas, algún enemigo?

—No. —Lo dijo rápido, con firmeza—. Iago no tocaba nada. Ni porros. Remaba en competición, Lucía. Le hacían controles. No bebía más que una cerveza los sábados.

—Antes de ayer, ¿a qué hora se fue?

—A las diez, ya te lo dije. Cerró la caseta, me dejó las llaves en la oficina y se fue en su bici.

—¿Bici?

—Iba en bici a todas partes. Una de montaña, roja.

Lucía lo anotó. No habían encontrado ninguna bicicleta.

—¿Te comentó algo esa noche? ¿Estaba nervioso, preocupado?

Martín tardó en contestar. Lucía levantó la vista de la libreta y lo esperó.

Conocía aquel silencio. Lo había conocido a los diecisiete años, en este mismo pueblo, cuando le preguntaba a Martín si de verdad iba a esperarla mientras ella estaba en la academia de Baeza, y él tardaba un segundo de más en contestar que sí.

—Llevaba unas semanas raro —dijo al fin—.

Me pidió turnos de noche. Decía que le venía bien para estudiar el curso de patrón, que de día no tenía tiempo.

Yo le dije que sí, que alguien tenía que vigilar los pantalanes de noche de todos modos, que hay robos de motores.

Se quedaba algunas noches hasta las dos o las tres.

—¿Qué noches?

—No me acuerdo exactamente.

—Martín.

—Las noches de marea grande. —Él la miró por fin a los ojos—. Me di cuenta después. Siempre pedía las noches de marea grande.

Lucía sintió el cosquilleo en la nuca.

—¿Y no le preguntaste por qué?

—No. —Martín volvió a mirar el agua—. Aquí no se pregunta mucho, Lucía. Ya lo sabes. Tú también naciste aquí.

Ella sacó la bolsa de pruebas del bolsillo y se la puso delante. La llave plateada, la etiqueta roja, las letras negras: D-4.

—Ayer viste esto en la escalera del muelle y supiste lo que era. No me digas que no, porque te vi la cara.

Martín miró la llave durante un largo rato. Un barco de pesca pasó por el centro de la ría, río arriba, levantando una estela que vino a romper contra el pantalán y lo hizo oscilar bajo sus pies.

—Es de una taquilla del club de remo —dijo—. Del vestuario de hombres. El club tiene taquillas numeradas por filas. La fila D es la del fondo, la de los veteranos y los que compiten. Iago tenía la 4.

—¿Y por qué no me lo dijiste ayer?

—Porque estaba allí tu cabo.

Lucía se quedó quieta.

—¿Qué tiene que ver Xurxo?

Martín se pasó la mano por la cara, dejándose una mancha de grasa en la mejilla. Parecía cansado, mucho más cansado que el día anterior, como si no hubiera dormido nada.

—No tengo nada contra el chaval —dijo—. Me parece buen chaval. Pero es un Mosquera, Lucía. Y su primo Toño es el encargado de la depuradora. E Iago… —Se calló.

—Iago, ¿qué?

—Iago tenía algo con la depuradora. No sé qué. Un día, hace un mes, lo vi en la punta del pantalán, como esta, a las tres de la mañana, mirando hacia la orilla sur con unos prismáticos. Le pregunté qué hacía y me dijo que miraba las estrellas. No había estrellas, Lucía. Había niebla.

—¿Y qué hay en la orilla sur, frente a este pantalán?

Martín levantó el brazo y señaló. Lucía siguió la dirección de su dedo.

Al otro lado del agua, a un kilómetro largo, entre los eucaliptos y la marisma, había una nave industrial blanca, de tejado gris, con una rampa de hormigón que bajaba directamente hasta la ría y un pequeño muelle de madera.

Un camión frigorífico estaba aparcado junto a la puerta.

En el lateral de la nave, en letras azules, se leía: DEPURADORA brAÑAS.

—Desde aquí ves todo lo que entra y sale de esa rampa —dijo Martín—. Si miras de noche, claro. Y si tienes motivos para mirar.

Lucía guardó la llave en el bolsillo.

—¿Tú tienes motivos para mirar, Martín?

Él dejó caer el brazo. La miró con aquellos ojos grises y cansados, y por un momento Lucía pensó que iba a decir algo, algo importante, algo que le pesaba. Abrió la boca.

—¡Papá! —La voz de Uxía llegó desde las casetas, aguda, impaciente—. ¡Paco dice que vengas, que te llama el señor Seoane por teléfono!

Martín cerró la boca. Se volvió hacia su hija, levantó una mano.

—¡Ya voy!

Luego miró a Lucía otra vez, y lo que fuera que iba a decir ya no estaba en su cara.

—El jefe —dijo, con una sonrisa sin humor—. Hay que trabajar.

—Martín.

—Si necesitas algo más, ya sabes dónde estoy. Estoy siempre aquí.

Echó a andar por el pantalán hacia las casetas, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la cabeza un poco gacha, y Lucía se quedó mirando cómo se alejaba. Pensó que caminaba igual que a los diecisiete años. Pensó que había mentido en algo, aunque no sabía en qué.

Y pensó, con una claridad que la molestó, que todavía le gustaba cómo caminaba.