4. Ramiro
Se sentaba siempre en el mismo sitio, en la mesa del fondo, junto a la ventana que daba a la ría, de espaldas a la pared.
Pedía un café con una gota de orujo y un vaso de agua.
No fumaba; había dejado de fumar a los treinta años, cuando un médico de A Coruña le dijo que tenía los pulmones de un minero, y desde entonces miraba a los fumadores con una especie de lástima tranquila.
Leía La Voz de Galicia de la primera a la última página, despacio, sin saltarse nada, y cuando terminaba doblaba el periódico en cuatro y lo dejaba sobre la mesa para que lo leyera el siguiente.
No hablaba de negocios en el bar. Nunca.
Hablaba del tiempo, del Deportivo, de la cosecha de vino en la parroquia de Tiobre, de las fiestas.
Los negocios se hacían en otro sitio: en el almacén, en los coches, en las casas de la orilla con las persianas bajadas.
Pero el bar era donde Ramiro escuchaba. Donde se enteraba de quién tenía deudas, de quién se había peleado con su mujer, de quién había comprado un coche nuevo sin poder pagarlo, de qué guardia civil bebía demasiado y qué patrón de la Cofradía necesitaba dinero para operar a su madre en Santiago.
Anselmo le servía el café y le contaba, en voz baja, lo que había oído.
A cambio, a principios de cada mes, aparecía un sobre en el cajón de la caja registradora.
Nunca se hablaba del sobre. Simplemente aparecía.
Aquel agosto, Ramiro empezó a fijarse en el chaval de los Pena.
Andrés tenía diecinueve años y no hacía nada.
Había dejado el instituto en segundo de BUP, había trabajado un verano en una obra de Arteixo y otro en el puerto de A Coruña descargando pescado, y desde la primavera se pasaba las tardes en el bar jugando a las máquinas tragaperras con el dinero que le daba su hermana.
Era alto, flaco, con el pelo largo hasta los hombros, una chaqueta vaquera con parches de grupos de rock y una sonrisa torcida que se le quedaba colgada de un lado de la boca cuando algo le hacía gracia.
Hablaba demasiado. Fanfarroneaba. Contaba que iba a irse a Londres, a Ámsterdam, a Brasil.
Los hombres de la barra se reían de él con cariño, como se ríe uno de un perro joven que ladra a las olas.
Ramiro no se reía. Lo miraba desde su mesa del fondo, por encima del periódico, con sus ojos claros como el cristal.
Un martes de finales de agosto, Ramiro dobló el periódico en cuatro, lo dejó sobre la mesa y le hizo una señal a Anselmo con dos dedos. Anselmo se acercó secándose las manos en el trapo.
—Ese chaval —dijo Ramiro, sin mirar a Andrés, que estaba en la máquina del fondo maldiciendo en voz alta—. El de los Pena.
—Andrés.
—¿Qué tal es?
Anselmo se encogió de hombros.
—Buen chaval. Habla mucho. No tiene dónde caerse muerto.
—¿Tiene carné de barco?
—No creo. Su padre tenía una lancha de marisqueo. La vendió cuando enfermó.
Ramiro asintió despacio. Bebió un sorbo de agua. Miró por la ventana hacia la ría, donde el sol de la tarde se hundía detrás de los montes de la orilla de Sada y convertía el agua en una lámina de cobre.
—Los chavales que hablan mucho son peligrosos —dijo—. Pero los chavales que no tienen dónde caerse muertos son útiles. Y a veces un chaval que habla mucho, si le das algo que guardar, aprende a callar. —Se volvió hacia Anselmo—. Dile que venga mañana al almacén. A las seis. Que pregunte por Lito.
Anselmo se quedó quieto un momento con el trapo en la mano.
—Ramiro. Es un crío.
—Tiene diecinueve años. Yo a los diecinueve ya pasaba tabaco de Portugal en una dorna de remos. —Ramiro sonrió, una sonrisa amable, paciente, casi paternal—. Tú díselo, Anselmo. De lo demás me encargo yo.
Anselmo se lo dijo.
Se lo dijo esa misma noche, al cerrar, cuando Andrés fue el último en salir y se quedó un momento en la puerta encendiendo un cigarro. Le dijo que Ramiro Castro quería verle al día siguiente en el almacén de sal. Que preguntara por Lito Cancela. Que se pusiera ropa de trabajo.
Andrés le miró con los ojos muy abiertos, con la boca entreabierta, con una expresión de alegría tan pura, tan infantil, que a Anselmo se le encogió algo dentro del pecho.
—¿En serio? ¿Ramiro Castro? ¿A mí?
—Eso dijo.
—¡Carajo! —Andrés le dio un abrazo, un abrazo torpe, de oso, que olía a tabaco y a colonia barata—. Gracias, Anselmo. Gracias. No lo voy a olvidar nunca.
Echó a correr calle arriba, hacia la Magdalena, saltando, golpeando con la mano las persianas cerradas de los comercios como un niño que vuelve del colegio el último día de curso.
Anselmo se quedó en la puerta del bar mirando cómo se alejaba. Detrás de él, en el taburete del fondo de la barra, su hija Lucía levantó la vista del cuaderno de matemáticas.
—Papá, ¿por qué estaba tan contento Andrés?
Anselmo tardó en contestar.
—Porque le ha salido un trabajo.
—¿De qué?
—De marinero.
Lucía volvió a bajar la vista al cuaderno. Tenía diez años y estaba haciendo divisiones con decimales, y le salían mal, y lo único que le preocupaba en el mundo era que la profesora le pusiera otra vez un cero en rojo.
Anselmo bajó la persiana.
Aquella noche no durmió. Se quedó despierto al lado de Rosa, mirando el techo, escuchando la ría subir por los muros de la Ribeira y bajar otra vez, subir y bajar, y se repitió muchas veces que escuchar no era delito, que contar no era delito, que decirle a un chaval que fuera a un almacén a preguntar por alguien no era delito.
Al amanecer ya no se lo creía. Pero para entonces Andrés ya había salido de casa con su ropa de trabajo, sonriendo, camino del almacén de sal.