La última pleamar (El secreto de la ría 1) 3. Anselmo
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3. Anselmo

Volvió a casa a las dos de la tarde, con el estómago vacío y la cabeza llena de agua.

La mañana había sido larga. El juez de guardia, un hombre joven y nervioso que llevaba dos meses en el juzgado de Betanzos, había ordenado el levantamiento del cadáver a las nueve y media, con el agua ya subiendo por la escalera del muelle y los de Criminalística recogiendo muestras de fango a toda prisa.

Carmen había identificado a su hijo en el tanatorio, sola, sin dejar que nadie la cogiera del brazo.

Después Lucía había pasado dos horas en el cuartel redactando el atestado, pidiendo autorizaciones, hablando por teléfono con la Comandancia, y a las doce había recibido una llamada del comandante Ferrín, que le había preguntado con su voz tranquila de siempre si necesitaba refuerzos, si quería que le mandaran a alguien de la Unidad Orgánica de A Coruña, y le había dicho que no se preocupara, que seguramente era un asunto de chavales, alguna deuda, algún lío de drogas, que no se volviera loca.

Lucía le había dicho que no se volvía loca.

Ferrín se había reído y le había dicho que la quería entera para el lunes.

Ahora abrió la puerta de casa y el olor a caldo le dio en la cara como un abrazo.

—¿Papá?

—En la cocina.

Anselmo Varela estaba de pie junto a los fogones, con un delantal de su mujer muerta atado a la cintura y una cuchara de madera en la mano, removiendo una olla de caldo gallego que olía a grelos y a unto.

Llevaba una camisa de cuadros abrochada hasta arriba, unos pantalones de pana con los bajos manchados de tierra de la huerta y unas zapatillas de casa con la suela despegada.

Tenía setenta y siete años, el pelo blanco peinado hacia atrás con agua, la nariz grande y roja de los hombres que han pasado la vida detrás de una barra, y unas manos enormes, nudosas, que todavía le temblaban muy poco al sostener la cuchara.

Los días buenos era su padre. Los días malos era un señor amable que la llamaba Rosa, como su madre, y le preguntaba a qué hora volvía Lucía del colegio.

—He hecho caldo —dijo—. Hace frío.

—Huele de maravilla.

—¿Dónde has estado? Saliste muy temprano.

Era un día bueno. Lucía se dejó caer en una silla de la cocina, se quitó las botas con los pies y estiró las piernas bajo la mesa.

—Han encontrado muerto al hijo de Carmen Pena —dijo—. Iago. En la Ribeira, debajo del muelle viejo.

La cuchara se detuvo dentro de la olla.

Anselmo no se dio la vuelta. Se quedó de espaldas a ella, con la mano quieta sobre el caldo, y Lucía vio cómo los hombros de su padre se tensaban bajo la camisa de cuadros, primero, y luego se hundían, muy despacio, como se deshincha una vela cuando cae el viento.

—Ese chico —dijo—. El niño de Carmen.

—Sí.

—¿Ahogado?

—Le pegaron un golpe en la cabeza. Y le ataron las manos a la espalda. Luego lo tiraron al agua.

Ahora sí se dio la vuelta. Anselmo la miró con los ojos muy abiertos, unos ojos azules, aguados, que se habían ido apagando con los años pero que en ese momento tenían algo de su antigua dureza, de cuando ella era una niña y él echaba a los borrachos del bar cogiéndolos del cuello de la chaqueta.

—¿Con qué le ataron las manos?

La pregunta la pilló por sorpresa.

—Con un cabo. Un cabo de barco, naranja. Con un nudo raro. Ni yo ni Xurxo sabíamos qué nudo era. La forense parece que sí. —Lucía hizo una pausa—. ¿Por qué lo preguntas?

Anselmo no contestó. Se volvió otra vez hacia la olla y empezó a remover, más deprisa, con movimientos bruscos que salpicaban el caldo contra los azulejos.

—Papá.

—No sé nada de nudos.

—No te he preguntado si sabías algo de nudos.

—Pues no sé nada.

Lucía se levantó, se acercó a él y le puso una mano en la espalda. Notó a través de la camisa el temblor de los músculos, un temblor que no era el de los años.

—Papá, Carmen me ha dicho que Iago estaba preguntando por su tío. Por Andrés Pena. El que desapareció en el 94. Me ha dicho que Andrés iba mucho por el bar. Que andaba con Ramiro Castro.

La cuchara cayó dentro de la olla.

Anselmo apoyó las dos manos en el borde de la encimera y bajó la cabeza.

Durante un largo rato no dijo nada, y Lucía oyó el burbujeo del caldo, el tic del reloj del pasillo, una gaviota chillando sobre el tejado.

Cuando su padre habló, lo hizo en voz muy baja, sin levantar la vista, y con una voz que Lucía no le había oído nunca: una voz de viejo, rota, llena de grietas.

—La marea no devuelve a nadie —dijo.

—Papá…

—La marea no devuelve a nadie, Lucía. Eso decíamos.

Eso teníamos que decir. —Levantó la cabeza y la miró, y en los ojos de su padre Lucía vio algo que la asustó más que el cadáver de la mañana: vio miedo.

Un miedo viejo, sedimentado, como el fango del fondo de la ría—.

Aquella pleamar fue la más grande que he visto en mi vida.

Subió hasta el cementerio de Santa María.

Se llevó las flores. Y se llevó al chaval.

—¿Qué chaval? ¿Andrés?

Pero los ojos de su padre ya se estaban yendo.

Lucía lo vio ocurrir, como lo había visto ocurrir decenas de veces en los últimos meses: una especie de velo que bajaba sobre su mirada, una niebla que subía desde algún sitio de dentro y lo cubría todo.

Anselmo parpadeó. Miró la olla. Miró el delantal que llevaba puesto como si no supiera de dónde había salido.

—¿Dónde está tu madre? —preguntó—. ¿Todavía no ha vuelto de la plaza?

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Ahora viene, papá —dijo—. Siéntate. Ya termino yo el caldo.

Comieron en silencio. Anselmo comió poco y despacio, y a mitad del plato se quedó dormido en la silla con la barbilla sobre el pecho.

Lucía lo llevó a la cama, le quitó las zapatillas, le tapó con la manta de cuadros.

Él murmuró algo en sueños que ella no entendió, algo que sonaba a un nombre, y se dio la vuelta hacia la pared.

Lucía fregó los platos, se hizo un café y salió al pequeño patio trasero de la casa, donde su madre había tenido geranios y ahora solo había macetas vacías y una mesa de hierro oxidada.

Se sentó. Desde allí, por encima del muro, se veía un trozo de ría y la silueta de las grúas de Porto Mandeo, al fondo, junto a la boca, entre la neblina de la tarde.

Pensó en Nelson.

No quería pensar en él, pero pensó. Pensaba en él siempre que algo le olía mal, como si su cabeza hubiera asociado para siempre esa sensación con la cara de aquel hombre.

Nelson Brito, venezolano, cuarenta y tres años, ex contable de una pesquera de Caracas que blanqueaba dinero de la cocaína a través de importaciones de pescado congelado a Europa.

Lucía lo había captado como confidente en 2022, en un bar de la calle Bravo Murillo, después de seis meses siguiéndole la pista.

Nelson tenía miedo, tenía una mujer y dos hijas pequeñas en un piso de Usera, tenía deudas con quien no debía tenerlas, y quería salir.

Durante año y medio le había pasado información: nombres, sociedades, cargamentos, rutas, fechas.

Gracias a él la UCO había desmantelado dos redes en Algeciras y Vigo.

Lucía le había prometido protección. Le había prometido que nadie sabría nunca su nombre.

En marzo de 2024, Nelson la llamó una noche, nervioso, para decirle que tenía algo grande.

Algo sobre un contacto en España, alguien de dentro, alguien con placa.

Quedaron para el día siguiente en un sitio seguro.

Lucía informó a su jefe, como estaba obligada a hacer.

Su jefe informó a quien tuviera que informar.

A Nelson lo mataron esa misma noche en el portal de su casa en Usera, cuando bajó a tirar la basura. Dos tiros en el pecho, uno en la cabeza. Su mujer lo encontró en la acera.

La investigación interna duró ocho meses.

Nadie encontró la filtración. Alguien tenía que pagar, y como Lucía era la única que había tratado directamente con Nelson y había incumplido dos veces el protocolo de reuniones, el expediente cayó sobre ella.

No la expulsaron. No había pruebas. Pero la apartaron de la investigación, le quitaron los casos, la dejaron sentada en un despacho de Guzmán el Bueno revisando atestados de otros, y cuando pidió el traslado, el comandante Ferrín —que entonces era su jefe directo y que había sido el primero en defenderla— movió los hilos para que se lo dieran.

Lucía le había estado agradecida durante dos años.

Le seguía estando agradecida. Pero aquella mañana, por teléfono, Ferrín le había dicho que seguramente era un asunto de chavales. Antes de que ella le contara nada del nudo, de la herida, de la carta náutica. Antes de que nadie supiera nada.

Lucía dejó la taza de café sobre la mesa oxidada y se dio cuenta de que tenía ganas de fumar. Unas ganas físicas, en la boca y en los dedos, que no sentía desde hacía meses.

No fumó.

Sacó el móvil y abrió la foto de la carta náutica de Iago. Amplió la lista de fechas. 27/10 – 04:49 – 4,08 m !!!

Faltaban veintiséis días.