La última pleamar (El secreto de la ría 1) 2. Carmen
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2. Carmen

La casa de Carmen Pena estaba en la parte alta del barrio de la Magdalena, en una calle tan empinada que los coches aparcaban con las ruedas giradas contra el bordillo.

Era una casa de dos plantas, estrecha, con la fachada de azulejo verde agrietado y una higuera en el patio que había crecido hasta tapar la ventana de la cocina.

En el muro de la entrada, colgadas de un clavo, había unas botas de goma negras todavía mojadas, un rastrillo de mango corto y una cesta de mimbre forrada de plástico.

Lucía se quedó un momento mirando las botas antes de llamar.

Había hecho aquello muchas veces. En Madrid lo hacía con un psicólogo del cuerpo al lado y un coche patrulla en la esquina, y había aprendido a decir las palabras exactas, sin adornos, porque los adornos no ayudan a nadie y solo retrasan el golpe.

Pero en Madrid las puertas eran de desconocidos.

Aquí, la mujer que iba a abrir la había visto crecer.

Había comprado almejas a su madre en la plaza los domingos.

Había bajado a la ría con ella en las mareas de agosto cuando Lucía tenía ocho años y Carmen veinte, y le había enseñado a encontrar los berberechos por los agujeritos que dejan en la arena, dos ojos pequeños que respiran.

Xurxo, a su lado, se quitó la gorra y la sostuvo con las dos manos.

—Si quieres, hablo yo.

—No. Esto me toca a mí.

Llamó.

Carmen tardó en abrir. Cuando lo hizo, llevaba puesta una bata de cuadros encima del jersey de faena y tenía el pelo gris recogido de cualquier manera en una pinza.

Era una mujer baja, ancha de caderas, con las manos rojas y agrietadas de cuarenta años de agua salada y una cara que había sido muy guapa y ahora era sobre todo cansada.

Miró a Lucía. Miró a Xurxo con la gorra en la mano.

Miró el todoterreno verde y blanco aparcado de lado en la cuesta.

No preguntó nada. Se apoyó en el marco de la puerta, despacio, como si de pronto la casa entera se hubiera inclinado.

—Iago —dijo.

—Carmen, ¿podemos pasar?

—Iago.

—Siéntate, por favor.

Pero Carmen no se sentó. Se quedó allí, en el umbral, con una mano en el marco y la otra apretada contra el pecho, y Lucía se lo dijo así, de pie, en la puerta, con el viento de la ría subiendo por la calle y agitando las hojas de la higuera.

Le dijo que habían encontrado a un chico en la Ribeira.

Que creían que era Iago. Que necesitaban que alguien de la familia lo confirmara, pero que lo sentía, que lo sentía muchísimo.

Carmen escuchó sin moverse. Cuando Lucía terminó, cerró los ojos.

—¿En el agua? —preguntó.

—Sí.

—¿Ahogado?

—Todavía no lo sabemos.

Carmen abrió los ojos. Tenía los ojos muy claros, casi grises, y en ellos no había lágrimas todavía, solo una especie de reconocimiento terrible, como el de alguien que oye llamar a la puerta a una visita que lleva esperando treinta años.

—Lo mismo que a mi hermano —dijo—. Lo mismo.

Dentro, la casa olía a café recalentado y a lejía.

La cocina era pequeña y estaba muy limpia, con un hule de flores en la mesa, un calendario de una pescadería de Sada colgado junto a la nevera y una radio pequeña sobre el alféizar, apagada.

Xurxo puso agua a calentar sin pedir permiso y buscó tazas en los armarios.

Carmen se sentó por fin, en la silla más cercana a la ventana, con las manos juntas sobre el hule.

—Anoche no vino a cenar —dijo—. Me mandó un mensaje a las diez y media. «Duermo en casa de Antía.» Antía es la novia. Estudia enfermería en A Coruña. A veces se queda allí, a veces viene ella. No me preocupé. —Se le quebró la voz por primera vez—. No me preocupé, Lucía.

—Es normal, Carmen. No podías saber nada.

—Lo sabía. —Carmen la miró con una dureza súbita—. Lo sabía desde hace un mes. Desde que empezó a preguntar por su tío.

Lucía se sentó frente a ella.

—¿Por Andrés?

Carmen asintió. Se levantó, salió de la cocina, y Lucía la oyó subir la escalera con pasos pesados. Xurxo dejó tres tazas de café sobre la mesa y miró a Lucía con una pregunta en los ojos. Ella le hizo un gesto para que esperara.

Carmen volvió con una caja de galletas de lata, de esas azules con un paisaje danés en la tapa.

La puso sobre el hule y la abrió con los dedos temblorosos.

Dentro había fotos sueltas, recortes de periódico amarillentos, un rosario de cuentas negras, un carné de identidad caducado con la foto de un chico de pelo largo y sonrisa torcida.

Y una postal. Una vista aérea de una ciudad entre montañas, con rascacielos blancos y una autopista llena de coches, y en letras rojas, en una esquina: SALUDOS DESDE CARACAS.

—Andrés se fue el 14 de octubre de 1994 —dijo Carmen—.

Una noche de marea grande. Salió de casa a las once y me dijo que iba al bar de tu padre a ver el fútbol.

No hubo fútbol esa noche, Lucía. Era viernes.

Yo tenía veintidós años y dormía en la cocina porque la casa era pequeña y estábamos mis padres, Andrés y yo, y lo esperé despierta hasta las cuatro.

No vino. Al día siguiente no vino. Fui al cuartel y se lo dije a los guardias, y uno de ellos se rio y me dijo que los chavales de diecinueve años se van cuando quieren.

—Sacó la postal de la caja y la sostuvo un momento entre los dedos antes de dársela—. En noviembre llegó esto.

Lucía la giró. La letra era torpe, inclinada hacia la izquierda, escrita con bolígrafo azul que había empezado a desvaírse.

Carmiña: estoy bien, he encontrado trabajo en un barco. No me busquéis. Dile a mamá que no llore. Andrés.

—¿Es su letra?

—Se parece. —Carmen apretó los labios—. Pero Andrés no me llamaba Carmiña.

Nadie me llamaba Carmiña desde que tenía diez años.

Él me llamaba Carme, sin ene, porque así me llamaba la abuela.

Y Andrés no sabía lo que era un barco, Lucía.

Se mareaba en la lancha de mi padre. No se iba a ir a Venezuela a trabajar en un barco.

Lucía devolvió la postal a la caja con cuidado.

—¿Y qué tiene que ver Iago con esto?

Carmen tardó en contestar. Miró por la ventana, a través de las hojas de la higuera, hacia el trozo de ría que se veía entre los tejados, gris y plano bajo el cielo bajo.

—Iago creció con esta caja —dijo al fin—.

Yo nunca le escondí nada. Le dije siempre la verdad: que tenía un tío que había desaparecido una noche y que nadie quiso buscarlo.

De niño me preguntaba mucho. Después dejó de preguntar, como hacen los chavales.

Se hizo mayor, empezó con el remo, con la náutica, con el trabajo en el puerto.

—Hizo una pausa—. Hace un mes volvió a preguntar.

Una noche llegó a casa muy tarde y se sentó aquí, donde estás tú, y me preguntó con quién andaba Andrés antes de desaparecer.

Quiénes eran sus amigos. Dónde trabajaba.

Yo le dije lo que sabía: que andaba con el chaval de los Cancela, Lito, y con los del bar de tu padre.

Y que ese verano andaba mucho con Ramiro Castro.

El nombre cayó sobre la mesa como una piedra en un pozo.

Lucía notó a Xurxo, a su lado, quedarse muy quieto.

—¿Ramiro Castro? —preguntó Lucía—. ¿El de las conservas?

—Entonces no tenía conservas. Entonces tenía lanchas.

—Carmen sonrió por primera vez, una sonrisa sin ninguna alegría—.

Tú eras muy pequeña, pero tu padre sabe bien quién era Ramiro Castro en 1994.

Todo el pueblo lo sabe. Lo que pasa es que ahora Ramiro paga la orquesta de las fiestas de San Roque y sale en la foto con el alcalde, y la gente tiene muy mala memoria cuando le conviene.

—Carmen —dijo Lucía, despacio—, ¿Iago te dijo por qué volvió a preguntar? ¿Te dijo si había visto algo, si había encontrado algo?

Carmen negó con la cabeza.

—Solo me dijo una cosa. La última noche que hablamos de esto, ya iba hacia la puerta, y se dio la vuelta y me dijo: «Mamá, ¿y si el tío no se fue a ninguna parte?

¿Y si está aquí?» —A la mujer se le llenaron por fin los ojos de lágrimas, de golpe, como sube el agua en las mareas vivas—.

Yo le dije que dejara a los muertos en paz.

Le dije eso, Lucía. Que dejara a los muertos en paz.

Lucía alargó la mano por encima del hule y la puso sobre las manos agrietadas de Carmen. Estaban heladas.

No dijo nada. No había nada que decir.

* * *

El cuarto de Iago estaba en la planta de arriba, al fondo del pasillo, con una ventana pequeña que daba al tejado del vecino. Carmen les dio permiso para entrar y se quedó abajo, en la cocina, sentada junto a la caja de galletas abierta, mirando la postal.

Era el cuarto de un chico de veintitrés años que no había terminado de irse de casa.

Una cama estrecha, sin hacer, con un edredón azul.

Una estantería con trofeos de remo, medallas colgadas de sus cintas, una foto enmarcada de una trainera llena de chicos con camisetas amarillas levantando los remos al cielo.

Un escritorio con un portátil cerrado, apuntes de un curso de patrón de embarcaciones de recreo, un cargador de móvil enchufado a la pared, sin móvil.

—No hay teléfono —dijo Lucía.

—Tampoco lo llevaba encima. —Xurxo hojeaba los apuntes con los guantes puestos—. Por lo menos no lo encontraron en el cuerpo.

—Pide el registro de llamadas a la compañía. Y la geolocalización de anoche. Hoy mismo.

—Necesitaremos un auto del juez.

—Pues lo pedimos.

Lucía se acercó a la pared que había sobre el escritorio.

Estaba cubierta de cosas clavadas con chinchetas: horarios de entrenamiento, una entrada de un concierto en Santiago, una foto de Iago abrazado a una chica morena de sonrisa enorme.

Y en el centro, ocupando casi todo el espacio, una carta náutica de la ría de Betanzos.

Era una carta de verdad, de las del Instituto Hidrográfico, con las sondas marcadas en números pequeños sobre el azul del agua, las isóbatas dibujando los canales, las marismas sombreadas en verde a lo largo de las orillas.

Iago había hecho marcas encima con rotulador rojo.

Una cruz en la desembocadura del Mandeo, a la altura de la Ribeira.

Otra cruz más abajo, en la orilla sur, junto a un rectángulo pequeño que en la carta no tenía nombre.

Y una línea fina que bajaba pegada a la orilla norte, serpenteando entre las marismas, desde la ría abierta hasta casi la desembocadura, con una palabra escrita al lado en letra pequeña y apretada:

Morto?

Y debajo, en una columna, una lista de fechas y horas.

12/08 – 05:05 – 3,94 m

29/08 – 05:47 – 3,79 m

11/09 – 05:14 – 3,87 m

30/09 – ?

27/10 – 04:49 – 4,08 m !!!

Lucía se quedó mirando la lista.

—Xurxo, ven a ver esto.

El cabo se acercó. Miró la carta. Miró las fechas. Lucía le vio pasar la vista por la línea roja de la orilla norte y detenerse en la palabra con interrogación.

—¿Qué son estas fechas? —preguntó Lucía—. ¿Mareas?

—Pleamares —dijo Xurxo. Lo dijo sin dudar, en voz baja—. Pleamares de mareas vivas. Las horas son de madrugada. Y las alturas… cuatro metros y ocho es de las más altas del año. Esa es la gran pleamar del otoño.

—Y la de anoche, la del 30 de septiembre, tiene una interrogación.

—Sí.

—Y anoche lo mataron.

Xurxo no contestó.

Lucía sacó el móvil y fotografió la carta entera, luego cada detalle por separado, la cruz de la orilla sur, la línea roja, la columna de fechas. Después señaló el rectángulo sin nombre junto a la segunda cruz.

—¿Qué hay aquí?

Xurxo tardó un segundo de más en contestar. Solo un segundo. Pero Lucía estaba mirándole a la cara y lo vio.

—La depuradora —dijo—. La Depuradora Brañas. Es donde trabaja mi primo Toño.