1. Niebla en la Ribeira
La llamada entró a las seis y veinte de la mañana, y Lucía Varela ya estaba despierta.
Llevaba despierta desde las cuatro, como casi todas las noches desde que había vuelto a Betanzos, tumbada boca arriba en la cama estrecha de su cuarto de niña con los ojos fijos en la mancha de humedad del techo, que tenía forma de mapa de un país que no existía.
Había aprendido a no levantarse. Levantarse era encender la luz, la luz era hacer café, y el café a las cuatro de la mañana era la antesala de un cigarrillo, y Lucía había dejado de fumar hacía dos años, en Madrid, la misma semana en que mataron a Nelson.
Así que se quedaba allí, quieta, escuchando la casa: el tic del reloj del pasillo, los ronquidos de su padre al otro lado del tabique, el agua de la ría lamiendo los muros de la Ribeira a cincuenta metros de la ventana.
Cogió el teléfono al segundo tono.
—Varela.
—Sargento, perdón por la hora. —Era Xurxo Mosquera, el cabo, la voz todavía ronca de sueño—. Ha aparecido un cuerpo en la desembocadura del Mandeo. A la altura de la Ribeira, justo debajo del muro del antiguo muelle.
Lucía se sentó en la cama.
—¿Un cuerpo?
—Un hombre. Joven. Lo ha encontrado una mujer que saca al perro. Ya está allí la patrulla de Seguridad Ciudadana.
—¿Identificado?
Hubo una pausa al otro lado. Lucía oyó a Xurxo respirar, y en esa respiración entendió algo antes de que él lo dijera, del mismo modo que se entiende la tormenta antes de oír el trueno.
—No lo sé con seguridad. Pero creo que es el hijo de Carmen Pena. Iago.
—Voy para allá.
Se vistió sin encender la luz. Vaqueros, botas, el jersey gris de lana gorda, el chaquetón.
La pistola en la funda del cinturón, la placa en el bolsillo interior.
En el pasillo se detuvo un segundo frente a la puerta entornada de su padre.
Anselmo dormía de lado, con la boca abierta, una mano colgando fuera de la cama.
Parecía muy pequeño. Hacía dos años parecía grande; ahora todo en él se iba encogiendo, la ropa, la voz, la memoria, como si la vida lo estuviera devolviendo despacio a su tamaño de niño.
Lucía cerró la puerta con cuidado y salió a la calle.
La niebla había subido de la ría durante la noche y lo cubría todo.
No era la bruma fina de los meses de verano, que se levanta en cuanto sale el sol.
Era la niebla del otoño, espesa, blanca, pegada al suelo, que olía a sal y a lodo y a algas podridas, y que convertía las farolas de la Ribeira en manchas de luz amarilla flotando en el vacío.
Lucía echó a andar por el borde del antiguo muelle con las manos en los bolsillos.
A su izquierda, invisible, el agua. A su derecha, las casas de piedra con los balcones de madera pintada, los bajos cerrados, el letrero apagado de lo que había sido el bar de su padre y ahora era una tienda de móviles: O PEIRAO, todavía se leía debajo de la pintura nueva, si uno sabía dónde mirar.
Antes de ver la escena la oyó. Las voces, el chisporroteo de una radio, el motor al ralentí de un todoterreno.
Luego las luces azules girando dentro de la niebla, tiñéndola de un color irreal, como el agua de una piscina por la noche.
Dos guardias de Seguridad Ciudadana habían tendido una cinta entre una farola y el pretil del muelle.
Detrás de la cinta, en la escalera de piedra que bajaba hasta la orilla, había un bulto cubierto con una manta térmica plateada.
Y en la Ponte Vella, a treinta metros, asomados al pretil como gaviotas, había seis o siete hombres mayores con gorra y chaqueta de faena. Miraban. No hablaban entre ellos. Solo miraban.
Lucía se fijó en ellos antes de fijarse en nada más.
Llevaba quince años en Policía Judicial y había aprendido que en un pueblo la gente que se acerca a mirar un cadáver lo hace por dos razones: por curiosidad o por miedo.
Los curiosos hablan, comentan, sacan el móvil. Los que tienen miedo se callan.
Aquellos hombres estaban muy callados.
—Sargento. —Xurxo se acercó desde el todoterreno con dos cafés en vasos de cartón.
Era un hombre corpulento, de cara redonda y pelo rizado, con unos ojos castaños de buena persona que no habían terminado de endurecerse a pesar de los años de uniforme.
Tenía treinta y cuatro años y un hijo de ocho meses, y se le notaba en las ojeras—.
De la gasolinera. No es bueno, pero está caliente.
—Gracias. ¿Quién lo ha tocado?
—Nadie. La mujer que lo encontró llamó al 062 desde ahí arriba. Los de la patrulla bajaron para comprobar si respiraba y taparon el cuerpo. Nada más. El juez de guardia ya está avisado, y la forense viene de camino desde A Coruña.
Lucía asintió, se agachó, pasó por debajo de la cinta y bajó la escalera.
Los peldaños de piedra estaban verdes y resbaladizos, cubiertos de algas finas como pelo.
La marea estaba subiendo, y el agua, gris, brillante, salpicada de conchas y de botellas de plástico, ya había cubierto el fango y lamía los peldaños de abajo.
El cuerpo estaba dos peldaños por encima del agua, tendido sobre la piedra mojada, en esa postura descoyuntada que solo tienen los muertos y los muñecos.
Lucía se puso los guantes y apartó la manta.
Era un chico. Veintipocos años, delgado pero fibroso, con los hombros de alguien que ha hecho deporte toda la vida.
Llevaba unos vaqueros, una sudadera azul marino con el logotipo de una empresa náutica bordado en el pecho, y una sola zapatilla deportiva; el otro pie estaba descalzo, blanco, arrugado por el agua.
Tenía la cara vuelta hacia la piedra. El pelo, oscuro y rizado, estaba lleno de barro y de pequeños trozos de alga.
Lucía no necesitó girarle la cabeza para reconocerlo.
Había visto a Iago Souto dos veces desde su vuelta: una en la panadería de la plaza, comprando empanadas para un cumpleaños; otra en la ría, al amanecer, remando solo en un bote de competición, deslizándose por el agua quieta como una aguja por la seda.
Le habían atado las manos a la espalda.
Lucía se quedó mirando el nudo mucho tiempo.
Era un cabo de nylon trenzado, de los que se usan en los barcos, de unos ocho milímetros, color naranja descolorido por el sol.
Daba dos vueltas a las muñecas, cruzaba por debajo en un cote apretado, volvía a subir y terminaba en un remate extraño, una especie de lazada doble metida por dentro de sí misma que Lucía no había visto nunca en ningún manual.
Las muñecas del chico estaban moradas alrededor de la cuerda. Había forcejeado. O lo había intentado.
—Xurxo.
El cabo bajó la escalera con cuidado, apoyando la mano en el muro.
—Dime.
—¿Tú sabes qué nudo es este?
Xurxo se agachó a su lado. Miró. Lucía le vio cambiar la cara, un cambio pequeño, como cuando una nube pasa por delante del sol en un día de viento.
—No.
—¿Seguro?
—No soy marinero, sargento. Mi padre era electricista.
Lucía no dijo nada. Volvió a mirar hacia el puente.
Los hombres de la gorra seguían allí, inmóviles dentro de la niebla, como si los hubieran pintado.
Uno de ellos, el más viejo, apoyado en un bastón, tenía la mano derecha levantada a la altura del pecho y Lucía tardó un segundo en entender que se estaba santiguando.
Volvió a cubrir el cuerpo con la manta y se incorporó.
—Vamos a hacer las cosas bien —dijo—. Quiero el perímetro ampliado hasta el puente, y quiero que alguien les pida los nombres a esos señores de ahí arriba antes de que se vayan a desayunar.
Quiero saber a qué hora fue la bajamar esta noche y a qué hora fue la pleamar.
Y quiero que llames a Criminalística y les digas que vengan antes de que suba el agua, porque si sube el agua, todo lo que hay en esta escalera se lo lleva la ría.
—La bajamar fue a las dos y seis —dijo Xurxo—. Lo sé porque lo miré viniendo para aquí. La pleamar de anoche fue a las ocho, y la próxima es a las ocho y media. Está subiendo, sargento. Esta semana el agua sube mucho y baja mucho.
Lucía le miró con algo parecido a la gratitud.
—Entonces tenemos un par de horas antes de que llegue hasta él.
—Menos. El agua entra rápido aquí.
—Pues que vengan ya.
Xurxo subió la escalera con el teléfono en la oreja. Lucía se quedó sola junto al cuerpo, con los pies en el peldaño mojado, a un palmo del agua, y respiró hondo el aire frío y espeso que olía a sal.
Había vuelto a Betanzos huyendo, eso lo sabía todo el mundo aunque nadie se lo dijera a la cara.
Huyendo de Madrid, de la Unidad Central Operativa, de un expediente disciplinario que no se había cerrado nunca del todo, de un piso en Lavapiés que todavía olía a la ropa de otro y de las noches en que soñaba con un hombre tirado en un portal de Usera con dos tiros en el pecho.
Había pedido el traslado a cualquier sitio y el comandante Ferrín, que había sido su jefe en Madrid y que ahora mandaba la Policía Judicial de la Comandancia de A Coruña, le había conseguido aquello: el Equipo de Policía Judicial de Betanzos, un destino tranquilo para una sargento quemada, robos en segundas residencias, peleas de fiestas, alguna plantación de marihuana en un galpón del monte.
«Descansa unos años», le había dicho Ferrín por teléfono.
«Cuida de tu padre. Deja que se olvide todo. »
Lucía miró las manos atadas bajo la manta plateada.
En el pueblo había un dicho que su padre repetía a veces en el bar, cuando ella era pequeña y se sentaba en un taburete al fondo de la barra a hacer los deberes entre el humo de los cigarros.
Lo decía cuando alguien preguntaba por un marinero que no había vuelto, por un chaval que se había ido sin despedirse, por una lancha que había salido una noche y no había regresado.
Lo decía secando un vaso, sin levantar la vista.
«La marea no devuelve a nadie».
Pero esta vez la marea lo había devuelto. Lo había dejado allí, en la escalera del viejo muelle, a la vista de todo el pueblo, como un mensaje en una botella.
Lucía se preguntó para quién era el mensaje.
La forense llegó a las siete y cuarto, con la niebla empezando a levantarse en jirones sobre el agua.
La doctora Noa Castiñeira era una mujer de cincuenta años, menuda, con el pelo blanco muy corto y unas gafas de montura roja que se subía constantemente con el dorso de la muñeca.
Bajó la escalera del muelle con más agilidad que nadie y se arrodilló en el fango sin preocuparse por los pantalones.
—Buenos días, sargento. ¿Usted es la nueva?
—Desde hace cuatro meses.
—Pues bienvenida a la ría. —Apartó la manta, miró el cuerpo un largo rato sin tocarlo y luego empezó a trabajar con las manos enguantadas, deprisa, con una precisión casi musical—.
Rigidez establecida en mandíbula y miembros superiores, empezando en inferiores.
Livideces… poco marcadas, por el agua. Diría que lleva muerto entre cuatro y siete horas, pero el agua fría altera todo, así que no me pida que me case con esa cifra.
—Le giró la cabeza con cuidado. En la sien izquierda, bajo el pelo, había una herida abierta, de bordes irregulares—. Mire esto.
Lucía se agachó.
—¿Un golpe?
—Un golpe fuerte, con algo romo. No es una piedra del fondo, o no lo parece: es demasiado limpio. Habrá que ver si tiene agua en los pulmones. Si no la tiene, este chico ya estaba muerto, o casi, cuando lo echaron a la ría.
—¿Y las manos?
La doctora miró el nudo. Lo miró como lo había mirado Xurxo, y Lucía vio otra vez la nube.
—No toque ese nudo —dijo la forense en voz baja—. Que lo corten por arriba, lejos del remate. Quiero que llegue intacto a la mesa.
—¿Por qué?
Castiñeira se subió las gafas con la muñeca.
—Porque yo soy de Pontedeume, sargento, y tengo cincuenta años, y mi padre era patrón de bajura. Y ese nudo no lo hace cualquiera.
No dijo más. Lucía tampoco preguntó. Arriba, en el muelle, un hombre había pasado por debajo de la cinta y discutía con uno de los guardias de la patrulla.
Alto, de hombros anchos, con un chaquetón impermeable negro y el pelo castaño revuelto, largo para su edad, con canas en las sienes.
Gesticulaba hacia la escalera. El guardia le ponía la mano en el pecho para que no pasara.
Lucía subió dos peldaños para verlo mejor y el hombre levantó la cara hacia ella.
Hacía veinticinco años que no lo veía. Había engordado un poco, se le habían marcado las arrugas alrededor de los ojos de tanto mirar el agua con el sol de frente, tenía una barba corta y descuidada que antes no tenía.
Pero los ojos eran los mismos, grises y un poco tristes, y la boca, y la forma de echar la cabeza hacia atrás cuando algo le dolía.
—Lucía —dijo Martín Pereiro, por encima de la cinta—. Ese chico trabaja para mí.
Ella se quedó quieta en la escalera, con las botas manchadas de fango y las manos todavía enfundadas en los guantes de látex, y por un instante el muelle, la niebla, el cadáver, todo desapareció, y tuvo diecisiete años y estaba sentada en ese mismo muro una noche de verano con las piernas colgando sobre el agua y la boca de Martín sabiendo a cerveza y a sal.
Fue solo un instante.
—Déjele pasar —le dijo al guardia—. Hasta la cinta de dentro. No más.
Martín bajó los primeros peldaños y se detuvo donde ella le indicó con la mano. Miró la manta plateada. Lucía le vio tragar saliva.
—¿Es él?
—Creo que sí. Necesito que lo confirme alguien de la familia, pero creo que sí.
Martín cerró los ojos un momento. Cuando los abrió estaban húmedos y los tenía fijos en el bulto, no en ella.
—Anoche estuvo en el puerto hasta las diez —dijo—. Luego se fue. Me dijo que se iba a casa.
—¿Le dijo algo más?
—No. —Una pausa demasiado larga—. Nada.
Lucía guardó aquella pausa en algún lugar de su cabeza, junto al silencio de los viejos del puente y la nube en la cara de Xurxo y la forma en que la forense había dicho «ese nudo no lo hace cualquiera».
Llevaba cuatro meses en Betanzos y era la primera vez que sentía el cosquilleo en la nuca, ese que en Madrid le avisaba de que estaba a punto de pisar algo que no debía.
Detrás de ella, la doctora Castiñeira llamó a uno de los de Criminalística. —Mire en el bolsillo delantero del pantalón, el derecho. Hay algo.
El técnico metió dos dedos enguantados y sacó un objeto pequeño que goteaba agua sucia.
Lo levantó a la luz gris de la mañana. Era una llave plateada, de las que abren un candado o una taquilla, con una etiqueta de plástico rojo atada con un aro.
En la etiqueta, escrito a mano con rotulador indeleble, ponía D-4.
Lucía lo miró. Martín también lo miró.
Y Lucía vio, con total claridad, que él sabía lo que abría aquella llave.