La última pleamar (El secreto de la ría 1) Prólogo. La noche del 14 de octubre
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La última pleamar (El secreto de la ría 1)

La última pleamar (El secreto de la ría 1)

Por Ramon Nates

© inepub.com

Prólogo. La noche del 14 de octubre

El motor se ahogó a las tres y diez de la madrugada, y Andrés Pena supo, antes que nadie en la planeadora, que ya no iban a salir de allí.

No lo supo por el ruido. Lo supo por el agua.

Durante media hora la había sentido cargada bajo el casco, gorda, empujando hacia arriba como un animal dormido que respira hondo.

Era la pleamar más alta del año, no por la luna sino por el temporal del sur que empujaba el agua ría arriba, la que su padre llamaba «la marea de los muertos» porque subía hasta los muros del cementerio viejo de la parroquia y se llevaba las flores.

Con esa agua, le había dicho Ramiro en el bar, se podía subir por la ría hasta la misma puerta del galpón sin rozar el fango.

Con esa agua se podía hacer cualquier cosa.

Pero el agua ya no empujaba. Se estaba yendo.

—¡Arranca, carajo! —gritó Ramiro desde la proa.

Lito Cancela tiró del contacto una vez, dos, tres. El motor fuera borda tosió y se calló. El silencio que vino después fue tan grande que Andrés oyó su propio corazón, y detrás de su corazón, muy lejos, el ladrido de un perro en una de las casas de la orilla.

Tenía diecinueve años. Había subido a la planeadora porque Ramiro le había prometido trescientas mil pesetas por una noche, y trescientas mil pesetas eran la moto, el carné, el alquiler del piso de abajo para que su hermana Carmen dejara de dormir en la cocina.

Había subido también porque todos los chavales del pueblo querían subir, y porque en el bar de Anselmo, cuando Ramiro entraba, los hombres se apartaban de la barra como se aparta el agua delante de la quilla.

Andrés quería que alguna vez se apartaran así delante de él.

Ahora, con las manos agarradas a la regala y el olor a gasolina metido en la garganta, solo quería estar en su cama.

Los fardos ocupaban todo el fondo de la embarcación.

Treinta y dos, había contado mientras los pasaban desde el pesquero en mitad de la noche, fuera de la ría, con el mar picado y las luces apagadas.

Fardos de arpillera envueltos en plástico negro, pesados como sacos de cemento, atados con un nudo que Ramiro les había enseñado a hacer esa misma tarde en la trastienda del bar: dos vueltas, un cote, otra vuelta por debajo y un remate que no se soltaba, aunque el fardo pasara un mes en el agua.

«Así sabemos que son nuestros», había dicho Ramiro, y se había reído.

Habían descargado la primera mitad en el galpón hacía casi dos horas.

Ocho hombres en la rampa, en silencio, pasando los fardos de mano en mano hasta la oscuridad del almacén.

Después Ramiro había decidido volver a la boca de la ría a buscar la segunda carga, porque el pesquero no podía esperar otra noche y la pleamar, decía, todavía daba para un viaje.

Lito le había dicho que no. Que el agua ya estaba girando.

Ramiro le había mirado sin contestar, y Lito había arrancado el motor.

Ahora estaban en el canal estrecho que corre pegado a la orilla norte, el que los viejos llamaban Canal do Morto porque en tiempos de los abuelos un barco de pesca se había quedado allí clavado y el patrón se había ahogado intentando salir a pie por el fango.

Andrés no sabía si aquella historia era verdad.

Sabía que el canal no era ancho más que unos metros y que a los lados no había nada: arena, lodo, juncos, y el olor a podrido de la marisma.

—Estamos tocando —dijo Lito, en voz baja.

Andrés también lo sintió. Un roce. Luego otro. El casco gimió como si alguien lo arañara desde abajo con las uñas. La planeadora se inclinó un poco a babor y se quedó quieta.

—Fuera todos —ordenó Ramiro—. Al agua. Empujad.

Saltaron. El agua le llegó a Andrés por la cintura, helada, y debajo de los pies el fondo se abrió como una boca blanda.

Se hundió hasta las rodillas. Empujaron los tres a la vez, con los hombros contra el casco, gruñendo, resbalando, y la planeadora se movió medio metro y volvió a quedarse clavada.

El agua ya no le llegaba por la cintura. Le llegaba por los muslos.

—No sale —dijo Lito—. Ramiro, no sale.

—Sale porque yo lo digo.

Volvieron a empujar. Andrés notó que algo le cortaba la palma de la mano, una concha o un clavo del casco, y no sintió dolor, solo calor.

Entonces, desde la carretera de la orilla, por encima de los juncos, pasó un haz de luz.

Un coche. Despacio. Muy despacio. El haz barrió el agua a cincuenta metros de ellos, se detuvo, volvió atrás.

Todos se quedaron quietos.

—La Benemérita —susurró Lito.

—Callad.

El coche se alejó. La luz se perdió entre los eucaliptos. Andrés soltó el aire y se dio cuenta de que estaba temblando, y de que no era de frío.

Ramiro chapoteó hasta él por el fango. Era un hombre alto, de hombros anchos, con la cara picada y unos ojos muy claros que en la oscuridad parecían de cristal.

Tenía entonces treinta y seis años. Le puso una mano en la nuca, con suavidad, casi con cariño, como hacía su padre cuando Andrés era pequeño.

—Tú, chaval. Vas a ir al galpón a pie, por la orilla, y cruzas por los bancos de arena, que con esta agua ya se pasa. Dile a Anselmo que venga con la furgoneta y con dos hombres. Que traigan tablones. ¿Entiendes?

—Sí.

—Y no le digas nada a nadie más. Nada. ¿Entiendes?

—Sí, Ramiro.

La mano se quedó un momento más en su nuca. Apretó un poco. Andrés pensó que se iba a acordar de esa presión toda su vida.

Echó a andar por el fango hacia la orilla, hundiéndose a cada paso, oyendo detrás de él la respiración de los hombres y el clic de un mechero, y al llegar a los juncos se volvió una vez.

La planeadora estaba allí, negra, ladeada, con los fardos brillando bajo la poca luz de la luna como el lomo de un animal muerto.

La marea seguía bajando. Mañana, cuando amaneciera, aquello se vería desde el puente, desde la carretera, desde las ventanas de todas las casas de la ría.

Andrés pensó en Carmen durmiendo en la cocina. Pensó en el cuartel de la Guardia Civil, a veinte minutos andando. Pensó en el nudo que no se soltaba aunque el fardo pasara un mes en el agua.

Después echó a correr.

Su familia no volvió a verlo con vida. Su hermana lo esperó despierta esa noche y la siguiente, y todas las noches del mes, sentada en la cocina con la radio puesta.

En noviembre llegó una postal de Caracas con su letra torcida que decía que estaba bien, que había encontrado trabajo en un barco y que no lo buscaran.

Carmen la guardó en una caja de galletas. Nunca creyó una sola palabra.

La ría tampoco dijo nada. La ría nunca dice nada. Sube, baja, se lleva lo que puede y lo que no puede llevarse lo entierra en el fango, despacio, con paciencia, durante años.

Pero todo lo que entra en el agua, tarde o temprano, sale.