Volver a elegir #2
La emoción en su cara no necesitaba una gran frase para volverse visible. Se acercó un poco más y dejó el bolso a un lado, como si acabara de decidir que no tenía prisa por irse.
Clara sacó una hoja doblada del bolso.
La sostuvo unos segundos antes de ofrecérmela.
—La escribí después de empezar el trabajo. No sabía si quería dártela.
—¿Quieres que la lea ahora?
Asintió.
La abrí con cuidado.
La primera frase hablaba de equivocarse sin repetir el día entero. Después venían la entrevista, la habitación y cosas que había querido contarme mientras no hablábamos. Leí despacio. No quería llegar al final buscando una respuesta sobre nosotros y perder todo lo que había pasado en su vida.
Cuando llegué a que me echaba de menos, tuve que detenerme.
La frase siguiente decía que seguía queriendo aquella vida.
Levanté la mirada.
Clara me observaba sin intentar adivinar por mí lo que había entendido.
—Quiero esa vida contigo dentro —dijo—. Pero no quiero perderla para que estemos juntos.
Dejé la carta sobre mis rodillas.
—Yo quiero estar dentro sin ocuparla entera.
No era una frase que pudiera demostrar en aquel minuto. Me comprometía a hacerlo después, cuando una fecha o un miedo volviera a incomodarnos.
Clara se acercó un poco en el sofá.
Yo mantuve las manos quietas hasta que dejó la suya entre nosotros, con la palma apoyada sobre la tela.
La cubrí con la mía.
El contacto me resultó conocido y nuevo a la vez. Había aprendido el contorno de esa mano y, sin embargo, no tenía derecho a dar por supuesto que volvería a buscarla.
Clara giró los dedos y los entrelazó con los míos.
—Te he echado mucho de menos —dije.
La voz me salió baja.
—Yo también.
Se le humedecieron los ojos. Esta vez me preguntó ella si podía acercarse.
Abrí el brazo.
Vino hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro. La abracé despacio, con la carta a salvo sobre la mesa y espacio para que se apartara cuando quisiera. Su mano se cerró sobre mi jersey.
No traté de recuperar en un solo abrazo las semanas anteriores. La dejé estar.
Al separarse un poco, Clara me miró la boca.
—Quiero besarte —dijo.
—Yo también.
La besé después de que ella asintiera.
Fue distinto al primer beso. Conocía la manera en que se acercaba, el pequeño cambio de presión antes de apartarse. Lo que no conocía era la confianza que estábamos intentando construir después de habernos hecho daño.
Por eso no tuve prisa.
Clara apoyó una mano en mi cuello. La mía quedó en su espalda, sobre la tela, y la acerqué solo cuando ella redujo la distancia. Su respiración cambió junto a mi mejilla.
Nos apartamos para mirarnos.
No le pregunté si todo estaba bien. No habría sabido responderlo y yo no quería pedirle una absolución en mitad de un beso.
—Quiero intentarlo contigo —dije.
—Yo también.
La besé otra vez. Esta vez Clara se rió al separarse, con una emoción que le cortó un poco el aire.
—Todavía tengo que volver a mi casa.
Asentí, aunque una parte de mí habría querido pedirle que se quedara.
—Lo sé.
Su expresión se ablandó. Me besó una vez más y apoyó la frente junto a la mía.
Entendí que aceptar aquella despedida también era una forma de acercarnos.
Pedimos comida cuando tuvimos hambre.
Comimos en la mesa pequeña y hablamos de cosas que no necesitaban reparar nada. Clara me contó una frase absurda que había encontrado en un formulario. Yo le hablé de un alumno que había llegado orgulloso de una práctica breve y bien hecha.
En un momento empezamos a hablar a la vez. Clara se detuvo de inmediato.
—Sigue —dije.
—No, tú estabas contando algo.
Nos miramos y nos reímos. La coordinación no era perfecta fuera de la sala. Tampoco tenía que serlo.
Le expliqué que a veces los audífonos me cansaban al final del día y que podía pedir una pausa sin que significara querer terminar la noche. Clara preguntó si necesitaba una entonces.
Presté atención a mi cuerpo antes de responder.
—Cinco minutos de silencio me vendrían bien.
Dejamos los platos y nos sentamos en el sofá. Ella no sacó el teléfono ni se marchó a la cocina para hacer algo útil. Permaneció a mi lado, con la mano apoyada cerca de la mía, sin hablar.
El silencio dejó de ser una prueba de lo que podía o no podía oír. Era un descanso compartido.
Cuando estuve listo, giré la mano. Clara enlazó sus dedos con los míos.
—Gracias —dije.
—Puedes pedírmelo otro día y quizá yo quiera hablar.
—Entonces negociamos.
—Exacto.
Nos besamos antes de volver a recoger la mesa. No fue un premio por haber manejado bien la pausa. Fue parte de una noche en la que seguíamos deseándonos mientras aprendíamos a no adivinar.
La carta quedó guardada en el cajón del escritorio, con su permiso.
Después recogimos juntos. Cuando Clara fue por el abrigo, la acompañé sin hacer más lenta cada tarea para prolongar la noche.
—¿Nos vemos el domingo? —pregunté.
Lo pensó.
—Por la tarde. Por la mañana quiero estar en casa.
—Por la tarde.
No me prometió el día entero para compensar lo que no ofrecía. Me gustó reconocerlo.
En la puerta nos besamos. Esta vez no había que decidir qué significaba el beso. Habíamos decidido intentarlo y todavía teníamos mucho que aprender.
Clara salió.
Volví a la mesa y guardé el segundo vaso en el armario.
Tendría que guardar un vaso muchas veces después de que se fuera. Su regreso ya no dependía de retenerla en la puerta.