Volver a elegir
Lukas
No cociné antes de que Clara llegara.
Había pensado en hacerlo. Después recordé la noche en que preparé una cena para envolver una petición que ella ya había respondido. Dejé agua en la mesa y nada más.
La esperé sin abrir la partitura.
Cuando sonó el timbre, tardé un segundo en levantarme. Necesitaba llegar a la puerta sin la sensación de estar entrando en una actuación.
Clara llevaba el abrigo azul y el bolso de siempre. Tenía el pelo recogido en una trenza floja. Nos miramos antes de saludarnos.
—Hola.
—Hola.
Me aparté para dejarla entrar. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo donde había estado otras veces. La familiaridad del gesto me dolió.
No intenté besarla.
Fuimos al salón. Le pregunté dónde prefería sentarse y eligió el sofá. Yo permanecí de pie, con espacio entre nosotros para que ninguna cercanía pareciera dada por hecha.
Clara dejó el bolso junto a sus pies.
—¿Quieres agua? —pregunté.
—Sí.
Fui a la cocina. Desde allí no podía verla y tuve que resistir la tentación de hablar para llenar la distancia. Serví dos vasos, comprobé que no temblaran demasiado en mis manos y regresé.
Clara había dejado el abrigo sobre el respaldo. No se había acomodado del todo. Se sentaba cerca del borde, preparada para marcharse si la conversación volvía al lugar anterior.
Le entregué el agua y elegí la silla frente al sofá.
—No sé cómo empezar —dije.
—Yo tampoco.
La igualdad no me tranquilizó. Al menos era cierta.
—Puedo contarte qué ha cambiado —propuse—. Pero no quiero presentarlo como una lista que tengas que aprobar.
Clara sostuvo el vaso con ambas manos.
—Quiero saberlo.
Le hablé primero de los audífonos. De lo útiles y extraños que podían ser, de la revisión con Hannah, de sonidos cotidianos que me cansaban y otros que empezaba a reconocer de otra manera. No dije que me había acostumbrado por completo porque no era verdad.
Después le conté que seguía teniendo miedo antes de algunas sesiones.
—Pensé que ibas a decirme que ya no —dijo.
—Quería poder decirlo.
—Gracias por no hacerlo.
La frase no celebraba mi sufrimiento. Celebraba que no le pidiera confiar en una versión terminada de mí.
Le pregunté por el trabajo. Clara explicó una mañana difícil, un aviso enviado sin fecha y la forma en que había conseguido continuar después de corregirlo. Escuché sin usar el error como prueba de que debía volver a algo que dominaba.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Algunos días sí. Otros solo es un trabajo.
Sonrió con cansancio.
—Estoy aprendiendo que eso no es una tragedia.
La miré. Yo todavía trataba cada día musical mediocre como una amenaza contra mi identidad. Su respuesta me mostró una posibilidad sin convertirla en una lección dirigida a mí.
—Me alegra que tengas algo tuyo —dije.
—También lo era bailar.
—Sí.
No corregí la frase. Su vida anterior no pertenecía a su madre, a una compañía ni a mí solo porque todos hubiéramos intentado decidir qué debía hacer con ella.
—Gracias por escribirme —dijo.
—Gracias por venir.
Me miró con una mezcla de deseo y cautela que reconocí porque yo estaba dentro de la misma dificultad.
Clara me contó la mudanza y una discusión con Nora por una taza.
Me reí.
—¿Una taza?
—No te burles. Estoy aprendiendo a convivir sin pedir perdón por ocupar una habitación.
—No me burlo.
La miré y dejé que lo viera.
—Me gusta imaginarte allí.
Clara bajó la vista a sus manos. La frase pareció tocar algo que no esperaba.
—A mí me gusta estar allí —dijo.
No añadí que también me gustaría tenerla en mi casa. Esa conversación no tenía que borrar la habitación que acababa de conseguir.
—Quiero decirte algo antes de seguir —hablé.
Clara levantó la cabeza.
—No quiero volver a pedirte que bailes la pieza.
Esperó. Era justo que esperara algo más que una promesa repetida.
—No porque ahora pueda hacerla con Mira y ya no te necesite. Tendría que haber respetado tu decisión aunque no hubiera encontrado a nadie.
La tensión de su cara cambió apenas.
—Eso era lo que necesitaba que entendieras.
Asentí.
—Cuando te dolía, yo lo convertía en esperanza para mí. Dejaste de poder estar triste conmigo.
Clara se pasó una mano por la mejilla.
—Sí.
Me costó no acercarme de inmediato. No quería interrumpir su respuesta para sentirme útil.
—Yo tampoco sabía explicar todo —continuó—. A veces te decía que me alegraba y luego me cerraba. No porque quisiera que dejaras de trabajar, sino porque me daba vergüenza sentir dolor por una decisión que había tomado yo.
—Podías sentirlo.
—Lo sé ahora mejor que entonces.
La escuché sin repartir la responsabilidad hasta que dejara de pesarme la mía.
—No quiero que la próxima vez que tengas miedo tengas que ocultármelo —dijo—. Pero tampoco quiero que mi respuesta tenga que ser quedarme donde tú estás.
—No quiero pedirte eso.
—Puedes volver a tener ganas de pedirlo.
Me sorprendió el alivio de que lo dijera.
—Sí —admití—. Probablemente.
Clara respiró hondo.
—Entonces tenemos que poder reconocerlo antes de volver a estar allí.
La propuesta no era una garantía. Era una forma de hablar.
Me preguntó cómo me imaginaba la relación si viajaba por las funciones.
Le dije que todavía no tenía todas las fechas, que no quería que ella organizara su trabajo alrededor de acompañarme. Podíamos acordar tiempo juntos, llamadas que nos vinieran bien y decir cuando algo no funcionara.
Clara miró el vaso sobre la mesa.
—Habrá actuaciones a las que no vaya.
—Sí.
—Y puede que alguna vez no quiera escuchar todos los detalles.
Eso me dolió un poco. Lo dejé existir antes de responder.
—Puedes decírmelo.
—Tú también puedes decirme que te gustaría compartirlos.
Asentí.
Ella podía querer mi música sin ser la única persona en quien yo la depositara.
Le pregunté qué necesitaba de mí cuando hablara de su familia.
—Que no intentes convencerlos por mí —respondió—. Y que no des por hecho que cada conversación difícil significa que debería alejarme para siempre.
—¿Escuchar primero?
—Eso ayudaría.
Pensamos juntos cosas concretas. Si estaba saturado por una conversación en un sitio ruidoso, lo diría en lugar de fingir desinterés.
Si ella necesitaba terminar una visita, no convertiría ese límite en una prueba de cariño.
No teníamos que resolver un miedo nuevo con una promesa sobre toda la vida.
Hubo un momento en que nos reímos de la seriedad con que estábamos intentando preparar algo que seguiría sorprendiéndonos.
La risa no quitó importancia a lo que habíamos dicho. Nos permitió seguir sentados allí sin sentir que debíamos aprobar un examen.
Me levanté para traer más agua.
No necesitábamos otra pausa, pero agradecí una tarea que pudiera hacer sin interpretar nada. Clara se quedó sentada y observó el salón mientras yo iba a la cocina.
Al volver, estaba mirando el estuche.
—¿Puedo preguntarte una cosa sobre la música? —dijo.
Asentí.
—¿Qué es lo que más te está costando ahora?
Dejé el agua en la mesa. No respondió por mí con una lista de síntomas ni supuso que la dificultad más importante sería la misma que en octubre.
Pensé antes de hablar.
—No saber cuándo confiar en lo que estoy percibiendo y cuándo pedir otra comprobación. A veces me quedo pendiente de eso y dejo de tocar la frase como una frase.
Clara escuchó.
—¿Y qué te ayuda?
—Preparar mejor algunas cosas. Descansar antes de entrar en esa espiral. Hablar con quien trabaja conmigo. Las ayudas, en parte. Y aceptar que no todo se resuelve el mismo día.
La última frase me hizo reír de mí mismo.
—Te la he dicho muchas veces —añadí—. No la cumplo siempre.
Clara sonrió.
—Yo tampoco cumplo todo lo que entiendo.
La respuesta me quitó la obligación de presentarme como una versión nueva y terminada.
Le conté una sesión en la que había logrado trabajar sin perseguir cada detalle hasta agotarme. No había sido extraordinaria. Habíamos probado un fragmento, anotado una duda y seguido con otro. Lo importante había sido no esconder esa duda ni convertirla en una repetición física para Mira.
Clara asintió.
—Eso habría cambiado mucho algunos de nuestros ensayos.
La frase me dolió. No intenté apartarla.
—Sí.
Se quedó callada un momento.
—También hubo cosas buenas, Lukas.
La miré.
No estaba ofreciéndome consuelo por haber admitido algo difícil. Parecía necesitar decirlo para sí misma.
—No quiero recordar todo como si no hubiera valido la pena —continuó—. Me gustó hacer la pieza contigo. Me gustó ir a tu casa antes de saber cómo decir lo demás. Todo eso sigue siendo verdad.
Asentí. Tenía miedo de apropiarme demasiado rápido de aquella parte y usarla para reducir el daño.
—Para mí también.
Clara se acomodó en el sofá.
—¿Sabes qué recuerdo mucho? La vez que me dijiste que podíamos empezar por no saber cómo entrar.
Sonreí apenas.
—No sabía qué otra cosa decir.
—Me ayudó que no tuvieras una respuesta preparada.
Pensé en la cantidad de respuestas que había intentado preparar desde entonces para conservarla a mi lado. Tal vez había olvidado demasiado pronto que una de las primeras cosas que nos acercaron fue poder no saber algo juntos.
Me senté otra vez, un poco menos lejos.
No la toqué todavía.
—Quiero poder seguir aprendiendo contigo —dije—. Pero no quiero que eso sea una forma bonita de pedirte que esperes indefinidamente mientras yo repito lo mismo.
Clara mantuvo la mirada.
—Yo tampoco.
Hablamos de qué haríamos si la conversación empezaba a parecerse a las anteriores.
No bastaría con decir una palabra y detener el conflicto como si fuera un ensayo.
Podíamos pedir tiempo, nombrar la presión y volver cuando fuéramos capaces de escuchar.
Si uno necesitaba terminar la visita, el otro no tendría que perseguirlo para obtener una respuesta inmediata.
Aquello no pretendía reglamentar el amor. Nos ayudaba a respetar el cuerpo cansado y la cabeza asustada que cada uno traía a la relación.
Clara me preguntó si aquello me parecía poco romántico.
Negué con la cabeza.
—Me parece que quiero que sigas pudiendo decirme cosas después de que dejemos de estar especialmente cuidadosos.
Me miró durante un momento largo.