Una vida por estrenar
Clara
El martes me desperté antes de la alarma y no había ensayo al que llegar.
Permanecí en la cama con el teléfono boca abajo. Podía darme la vuelta, dormir un poco más, empezar el día sin una secuencia que repasar.
Lo primero que hice fue pensar en Lukas.
Después en las seis de la tarde, la hora a la que habríamos terminado. Me enfadé con el cuerpo por seguir guardando citas que ya no existían.
Me levanté y fui a desayunar.
Mamá me preguntó si iba a salir. Le dije que tenía una entrevista al día siguiente.
—¿Para qué puesto?
—Administración. En un centro de idiomas.
La respuesta dejó un silencio breve.
—No sabía que te interesara eso.
—Me interesa trabajar.
Mamá bajó la vista hacia la taza. Me arrepentí del tono, no de lo que había dicho.
—No tiene que ser para siempre —añadí.
Ella levantó la cabeza con demasiada esperanza.
—No hablo de volver a bailar.
Volvió a mirar la taza.
Nos costaría aprender a tener conversaciones que no fueran sobre el mismo desacuerdo.
La entrevista no tuvo nada que ver con mis mejores actuaciones.
Llegué quince minutos antes y esperé en un pasillo donde varias puertas llevaban nombres de idiomas. Una estudiante salió de un aula repitiendo una frase en voz baja. Otra persona discutía un cambio de horario en recepción.
Yo llevaba una carpeta demasiado nueva y la espalda tan recta que empezó a dolerme.
La mujer que me recibió se presentó como Alma Fischer. No comentó mi postura ni preguntó por qué una bailarina quería trabajar allí con tono de curiosidad personal. Señaló una silla y me ofreció agua.
—He visto que has coordinado viajes y horarios —dijo después de revisar el currículum—. Cuéntame una ocasión en que algo cambió tarde.
Tenía demasiadas. Elegí una función en la que el horario de acceso a la sala se había reducido. Expliqué cómo confirmé prioridades y comuniqué la modificación. Cuando llegué a la parte en que había trabajado sin comer para recuperar el tiempo, me detuve.
—Eso no fue una buena solución —añadí—. Ahora organizaría también la pausa.
Alma levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque una urgencia no mejora si el equipo llega agotado al momento importante.
La respuesta me sorprendió. Era algo que podía reconocer en retrospectiva y que todavía me costaba aplicar a mi propia vida.
Me preguntó por el sistema de matrículas. Admití que no lo conocía. Le expliqué otros programas que había aprendido y el modo en que tomaba notas cuando una tarea era nueva.
—Aquí tendrás que preguntar mucho las primeras semanas —dijo.
Sentí que acababan de señalar una debilidad.
—Puedo hacerlo.
La frase salió tensa.
Alma sonrió apenas.
—Es parte del trabajo, no una prueba que tengas que superar antes de empezar.
Miré mis manos sobre la carpeta. Pensé en Lukas pidiendo que repitieran una indicación y en mí misma ensayando respuestas para no parecer insegura. Había muchas formas de ocultar una dificultad. Algunas recibían elogios porque parecían competencia.
Cuando salí, no sabía si había dado la respuesta correcta a todo. Sabía que no había fingido saber más de lo que sabía.
Me preguntaron por horarios, por tareas que sabía hacer y por cómo había organizado trabajo en proyectos temporales. Tuve que explicar experiencia real sin esconder que había cosas que tendría que aprender.
En algún momento quise convencer a la persona que me entrevistaba de que era capaz de todo. Me detuve antes de hacerlo.
Pregunté qué formación inicial ofrecían.
La respuesta fue concreta. También las condiciones. Salí sin saber si me contratarían, pero con la sensación de haber hablado de un trabajo y no de mi valor completo como persona.
Quise contárselo a Lukas.
Abrí nuestra conversación y no escribí.
La cerré después de unos segundos. No porque hubiera dejado de importarme lo que pensara. Precisamente porque quería acudir a él cada vez que algo resultara difícil, y todavía no sabía hacerlo sin volver a buscar la relación que acabábamos de dejar.
Llamé a Nora.
Me escuchó y me preguntó si quería pasar por su casa. Acepté.
Revisamos el acuerdo de la habitación.
No era un gesto romántico ni un rescate.
Había una fecha de entrada, gastos compartidos y cosas prácticas que debíamos hablar antes de convivir.
Entraría el veintitrés de noviembre. Mis ahorros y el saldo del encargo me permitían sostener el comienzo; necesitaba seguir buscando trabajo si la entrevista no salía.
Nora me preguntó si estaba segura.
—No del todo —respondí.
Ella miró el acuerdo que habíamos escrito.
—¿De qué parte?
La pregunta me obligó a separar temores. Podía pagar el primer mes y los gastos previstos. El trayecto al trabajo era manejable. Conocía la casa y las reglas. Lo que no sabía era si soportaría decepcionar a mis padres al marcharme ni si la convivencia cambiaría nuestra amistad.
—De vivir juntas —dije.
—Yo tampoco estoy segura de que nunca vayamos a discutir.
—Eso no ayuda.
—No intento ayudarte a sentir certeza. Intento saber si quieres firmar el acuerdo que tenemos.
Leí de nuevo las condiciones. Habíamos anotado cómo compartir gastos, cuánto aviso dar si alguna necesitaba irse y qué espacios eran privados. No había una cláusula que garantizara que seguiríamos queriéndonos igual.
—Sí —dije—. Quiero.
Firmamos.
Nora me dio una copia y luego preguntó si podía abrazarme. Asentí. Cuando me rodeó con los brazos, empecé a llorar y acabamos riéndonos las dos.
—No sé si esto es por la casa —admití.
—No hace falta clasificarlo ahora.
Me quedé un momento más. Después guardé mi copia en la carpeta nueva. Tener un lugar al que mudarme no eliminaba la ruptura ni convertía el empleo en una promesa. Era una decisión concreta que podía sostener con los recursos que tenía.
Al volver a casa, empecé a separar libros. Mamá apareció en la puerta y preguntó si quería cajas. Le dije que sí.
No discutimos sobre la mudanza esa tarde. Ella trajo dos cajas y las dejó junto al armario. Yo acepté la ayuda sin pedirle que celebrara.
—Estoy asustada —respondí.
—Eso no contesta.
Pensé en la habitación de mis padres, en las conversaciones que terminaban con una clase nueva y en la manera en que ya estaba aprendiendo a ocultar incluso mis horas libres.
—Sí. Estoy segura.
Firmamos.
Después comimos algo en la cocina. Nora me contó un problema del trabajo y yo conseguí escucharlo sin volver inmediatamente a mi ruptura. Me hizo bien recordar que podía seguir siendo su amiga mientras necesitaba ayuda.
Antes de irme entré en la habitación vacía.
Había una cama, un escritorio y un armario pequeño. Nada allí sabía que yo había bailado. Apoyé la mano en el borde del escritorio y me quedé un rato.
Teresa me envió el cierre de la producción.
Revisé los importes y confirmé la recepción del saldo cuando llegó. También quedaron claros el crédito y las condiciones de la continuación. No tenía que desaparecer del programa para dejar de actuar.
Le agradecí el trabajo.
Después abrí el archivo de la pieza. Había anotaciones de Lukas y mías en distintos lugares. Durante unos minutos las leí como si fueran una conversación de la que todavía pudiera formar parte.
No las borré.
Guardé una copia y cerré la carpeta.
La noticia del empleo llegó el viernes. Podía empezar el lunes dieciséis con un periodo de incorporación y tareas definidas. Volví a preguntar por el horario antes de aceptar. No ofrecí todas las horas del día por agradecimiento.
Cuando colgué, lloré.
No porque hubiera encontrado de repente mi verdadera vocación. Porque tenía un comienzo que no dependía de volver al escenario.
El primer lunes llegué temprano.
Demasiado temprano. Tuve que caminar un poco antes de entrar para no presentarme con una ansiedad que nadie me había pedido.
Aprendí nombres, tareas y un sistema que no entendí del todo a la primera. Pregunté dos veces lo mismo y no ocurrió nada terrible. Me equivoqué al guardar un documento y lo corregí.
Alma, la responsable que me estaba enseñando las tareas, me pidió que comprobara una lista de horarios.
No era difícil de entender. Había varias aulas y cambios que debían coincidir en el calendario y en los avisos. Lo difícil fue aceptar que todavía no sabía dónde estaba cada cosa.
Pregunté por una carpeta y después por otra. A la tercera pregunta empecé a decir que podía buscarlo sola.
Alma levantó la vista.
—Puedes. También puedes preguntarlo ahora y apuntarte dónde está.
Lo hice.
Me senté frente a la pantalla con la libreta abierta. Había llevado la misma de los ensayos porque todavía no tenía otra. Durante un segundo me pareció inadecuado poner un horario de clases junto a una indicación de movimiento. Después pasé a una página limpia.
La libreta no tenía que elegir una profesión.
Revisé la lista despacio. Encontré un cambio que no aparecía en uno de los avisos y fui a consultarlo. Alma me explicó qué debía actualizar y me pidió que no enviara nada antes de una revisión conjunta aquel primer día.
Asentí.
No interpreté la revisión como desconfianza hasta que ya estaba volviendo a sentarme. Entonces apareció la vieja reacción: hacerlo tan bien que la siguiente vez no necesitaran comprobar nada.
Me obligué a terminar una tarea antes de empezar la siguiente.
A media mañana una persona llegó para preguntar por un curso. No sabía responderle. Sentí la urgencia de improvisar algo amable que ocultara mi ignorancia.
En lugar de hacerlo, dije que iba a consultarlo.
La persona esperó. Alma respondió desde su mesa y luego me explicó dónde encontrar esa información para la próxima vez.
Nadie pareció decepcionado.
Lo extraño era que yo hubiera esperado decepcionarlos por estar aprendiendo el primer día.
Durante la pausa saqué el teléfono. No tenía mensajes de Lukas. Tampoco los esperaba de verdad; habíamos acordado otra cosa. Aun así, una parte de mí seguía comprobando si la distancia se había vuelto menos real mientras yo estaba ocupada.
Abrí una conversación con Nora y le escribí que todavía no me habían despedido por preguntar.
Respondió con una frase breve que me hizo reír.
Guardé el teléfono antes de volver a mirar el nombre de Lukas.