Sin pedirte que vuelvas #2
—No puedo prometerte que mañana no voy a sentir lo mismo —dije.
—No te pido que no lo sientas. Te pido que no conviertas ese sentimiento en otra petición para mí.
Asentí.
Podría haberlo prometido entonces. Habría sido sincero durante unos minutos, quizá durante toda la noche. Pero acababa de descubrir lo mucho que había insistido incluso después de asegurar que entendía.
—Necesito aprender a hacer eso —respondí.
Clara empezó a llorar. No de una manera grande. Las lágrimas aparecieron y ella se las limpió sin dejar de mirarme.
—Yo necesito dejar de vivir pendiente de si lo vas a aprender hoy.
Me senté de nuevo.
No había dejado de quererla. Ella tampoco dijo que hubiera dejado de quererme. Eso volvió más difícil reconocer que seguir de la misma manera también era una decisión con consecuencias.
—¿Quieres que nos demos un tiempo? —pregunté.
Clara tardó en responder.
—Quiero que dejemos de estar juntos así.
La palabra así no me ofrecía un plazo. No era una forma de esperar a que yo encontrara una frase perfecta.
Asentí, con un dolor que no podía discutir.
Acordamos limitar el contacto a lo pendiente de la producción.
No porque fuéramos incapaces de saludarnos. Porque ninguno sabía todavía cómo pedir apoyo sin volver a abrir la misma negociación.
Clara recogería la copia final del trabajo y Teresa se encargaría de los pagos. No había llaves que devolver. Me sorprendió la facilidad práctica con que podía terminar algo que me había cambiado tanto la casa.
Se levantó y fue por el abrigo.
La acompañé al recibidor.
—Lo siento —dije.
Se volvió hacia mí.
—Yo también siento que estemos aquí.
Quise abrazarla. Le pregunté con la mirada y ella se acercó.
La sostuve sin intentar que el abrazo cambiara la decisión. Su mano se apoyó en mi espalda. Permanecimos así el tiempo suficiente para que me doliera de otra manera soltarla.
No nos besamos.
—Quiero que sigas componiendo —dijo Clara.
No respondí que quería verla bailar. Por primera vez entendí lo que habría hecho con esa frase.
—Quiero que puedas estar bien —dije.
Clara abrió la puerta. Antes de salir, me miró una vez más.
—Cuídate —dijo.
—Tú también.
La puerta se cerró con suavidad.
Me quedé en el recibidor hasta que oí sus pasos alejarse por la escalera. No corrí a la ventana. No escribí para comprobar que había llegado antes de que tuviera tiempo de cruzar la calle.
Volví al salón.
Los dos vasos seguían sobre la mesa. Recogí el suyo y vi la marca de sus dedos en el cristal. Lo lavé porque era un vaso usado, no porque quisiera borrar que había estado allí. Después lavé el mío.
La horquilla permanecía en el cajón del recibidor. Saqué el teléfono y le escribí solo sobre eso: podía entregársela a Teresa con el material pendiente o guardarla hasta que ella indicara otra cosa.
Clara respondió unos minutos después.
Puedes dársela a Teresa. Gracias.
La formalidad me dolió. Era exactamente la clase de contacto que acabábamos de acordar.
Guardé el teléfono.
Quise tocar. La necesidad parecía física: sostener el violín, ocupar las manos, producir una frase que no pudiera interrumpirme con una respuesta propia. Abrí el estuche y me detuve antes de sacar el instrumento.
No sabía si tocar me ayudaría o si estaba intentando convertir el dolor en trabajo antes de sentirlo. Cerré el estuche y me senté en el suelo a su lado.
Lloré allí, apoyado contra la estantería.
No había nadie a quien tranquilizar ni una explicación que preparar.
El final de la relación no demostraba que Clara nunca me hubiera querido.
Tampoco demostraba que yo fuera incapaz de querer bien.
Mostraba un daño concreto que no habíamos podido reparar mientras seguíamos dentro de la misma expectativa.
Más tarde llamé a Hannah.
—Clara y yo hemos terminado —dije cuando respondió.
Mi hermana guardó silencio un momento.
—¿Quieres que vaya?
—No esta noche.
—¿Quieres que me quede al teléfono?
Miré la habitación.
—Sí.
Hannah no pidió el relato completo. Habló conmigo mientras calentaba agua. Me contó qué estaba cocinando y dejó que yo explicara partes desordenadas de la conversación. Cuando empecé a justificar por qué había insistido, me detuve.
—Tenía miedo —dije—. Y la presioné.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Nos quedamos al teléfono hasta que el agua hirvió. Después le dije que podía dormir solo.
Antes de acostarme abrí el calendario. El ensayo con Mira seguía allí. La revisión médica también. Nada de eso era una traición a Clara ni una manera de recuperarla. Era la vida que me correspondía sostener después de haber pedido a otra persona que lo hiciera por mí.
Apagué la luz sin sentirme preparado para el día siguiente.
Llegó de todos modos.
Me levanté, preparé café y abrí las cortinas. La silla donde Clara había dejado el abrigo estaba vacía. Permití que la ausencia fuera eso, no una señal de que debía escribirle.
Antes del ensayo envié a Teresa una nota breve. Confirmé que seguiría con la transición y pedí que cualquier asunto pendiente con Clara pasara por el canal que habíamos acordado. No expliqué la ruptura. La producción solo necesitaba conocer el procedimiento.
Guardé la horquilla en un sobre con su nombre.
Luego abrí la libreta donde empezaba a registrar lo que me ayudaba a trabajar.
Escribí una frase nueva: Pedir apoyo a más de una persona.
Debajo anoté a Hannah, a los profesionales que me atendían, a Teresa para los ajustes laborales.
Dejé fuera el nombre de Clara, no porque nunca hubiera podido ayudarme, sino porque ya no quería convertirla en la única respuesta.
Salí de casa con el violín.
El dolor vino conmigo. También el trabajo. Caminé con ambos, sin pedirle a uno que borrara el otro.