La última pieza que bailamos Sin pedirte que vuelvas
73%

Sin pedirte que vuelvas

Lukas

El domingo no hablamos de la obra.

Nos escribimos cosas pequeñas. Que había dormido tarde. Que Clara estaba guardando la ropa. Que Teresa enviaría el cierre económico durante la semana.

Aun así, intenté trabajar con la partitura de continuidad. Abrí el archivo nuevo, vi el nombre de Mira en el calendario y lo cerré. Después lo abrí otra vez.

No había nada incorrecto en seguir. Clara quería que la pieza continuara dentro de las condiciones acordadas. Aun así, cada modificación parecía una declaración sobre cuánto podía reemplazarse.

Toqué el comienzo sin llegar al final. El piso estaba demasiado lleno de la noche anterior: la taza que había usado Clara, una horquilla olvidada sobre el mueble del recibidor, el programa doblado en mi abrigo.

Guardé la horquilla en un cajón y enseguida me pareció un gesto íntimo que no tenía derecho a interpretar.

Le escribí para preguntar si era suya. Respondió que sí y que podía guardarla hasta que nos viéramos.

Hasta que nos viéramos. Convertí esas palabras en una promesa antes de reconocerlo.

Salí a caminar. En el trayecto vi un cartel de la función todavía pegado en una vitrina de la sala. Nuestros nombres aparecían juntos. Pensé en fotografiarlo para Clara, pero ya teníamos imágenes suficientes de la obra. Lo que no sabíamos era cómo encontrarnos sin ella.

Al volver, preparé las preguntas que quería hacer el lunes. No escribí ¿me quieres? ni ¿vas a dejarme? . Escribí qué contacto necesitaba, qué podía ofrecer y si había una forma de continuar la relación sin convertir su retirada en una herida que ella tuviera que cerrar.

Las preguntas eran mejores que mis argumentos. No garantizaban que las respuestas fueran las que deseaba.

El lunes le pedí que viniera.

No quería discutir por mensajes. También quería verla en mi casa, dentro de un lugar donde nos había resultado posible estar bien. Me costó reconocer cuánto esperaba que el espacio hiciera por mí parte del trabajo.

Clara llegó con el abrigo abrochado hasta arriba. Lo colgó en el recibidor y me besó en la mejilla.

La diferencia me dolió antes de que nos sentáramos.

—¿Quieres agua? —pregunté.

Asintió.

Llevé dos vasos a la mesa. No preparé comida ni música. Esta vez no quería esconder la conversación dentro de una noche agradable.

—Sigo pensando en el estreno —dije.

Clara sostuvo el vaso entre las manos.

—Yo también.

—En cómo estabas al terminar.

Levantó la vista.

—Estaba contenta.

—Lo sé.

Esperé. Ella también. La frase siguiente tenía que ser mía.

—Me cuesta entender que puedas sentir eso y no quieras volver a hacerlo.

Clara dejó el vaso.

—No necesito que lo sientas igual. Necesito que me creas.

Me apoyé en el respaldo.

—Te creo.

—Pero sigues esperando que se me pase.

No pude negarlo enseguida. Ese segundo fue una respuesta.

Clara miró hacia el salón.

—Cuando te hablo de que me duele, buscas una puerta por la que hacerme volver —dijo—. Entonces dejo de poder contarte que me duele.

Bajé la mirada a mis manos.

—No quiero que dejes de hablarme.

—Yo tampoco.

La tristeza de su voz me hizo preferir una discusión. Una discusión habría permitido pensar que solo necesitábamos calmarnos.

—Estoy intentando continuar con Mira —dije—. No he dejado el proyecto esperando que cambies de opinión.

—Lo sé. Y me alegro de que continúes.

—No siempre parece que te alegres.

Clara cerró los ojos un momento.

—Puedo alegrarme por ti y estar triste por lo mío. Me estás pidiendo que deje una cosa sin sentir nada para que sea más fácil aceptarla.

La frase me atravesó con una precisión que me hizo querer defenderme.

—Tú también te alejaste cuando te conté que estaba funcionando.

—Porque me dolía. No te pedí que la despidieras ni que dejaras de tocar.

Tenía razón. Me quedé callado.

Desde la cocina llegó un pequeño ruido de tuberías. El sonido me distrajo y después me enfadó que incluso allí una parte de mí estuviera comprobando cómo lo había percibido.

—Tengo miedo de perder demasiado a la vez —admití.

Clara me miró.

—¿La música y a mí?

Asentí.

Su expresión se ablandó, pero no se acercó para cerrar la conversación con un abrazo.

—Yo no soy la forma en que puedes conservar la música, Lukas.

Me cubrí la boca con una mano.

—Ya lo sé.

—Necesito que lo sepas también cuando estás asustado.

No tenía una respuesta que pudiera demostrarlo esa tarde.

Clara se levantó para buscar un pañuelo en el bolso.

La observé ir hasta el recibidor y volver. Había hecho ese recorrido muchas veces, con naturalidad, preguntando algo desde la puerta o dejándome una frase para después. Aquella tarde parecía medir cada paso para no dar por hecho que seguía teniendo derecho a estar allí.

Yo había contribuido a esa cautela.

Quise decirlo. No encontré una forma que no sonara como otra confesión que ella tendría que consolar.

Cuando se sentó, le pregunté si quería leer lo que había empezado a escribir para las siguientes funciones. Podría haber sido un intento de mostrarle que ya existía un futuro sin obligarla a participar. También podía ser una manera de volver a hablar de trabajo para salir de la conversación.

Clara negó con la cabeza.

—Ahora no quiero mirar la pieza.

Acepté el no. Me costó lo suficiente para comprender cuánto trabajo tenía pendiente.

Nos quedamos en silencio.

Yo había conocido el cansancio profesional como algo que se atravesaba. Había tenido días malos, encargos ingratos y momentos de querer dejar el instrumento cerrado. Después volvía. Había convertido esa experiencia propia en una ley sobre lo que significaba amar la música.

Clara estaba diciéndome que su experiencia era distinta.

No podía responderle con la mía como si fuera una corrección.

—Creo que he tratado tu decisión como trataría una duda mía —dije.

Me miró.

—¿Qué harías con una duda tuya?

—Seguir trabajando hasta saber si desaparece.

Clara asintió despacio.

—Eso es lo que llevo mucho tiempo haciendo.

La frase me dejó inmóvil.

No era que no hubiera probado a continuar. Era que continuar había sido su respuesta durante años y ya no le servía.

Me apoyé las manos sobre las rodillas.

—Lo siento.

—Lo sé.

No había alivio en su respuesta. Saber que yo lo sentía no cambiaba la cantidad de veces que ella había tenido que defenderlo.

Clara me contó algo de la mañana después del estreno. Había despertado sin saber qué hacer con las horas. Le había dado pena no tener ensayo y también había sentido alivio. Quiso escribírmelo, pero imaginó mi respuesta antes de hacerlo.

—Imaginé que me dirías que eso demostraba que todavía lo quería —explicó.

—¿Y no lo demuestra?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Clara me miró. No había enfado inmediato en su cara, sino un cansancio que me resultó peor.

—Demuestra que una parte de mí lo va a extrañar.

—Podrías extrañarlo y hacer algunas funciones.

Callé en cuanto me oí. Habíamos recorrido aquella conversación varias veces y yo seguía buscando una abertura en cualquier emoción que no fuera alivio completo.

—Esto es lo que no puedo hacer —dijo—. No puedo contarte lo que siento si cada sentimiento se convierte en una prueba contra mi decisión.

Me levanté y caminé hasta la ventana. No para castigarla con distancia; necesitaba moverme antes de responder desde la defensa.

—Yo oigo que te duele y pienso que quizá te estoy dejando marcharte cuando en realidad necesitas que insista.

—Te he pedido que no insistas.

—Lo sé.

—Entonces no estás escuchando una señal oculta. Estás reemplazando mi respuesta por una que te permite conservarme en la pieza.

Apoyé una mano en el alféizar. Afuera, una bicicleta pasó por el patio. Seguí el movimiento hasta perderlo de vista.

—Tengo miedo de que, si dejamos de trabajar juntos, dejes de necesitarme.

Clara se quedó quieta.

Era la primera vez que decía la frase sin esconderla detrás de una fecha o una sala.

—Yo no quiero necesitarte para poder quererte —respondió.

Me volví. Había ternura en sus ojos, y no era suficiente para darnos la forma de relación que yo pedía.

—No sé cómo hacer esa diferencia todavía —admití.

—Yo tampoco sé cómo demostrarte que me quedo sin volver al escenario.

—No deberías tener que demostrarlo.

La frase era cierta. Mi conducta había dicho otra cosa.

Regresé al sofá y me senté dejando espacio entre los dos. No intenté tocarla. La distancia ya no era una estrategia; era el lugar que necesitábamos para reconocer lo que estaba ocurriendo.

—Si seguimos ahora —dije—, voy a seguir esperando que cambies de opinión.

Clara bajó la vista hacia sus manos.

—Y yo voy a seguir preparándome para defenderla.

Ninguno quería terminar. Eso no volvió sano continuar de la misma manera.

Me dolió darme cuenta de lo tarde que estaba haciendo una pregunta tan sencilla.

Clara apoyó el pañuelo junto al vaso.

—Yo tampoco he sabido quedarme contigo cuando estabas contento por continuar —dijo—. Me daba vergüenza reconocer que me dolía y esperaba que lo adivinaras sin preguntarme.

No usé su admisión para equilibrar una cuenta.

—Podemos haber hecho daño de formas distintas —respondí.

Asintió.

No necesitábamos decidir quién tenía más culpa para reconocer que ambos estábamos empezando a entrar en las conversaciones preparados para defendernos. Yo esperaba que ella me quitara el miedo a avanzar sin ella. Ella esperaba que yo dejara de convertir su salida en algo que debía justificar.

El amor seguía allí. También la costumbre de hacernos daño alrededor de la misma pregunta.

No sabía cómo prometer que una noche más juntos la cambiaría.

Hablamos durante mucho tiempo.

No repetimos exactamente las mismas frases. Encontramos otras partes del problema: mi miedo a una vida profesional distinta, su costumbre de anticiparse a la decepción ajena, lo fácil que resultaba convertir el trabajo compartido en la prueba de que la relación seguía a salvo.

Clara me dijo que antes de cada encuentro empezaba a preparar una defensa de su retirada.

Aquello me hizo levantarme.

Fui hasta la ventana y me quedé de espaldas unos segundos. No quería que viera una reacción que la obligara a consolarme por haberle hecho daño.

Después volví a la mesa.