La última pieza que bailamos #2
La recorrí sin corregirla.
Me gustó.
El reconocimiento llegó limpio, sin discutir con la decisión que había tomado. Podía gustarme aquello. Podía querer a Lukas y querer bailar esa pieza aquella noche. Ninguna de esas cosas me obligaba a prometer otra temporada.
El pensamiento no duró mucho. Tuve que seguir moviéndome.
En un enlace, el pie encontró el suelo un poco antes. Ajusté el peso y continué. Lukas no intentó rescatarme con un cambio inesperado. Mantuvo la frase y yo encontré de nuevo el espacio dentro de ella.
La confianza era eso también: no convertir cada dificultad en una emergencia compartida.
Cuando nos acercamos al final, sentí el cansancio. Era físico, concreto. Los músculos trabajaban y el aire tardaba un poco más en llegar. Había vivido tantas veces dentro de esa sensación que habría podido confundirla con la única manera de estar plenamente presente.
Esa noche la reconocí como parte de una actuación.
Lukas sostuvo la última frase.
Yo terminé antes.
Me quedé quieta y dejé que la música continuara sin mí durante los segundos que habíamos acordado. Era más difícil de lo que había parecido en los ensayos. Mi cuerpo quería ofrecer un último gesto, acompañar el sonido hasta que no quedara nada fuera de mi control.
No lo hice.
La nota terminó.
Durante un instante nadie se movió.
Después llegaron los aplausos.
No me incliné enseguida. Durante una fracción de segundo seguí dentro de la posición final y sentí el suelo bajo los pies, el aire en los pulmones, el sudor enfriándose en la nuca.
Luego levanté la cabeza.
Lukas ya me miraba. Hicimos la reverencia acordada. La primera fila apareció con más claridad cuando subió la luz. Vi manos, rostros, una persona que se secaba una mejilla. No intenté guardar la imagen entera.
El aplauso creció y mi cuerpo respondió con la antigua descarga de energía, esa que tantas veces había confundido con una razón suficiente para seguir. Era real. También era breve. Podía recibirla sin firmar nada con ella.
Lukas bajó el violín y me miró.
Me acerqué a él. Acomodó el violín y el arco en la mano izquierda para la reverencia y, cuando tuvo libre la derecha, buscó la mía. Nos inclinamos ante el público, una vez y luego otra porque seguían aplaudiendo, torpes por el alivio.
Vi a Nora de pie. A Hannah junto a ella. Mi padre aplaudía con una seriedad emocionada que me hizo buscar a mi madre.
Mamá tenía las manos juntas y la cara húmeda.
No supe por qué lloraba exactamente. Por la pieza, por mí, por una despedida que no quería aceptar. No tenía que resolverlo desde el escenario.
Salimos.
En el pasillo me reí y lloré casi al mismo tiempo. Lukas guardó el instrumento antes de abrazarme. Esperó lo necesario para dejarlo seguro y después vino hacia mí con los brazos abiertos.
Me apoyé contra él.
—Lo hemos hecho —dijo.
Asentí contra su hombro. Tenía la camisa tibia y yo aún respiraba deprisa.
Lukas me besó el pelo. Luego me aparté lo suficiente para mirarlo y lo besé en la boca. Había orgullo en su cara y un cansancio que no intentaba esconder.
—Ha sido nuestra —dije.
—Sí.
Nos quedamos juntos hasta que Teresa apareció para preguntar si podíamos salir a saludar.
Quise unos minutos más.
Lukas me miró y asintió antes de que lo pidiera.
—Ahora vamos —respondió.
Mamá me abrazó cuando salí cambiada.
Durante un momento no habló. Supe que le estaba costando y le devolví el abrazo sin usar ese silencio como una victoria.
—Has estado muy bien —dijo al apartarse.
—Gracias.
Me sostuvo por los brazos.
—Lo que has hecho al final…
Se detuvo. Tal vez iba a corregir algo. Tal vez no. Esperé.
—Me ha gustado —terminó.
Sentí una tristeza extraña por lo mucho que había deseado escuchar una frase así sin una indicación detrás.
Mi padre me abrazó después. Nora me entregó la segunda botella de agua, insistiendo en que ahora tenía que beber ambas porque había cargado con ellas. Me reí. Hannah felicitó a Lukas y le preguntó cómo estaba. Él respondió que cansado y contento.
Escucharlo decir las dos cosas me hizo querer besarlo otra vez.
Hubo conversaciones, agradecimientos, personas que preguntaron dónde podrían vernos después. Teresa se encargó de responder que estaban preparando la continuidad y que anunciarían fechas cuando hubiera algo cerrado.
Yo no corregí la frase. No iba a estar en esa continuidad como intérprete.
Lukas estaba a mi lado cuando una mujer dijo que esperaba volver a verme bailar.
—Gracias por venir —respondí.
No era el lugar para explicar mi vida a cada persona. Tampoco quería prometer algo para que la despedida resultara más cómoda.
Más tarde, cuando casi todos se habían ido, regresé al camerino a recoger el bolso. Lukas apareció en la puerta.
—¿Puedo pasar?
Asentí.
Se sentó mientras yo guardaba la ropa. La sala había recuperado un silencio de trabajo terminado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
Me quedé con la camiseta entre las manos.
—Triste. Aliviada.
—Has disfrutado.
No era una pregunta.
—Sí.
Me miró con una esperanza que reconocí demasiado pronto.
Dejé la camiseta dentro del bolso.
—He disfrutado y he terminado, Lukas.
Bajó la vista. No discutió.
Pero la pausa que siguió me mostró cuánto había esperado otra respuesta.
Cerré la cremallera y me senté a su lado. Le tomé la mano. Él la apretó con cuidado.
No quería que aquella noche terminara en una pelea. Tampoco quería dejar mi decisión sin decir para conservarla intacta.
Permanecimos así hasta que Teresa vino a cerrar.
Salí de la sala con mi ropa dentro del bolso y la mano de Lukas todavía junto a la mía.
La última actuación había terminado. Lo demás tendría que aprender a vivirlo fuera.