La última pieza que bailamos La última pieza que bailamos
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La última pieza que bailamos

Clara

Guardé los pendientes en el bolsillo del bolso y cerré la cremallera.

Había hecho ese gesto antes de muchas actuaciones. Aquella tarde tardé más de lo necesario, como si cerrar despacio pudiera modificar lo que venía después.

El camerino era pequeño. Sobre la silla había dejado el jersey y los pantalones con los que volvería a casa.

No llevaba nada nuevo para la despedida.

La ropa de la pieza era sencilla, elegida para moverme sin pensar en ella.

Me miré una vez en el espejo y aparté la vista antes de empezar a corregirme.

Llamaron a la puerta.

—Soy Nora.

La dejé entrar. Traía agua, aunque yo ya tenía una botella.

—No sabía qué llevar —dijo.

—Esto sirve.

La apoyó junto a mis cosas y me miró sin hacer un inventario de mi cara.

—¿Quieres compañía o prefieres estar sola?

La pregunta me emocionó más que un abrazo inmediato.

—Un momento de compañía.

Nora se sentó. Yo permanecí de pie porque no sabía descansar antes de salir. Me preguntó si había comido. Le dije que sí. Me creyó.

Durante unos minutos hablamos de cosas pequeñas. De cómo había encontrado la sala, de una persona que había confundido la entrada del edificio con otro portal, de que mi padre estaba intentando ayudar a Teresa sin saber dónde ponerse.

—¿Mamá?

—Está con él.

No añadió cómo estaba. Se lo agradecí.

Nora se levantó cuando quedaban pocos minutos.

—No voy a decirte que disfrutes cada segundo —dijo—. Puedes tener segundos malos también.

Me reí y la abracé. Ella apretó una vez antes de soltarme.

Cuando salió, recogí la botella y bebí. Dejé el tapón bien cerrado. Necesitaba que algunas cosas conservaran un final sencillo.

Cuando Nora salió, me senté por fin.

El silencio del camerino no era completo. Llegaban pasos del pasillo, una puerta que se abría, la voz baja de alguien comprobando una luz. Durante años aquellos sonidos habían servido para ponerme en marcha. Esa noche no quise utilizarlos como una cuenta atrás.

Saqué la libreta y encontré la página de septiembre. Última actuación. La tinta azul no había cambiado. Yo sí, aunque no de la manera ordenada que había imaginado.

Creí que llegar a la última función me haría sentir segura. En cambio, estaba triste, contenta, agotada y asustada de tener razón. Si al día siguiente extrañaba bailar, mi decisión seguiría siendo válida. Si sentía alivio, eso no convertiría todos los años anteriores en un error.

Escribí debajo: Puedo echarlo de menos sin volver.

La frase parecía demasiado preparada. Estuve a punto de tacharla. La dejé porque no tenía que ser hermosa para servirme.

Probé el primer apoyo sin levantarme de la silla. Talón, planta, dedos. El cuerpo conocía el recorrido. Pensé en todas las veces que había exigido a ese conocimiento que demostrara algo sobre mí: que era disciplinada, que merecía una oportunidad, que el cansancio no contaba.

Aquella noche el cuerpo solo tenía que hacer la pieza.

Llamaron con suavidad. Mi padre pidió permiso desde el pasillo.

Lo dejé entrar.

Se quedó cerca de la puerta como si el camerino fuera un lugar donde podía romper algo. Llevaba la misma camisa de algunas funciones anteriores, la que mamá decía que salía bien en las fotografías.

—Tu madre está buscando los asientos —dijo—. Nora la está ayudando.

—Eso puede salir de muchas maneras.

Sonrió. Después miró mis manos.

—Quería decirte algo antes.

Esperé.

—Hoy voy a mirar esta función. No lo que hagas después.

La frase no borró su silencio durante años ni arregló el desayuno. Aun así, sentí que me aflojaba algo en el pecho.

—Gracias.

Me abrazó después de preguntarme con la mirada. Apoyé la cara en su hombro y volví a ser, durante un instante, la niña a la que esperaba fuera de clase con un bocadillo. No necesitaba despreciar aquel recuerdo para crecer fuera de él.

Cuando se marchó, me quedé sentada hasta que la respiración recuperó un ritmo manejable.

Había una pequeña diferencia entre querer estar sola y sentirme abandonada. Esa tarde pude reconocerla. Había gente al otro lado de la puerta, personas que habían venido a verme, pero no necesitaba llenar con ellas cada minuto antes de empezar.

Saqué la libreta del bolso.

No buscaba la fecha de salida. Abrí una página de trabajo y leí las notas que había tomado durante el proceso. Algunas ya no servían. Otras estaban dentro de la pieza de una manera que nadie del público podría identificar.

Encontré la hoja que Lukas había escrito cuando yo no quería terminar un ensayo a las seis.

Cambiar el peso antes de levantar el brazo. No acelerar para alcanzarlo.

La sostuve un momento.

Aquel día había pensado que me estaba obligando a dejar algo mal.

Ahora podía ver otra parte: había respetado una hora y había ofrecido una manera de volver al trabajo sin exigir que lo resolviera agotada.

No anulaba las veces posteriores en que me había pedido continuar.

Las dos cosas pertenecían al mismo hombre.

Me costaba aceptar personas enteras cuando estaba herida. Quería que una decisión demostrara quién era alguien para saber cómo responderle siempre. Lukas podía cuidarme y presionarme. Mi madre podía quererme y no escucharme. Yo podía ser disciplinada y usar esa disciplina para hacerme daño.

No tenía que resolver esa complejidad antes de bailar.

Guardé la hoja.

Alguien pasó por el pasillo y reconocí la voz de mi padre. Se detuvo junto a la puerta, llamó y preguntó si podía entrar. Dije que sí.

Se quedó de pie, con las manos vacías. Parecía haber considerado traer algo y no haber encontrado qué.

—No quiero distraerte —dijo.

—No me distraes.

Miró el camerino, la ropa sobre la silla y la botella.

—Tu madre está buscando sitio.

Asentí.

Mi padre dio un paso hacia mí y después se detuvo.

—Quería decirte que voy a estar mirando lo que hagas hoy.

Lo miré, sin entender del todo.

—No lo que podrías hacer después —añadió.

La emoción me llegó de golpe. No sabía si había encontrado esa frase solo o si alguien lo había ayudado. No importaba. La estaba diciendo allí, antes de que yo tuviera que demostrar nada.

Me levanté y lo abracé.

Él me sostuvo con una torpeza cariñosa que conocía desde niña. No intentó hablar de trabajo ni revisar mi decisión. Cuando se apartó, tenía los ojos húmedos.

—Ve a sentarte —le dije—. Si mamá empieza a organizar las filas, avisa a Teresa.

Se rió.

La broma nos permitió separarnos sin convertir aquel momento en una escena más grande de lo que podía soportar antes de salir.

Volví a quedarme sola. Me miré en el espejo una segunda vez, esta vez para comprobar que el moño no se hubiera soltado con el abrazo. No encontré otra cosa que corregir porque no la busqué.

Me levanté y recogí la botella.

El miedo seguía ahí. Había aprendido suficientes cosas sobre escenarios para saber que podía salir con él. Lo que estaba aprendiendo ahora era que también podría volver a una vida fuera de ellos y llevar miedo allí sin que eso significara haber elegido mal.

Abrí la puerta.

No me despedí del camerino. No necesitaba volver solemne cada objeto para que aquella noche importara. La silla seguiría sirviendo a otras personas, el espejo devolvería otras caras, la puerta se abriría para alguien que llegaría con una historia distinta.

La mía no terminaba en esa habitación.

Fui a buscar a Lukas.

Lukas estaba junto al atril.

Me vio llegar y dejó la carpeta. No me preguntó si estaba preparada. Se acercó hasta quedar frente a mí y esperó.

Le ofrecí la mano.

Él la tomó sin marcar ningún ritmo. Aquel gesto era nuestro fuera de la pieza.

—Estoy nerviosa —dije.

—Yo también.

No me tranquilizó fingiendo que tenía todo bajo control. Miré el estuche abierto, la partitura ordenada, sus manos. Había preparado lo que podía preparar.

—Si necesitas parar antes de salir, me lo dices.

Asintió.

—Tú también.

Nos besamos una vez, sin buscar que el beso hiciera desaparecer el miedo. Después él regresó al instrumento y yo fui a mi lugar.

El murmullo del público llegaba desde el otro lado. Reconocí una risa de Nora y luego dejé de intentar separar voces. Mis padres estaban allí. También Hannah, algunas personas que conocían la sala y otras que no sabía por qué habían elegido venir.

Teresa hizo la señal.

Entré antes de la música.

Al principio solo estuvieron el suelo y mi respiración.

Había imaginado tantas veces aquella espera que me sorprendió su sencillez. Tenía los brazos a los lados y el peso repartido entre los pies. Podía sentir la superficie bajo los calcetines, el aire fresco en la parte de las muñecas que la ropa no cubría.

No miré a mi madre.

Miré a Lukas.

Estaba preparado, pero no se adelantó. Esperó el cambio que conocíamos. Yo dejé que el peso se desplazara y la primera nota llegó mientras empezaba a moverme.

Durante los primeros compases todavía intenté vigilarlo todo. La distancia al atril, la dirección del brazo, el lugar donde debía respirar. Reconocí esa parte de mí y no luché contra ella; la dejé trabajar hasta que el cuerpo encontró algo más que instrucciones.

La frase del giro apareció.

Habíamos discutido tanto sobre ella que llevaba dentro más de una versión. Elegí la que conocía ese día y continué. El final de la música quedó un poco después de mi movimiento. No corrí para alcanzarlo.

El público estaba cerca, pero dejó de ser una fila de posibles juicios. Eran personas mirando algo que estábamos haciendo en ese momento. No sabían cuántas veces habíamos fallado allí ni cuáles de mis pausas habían nacido de un error.

Lukas levantó la vista en el punto acordado.

Respondí.

El sonido no me decía todo lo que necesitaba. También estaban su brazo, la preparación antes de una entrada y el modo en que ajustaba el cuerpo para dar espacio a una frase. Habíamos aprendido a mirarnos con más precisión que la que exigía simplemente estar a tiempo.

Llegó la secuencia que había nacido el viernes en que me reí.

Todavía conservaba algo de aquella torpeza inicial. No una equivocación decorativa, puesta ahí para parecer espontánea, sino una dirección que yo no habría elegido si me hubieran pedido ser impecable desde el principio.