Una vida por estrenar #2
Por la tarde cometí el error del documento. Lo había guardado donde no correspondía. Alma me pidió que lo buscara y, al encontrarlo, empecé a explicar demasiado: había confundido una carpeta, estaba acostumbrada a otro sistema, lo había revisado pero…
Ella esperó a que terminara.
—Ahora sabemos dónde está. Muévelo y comprueba el nombre.
La miré.
—Perdona.
—Ya está corregido.
Volví a mi mesa con las mejillas calientes. No había sido una escena de humillación; mi cuerpo la había preparado igual.
Moví el archivo. Revisé el nombre una vez y retiré la mano del ratón antes de comprobarlo una tercera.
Pensé en Lukas pidiéndome repetir un pasaje y en la facilidad con que yo había supuesto que cada pausa era una valoración de mi capacidad. Habíamos traído historias propias a una sala donde intentábamos hacer una pieza juntos. No todo lo que nos dolió había empezado allí.
Eso no volvía menos importante lo que él había hecho después. Me ayudó a dejar de contarme la ruptura como una prueba de que había sido ingenua al quererlo.
Podía haber sido bueno para mí durante una parte de la historia y haberme hecho daño en otra. Podía echarlo de menos sin volver a ponerme en el mismo lugar.
Antes de terminar el día, Alma me preguntó qué tareas quería repasar a la mañana siguiente. Elegí dos. No dije que todo estaba claro para conservar una impresión que no existía.
Ella anotó el plan y me recordó la hora de entrada.
—Hoy ya puedes irte.
Miré el reloj.
Quedaban cosas en la lista.
—¿No prefieres que termine esto?
—Mañana. El horario también forma parte del trabajo.
Guardé la libreta. No se me hizo fácil levantarme, pero lo hice.
En la puerta del centro me quedé unos segundos sin saber hacia dónde ir. Había salido a la hora prevista. No tenía que recuperar un fallo quedándome más tiempo, ni demostrar gratitud regalando una tarde.
Busqué las llaves de casa y caminé hacia una vida que todavía no conocía bien.
Al salir estaba cansada.
El cansancio no llevaba música dentro. Me pareció extraño y, durante un momento, agradable.
En casa saqué la libreta. Había pensado escribirle a Lukas desde que salí del trabajo. En lugar de abrir el teléfono, empecé una carta en papel.
Antes de escribir su nombre, preparé té.
La cocina estaba vacía y la casa de mis padres tenía una quietud distinta desde la conversación.
Mamá y yo hablábamos de cosas prácticas.
Papá preguntaba por el trabajo y luego se detenía antes de ofrecer una solución.
Todos estábamos aprendiendo con demasiada conciencia.
Regresé a la habitación y apoyé la taza lejos de la libreta.
Escribí una primera frase:
Hoy he hecho algo mal y no he tenido que repetir el día entero.
Me quedé mirándola. Después le conté el error del archivo y cómo había empezado a explicarme hasta que Alma me detuvo.
Si Lukas estuviera allí, habría imitado mi discurso excesivo para hacerlo reír.
Él habría dicho algo seco sobre la crueldad de las carpetas digitales y yo le habría pedido que no inventara enemigos.
La escena imaginada me hizo llorar.
No quería contactarlo solo para dejar de sentir aquella ausencia durante una hora. Tampoco quería convertir el silencio en una demostración de independencia. Escribir sin enviar me permitió descubrir qué parte de la historia quería compartir y qué parte esperaba que él arreglara.
Le conté que había preguntado varias veces y que nadie me había castigado. Añadí que salir a la hora acordada me produjo culpa. No le pedí que me asegurara que había tomado la decisión correcta.
También escribí sobre la entrevista, el empleo y la habitación. Después puse que lo echaba de menos. No dije que me arrepentía, porque no era verdad.
Te echo de menos y sigo queriendo esta vida.
Aquellas dos cosas podían estar en la misma página.
En otra hoja anoté lo que aún no sabía: si el empleo duraría, si me gustaría dentro de meses, si podría pagar todo sin angustia, si volvería a bailar alguna vez en una cocina por placer. Esa lista no era para Lukas. La guardé en el cajón.
Doblé la carta una sola vez y la puse dentro de la libreta, lejos de los papeles del encargo. No la envié.
Durante un momento pensé que guardarla era otra forma de hablar sin correr ningún riesgo. Podía serlo si esperaba que Lukas adivinara algún día todo lo que yo no había dicho. Escribí la fecha en una esquina para recordar cuándo la había hecho y no la convertí en una promesa de entrega.
La carta me había servido esa noche. Más adelante podría decidir si también quería que la leyera. Las dos decisiones no tenían por qué ocurrir al mismo tiempo.
Cerré la libreta y la dejé en el cajón. No debajo de la almohada ni junto al teléfono, como una respuesta que debiera aparecer mientras dormía. Al día siguiente volvería al centro y tendría nuevas cosas que aprender antes de saber qué lugar ocuparía aquella hoja.
Después mandé a Nora una foto de la taza que pensaba llevar al piso. Respondió que ya teníamos demasiadas, seguida de un corazón.
Sonreí. La vida nueva no se presentó como una gran vocación. Se presentó como una discusión futura sobre espacio en un armario.
Podía recibir una noticia buena sin exigirle que anulara todo lo que me dolía.