La última pieza que bailamos Las invitaciones
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Las invitaciones

Clara

Antes del pase, Lukas me pidió que cerráramos la puerta para hablar.

Teresa salió de la oficina y se quedó con nosotros. Él apoyó la carpeta en el banco y explicó que estaba teniendo dificultades auditivas, que ya había buscado atención y que necesitaba acordar algunas cosas prácticas. No me miró para que completara sus frases.

Yo mantuve las manos quietas.

Teresa preguntó qué le ayudaría ese día. Hablamos de dar indicaciones de una en una, de esperar a que terminara de tocar antes de hablar y de mantener claras las señales que ya utilizábamos. Lukas no tuvo que enseñar los resultados de las pruebas para que lo escuchara.

Cuando Teresa regresó a la oficina, él se quedó mirando la puerta.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Queriendo volver a decirlo para que suene mejor.

Le toqué el brazo.

—Se ha entendido.

Asintió. Después me preguntó por mí.

Yo tenía los dedos fríos y el impulso de repetir todo una vez más. No había tiempo. Se lo dije.

Lukas me besó la frente.

—Entonces hacemos lo que tenemos.

El público del pase era pequeño y estaba demasiado cerca.

Reconocí a dos personas que habían trabajado conmigo años antes. Una levantó la mano desde la segunda fila. Le devolví el saludo y sentí cómo el cuerpo empezaba a organizarse para demostrar que seguía siendo la misma intérprete que recordaban.

Lukas estaba colocando la carpeta en el atril. Cuando alzó la vista, esperé a tener su atención y marqué con un gesto la entrada acordada. Él respondió.

No necesitábamos fingir que la conversación del viernes no había ocurrido. La incertidumbre estaba allí, incorporada a la manera en que comprobábamos cada señal sin vergüenza.

Teresa dio la bienvenida. Después se apagaron parte de las luces.

Entré antes de la música.

Durante los primeros minutos sentí cada error posible como si ya hubiera sucedido. Un apoyo demasiado rápido. Una respiración audible. El brazo que podía quedarse atrás. El público cercano volvía visibles detalles que en una sala grande se perderían.

Entonces llegué al pasaje nacido de aquel error del ensayo. El cuerpo quiso corregirlo hacia una versión más limpia. Elegí continuar con el desequilibrio que habíamos conservado.

Lukas sostuvo el espacio sin cubrirme. Vi el recorrido de su arco, la preparación del siguiente gesto. Cuando entró, no sentí que me rescatara. Habíamos llegado los dos.

La vigilancia no desapareció. Se volvió una parte menor de lo que estaba haciendo.

En el último tramo, el silencio previo a la frase principal duró lo acordado. Nadie del público se movió. Por un segundo pensé en noviembre y en que pronto no volvería a estar allí como trabajo. La emoción me cambió el peso. No dejé que se convirtiera en un argumento.

Terminé el pase con el pecho agitado y una alegría que no negaba el cansancio.

No era un estreno. Teresa lo había repetido varias veces. Eran personas invitadas para ver trabajo en proceso, y aun así mi cuerpo había reaccionado como si cada una pudiera decidir el resto de mi vida.

Cuando llegaron los aplausos, me incliné junto a Lukas y tuve ganas de cogerle la mano. Esperé hasta que salimos del espacio y nos quedamos detrás de la puerta del camerino.

Él entrelazó los dedos con los míos.

—Hemos terminado —dijo.

—Sí.

Me reí por el alivio. Lukas apoyó un beso rápido en mi boca y luego otro, más tranquilo. Por unos segundos no pensé en noviembre.

Teresa nos llamó para hablar con los invitados.

Una mujer se presentó como directora de una compañía de Berlín. Conocía trabajos anteriores míos y había venido por la invitación de Teresa. Me hizo preguntas concretas sobre la pieza y después sobre mi disponibilidad.

No me ofreció un futuro brillante en dos frases. Habló de un proceso de selección, de semanas de trabajo, de materiales que tendría que enviar. La normalidad de la propuesta la hizo más difícil de rechazar en aquel momento.

—¿Te interesa que te escribamos? —preguntó.

Todas las respuestas profesionales que había aprendido empezaban con entusiasmo. Sonreír, agradecer, dejar la puerta abierta. Miré a Lukas al otro lado de la sala. Estaba hablando con Teresa y no podía oírnos. Aun así, sentí la tentación de imaginar lo que significaría la oferta para los dos.

Volví a mirar a la directora.

—Puede escribirme —dije—. Necesito conocer las condiciones antes de responder.

No era una aceptación. Tampoco la declaración definitiva que todavía no estaba preparada para hacer frente a una desconocida.

Intercambiamos datos. Ella comentó un video mío de hacía tres años. Recordé el teatro, el vestuario, una habitación de hotel donde había comido sola después de una función. En el video yo parecía incansable. La imagen había seguido circulando sin los días que la rodeaban.

—Fue un buen trabajo —dije.

Lo había sido. Podía reconocerlo sin usarlo como obligación de repetir aquella vida.

Cuando se marchó, guardé su tarjeta en la libreta. No junto a la página de Última actuación . La puse entre dos hojas vacías, donde no pudiera parecer una respuesta. Aun así, sentí que había vuelto a poner un pie en una habitación de la que estaba intentando salir.

Lukas se acercó.

—¿Todo bien?

Le conté lo que había dicho. No quería que se enterara por otro.

—¿Te interesa? —preguntó.

—No lo sé. No creo.

Me miró con atención.

—Puedes leerlo antes de decidir.

Era razonable. Me costó no oír la voz de mi madre dentro de aquella frase.

Antes de salir, Teresa nos pidió que esperáramos unos minutos para comentar el pase.

Nos sentamos en la primera fila, todavía con la ropa de trabajo. Yo había empezado a enfriarme y me puse el jersey sobre la camiseta. Lukas dejó el estuche cerrado junto a la silla.

Teresa repasó dos cuestiones prácticas. El público había entrado más despacio de lo previsto y tendríamos que reservar un margen antes del estreno.

También necesitaba una descripción breve de la pieza para el programa.

Nada de aquello se parecía a la emoción con que acabábamos de salir del escenario.

Me hizo bien.

Después de actuar siempre había un momento en que el mundo volvía a pedir cosas pequeñas.

Una firma, un horario, una frase de presentación.

A veces me irritaba que nadie comprendiera que yo seguía dentro de lo ocurrido.

Aquella tarde agradecí que hubiera una tarea que no dependiera de decidir qué significaba el aplauso.

Teresa preguntó qué queríamos decir sobre la obra.

Lukas me miró.

—Podemos escribirlo juntos.

Asentí.

Intentamos varias frases. La primera era demasiado abstracta. La segunda explicaba cosas que el público no necesitaba conocer. Yo propuse hablar de dos personas que aprendían a esperar sin hacer de la espera una orden.

Lukas se quedó pensativo.

—Eso me gusta.

Me sorprendió que la frase le llegara de una manera tan directa. No estaba hablando de nosotros, al menos no del todo, y aun así había algo de nuestra forma de trabajar dentro.

Teresa la anotó como punto de partida.

—No hace falta cerrarla hoy —dijo.

Me reí. Empezaba a escuchar esa posibilidad en más lugares y todavía me costaba no interpretarla como una tarea pendiente que debía llevarme a casa.

Cuando Teresa volvió a la oficina, Lukas me preguntó si necesitaba unos minutos sola.

Negué con la cabeza.

—Quiero quedarme aquí un poco.

Se sentó otra vez.

La sala vacía conservaba cosas del público: una silla desplazada, un programa que alguien había dejado en el suelo, el aire algo más tibio.

Miré el lugar donde había empezado la pieza.

Ya no era solo nuestro ensayo. Otras personas habían estado allí y se habían llevado una versión que no podíamos corregirles después.

Me dio miedo pensar que aquello pudiera ser suficiente para abrir otra etapa.

—¿Estás pensando en Berlín? —preguntó Lukas.

—Estoy intentando no hacerlo todavía.

Asintió.

—Podemos hablar de hoy.

Le conté el enlace que había resuelto distinto y el momento en que casi miré a una persona del público para comprobar su reacción. Él me dijo cuándo había notado que yo dejaba de contar por dentro. Me sorprendió que pudiera verlo.

—No siempre —aclaró—. A veces lo imagino y me equivoco.

Me gustó la corrección. No quería que nuestra cercanía lo convirtiera en alguien que supiera más de mi cuerpo que yo misma.

Le pregunté cómo había sido para él tocar después de hablar con Teresa.

Tardó en responder.

—Menos esfuerzo para ocultar. Más conciencia de que ahora alguien lo sabe.

Lo entendí. Decir una cosa no eliminaba de inmediato las costumbres que habíamos construido para esconderla.

—¿Te ha molestado que estuviera allí?

Negó con la cabeza.

—Me ha ayudado que no respondieras por mí.

Asentí. Había tenido ganas de completar una frase cuando lo vi dudar. No hacerlo me había costado, y no necesitaba que me felicitara por esa pequeña decisión. Saber que le había servido bastaba.

Lukas me ofreció la mano. La cogí entre las dos mías.

No quise marcar el pulso ni convertir el gesto en un recuerdo del ensayo. A veces necesitábamos tocarnos sin que el contacto hiciera trabajo adicional.

Nos quedamos así hasta que el frío me hizo levantarme para cambiarme. Lukas fue a hablar con Teresa de un asunto del instrumento y yo entré al camerino con la sensación de haber vivido dos tardes distintas dentro del mismo día.

Al sacar los pendientes del bolso encontré la libreta abierta por una página de cuentas. La cerré antes de mirarla demasiado. No quería que el dinero desapareciera de mis decisiones; tampoco que se convirtiera en la única razón permitida para tomarlas.

La oferta de Berlín tendría cifras. La continuidad de la pieza también. Mi agotamiento no venía escrito en ningún documento que pudiera poner al lado para comparar.

Necesitaría aprender a darle valor sin una prueba externa.

Me cambié despacio. Al salir, Lukas estaba esperándome en el vestíbulo. No me preguntó si había decidido nada. Le dije que quería celebrar y la alegría le cambió la cara. Quise conservar ese instante antes de que el futuro entrara otra vez en la conversación.

Lo invité al Linde para celebrar.

Quería conservar lo que habíamos hecho antes de que las posibilidades futuras lo ocuparan todo. Pedimos algo de comer. La alegría de Lukas me dio ganas de inclinarme sobre la mesa y besarlo delante de cualquiera.

Me contó que otra sala había preguntado por llevar la pieza fuera de Viena. Nada cerrado. Una conversación para después del estreno.

—Serían pocas funciones al principio —dijo.

Dejé el vaso.

—Lukas.

Se detuvo.

—Ya sé lo que hablamos. No te estoy pidiendo que aceptes.

Asentí. Quería creer que podía alegrarse sin hacerme responsable de esa alegría.

—Me gusta que quieran escuchar tu música —dije.

Su expresión se ablandó.

—Gracias.

Le cogí la mano por encima de la mesa. La mía descansó sobre la suya sin ningún patrón. No teníamos que aprender nada en ese momento.

Hablamos de lo que había funcionado, de cómo Teresa había resuelto una entrada tardía del público, de la manera en que yo había salvado el enlace. Lukas me escuchó y luego admitió que había tenido miedo antes de empezar.

—Yo también —dije.

—No se te ha notado.

Miré nuestras manos.

—Eso se me da muy bien.

No me elogió por ello. Apretó apenas los dedos y siguió escuchando.

La oferta llegó el martes.

La leí en mi habitación. Había fechas, condiciones de trabajo y una propuesta concreta para incorporarme a la compañía después de una conversación final. No era una fantasía. Podía imaginarme haciendo las maletas, aprendiendo otro recorrido hacia un estudio, repitiendo mi historia en otra ciudad.

No sentí alegría.

Sentí alivio al comprenderlo y culpa por sentir alivio.

Mamá llamó a la puerta cuando llevaba un rato mirando la pantalla. Le conté lo de Berlín porque ocultárselo habría convertido el correo en algo más grande.

Se sentó a mi lado antes de terminar de leer.

—Sabía que este proyecto podía abrirte algo —dijo.

No había malicia en su entusiasmo. Esa era una de las razones por las que me costaba defenderme de él.

—Todavía no he respondido.

—Claro. Hay que revisar las condiciones. Podemos hacer una lista mañana.

Podemos. La palabra llegó cargada de años de audiciones, equipaje y decisiones compartidas hasta que yo ya no distinguía dónde empezaba mi deseo.

—Quiero leerlo sola primero.

Mamá retiró la mano del portátil.

—Solo intentaba ayudarte.

—Lo sé.

Esperé a que la gratitud no borrara la frase siguiente.

—Necesito saber qué pienso antes de escuchar lo que tú harías.

Su expresión cambió. Durante un instante vi el cansancio de alguien que había organizado buena parte de su vida alrededor de la mía y no sabía qué lugar ocupar si yo dejaba de necesitarlo.

Sentí compasión. No cambié la decisión.

—Mañana podemos hablar —añadí—. Hoy quiero quedarme con el correo.

Mamá se levantó. En la puerta se volvió para decir que era una oportunidad importante. No respondí. Cuando se fue, cerré el portátil y apoyé las manos sobre la tapa.

No sabía aún cómo rechazar Berlín. Empecé por no aceptar aquella misma noche.

Su cara se iluminó.

—Esto es lo que esperábamos.

No dije que yo no lo estaba esperando.

Se sentó a mi lado y empezó a preguntar por fechas. Mi padre apareció después. Durante varios minutos hablaron de alojamiento, viajes y de las personas que conocían allí, como si mi silencio fuera una forma de aceptación.

—No he dicho que vaya a hacerlo —interrumpí.

Mamá se volvió hacia mí.

—Por supuesto. Hay que revisar las condiciones.

—No me refiero a eso.

La alegría se le quedó inmóvil en la cara.

No pude terminar la conversación aquella noche. Pedí tiempo. Me lo dieron como quien concede un descanso antes de retomar una tarea inevitable.

Cuando se fueron, escribí a Lukas.

Ha llegado la propuesta de Berlín. Quiero hablar contigo, pero no necesito que me ayudes a aceptarla.

Su respuesta tardó unos minutos.

Te escucho.

Dejé el teléfono junto a la libreta. Necesitaba que esas dos palabras significaran lo que decían.