La última pieza que bailamos Lo que no sabemos #3
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Lo que no sabemos #3

—Preguntarme. No decidir por mí que tengo que parar ni dejarme seguir solo porque lo pida más fuerte.

—Eso puede ser difícil.

—Sí.

Me gustó que no fingiera lo contrario.

Hablamos de una palabra sencilla para distinguir una prueba de una repetición completa.

De la posibilidad de sentarnos antes de discutir cuando alguno estuviera demasiado cansado.

No eran reglas para controlar toda la relación.

Eran maneras de reducir la cantidad de cosas que nos obligábamos a adivinar.

Después Clara volvió a hablar de su retirada.

—Tengo miedo de que pienses que ahora me voy cuando tú estás intentando quedarte.

La miré. La frase unía nuestras historias por un lugar que yo aún no había querido ver.

—¿Te sientes culpable por poder dejarlo?

Clara asintió.

—A veces. Y me da vergüenza decirlo porque no quiero compararlo.

Pensé en la facilidad con que habría podido convertir aquella culpa en una razón para pedirle que siguiera. La idea me incomodó precisamente porque era posible.

—No tienes que quedarte porque a mí me asuste no poder —respondí.

Lo dije de verdad. Más adelante descubriría lo difícil que era sostenerlo cuando aparecieran oportunidades concretas, pero aquella noche no estaba mintiendo.

Clara soltó el aire despacio.

—Gracias.

Me tocó los dedos. Yo los giré para sostener los suyos.

Nos quedamos así sin intentar decidir de una vez cómo sería cada día posterior. La habitación seguía siendo la misma. Había agua en la mesa, comida por pedir y dos personas que acababan de dejar de fingir en voz alta.

Me pareció suficiente para continuar aquella noche.

Más tarde le mostré los papeles.

Le conté lo que había entendido y señalé las partes que quería volver a preguntar. Clara no buscó respuestas rápidas en el teléfono. Me ayudó a anotar dudas porque se lo pedí.

Después hablamos del ensayo. De dar las indicaciones antes de tocar, de mirarnos cuando hablábamos, de no hacer varias preguntas a la vez. Le dije que algunas cosas ya me ayudaban aunque no hubiera sabido por qué me importaban tanto.

—Lo de las manos —dijo.

Asentí.

—Me ayudó a entender tu espera. No arregló lo otro.

—No tiene que arreglarlo todo para servir.

Le cogí la mano y la giré suavemente, con la palma hacia arriba. Marqué una vez el pulso conocido y me detuve.

No era una prueba. Quería recordar que aquello también pertenecía a lo que estaba pasando entre nosotros.

Clara cerró los dedos alrededor de los míos.

—No quiero irme de esta pieza antes de terminarla —dijo—. Tampoco quiero que pienses que me quedo por esto.

Entendí a qué se refería.

—Te creo.

—Me gustabas antes de saberlo.

La miré. Me resultó imposible responder con una frase que no se quedara corta.

La besé después de que ella se acercara. Fue un beso lento, sin el nerviosismo del portal, pero con una fragilidad nueva. Sabía más de mí y seguía queriendo estar allí. Yo sabía que su vida iba en una dirección que no había imaginado y seguía queriendo conocerla.

Nos apartamos lo justo para mirarnos.

—No sé hacer esto sin equivocarme —dije.

—Yo tampoco.

—Parece que tenemos bastante trabajo.

Clara apoyó la frente en la mía.

—Hoy no.

La besé otra vez. Su mano subió hasta mi cuello, con cuidado, y yo la acerqué por la cintura. Nos quedamos un rato allí, descubriendo una cercanía que no tenía que demostrar nada a nadie.

Cuando tuvo hambre, pedimos comida. Comimos sentados a la mesa pequeña, con los papeles guardados y espacio suficiente para dos platos.

Hubo una conversación corriente sobre lo que habíamos pedido y otra sobre el sábado siguiente.

La normalidad no borró la consulta. Me permitió estar en la misma noche que ella.

Clara miró la hora y después a mí.

—Puedo quedarme, si quieres.

Sentí la pregunta antes de contestar.

—Quiero. Si tú quieres.

Asintió.

No añadimos una promesa sobre el día siguiente. Le pregunté si necesitaba avisar en casa y me dijo que sí. Escribió un mensaje breve. Yo no miré la pantalla.

Más tarde, cuando nos levantamos del sofá, me tomó de la mano. La seguí hasta la puerta del dormitorio y esperé a que se volviera hacia mí. Nos besamos allí, con una decisión que ya no necesitaba esconderse dentro de una conversación sobre música.

Cerramos la puerta.

Por la mañana, Clara estaba en la cocina cuando salí.

Había puesto agua a calentar. Se volvió al oírme llegar y me sonrió sin levantarse para demostrar que ya estaba haciendo algo útil.

La besé en el pelo y me senté a su lado.

—¿Cómo estás? —preguntó.

Podría haberle dicho bien. Era la respuesta que me salía sola.

—Asustado todavía.

Clara me acarició una vez el dorso de la mano.

—Yo también estoy asustada por lo mío.

No intentamos decidir cuál de los dos tenía más derecho.

Desayunamos. Después abrí el calendario para guardar la siguiente cita y Clara me pidió que le avisara si quería compañía. No respondió por mí ni eligió una fecha.

La miré al otro lado de la mesa y entendí que podía pedirle que se quedara sin pedirle que resolviera mi vida.

—Cuando tenga la hora, te digo —respondí.

Clara asintió y acercó su silla un poco a la mía.