Lo que no sabemos #2
Clara se acercó un poco más. Apoyó la cabeza junto a mi hombro después de comprobar con la mirada que podía hacerlo. Dejé el sobre en la mesa y la rodeé con un brazo.
No lloré enseguida. La primera lágrima llegó cuando ya no estaba intentando terminar una explicación. Ella no cambió el abrazo para convertirlo en consuelo urgente. Se quedó.
Clara se apartó lo suficiente para mirarme.
—¿Quieres que me quede aquí o necesitas estar solo un rato?
Me limpié la cara con la mano. No quería que tuviera que vigilar cada gesto mío para decidir qué hacer.
—Quédate.
Asintió y volvió a acomodarse a mi lado, esta vez sin abrazarme. La cercanía no desapareció por dejar de tocarnos.
Durante un rato hablamos de la mañana. Le conté lo difícil que había sido responder a los tonos sin intentar adivinar. Clara escuchó con una atención que no convertía las pruebas en una competición que yo pudiera haber hecho mejor.
—¿Quieres que lea las hojas? —preguntó.
Miré la carpeta sobre la mesa. Mi primer impulso fue entregársela y pedirle que encontrara algo más esperanzador que yo. El segundo fue esconderla.
—Quiero explicártelo primero —dije.
Clara asintió.
Le conté lo que había entendido y lo que todavía no sabíamos. Cuando confundí una posibilidad con una certeza, me detuve y corregí la frase. Ella no aprovechó la pausa para terminarla por mí.
—Ahora puedes leerlo —dije al final.
Se acercó a la mesa y tomó las hojas. No las sostuvo como si fueran frágiles. Leyó despacio y me preguntó por dos términos. En uno pude responder; en el otro tuve que decir que no sabía.
—Podemos anotarlo para la próxima consulta —propuso.
—Puedo anotarlo yo.
La respuesta salió demasiado rápido.
Clara dejó el papel sobre la mesa.
—Sí. Puedes hacerlo tú.
Esperó. No retiró la pregunta ni fingió que mi tono no le había dolido.
—Perdona —dije—. Tengo miedo de que ayudarme se convierta en decidir por mí.
—Yo tengo miedo de hacer eso sin darme cuenta.
Nos miramos. Su confesión quitó a la conversación la forma de una prueba en la que uno debía hacerlo todo bien.
—Puedes preguntarme —dije—. Y yo puedo decir que no.
—También puedes cambiar de opinión después.
Asentí.
Guardé las hojas yo mismo. Clara recogió los vasos. No interpreté el gesto como una invasión ni como una promesa de que se ocuparía de todo. Era una persona que había bebido agua en mi casa y llevaba dos vasos a la cocina.
La seguí.
—No quiero que esto sea lo único que hablemos hoy.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero fingir que ya está resuelto.
Clara apoyó los vasos junto al fregadero.
—Entonces no lo resolvamos esta noche.
La sencillez de la frase me permitió respirar mejor que cualquier garantía.
—Me habría pasado —dijo—. Intentar acertar.
La miré.
—No había nada que acertar.
—Lo sé. Pero habría querido hacerlo igual.
La comprensión me hizo reír un poco. No era alegría; era el descanso de no tener que explicar toda la maquinaria que me había llevado hasta allí.
Le conté que había salido de la consulta escuchando la calle con una vigilancia agotadora.
Cada ruido conocido me parecía una promesa y cada dificultad una amenaza.
Clara no intentó tranquilizarme diciendo que podía oírla perfectamente en ese momento.
Se lo agradecí antes de saber cómo ponerlo en palabras.
—Aquí te entiendo bien —dije—. Eso no significa que me lo haya inventado cuando me cuesta en otro sitio.
—Te creo.
La sencillez de su respuesta me hizo bajar la cabeza otra vez.
Había temido que tendría que demostrar el problema cada vez que pidiera algo. Que alguien me observaría responder a una conversación y concluiría que exageraba las otras. No sabía cuántas personas reaccionarían así; estaba llevando ese miedo conmigo antes de darles oportunidad de hacerlo.
Clara me preguntó si alguien más lo sabía.
Negué con la cabeza.
—Hannah vino a casa y no se lo dije. Me porté bastante mal con ella.
—Puedes contárselo ahora.
Me tensé un poco. Clara lo notó y rectificó.
—Quiero decir que aún puedes elegir hacerlo. No que tengas que llamarla esta noche.
Asentí.
—Gracias.
Quise saber si le había resultado difícil escucharme. La pregunta tenía una parte generosa y otra que buscaba permiso para seguir hablando. Clara se tomó tiempo antes de responder.
—Me preocupa que estés pasando por esto —dijo—. Y me dolió pensar que algunas repeticiones eran porque yo no estaba haciendo bien la pieza. Pero prefiero saberlo.
No habría podido recibir una respuesta más honesta. Tampoco una más incómoda.
Le pedí perdón por esa parte otra vez, sin añadir excusas. Ella aceptó la disculpa y me explicó qué necesitaba en los ensayos: que si quería repetir solo por mí, lo dijera, para que ella no tuviera que someter su cuerpo a una corrección que no estaba ocurriendo.
—Puedo sentarme mientras pruebas —dijo—. Puedo esperar. Lo que no puedo es adivinar qué estás intentando cambiar.
Asentí.
Era una consecuencia concreta. No se trataba de ser bueno o malo ocultando miedo. Mi silencio había organizado también el trabajo de otra persona.
Le pregunté qué quería que hiciera cuando ella empezara a repetir por agotamiento o por presión. Clara miró sus manos.