La última pieza que bailamos Lo que no sabemos
42%

Lo que no sabemos

Lukas

En la cabina dejé de saber si esperaba un sonido o si lo estaba imaginando.

Tenía un pulsador en la mano. Me habían explicado que debía responder cuando oyera el tono, incluso si era muy suave. La instrucción era sencilla. Yo conseguí convertirla en una prueba de todo lo que había hecho con mi vida.

Algunas señales llegaban claras. Otras me hacían dudar. Me esforcé por no adivinar y aquella renuncia me resultó más difícil que tocar delante de público.

Después hubo palabras. Preguntas sobre cuándo había empezado a notar dificultades, sobre mi trabajo y los lugares donde me costaba entender. Contesté con una precisión que no había tenido al hablar conmigo mismo.

Cuando regresé al despacho, la doctora Reiter dejó los resultados entre nosotros.

Había una pérdida auditiva. Lo dijo sin rodeos y sin la gravedad teatral que yo había imaginado durante los días anteriores.

Me explicó que afectaba a ambos oídos, de manera distinta según las frecuencias, y que los resultados orientaban hacia una pérdida neurosensorial.

Necesitaríamos seguimiento para entender mejor la situación.

No podía decirme con aquella información cómo evolucionaría.

Miré las líneas del papel.

—Soy violinista.

Ya se lo había dicho al empezar.

—Lo tengo en cuenta —respondió.

—¿Puedo seguir tocando?

La pregunta me salió demasiado deprisa. Tenía preparadas otras, más razonables. Aquella era la única que importaba en ese momento.

La doctora acercó la silla un poco al escritorio.

—Estos resultados no equivalen a una decisión sobre el final de su carrera. Tenemos que hablar de sus dificultades concretas, de proteger la audición y de las ayudas que pueden servirle.

Quise que dijera sí de una manera absoluta. No lo hizo. Tampoco dijo lo que yo temía.

Me explicó los siguientes pasos. Evaluación y ajuste de posibles apoyos, atención a las condiciones en que trabajaba, nuevas revisiones.

Los audífonos podían formar parte de ese proceso; no significaban volver a oír exactamente como antes.

Tomé notas porque sabía que, al salir, recordaría sobre todo la palabra pérdida .

—¿Ha venido acompañado? —preguntó.

Negué con la cabeza.

No me pidió que justificara estar solo.

Al terminar, guardé los papeles y salí a la calle. Viena seguía haciendo ruido. Un vehículo pasó cerca, alguien habló detrás de mí, una puerta se cerró. No había ocurrido nada espectacular entre la entrada a la consulta y la salida.

Me senté en un banco antes de ir a la sala. Había llevado una botella de agua y no conseguía abrirla porque apretaba la tapa en el sentido equivocado. Cuando lo comprendí, tuve que contener una risa que se parecía demasiado al llanto.

Saqué las notas de la consulta. Las palabras eran precisas: pérdida neurosensorial bilateral, distinta según las frecuencias, seguimiento, opciones de apoyo. No decían final . Esa palabra la había añadido yo desde el momento en que empecé a notar que algo cambiaba.

Había preguntado si podría seguir tocando.

La respuesta no había sido una garantía ni una prohibición.

Hablaron de evaluar mis necesidades, proteger la audición, probar recursos, observar cómo funcionaba en distintas situaciones.

Yo había querido una frase capaz de decidir por mí porque estaba cansado de sentir miedo.

Doblé el papel y lo volví a abrir.

Una pareja mayor esperaba cerca de la parada. La mujer dijo algo y el hombre se inclinó para pedirle que repitiera. Ella lo hizo sin cambiar de expresión. La escena no significaba nada sobre mi caso. Aun así, me quedé mirándolos hasta que subieron al tranvía.

Llamé a Hannah. Su nombre apareció en la pantalla y dejé que sonara una vez. Corté antes de que respondiera.

Le escribí que había llamado por error.

La mentira me produjo un alivio inmediato y desagradable. Guardé el teléfono. Todavía no podía enfrentar su preocupación, pero tampoco quería seguir tratándola como una amenaza. Me prometí que le hablaría cuando pudiera hacerlo sin convertirla en responsable de tranquilizarme.

Después pensé en Clara.

Ella iba a contarme algo esa tarde. La noche anterior había dicho que no quería dejar de verme. Yo sabía cuánto alivio me había dado esa aclaración. Podía ofrecerle al menos la misma atención: escuchar antes de decidir qué significaba para mí.

Me puse de pie y caminé hacia la sala. No me sentía preparado. Dejé de usarlo como condición para presentarme.

Ahora tenía un nombre para la duda.

Fui al ensayo porque no quería decidir nada más aquella mañana.

Trabajamos menos de lo previsto. Le dije a Clara que había tenido una cita médica y que estaba cansado; no le expliqué todavía cuál. Ella me preguntó si prefería ir a casa. Asentí.

Teresa aceptó el cambio de horario y acordamos recuperar solo lo que fuera necesario, sin añadir horas por castigo. Guardé el instrumento con manos cuidadosas. No quería tocar para demostrarme que aún podía ni dejarlo cerrado para siempre por miedo a no poder.

Clara caminó a mi lado sin hacer preguntas en la calle. Se lo agradecí, aunque también me hubiera resultado más fácil responder a una pregunta que empezar por mi cuenta.

En casa dejamos las cosas en el recibidor. El estuche volvió a su lugar. Preparé agua y nos sentamos en el sofá, separados por un espacio menor que el sábado anterior.

—¿Quieres hablar tú primero? —preguntó.

Miré el sobre que había dejado sobre el escritorio.

—Necesito un minuto.

Clara asintió. No llenó enseguida el silencio. Después se inclinó hacia delante, con las manos juntas.

—Yo quiero dejar de bailar profesionalmente.

La miré.

No había dicho que quisiera otro trabajo ni unas vacaciones. La frase era completa.

—¿Después del estreno?

—Sí.

Me costó responder. Parte de mí seguía en la consulta; otra parte empezó a calcular todas las cosas que había imaginado sin preguntarle.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Antes de conocerte.

Clara levantó la vista. Había miedo en su cara, pero no duda sobre lo que acababa de decir.

—No te lo conté al principio porque era un encargo para una función. Me decía que no tenía por qué explicar lo que haría después. Luego empezó a importarme que lo supieras y me resultó más difícil.

Me apoyé en el respaldo.

—¿No quieres hacer esta pieza?

—Sí quiero. Quiero terminarla contigo. Pero no quiero seguir viviendo así.

No entendí de inmediato todo lo que contenía ese así . Se lo pregunté.

Clara habló de contratos y expectativas, de despertarse pensando en lo que aún no había hecho bien. Me contó lo de la audición a los diecinueve y la conversación que nunca retomaron después. No culpó a su madre de cada día malo. Eso volvió más difícil buscar una solución sencilla.

—A veces disfruto —dijo—. El viernes disfruté de verdad. Y luego pienso que eso debería bastar para quedarme, que sería desagradecida si no bastara.

—No sé si tiene que bastar.

Me miró con una gratitud que me hizo sentir peor por las preguntas que todavía tenía.

—No quiero que vuelvas a convencerme de que puedo hacerlo —añadió—. Sé que puedo. Eso no cambia lo cansada que estoy.

Asentí. Necesitaba recordar esa frase.

—¿Qué quieres hacer después?

—No lo tengo resuelto. Buscar un trabajo. Irme de casa. Aprender a tener un día sin medirlo por un ensayo.

La escuché hasta que terminó. Luego miré nuestras manos, que seguían separadas sobre el sofá.

—Me habría gustado saberlo antes —dije.

Clara cerró los ojos un instante.

—Lo sé. Perdona.

—Gracias por decírmelo ahora.

No quería convertir mi sorpresa en un permiso que ella necesitara conseguir.

Cogí el sobre del escritorio.

Lo dejé sobre mis rodillas y tardé en abrirlo. Clara no intentó tomarlo ni leer por encima de mí.

—Estoy perdiendo audición —dije.

Me oyó sin moverse. La expresión cambió poco a poco, como si necesitara distinguir mis palabras de todas las cosas que podían significar.

—¿Lo de esta mañana?

Asentí.

—Llevaba un tiempo notando cosas. Durante los ensayos, en casa. Pensé que era cansancio. O la sala. O que estaba demasiado pendiente.

Me detuve. Decir las excusas en voz alta las volvía más pequeñas, pero no menos comprensibles.

—Hoy me han hecho pruebas. Hay pérdida en los dos oídos. No sé cómo va a seguir.

Clara miró el sobre y después volvió a mí.

—¿Quieres que lo lea?

La pregunta me permitió respirar mejor.

—Luego. Si quieres.

—Quiero. Pero ahora te estoy escuchando a ti.

La frase me hizo bajar la cabeza. Había pasado días temiendo que alguien mirara un resultado y dejara de verme detrás. Clara seguía esperando lo que yo quisiera decir.

—Me da miedo que sea el final —admití.

La voz se me quebró apenas. Me enfadé con eso y traté de continuar más deprisa.

—No me han dicho que lo sea. Sé que no me lo han dicho. Pero no consigo dejar de pensarlo. Componer, tocar, enseñar… Todo lo que organizo empieza ahí.

Clara acercó la mano y se detuvo antes de tocarme.

—¿Puedo?

Asentí.

Apoyó los dedos sobre mi mano libre. No apretó. El contacto me devolvió a la habitación sin exigirme que dejara de tener miedo.

—He intentado ocultarlo —dije—. Cuando repetía sin explicarte por qué, algunas veces no estaba cambiando la pieza. Estaba intentando entender qué me pasaba.

Clara se quedó quieta.

—Yo pensaba que no te gustaba lo que estaba haciendo.

La vergüenza llegó con una precisión que no me permitió defenderme.

—Lo sé. Lo siento.

—Podrías habérmelo dicho.

—Tenía miedo de que pensaras que no podía terminar.

Me miró durante un momento largo.

—Me habría preocupado. No voy a fingir que no. Pero no habría decidido por ti que ya no podías.

Asentí. Tenía que aceptar también eso: contar algo difícil no garantizaba que la otra persona no sintiera nada incómodo.

—No quiero que esto se convierta en tu trabajo —añadí.

—No quiero que me dejes fuera para proteger mi horario.

Me reí sin ganas. Ella no retiró la mano.

—Podemos preguntar qué necesitas —dijo—. Sin adivinarlo todo.

Miré sus dedos sobre los míos.

—Ahora mismo necesito que no me digas que seguro que todo irá bien.

—No lo sé.

La respuesta me dolió y me alivió al mismo tiempo.

—Yo tampoco —dije.