La última pieza que bailamos Una pregunta sencilla
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Una pregunta sencilla

Clara

El miércoles me acordé del beso mientras contestaba un correo y escribí mal mi propio apellido.

Lo borré antes de enviarlo. Después me quedé mirando la pantalla, con una alegría que me parecía imprudente y que no quería quitarme de encima.

Lukas había escrito por la mañana. Una pregunta sobre un horario y una frase al final que no tenía relación con el trabajo: seguía pensando en la tarde anterior.

Yo también.

Le escribí que me pasaba lo mismo y dejé el teléfono antes de empezar a medir lo que podía significar cada palabra.

Por la tarde fui a casa de Nora. Habíamos quedado para hablar de la habitación, aunque mi situación aún no permitiera cerrar nada.

Ella abrió y me miró dos segundos.

—Ha ido bien.

—No he dicho nada.

—No hacía falta.

Me tapé la cara con una mano. Nora se apartó para dejarme pasar.

En la cocina me preguntó si quería hablar primero de dinero o de lo otro. Elegí dinero porque me pareció una manera de no perder completamente el juicio.

Hicimos cuentas. El anticipo ayudaba, pero necesitaba un trabajo que continuara después de noviembre. Nora podía esperar una decisión hasta finales de mes si yo asumía que, de no llegar a un acuerdo, buscaría otra persona.

Lo acepté.

—¿Y Lukas? —preguntó entonces.

Le conté el beso. No todos los detalles. Algunos me apetecía conservarlos sin convertirlos en una historia que pudiera repetir.

Nora escuchó con una sonrisa pequeña.

—¿Sabe lo de noviembre?

La pregunta me quitó el aire agradable de la conversación.

—Sabe cuándo termina el encargo.

—No te he preguntado eso.

Miré las cifras.

—Todavía no se lo he dicho.

Nora no me regañó. Eso hizo más difícil seguir buscando una defensa.

—Voy a hacerlo.

—¿Antes de que imagine otras cosas?

—No hemos hablado de trabajar más.

—Clara.

Me levanté para buscar agua y me obligué a volver a sentarme sin ordenar nada.

—Me gusta cómo me mira cuando estamos ensayando —admití—. Me da miedo que fuera de eso…

No terminé.

Nora apoyó el lápiz.

—¿Te besó durante un ensayo?

Negué con la cabeza.

—Entonces ya existe algo fuera.

Quise creerla. Lo que me asustaba no era que Lukas solo pudiera querer a una bailarina. Era no saber qué podía ofrecer yo si dejaba de serlo.

Nora se levantó para apagar el agua que hervía y sirvió té en dos tazas distintas. La mía tenía una línea azul cerca del borde. La giré hasta dejar la marca frente a mí.

—¿Qué le ofrecías a tu última pareja? —preguntó.

La pregunta me hizo fruncir el ceño.

—No sé qué tiene que ver.

—Dijiste que no sabes qué ofrecerías sin bailar. Quiero saber si antes le ofrecías coreografías.

—Trabajábamos en lo mismo.

—Eso no responde.

Pensé en aquella relación terminada dos años atrás. Habíamos compartido horarios, lesiones, viajes y la facilidad de no explicar por qué un ensayo podía arruinar una noche. También habíamos sido malos para preguntar por lo que existía fuera de ese idioma común.

—Le ofrecía compañía —dije—. Escuchar. Hacer planes.

—¿Y eso desaparece en noviembre?

—No.

—Entonces quizá no tengas que presentarte ante Lukas con un catálogo nuevo.

Bebí té. Quería decirle que era más complicado.

Lo era. Una carrera organiza la forma en que alguien te ve y la forma en que tú aceptas ser vista.

Lukas me había conocido en una sala, admirando un trabajo que yo planeaba abandonar.

No podía saber si el interés sobreviviría a una versión de mí que llegara a casa a una hora común y no tuviera una función que contar.

Tampoco podía decidir por él.

—Si no le gusta esa vida, prefiero saberlo —dije.

Nora asintió.

—Eso sí.

No añadió que seguro le gustaría. Su manera de acompañarme dejaba espacio para un resultado doloroso, y por eso me resultó más confiable.

Le conté que el día anterior había elegido la cita sobre una clase. Nora no celebró la elección como una victoria contra mi madre.

—¿Podías permitirte rechazarla?

—Sí.

—¿Querías ir a la cita?

—Sí.

—Entonces suena como una decisión.

Las respuestas sencillas me emocionaron más de lo que quería admitir. Había pasado mucho tiempo creyendo que una elección solo era válida si podía demostrar que produciría el mejor futuro posible.

Quizá bastara saber qué estaba eligiendo ese día.

Antes de irme, Nora me pidió que miráramos la habitación una vez más.

La antigua compañera ya había retirado sus cosas. Quedaban marcas leves donde había estado una estantería y un espacio bajo la ventana que parecía pedir una planta, aunque yo no sabía cuidar ninguna.

Entré y me detuve en medio.

Nora permaneció en la puerta. No intentó venderme la habitación con una lista de ventajas. Me explicó qué muebles se quedaban y qué gastos tendríamos que compartir. Después me dejó mirar.

Me acerqué al armario. Abrí una puerta y la cerré con cuidado.

—No necesitas decidir cómo será toda tu vida aquí —dijo.

La miré.

—Eso estáis empezando a decírmelo todos.

—Quizá porque intentas hacerlo antes de elegir dónde guardar un jersey.

Me reí, pero la pregunta seguía siendo real.

Si aceptaba una habitación, tendría que pagarla incluso en una semana mala.

Si dejaba de bailar, no bastaría con sentir alivio el día de la última función.

Quería asegurarme de que no estaba usando una mudanza como decorado de una decisión que después no sabría sostener.

Se lo dije.

Nora se apoyó en el marco.

—Por eso estamos hablando de dinero y fechas. No para que dejes de tener miedo.

Asentí.

Nos sentamos en el borde de la cama. Me contó cómo había sido para ella vivir con alguien por primera vez después de una etapa complicada. No presentó su experiencia como una respuesta para mí. Había cosas que le habían salido bien y otras que todavía le costaban.

Me gustó escucharla sin sentir que estaba recibiendo una lección.

—¿Y si no consigo trabajo enseguida? —pregunté.

—Entonces revisas tus cuentas y tus opciones. Y me lo dices antes de que se convierta en un problema para las dos.

—No quiero fallarte.

Nora me miró con seriedad.

—No me prometas que nunca vas a tener un problema. Prométeme que no voy a enterarme cuando ya hayas decidido sola cómo tengo que reaccionar.

La frase me hizo pensar en Lukas.

Yo estaba haciendo exactamente eso con él: tratando de controlar el momento en que sabría algo importante para evitar una reacción que no podía garantizar. Tal vez callar no protegiera nuestra relación. Tal vez solo estuviera dejándolo fuera de una decisión que ya existía.

No se lo dije a Nora enseguida. Necesité quedarme un rato con esa idea sin convertirla en otra culpa.

Regresamos a la cocina. Ella recogió sus papeles y yo lavé los vasos porque me tocaba haberlos usado, no como pago por la conversación. La diferencia seguía siendo nueva y a veces demasiado pequeña para reconocerla antes de actuar.

Cuando me despedí, Nora me abrazó.

—No tienes que contárselo de una manera impecable —dijo.

Asentí contra su hombro.

Camino a casa preparé varias frases. Ninguna me gustó. Algunas sonaban como si estuviera pidiendo permiso; otras, como si quisiera advertirle que no se acercara demasiado a mí.

Yo quería que se acercara.

Quería poder decirle que me gustaba sin que eso borrara el resto de mi vida. Quería que conociera también la parte que no sabía qué hacer después de noviembre. No una versión más interesante, más libre o más fácil de querer. La que estaba allí.

En casa abrí nuestra conversación. Escribí una pregunta sobre su día y la envié. No necesitaba que cada mensaje sirviera para resolver el tema pendiente.

Mamá llamó desde el pasillo para decir que la cena estaba lista. Guardé el teléfono y fui al comedor.

Había preparado pasta y una ensalada. Papá hablaba de una reparación doméstica. Durante unos minutos comimos como cualquier otra noche. Después mamá preguntó a qué hora terminaría el ensayo del viernes.

—Voy a casa de Lukas después.

Dejó el tenedor.

—¿A trabajar?

—A hablar.

—¿De la pieza?

Podía responder que sí. Mi retirada afectaba la pieza. Elegí no utilizar esa parte como escondite.

—De nosotros también.

Papá miró el plato. Mamá se quedó muy quieta.

—Apenas lo conoces.

—Lo estoy conociendo.

—Trabajan juntos. Puede complicarse.

—Sí.

La aceptación pareció desarmar una advertencia que esperaba discutir. Yo también estaba preocupada. No necesitaba fingir que la relación era una decisión segura para defender mi derecho a intentarla.

—Voy a mantener el compromiso profesional —añadí.

Mamá respiró hondo.

—Eso esperaba.

La frase me hizo pensar en todas las cosas que esperaba de mí y en la noticia que todavía no conocía. Estuve a punto de decírselo allí, entre platos. No quería revelar mi retirada solo porque me sentía acorralada por otra conversación.

—Hay algo más de lo que hablaremos pronto —dije.

—¿Qué cosa?

—Cuando pueda explicarlo sin que intentemos resolverlo durante la cena.

Mamá abrió la boca. Papá habló antes.

—Entonces esperamos.

Lo miré. No sabía si me estaba protegiendo o si solo quería evitar una pelea. Agradecí la intervención sin inventarle un valor que todavía no podía comprobar.

Terminamos de comer. La tensión permaneció, pero nadie volvió a preguntar.

En mi habitación encontré la respuesta de Lukas. Había trabajado un poco y esperaba verme al día siguiente. La alegría y el miedo llegaron juntos. Esta vez no intenté decidir cuál de los dos decía la verdad.

Lukas respondió que había trabajado un poco y que esperaba verme al día siguiente. Le dije que yo también.

Después dejé el móvil sobre la mesa y pensé en su pregunta del sábado: si alguna vez había imaginado otra cosa después de un ensayo bueno.

Había estado cerca de responder entonces.

No quería seguir esperando a que la verdad se volviera menos incómoda.

El jueves, Lukas me besó al llegar, después de que yo dejara el bolso.

Durante unos segundos olvidé la conversación preparada. Él tenía una mano en mi cintura, sobre la camiseta, y yo reconocí el jabón cítrico antes de pensar en ninguna frase. Apoyé la frente contra su pecho cuando nos separamos.

—Hola —dijo.

Me reí.

—Ya habíamos dicho hola.

—No de esa manera.

Quise quedarme allí. El deseo no anuló lo que debía contarle; lo volvió más importante. Me aparté para cambiarme y llevé conmigo la sensación de su mano.

En el camerino, saqué la libreta. La frase que había escrito seguía en la página. La leí hasta que dejó de parecer una declaración destinada a herir a alguien.

No era una noticia sobre él. No era una amenaza contra nosotros. Era algo verdadero sobre mí.

Guardé los pendientes de plata en el bolsillo cerrado del bolso y me hice el moño. Frente al espejo practiqué decirlo una vez. Mi voz sonó demasiado formal. La segunda sonó como una disculpa. A la tercera dejé de ensayar.

No necesitaba interpretarlo bien.

Había esperado a que estuviera frente a él y me acercara. El gesto fue breve y me dejó con ganas de otro, algo que tuve que aceptar mientras iba a cambiarme.

Trabajamos bien al principio. La entrada libre se estaba volviendo una decisión que ambos comprendíamos. En uno de los enlaces lo miré antes de moverme y él respondió sin necesidad de contar.

Me gustó demasiado.

La idea de terminar en noviembre no se hizo menos cierta. Se hizo más triste.

Durante una pausa, Lukas comentó que podríamos preparar una versión algo más corta si alguna sala necesitaba otro formato. Lo dijo como quien anota una posibilidad. Yo dejé la botella sobre el suelo.

—No sé si quiero hacer más funciones.

Él me miró.

—No hay ninguna propuesta todavía.

—Ya. Pero prefiero que no demos por hecho que sí.

Se quedó callado un momento.

—No lo doy por hecho.

Le creí. También sabía que estaba diciendo solo una parte de lo necesario.

—Quiero hablar contigo de algo —añadí.

Su expresión se tensó.

—¿Ahora?

Miré el instrumento, las páginas abiertas, el reloj. No quería soltar una frase y volver a bailar como si no hubiera cambiado nada.

—Con tiempo. Fuera de aquí.

—Mañana podemos ir a casa después del ensayo.

Asentí.

—Mañana.

Lukas bajó la mirada hacia sus manos.

—Yo también quiero contarte una cosa.

La frase me produjo una inquietud inmediata, injusta. Pensé en el beso, en haber entendido mal algo, en todas las formas de perder una posibilidad recién encontrada.

Él debió de reconocer algo en mi cara.

—No es que quiera dejar de verte —dijo.

El alivio me hizo reír sin alegría.

—Lo mío tampoco es eso.

Nos quedamos frente a frente. Podríamos haber empezado allí mismo. Elegimos terminar el ensayo y conservar un momento para hablar sin tener que recoger después a toda prisa.

Lukas me rozó los dedos, una pregunta pequeña. Le cogí la mano durante un instante antes de volver a mi sitio.

Al salir caminamos juntos hasta donde nuestros caminos se separaban.

Intenté no adivinar lo que iba a decirme. La pregunta regresaba, pero cada vez me obligué a dejarla sin respuesta.

Él me preguntó si estaba cansada. Le dije que sí.

—Podemos pedir comida mañana —propuso—. No hace falta preparar nada.

Me gustó que pensara en el tiempo que necesitaríamos. Me asustó que una conversación pudiera ocupar tanto lugar antes de existir.

Nos despedimos con un beso. Apoyé la mano en su pecho, sobre el jersey, y él esperó a que yo me apartara primero.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

En casa abrí la libreta por la fecha del estreno. La palabra última seguía allí, escrita cuando todavía no sabía cómo me besaba Lukas.

No la taché.

En la página siguiente escribí una frase para decirla sin esconderme detrás de otras:

Quiero dejar de bailar profesionalmente.

Después cerré la libreta. Al día siguiente tendría que decirla mirándolo.