La distancia de un beso
Lukas
Pedí la cita médica antes de ir al ensayo.
No porque aquella mañana hubiera ocurrido algo nuevo. Precisamente porque nada de lo que me preocupaba había desaparecido. Había descansado, había dejado pasajes sin corregir y había probado a no escuchar cada nota como si escondiera una respuesta. La duda seguía allí.
Al llamar, expliqué que llevaba un tiempo notando dificultades para distinguir algunos sonidos y para entender conversaciones con ruido. No dije que tocaba el violín hasta que me preguntaron si afectaba a mi trabajo.
La palabra sí me dejó la boca seca.
Me ofrecieron una consulta para el viernes. La anoté en el calendario sin escribir de qué se trataba. Después miré aquel bloque vacío y me enfadé conmigo mismo por esconderme incluso en una pantalla que nadie iba a leer.
Añadí el nombre de la consulta.
No se lo conté a Clara.
Antes de salir de casa preparé las preguntas que quería hacer el viernes.
No sabía si eran preguntas médicas o intentos de obtener una garantía. Escribí primero si podría seguir tocando. Después si lo que me pasaba podía mejorar. Luego cuánto tiempo llevaba ocurriendo sin que yo lo hubiera notado.
La última no tenía una respuesta que nadie pudiera darme con exactitud.
La dejé de todas formas.
Me senté junto al escritorio y repasé los últimos días. El café, las voces superpuestas, el pasaje que seguía sonando distinto. Había momentos en que todo parecía corriente y me convencía de que había exagerado. Luego llegaba una dificultad pequeña y la inquietud ocupaba el día entero.
Probé recordar cuándo había empezado.
No encontré una mañana precisa. Encontré una serie de momentos que había explicado por separado: un alumno que habló mientras guardaba sus hojas, una pregunta de Hannah desde la cocina, el roce del arco que me pareció menos definido en la sala.
Ninguno bastaba para construir una certeza.
Juntos tampoco me daban el derecho de inventar un diagnóstico.
Encendí el portátil y busqué el calendario de trabajos. Había cuatro alumnos, el estreno y dos conversaciones todavía imprecisas. Mi primera reacción fue calcular qué podría conservar si alguien me dijera que debía dejar de tocar.
La crueldad de la pregunta estaba en que nadie me lo había dicho.
Yo ya estaba ensayando una pérdida completa a partir de dificultades que todavía no entendía. Después utilizaba ese miedo para callar, como si nombrar lo que ocurría pudiera acelerar el futuro que imaginaba.
Cerré el calendario. Cogí el violín y lo apoyé bajo la mandíbula. No toqué. Sentí el peso conocido, la madera contra la clavícula, la colocación de los dedos izquierdos antes de cualquier nota. Durante un momento me pregunté si estaba despidiéndome. Me enfadé tanto que volví a guardarlo.
El cierre del estuche sonó claro.
Me aferré a ese sonido como a una prueba favorable y enseguida me avergoncé. La audición no era un examen que pudiera aprobar prestando suficiente atención.
Llamé de nuevo a la consulta para confirmar qué debía llevar.
La persona al teléfono repitió una indicación sin mostrar impaciencia cuando se lo pedí.
Anoté documento, lista de medicamentos, antecedentes que conociera.
Al colgar, añadí una pregunta distinta a las anteriores: qué apoyos existían para seguir trabajando.
No era todavía una declaración de valentía. Era la primera pregunta que no daba por terminada mi carrera antes de entrar en el consultorio.
Quería ir a la consulta para dejar de vivir dentro de esas oscilaciones. También temía que un resultado las sustituyera por algo que no pudiera negar.
Guardé las preguntas en el teléfono. No las puse en la carpeta verde. Había empezado a usar aquella separación como si pudiera mantener la música a salvo de todo lo que no entendía.
En la sala, Teresa me preguntó si podía revisar con ella el orden del pase de octubre. Asentí y me senté en la oficina.
Hablamos de entradas y de cuánto tiempo necesitábamos antes de empezar. Yo respondí con normalidad. No quería contarle una sospecha antes de saber algo más, pero me resultó incómodo recibir su confianza mientras pensaba que quizá estaba dejando fuera información que afectaría al trabajo.
No era lo mismo tener una duda que ocultar un problema confirmado. Me lo repetí varias veces. La distinción era cierta, aunque también me servía para aplazar la conversación.
Teresa señaló una parte del calendario.
—Si necesitan cambiar algo del ensayo, dímelo antes de llenarlo todo.
La miré.
—¿Qué clase de cambio?
Se encogió de hombros.
—El que necesiten. No voy a adivinarlo.
Asentí y salí de la oficina.
Clara estaba dejando el bolso en el banco. Al verme, sonrió y durante un instante olvidé el calendario del viernes.
—Hoy no voy a sacar la libreta en el café —dijo.
—Voy a confiar en ti.
—No deberías. La llevo por si acaso.
Me reí. Ella se acercó para preguntarme por una indicación del archivo y yo me quedé mirando la curva de su boca antes de recordar que tenía que responder.
No necesitaba convertir cada preocupación en el centro de lo que ocurría entre nosotros. Tampoco quería usar su presencia como una manera de no enfrentarla.
Le dije que había tenido una mañana complicada y que quizá necesitara ir despacio al principio.
Clara asintió.
—Yo también necesito calentar sin prisa.
No preguntó qué había pasado. Me gustó y me dio miedo la facilidad con que podía aceptar una parte de la verdad.
Durante el ensayo tuvimos que corregir dos enlaces. En uno de ellos, Clara pidió que repitiera solo la frase musical mientras ella permanecía sentada. La toqué y esperé su respuesta.
—Ahora la entiendo mejor —dijo.
No había hecho nada para mí, y sin embargo la escena me ayudó. Estábamos acostumbrados a buscar distintos caminos para llegar a una idea. Pedir otra forma de escuchar no tenía por qué convertirse siempre en un juicio sobre la persona que lo necesitaba.
Me guardé aquel pensamiento para el viernes.
A media tarde hicimos una pausa. Clara bebió agua y me preguntó si quería que llevara algo distinto al café porque no estaba segura de llegar con hambre.
—Podemos decidirlo allí —respondí.
Se quedó pensando y luego asintió, como si hubiera recibido una instrucción difícil.
—Lo voy a intentar.
Me gustó que pudiera reconocerlo con humor.
Cuando volvimos al trabajo, ya no estaba preparando cada gesto para que la cita saliera perfecta. Tenía ganas de verla después. Eso bastaba para empezar.
El ensayo terminó a tiempo.
Nos despedimos en la sala para encontrarnos después en el café, como si necesitáramos un pequeño trayecto separados para entrar en la tarde de otra manera. Yo llevé el instrumento a casa. Clara se quedó cambiándose y dijo que llegaría a las seis y media.
A las seis y veinte ya estaba en el Linde.
Elegí la mesa del fondo. No preparé una excusa para preferirla. Dejé el abrigo en el respaldo y pedí agua mientras esperaba.
Clara llegó puntual. Llevaba el cabello suelto sobre los hombros y una camisa que no le había visto. Se detuvo al encontrarme y la expresión con que sonrió me hizo levantarme demasiado deprisa.
—Hola.
—Hola.
Nos quedamos frente a frente sin decidir cómo saludarnos. Clara tocó brevemente mi antebrazo antes de sentarse. Fue un gesto pequeño, pero lo reconocí como algo que había elegido.
—¿Ya has examinado las tartas? —preguntó.
—He esperado a la experta.
Eligió una de chocolate. Esta vez pedimos una porción para cada uno y nos reímos al descubrir que ninguno quería repetir la negociación del último bocado.
La conversación empezó con facilidad. Hablamos de la semana, de un libro y de la costumbre de preparar demasiadas respuestas antes de una pregunta. Clara admitió que había pensado qué ponerse. Yo confesé que había llegado diez minutos antes.
Me contó que había rechazado una clase para mantener la cita. Sentí una satisfacción inmediata y, detrás, una incomodidad que no supe nombrar.
—No quiero que pierdas trabajo por verme —dije.
—No lo he perdido. He dicho que no a uno.
—Podíamos haber cambiado de día.
Clara apoyó el tenedor.
—Lo sé. No quería.
La respuesta tenía una firmeza tranquila. Comprendí que discutir su elección para demostrar consideración podía parecerse demasiado a quitársela.
—Entonces me alegra que estés aquí.
—Eso era lo que esperaba que dijeras.
Volvió a probar la tarta con una expresión satisfecha. Yo pensé en la cita del viernes, en la información que no le había dado. Ella acababa de defender una tarde porque quería compartirla conmigo. Yo estaba permitiendo que lo hiciera sin mostrarle el miedo que ocupaba buena parte de mi semana.
Estuve a punto de contárselo allí. Después una taza cayó detrás del mostrador y varias personas volvieron la cabeza. El ruido me llegó completo; la conversación de dos mesas se mezcló con la nuestra. La duda regresó en una forma distinta.
No quería que la primera vez que dijera me gustas quedara unida a una confesión que todavía no sabía hacer. Me dije que esperaría hasta después de la consulta. Era una decisión razonable. También era otra demora.
—Eso es prudente —dijo.
—He dado una vuelta a la manzana para no llegar veinte antes.
Se rió y apoyó la mano junto a su taza. La miré lo suficiente para que ella lo notara.
No la retiró.
El café estaba menos lleno que la otra vez. Podía entenderla sin sentir que cada frase requería trabajo. Me permitió olvidarme durante varios minutos de la consulta del viernes.
No de por qué la había pedido.
—¿Te preocupa que trabajemos juntos? —pregunté.
Clara dejó el tenedor.
—Sí.
Agradecí la respuesta aunque me obligara a permanecer en la conversación.
—A mí también.
—No quiero que todo lo que diga en un ensayo signifique algo más.
—Ni que tengas que aceptar mis ideas porque estamos aquí.
Asintió.
—Tampoco quiero fingir que venir no cambia nada.
La miré. Podría haberle respondido con una broma que nos permitiera descansar. No quería descansar de aquello.
—Me gustas —dije.
La frase quedó entre las tazas. Clara bajó un instante la vista y la recuperó con el color un poco más alto en las mejillas.
—Tú también me gustas.
Me apoyé en el respaldo. Había imaginado varias respuestas. Ninguna me había preparado para la sencillez de esa.
Clara deslizó la mano un poco sobre la mesa. Yo dejé la mía cerca, sin tocarla todavía.
—Podemos ir despacio —dijo.
—Quiero ir despacio. No quiero que parezca que no quiero acercarme.
Sus dedos rozaron los míos. El contacto fue tan breve que me dejó esperando antes de saber qué esperaba.
—No lo parece —respondió.
La mujer vino a recoger los platos. Apartamos las manos para darle espacio. La interrupción nos hizo reír con una torpeza que me resultó mejor que cualquier seguridad ensayada.
Pagamos y nos pusimos los abrigos. Afuera hacía fresco; la calle conservaba luces encendidas en los locales. Caminamos unos pasos sin elegir dirección.
Clara se detuvo cerca del portal, donde no estorbábamos a quienes entraban.
—Lukas.
Me volví.
Estaba más cerca que en la mesa. Tenía una mano sobre la correa del bolso y la otra libre a un lado del cuerpo. La levantó, dudó y terminó apoyándola en mi manga.
—¿Puedo besarte?
—Sí.
La respuesta me salió apenas por encima de un susurro, pero ella estaba frente a mí y no necesitó que la repitiera.
Clara se acercó primero. Yo incliné la cabeza y fui a encontrarla.
El primer contacto fue suave, con una vacilación que ninguno intentó corregir. Su mano apretó ligeramente la tela de mi abrigo. La mía encontró su brazo, por encima del codo, y se quedó allí mientras ella separaba la boca lo justo para mirarme.
No hubo prisa en volver.
La besé otra vez. Sentí la presión distinta de sus labios, el aire que dejó salir cuando se acercó un poco más. El ruido de la calle siguió alrededor, sin convertirse en nada que tuviera que interpretar. No necesitaba una señal oculta. Clara estaba allí y había elegido estar.
Al apartarnos, no bajó enseguida la mano.
—Llevaba un rato queriendo hacer eso —dijo.
—Yo desde antes de la tarta.
La risa le rozó la boca. Me gustó poder quedarme cerca mientras ocurría.
Quise besarla otra vez y lo hice después de que ella volviera a inclinarse hacia mí. Esta vez fue más breve, una confirmación tranquila que me dejó menos protegido y más contento.
Caminamos un tramo juntos.
No hablamos enseguida del beso. Clara me preguntó por el camino que tomaba a casa y yo respondí sin inventar un recado para prolongarlo. Cuando nuestras manos se rozaron al andar, ella dejó la suya junto a la mía. La cogí con cuidado.
Sus dedos se acomodaron entre los míos. No era el ejercicio del ensayo. No teníamos que aprender ningún pulso para justificarlo.
—El jueves seguimos pudiendo discutir la pieza —dijo.
—Espero que no demasiado.
—No prometo eso.
—Entonces yo tampoco prometo estar siempre de acuerdo.
Me miró de lado.
—Bien.
En la esquina donde debíamos separarnos nos detuvimos. Me habría gustado acompañarla más lejos, pero no quería transformar cada despedida en una prueba de cuánto podía retenerla.
Clara me soltó la mano para ajustar el bolso.
—Me escribes cuando llegues —dijo.
Lo dijo como una petición, no como una obligación. Asentí.
Nos despedimos con otro beso, corto y menos torpe. La observé alejarse unos pasos antes de seguir mi camino.
En casa escribí que había llegado. Ella respondió poco después y añadió que había sido una buena tarde.
Miré el calendario del viernes.
Quería poder contarle todo sin arruinar aquella alegría. No sabía aún que esa era otra forma de pedir una garantía imposible.
Le respondí que para mí también había sido buena.
Después dejé el teléfono y abrí la confirmación de la consulta. No cancelé la cita.